El fracaso de «El maestro de escuela»
Fernando González escribió una obra única, el autorretrato de uno que vivenció sus espantos sin impostar y caer en las trampas de la estética y la vanidad.
Eduardo Escobar (2003: 226)
La palabra pensador es sospechosa. Fernando González viene muy al caso. Un pensador suele valerse por sí mismo y merecer, a fuerza de terquedad o de ironía, el calado de aquel título. Pensar en el escritor de Otraparte significa ponerse en movimiento: andar, erguirse, observar escenas y derrochar autorreflexión. Sus libros aluden a experiencia caminada, resuenan a trayecto, marcan su propio ritmo, expresan con espontaneidad sus vivencias a través de observaciones concretas de una realidad doble: interior y exterior. Su registro de ideas no es plano, en ellas se manifiestan las dudas y contradicciones que enriquecen al hombre y al pensador.
¡Cuánto valor para recorrer la pesadumbre de rostros y regiones que no se apaciguan! El de Envigado fue un peregrino despreciado –incluso voces supuestamente autorizadas como las de Juan Gustavo Cobo Borda o Nicolás Suescún se inquietan por su misticismo, y parecen dudar del valor de aquel pensador–. Su pecado no fue pensar, su crimen casi imperdonable fue hacerlo desde un matiz personal, asistemático, dubitativo, fragmentado y parcial. Gonzalo Arango lo definió como el maestro que le había enseñado la santidad de ser uno mismo y la duda que es vivir, pero quizá la mejor presentación sea aquella alusión autobiográfica al inicio de Mi compadre:
Me definiré: creo ser detective de la filosofía, de la teología y de la virtud. Mi madre me parió cabezón, pero infiel; Dios me atrae, pero las muchachas no me dejan. Me explicaré: unas diez veces he creído acercarme a la verdad, y las muchachas me han hecho caer. Ocho por ciento tengo, pues, de filósofo. El resto está entregado al mundo y al demonio, pero nunca he dicho una mentira. Resumiendo, diré que soy un hombre, espíritu que desde la carne y por medio de los sentidos atisba con fruiciones a la verdad desnuda. Soy, pues, retratista (González, 1934: 9).
Pensar y retratar contrastan y se entrecruzan. Fernando González ofrece y desnuda su intimidad, gesticula conflictos interiores desde una voz que narra en primera persona; ya Rafael Gutiérrez Girardot había dicho que Fernando González sólo tenía un punto de referencia, el yo, a cuyo predominio llamó egoencia (Gutiérrez, 1999: 481). En todo caso lo que hace es ofrecer su experiencia –no la explica–, la dona, entrega su incerteza y sobre todo, su incompletud. Algo queda entonces en manos del lector: la posibilidad de completar esas experiencias en términos de pensamiento. Se acude al pensamiento porque sólo éste es capaz de darle valor a la experiencia.
De los múltiples cuadros retratados por Fernando González propongo merodear uno: el maestro de escuela, don Manjarrés y su experiencia íntima, capaz de ofrecer un asunto filosóficamente relevante: el fracaso.
Lo magistral del fracaso
El fracaso aparece siempre en la vida humana y su experiencia se convierte en motivo de reflexión y escritura para Fernando González. Se nos habla tanto del éxito que aludir al fracaso parece denotar desaliento, catástrofe y dolor, sin embargo, el fracaso es un tema constitutivo, frecuente y connatural a los hombres; un asunto cotidiano que aún no hemos entendido y que podemos pensar y retratar. El 27 de mayo de 1935 un decepcionado Fernando González –que acaba de participar en política– escribe estos fragmentos epistolares a su amigo Estanislao:
Recibí el escudo de Laureano que me mandaste, y no lo comento porque me derrotaron: ¡no iré al congreso colombiano! Obtuve dos votos en Puerto Berrío, uno en Amalfi y dos en Yarumal. Catorce en Medellín, que son de los candidatos y los familiares. Ninguno en Envigado y en Itagüí […] Mi reacción ha sido fuerte: reniego del jefe y no intervendré en política […] Tengo mucha vergüenza […] Voté, como acto de vicio solitario; voté por mí, y mi padre tuvo que ir hasta la feria de ganado a depositar su voto; hizo un gran sacrificio por su hijo […] Así transcurre mi vida: viendo ceibas en donde hay arbustos; muchachas en donde hay mujeres; amor en donde hay odio; jefes en donde hay peones y patria en donde hay una colonia azotada. Toda mi obra es sueño; jamás he visto la realidad […] Reniega de todo, en mi nombre, que esta derrota me ha hecho recuperar la razón, como la agonía a don Quijote… (González, 1972: XLVII).
