El Humboldt de William Ospina, en su esencia y proyección
William Ospina se ha posicionado en la literatura hispanoamericana con reconocimiento de sus asiduos lectores, por sus condiciones de poeta y ensayista, con obras fundamentales como la trilogía conformada por: Urzúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos. Obras con base en cuidadosa investigación histórica y vivencial sobre la región amazónica, sus conquistadores y descubrimientos conexos, en una delicada prosa poética, con capacidad creativa poco homologable. Sus ensayos sobre autores son también primordiales, como por ejemplo ese estudio suyo sobre la obra de Aurelio Arturo, y los contenidos en su libro Esos extraños prófugos de Occidente, con estudios sobre Rimbaud, Whitman, Dickinson, Byron, Faulkner, Hölderlin; y su estudio sobre León de Greiff y la música verbal. En poesía propiamente deslumbran logros como los alcanzados en El soldado que perdió su guerra, Nietzsche, La canción de los viejos en las aceras de Metrópolis, Parténope, el soneto La joven flor platónica, y tantos otros. Escritor prolífico y estudioso.

Ahora nos sorprende con su libro sobre Alexander von Humboldt, resultado de sus estudios por años, con la atracción fervorosa de esa personalidad destinada a la sabiduría, desde la observación, en especial en lugares de nuestra América. En su libro Premio Nacional de Poesía, Colcultura 1992, “El país del viento”, está el poema “Alexander von Humboldt” donde aparece el verso “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable” que da título a la nueva obra referida, con la pregunta de si tienen alma las piedras. Es la recreación del hacer y del pensar del prusiano, con misterios florecidos en los bosques, donde las verdades proyectan sombras largas. Luego aparece de nuevo el sabio en su poema “Humboldt”, en ese libro maravilloso y extraño, Sanzetti (2019), con 171 poemas, en tres estrofas de cuatro versos. Allí el prusiano recupera la flor como el mapa de los reinos invisibles, busca al dios oculto en los colores, con el recuerdo de las mulas en las montañas llevando sus instrumentos de observación y medida, con la sensación de las selvas en la condición de devorar distancias.
Ahora, en su nueva producción, de fondo con estudio meticuloso de la vida y la obra de ese gran sabio de los sabios del mundo, que se aventuró a trasegar partes fundamentales del Nuevo Mundo. Cinco años de exploración meticulosa, acompañado en especial por el botánico Aimé Bonpland, su aliado principal por sabio, de valor y generoso, indagando todo lo visible, clasificando y recogiendo muestras, en baúles que transportaba por quebradas, ríos, selvas, montañas, llanuras, con auxiliares de lugares. Ambición de saber cada vez más y de conocer sin límites, con escritura continua en sus diarios, sin perderle pulso a lo observado.
Humboldt recibió las primeras influencias de expedicionario con el experto George Forster, con quien, a los veinte años, transitó por el Rhin, por Holanda y Bélgica, y fueron a dar a Inglaterra. Experiencia que le acentuó sus cualidades de fino observador. Con formación básica en geología, botánica, física, astronomía, su aventura fue por saber y conocer, y con el sentir, con la ambición de descubrir el entretejido de todo con todo, relaciones e interdependencias. Estudioso de la obra de Kant y afín con su filosofía. Entre sus hazañas está el haber observado en el Pacífico un tronco de árbol del trópico (“Cedrela adorata”, clasificada por Bonpland) adobado de líquenes que viajaba al norte, que lo llevó a plantearse la existencia de corrientes como ríos en el mar, en especie de corrientes circulares. De ese modo condujo a que esa forma se nombrara como “Corriente de Humboldt”. Otro de sus grandes logros fue el identificar la conexión entre el Orinoco y el Amazonas, a través del caño Casiquiare. Con especial don de gentes el prusiano establece buenas relaciones con los nativos y adquiere conocimientos básicos de sus lenguas. Detalla el curare que los indígenas utilizaban para impregnar la punta de las flechas como veneno en la cacería de subsistencia, y envía muestra a científico en Europa para que se estudiara su posible uso en afecciones gástricas. También le tocó descubrir las hojas del guaco, antídoto de la mordedura venenosa de las serpientes, por el comportamiento de las águilas.
Ospina refiere tres temas de especial interés en Humboldt: el colapso poblacional de la conquista, el horror de la esclavitud y la manera como progresaba la destrucción de la naturaleza. Hay también la amplia información sobre el encuentro con Mutis, sabio polifacético, director de la Real Expedición Botánica, nombrado por Carlos III, con treinta años de trayectoria en el conocimiento de la flora equinoccial al conocerlo Humboldt. Por lugares de Honda vio a niño de nueve años con precioso dibujo de una planta, y con los debidos permisos lo incorpora a su grupo de exploradores; resultó ser nada menos Francisco Javier Matís, el experto mayor en la pintura de plantas, incluso de miniaturas, de los sabios mayores del continente.