Sentirse derrotado se cierra en estos fragmentos con una tenue alusión a recuperar la razón. Podemos entonces preguntar ¿interesa pensar el fracaso? El propio brujo de Otraparte dirá que el único compañero del hombre en la tierra es la necesidad, lo demás es opinión (González, 2012a: 45). Tal parece que fracasar hace parte del orden de lo necesario, o mejor, de una experiencia inevitable[1], y sin embargo, fracasar no nos hace fracasados. Fernando González conoce de cerca la sentencia de Nietzsche en el acápite del hombre superior: Y porque fracasasteis en grandes cosas ¿Es ésta una razón para que os sintáis fracasados? Y si habéis fracasado vosotros ¿Es esta una razón para que haya fracasado el hombre? Pero si el hombre ha fracasado, ¡entonces, adelante! (Nietzsche, 1994: 390). Lo que se suele descubrir con el fracaso no es casi nunca lo que se quiere descubrir, en esto radica su valor.
El cuadro desencantado en El maestro de escuela muestra a un hombre incomprendido que busca ser otro. En ese intento fracasa y no puede sino malograrse. El recurso psicológico, anunciado por el escritor, ondula entre el detalle pictórico y la despersonalización funcional, supone además un cruel ejercicio de ascesis: “nuestra intimidad nació en sus días amargos” (González, 2012a: 32). Mientras Manjarrés pierde su antiguo rostro, el narrador abunda en posibilidades descriptivas de aquel retrato emocional, así: en primer lugar, construye cuadros psicológicos que anticipan agonías; luego, enfatiza trazos de intimidad y desnudeces de Manjarrés y de su familia; en un tercer momento, narra fragmentos compasivos que detallan por igual, miserias y orgullos; finalmente y en cuarta medida, compone un arte abundante en desdoblamientos y heredero de antiguas urgencias lloradas[2].
Veamos algunas de estas punzantes descripciones que funcionan como un recurso rico e impreciso por la cantidad de formas en que se disgrega su ejercicio. La mayoría de las veces son usos distintos, aunque conserve la reiteración de un signo aparentemente negativo. Puede ser:
1.La degradación de lo físico que no esconde el juicio moral: Manjarrés era más bien alto; las piernas muy largas y flacas. Pero se le veía que había nacido para gordo: era un enflaquecido, flacura de maestro de escuela; no era esa su condición natural, sino que la padecía (González, 2012a: 21-22).
2.La devaluación social de un oficio: Mientras discurría, abría y cerraba su navaja de bolsillo, muy comida y limpia por sobijos y amoladuras; también sacaba de los bolsillo pedazos de tiza; estos y tiznajos son la única abundancia en casa del maestro (González, 2012a: 22).
3.La versión disminuida del personaje: Hombre tímido en extremo, tipo del solitario por impotencia (González, 2012a: 25).
4.La auto-ironía de comprender su escaso reconocimiento: Coronó estas prácticas con un sistema de desdoblamiento que le perdió para las artes del tintero y le arrojó a las de la tiza y el hambre (González, 2012a: 28).
5.La disolución involuntaria del yo: En mi encuentro con Manjarrés y su familia me hallé precisamente ante la tragedia del proletario intelectual que va perdiendo la seguridad de su yo. Como veremos Manjarrés terminó por aceptar que “él tenía la culpa”, último grado en la disolución (González, 2012a: 38).
6.La dureza del castigo interior: Periódicamente adopta resoluciones crueles para consigo: dejar hábitos. La finalidad inconsciente es el sentirse, y, por eso, apenas cesa el dolor de la amputación, vuelve al hábito (González, 2012a: 40-41).
7.Una mirada que produce menosprecio: Entre el mundo y sus miradas se interponía el cáncer del alma, en forma de ese complejo infernal que es hijo del capitalismo y que se llama maestro de escuela. (González, 2012a: 42).
8.La propia confesión de las derrotas: Todo es bello, aun lo que llaman desgracias. Continúa el ansia de confesarme pero no he vuelto a buscar a quien dejarle a los pies mi bulto de miserias (González, 2012a: 74).
Notamos un arsenal descriptivo de nulidades, fracasos y dolores de maestro de escuela. El libro de Fernando González –esculcado y heredado del bolsillo de un muerto– no podría cerrarse de otra manera, se pregunta una y otra vez por esa forma de la muerte que atraviesa los rostros de los hombres incomprendidos.
En Viaje a pie la opción era menos escéptica: “hay que curar al fracasado haciéndole creer en sus fuerzas, en su importancia. Los educadores (y todos los somos, ya del niño, ya del amigo enfermo, ya del prójimo decaído) deben hacer nacer o renacer la fe en las fuerzas propias” (González, 2012b: 45). Doce años después la palabra ha cambiado. La advertencia nominal con la que se inicia y cierra esta obra plantea la descomposición del yo, pero también, una suerte de identificación entre Manjarrés con Fernando González[3], relación que se reconoce en el momento de la tragedia: tengo la sensación nauseabunda de que el cadáver de Manjarrés era de los dos (González, 2012a: 16), unificación que contiene sentimientos elevados: así es como la vida va adobando el juicio de los jóvenes. ¡Putísima es la vida! (González, 2012a: 96).
Estudiar al maestro de escuela concuerda con la anomalía. Sus gestos modulan lo ajeno pero también lo ridículo. La obra que constituye su vida es, y por mucho, una cabal imperfección: decir lo que sentía y pensaba fue la inmunda práctica de Manjarrés. Eso lleva al nudismo y al vivir a la enemiga (González, 2012a: 91). Ha fracasado en casi todo lo que se juzgaba importante, su vida interior contiene todas las marcas de semejante pobreza –adiviné las agonías que son mi ambiente–, incluso es capaz de ser pobre. Como sucede muchas veces con los temas trágicos, derrota y triunfo concuerdan: para quien ose fracasar, de ello no sacará nada, salvo quizá la búsqueda denodada de un nuevo fracaso, nuestro mayor respeto, nuestra mayor admiración.
Retrato psicológico del fracasado
Si el fracaso conmueve, si el fracaso incita a la reflexión detengámonos –someramente– en la cuestión de su circunstancia. Como categoría el fracaso interroga por la rareza de sus procedimientos. Fernando González había confesado en un trabajo anterior el carácter emotivo de su ejercicio: el método será el emocional (González, 1934: 9), de ahí el carácter de retrato que prevalece en El maestro de escuela.
Ahora bien, de un retrato emocional no podemos deducir ni una teorización del fracaso ni cualquier otra forma sistémica. A lo sumo una escritura que se concentre en la perspectiva del narrador: quién es, qué sabe, cómo habla, y ese juego emotivo que lo lleva a doblarse en el personaje: Es axiomático que el autor y el lector nos sintamos “grandes hombres incomprendidos” andamos diciendo que los funcionarios públicos no sirven y que triunfan los intrigantes. Si no lo sintiéramos, sentiríamos que somos nulidades (González, 2012a: 23). En lugar de contar una historia, el retrato narrado coincide con el protagonista, su escasez de fuerza, sus contradicciones; se sabe parcial, inacabado y falible.