La prosa poética de Ospina no abandona el texto. Al referir el descenso de los expedicionarios a Fusagasugá, dice: “… creían sentir la respiración de la piedra, el meditar de la montaña, la ancianidad del peñasco en cuyas hondonadas el silencio es más denso que en las catedrales, un sabor de eternidad,…”
Humboldt observó con detalle la variación de las plantas con la altura, lo que llevó a formular la nueva ciencia, la Geografía de las plantas, con registro en obra publicada a su regreso en París. Tema que también fue estudiado por Francisco José de Caldas, quien le contó sus hallazgos, al punto de considerarse también cofundador de esa ciencia.
Hay un capítulo muy bello (“El vuelo de la abeja”) que Ospina dedica a mostrar sus lúcidas y afortunadas apreciaciones sobre Humboldt, con visión integradora, además de expresar comprensiones globales sobre los sabios y las ciencias. Con la exaltación de la belleza que consigue hacer más llevadera la vida, con aprecio por la intuición en los procesos de descubrir leyes en la naturaleza, para alcanzar la armonía y el ritmo en la cohesión de todas las cosas. Dice, por ejemplo: “… no solo se fue aproximando a los secretos del mundo sino también a la gruta del amor humano, al abrazo apacible que justifica toda existencia.” Recuerda también la decisión de Humboldt de no anotar en sus diarios nada de sus asuntos personales, sino las observaciones objetivas.
En capítulos finales del libro, Ospina reivindica la figura histórica de Carlos Montúfar, con recorrido por sus orígenes y su formación básica en matemáticas y filosofía, incorporado en Quito por Humboldt para acompañarlo durante cuatro años, hasta el retorno del sabio a Europa. Montúfar fue quien consiguió en París acercar a Bolívar con Humboldt y Napoleón. Montúfar, de familia monarquista, decide incorporarse a los ejércitos en España en la guerra con Francia, con ascensos significativos. Regresa a su patria en América, y forma ejército para combatir a los españoles de la Reconquista, encabezada por Pablo Morillo. En su amistad con Bolívar, este trata de seducirlo de huir a islas de las Antillas para buscar apoyos hacia la independencia. Montúfar se queda para combatir y Bolívar parte. Aquel, derrotado, sus tropas diezmadas y hecho prisionero fue llevado a la muerte por desertor y traidor de la Corona, fusilado por la espalda.
En el parangón que hace Ospina de Bolívar y Humboldt, dice: “Hay hombres como Bolívar que no se dejan gobernar por la realidad, que tienen un propósito y se lo imponen a la historia…” Y agrega, “Humboldt participaba en cierto modo de lo eterno. Bolívar sabía conducir la historia: su vida entera parece un acto de voluntad. Carlos Montúfar vivía solo el presente. Esa fue su tragedia, pero confiemos en que fue también su embriaguez y, de alguna manera, su victoria.”
En el penúltimo capítulo, La síntesis, Ospina refiere la producción de Cosmos, ese compendio luminoso de Humboldt, con su publicación bien recibida en 1847; un ejemplar cayó en la manos de Edgar Allan Poe, poeta y narrador de fantasmagorías, perdido en la bohemia y el dolor por el reciente fallecimiento de su esposa. Estuvo sumergido de continuo en su lectura apasionada, con escritura delirante de un texto motivado por esa condición del sabio de hacer generalizaciones a partir de observaciones concretas. Poe creyó descubrir la dimensión cosmogónica, con resultado de su obra Eureka, convencido de haber desentrañado secretos del universo. Acude a su editor con el deseo de publicar cincuenta mil ejemplares, pero con actitud compasiva este saca quinientos que no se venden. Poe expresó que al morir, ese texto, en principio un ensayo de divagaciones e ideas, se considerara tan solo como un poema. Obra dedicada, “con profundo respeto” a Alexander von Humboldt.
Ospina rescata la importancia del arte en la reconciliación del placer espontáneo y el entendimiento. Dice: “El artista es a la vez el testigo del mundo y el que descifra como en juego sus leyes para poder representarlo.”
Libro saludable y bello, de narración que atrapa, con sólida documentación histórica, soportada en lo fundamental por la obra magna del Académico de Ciencias, de Historia y de Letras, Alberto Gómez-Gutiérrez, además de las fuentes primarias, en especial del libro “Cosmos”, ese resumen portentoso de Humboldt con sus exploraciones y hallazgos, de visión integradora.
Obra afortunada, así nos confunda Ospina, en ocasiones, con extravagantes posiciones políticas.
[En “La Patria” fragmento; domingo 13.VIII.2023; p. 18]