Hasta aquí hemos arañado con el retrato descriptivo la superficie de algo que habla sin censura, se me permitirá seguir el aparente desorden con que fui adquiriendo el conocimiento de este hombre detestable, pero digno de compasión (González, 2012a: 24). Sentimiento que impone los pasos de una medianía acotada, en algunos casos antagónica, pero siempre construida de fragmentos.
Hemos visto con Fernando González que el maestro siempre es falible. Manjarrés, ese hombre urgido de compasión enseña una vieja lección: lo mucho que cuesta comprender y valorar justamente a un maestro. Mucho más cuando fracasa y tan estrepitosamente. Pero no subestimemos el fracaso, encarna también un alto valor afirmativo[4].
No se trata en esta narración de indicar que se fracasa en cualquier cosa, no vale igual fracasar en el amor que en una prueba ortográfica. Existe algo más profundo en el cuadro de la derrota, en El payaso interior se enuncia categóricamente: el escepticismo quita al hombre el orgullo (González, 2008: 37), en el caso de Manjarrés lo somete a la pérdida progresiva de la autoestima: creyó haber hallado el secreto divino que le permitiría rehacerse, dirigirse, ser el amado y honrado por todos, el triunfante (González, 2012a: 29). El retrato que aquí se nos ofrece es también una contraposición de voces entre el deseo y la realidad. Unos fragmentos psicológicos que van de aquí a otra parte y que siempre podemos volver a releer y pensar. Después de todo, el fracaso no nos hace fracasados.
Bibliografía
Escobar, Eduardo. (2003) Prosa incompleta. Bogotá: Villegas Editores.
Escobar, Eduardo. (1980) “Introducción”. En: Gonzalo Arango. Correspondencia violada. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Gobernación de Antioquia y Universidad de Antioquia.
González, Fernando. (2012a) [1941]. El maestro de escuela. Medellín: Eafit y Otraparte.
González, Fernando. (2012b) [1929]. Viaje a pie. Medellín: Eafit y Otraparte.
González, Fernando. (2008) [1916]. El payaso interior. Medellín: Eafit.
González, Fernando. (1972) [1935]. Cartas a Estanislao. Medellín: Bedout.
González, Fernando. (1934). Mi compadre. Medellín: Bedout.
Gutiérrez Girardot, Rafael. (1999). “La literatura colombiana en el siglo XX”. En: Manual de historia de Colombia, tomo III. Bogotá: Ministerio de Cultura y Tercer Mundo Editores.
Nietzsche, Friedrich. (1994). Así habló Zaratustra. Madrid: Alianza.
Skliar, Carlos. (2011). Los dicho, lo escrito, lo ignorado. Ensayos mínimos entre lo educativo, lo filosófico y lo literario. Buenos Aires: Miño y Dávila.
[1] Un amigo argentino escribía recientemente en una de sus últimas publicaciones: “La vida fracasa, pero vivimos. El amor fracasa, pero amamos. El sueño fracasa, pero soñamos. El tiempo fracasa, pero duramos. El cuerpo fracasa, pero respiramos. Porque, al fin y al cabo: ¿qué otra cosa podemos hacer sino fracasar una y otra vez?” (Skliar, 2011: 168).
[2] Alusión a la Crónica del desarraigo de Alberto Martínez Boom, Carlos Ernesto Noguera y Jorge Orlando Castro, libro que narra las urgencias lloradas de uno de los primeros maestros públicos en Colombia, don Agustín Joseph de Torres.
[3] Alusión a: “Uno pone a los muertos su propio rostro. Ellos son nuestros autorretratos” (Escobar, 1980: 7).
[4] Aludo aquí al juicio que hace Eduardo Escobar sobre el brujo de Otraparte: “Pero todos los textos de Fernando González […] tienen la grandeza del arte sólo por añadidura. Son el testimonio de una agonía” (Escobar, 2003: 226).