El libro en el debate por el conocimiento
Reportajes de ALEPH (No.72)
Entrevista con el Prof. Dr. Paul Holdengräber, de la Biblioteca Pública de Nueva York
En proximidad de viaje a Estados Unidos para cumplir compromiso en la Central Connecticut State University, leí entrevista en «El País» de Madrid con personaje que desconocía, como reporte de conferencia que había dado en Barcelona. Se trata de Paul Holdengräber, director del Programa de Educación Pública de la Biblioteca de Nueva York («Live from the NYPL»). Por aquella entrevista que el importante diario tituló con palabras del propio personaje: «Quiero transmitir el placer de leer y pensar», me di a la tarea de conseguir audiencia con él en la propia biblioteca, la cual con amabilidad me concedió, habiéndose cumplido en la tarde del lunes 9 de abril de 2007. Hombre sencillo, de estirpe judía, con alta formación intelectual, y brioso de pensamiento, con ganas permanentes de generar atractivos por el conocimiento, con el libro y el debate como herramientas, sin bajar la guardia en su contaminante entusiasmo, ahora en la plena vitalidad de los 47 años. Con licenciatura en Filosofía y Derecho, y doctorado en Literatura, ejerció como profesor en Princeton, y en Los Ángeles creó el Instituto del Arte y la Cultura, adscrito a «Los Angeles County Museum of Art (LACMA)». Fue atraído por la Biblioteca para que inventara formas visibles, con
dinámicas propias para conquistar adeptos por la pasión del conocimiento, de tal manera que cada vez más personas se involucren en el interés por la lectura, el estudio, en general por el saber que se acumula y despliega en la civilización, con albergue en instituciones, y aún regodeo por las calles. Llego con Livia a la cita con holgura de quince minutos, los que empleamos para sentarnos plácidamente en el atrio de la Biblioteca, entre los dos recios leones modelados en concreto, para aprovechar los fríos rayos de sol en el despunte de la primavera. Comienzo por preguntarle:
– ¿Por favor, puede hablarme un poco de su origen familiar y de sus estudios, de su formación?
¿Formación o deformación?, vamos a ver… Mis papás son austríacos, los abuelos rusos y rumanos. Mis padres salieron de Viena en 1938 y pasaron los años de la guerra en Haití, luego pasaron 20 años en México donde nació mi hermana. Yo nací en Nueva York. Estuvimos en familia por siete países europeos: Francia, Bélgica, Alemania, Austria… Yo hice estudios en Lovaina y París, con grandes maestros de Filosofía y Derecho. Luego vinimos a Estados Unidos e hice un doctorado en literatura comparada en Princeton, con una disertación sobre Walter Benjamin, en la figura del coleccionista. Enseñé literatura comparada en Princeton, con estudio de literaturas alemana, francesa, española, italiana, inglesa…, en muchas lenguas, las que aprendí a hablar. Como puede ver soy especie de «monstruo» lingüístico.
De Princeton, donde tomé mi doctorado, pasé a una pequeña universidad en Massachusetts. Luego fui a Los Angeles, donde cree un centro de debates, similar al de aquí. Al saber lo que hacíamos, el director general de la Biblioteca Pública de Nueva York tomó un vuelo y me dijo: eso es lo que tenemos que hacer allá, y me sedujo para venir, con el propósito de oxigenarla.
Mi idea no era hacer los debates solo en los ámbitos universitarios. Yo creo profundamente, como lo dice Aristóteles en las primeras líneas de su Metafísica, que el hombre se dirige de una manera natural al conocimiento. Y pienso que si se aportan los elementos para pensar, la persona piensa. En este tiempo la gente tiene hambre de conocimientos. Los gobernantes no lo creen, pero yo estoy seguro y optimista, a lo mejor tonto, de que la gente quiere pensar.
– ¿Su familia es de origen judío?
Sí. Mi papá y mi mamá son judíos. Mis abuelos sobrevivieron al Holocausto. Ellos tuvieron suerte al escapar…
– Como fundador que usted fue del Instituto del Arte y la Cultura, en Los Angeles, ¿qué experiencia le dejó esa obra?
Creo el Instituto por la razón de que la directora del Museo venía del medio académico y quería hacerlo palabra viva, es decir, mucho más que cuadros en los muros. Me preguntó y propuse invitar a las más sobresalientes personalidades en política, literatura, diseñadores, músicos… intelectuales ingleses, franceses, alemanes, etc., para hacer debates en vivo. La palabra Instituto, por origen, es más un verbo que un sustantivo, y lo que quiere decir es hacer cosas. La pregunta era cómo atraer gente que normalmente no viene al museo, como aquí también. Y la manera de atraerla fue con personalidades destacadas en el mundo. Cuando me vine ese Instituto dejó de ser lo que habíamos pensado y realizado.
– ¿Cuando usted vino a la Biblioteca desde Los Angeles, existía el Programa de Educación Pública? ¿De qué manera puso en marcha su propio derrotero?
La diferencia primera entre ambos lugares es que en Nueva York existía el programa, pero en Los Angeles no. Resulta difícil crear algo nuevo, pero también bastante difícil transformar lo existente. Aquí había un programa de educación pública, bastante convencional. Funcionaba con presentación de nuevos libros por los autores, sin mayor trascendencia. Cuando llegué propuse cambiar el nombre por el de «Live from the New York Public Library». La segunda propuesta fue invitar no solo a los autores de libros recién salidos, también a personas que piensan aunque no escriban libros, y hablar sobre libros aunque no sean producción del momento. Mi ambición estaba en atraer público de todas las edades y condiciones, lo que resulta de particular interés para el expositor/dialogante invitado, al encontrar en su público a blancos, negros, gente con trabajo y desempleados, con pelo largo o corto, a jóvenes, viejos…
– ¿Qué representan simbólicamente para usted los leones «Paciencia« y «Fortaleza«, celosos guardianes en el atrio de la Biblioteca?
Lo que deseo es que esos leones, erigidos en concreto, sean una permanente invitación a entrar a la Biblioteca, y no intimidación u obstáculo, porque la edificación es impresionante, de arquitectura un tanto distanciadora, con esas escalinatas de subir y subir… Esos leones deben ser mansos, propicios a atraer, representativos del valor y de la fuerza del conocimiento.
Cuando se ingresa a la Biblioteca no es malo sentirse pequeño, porque la ciencia y el conocimiento acumulados aquí son mucho más grandes que nosotros, pero también se necesita llave para acceder, bajo el continuo interrogante: ¿qué hago yo en este lugar? Incluso es conveniente que para entrar deba empujarse ligeramente la puerta, con las propias manos, hasta conseguir estar adentro, en el recinto maravilloso del conocimiento, sin la menor señal de hostilidad.
– ¿Cuáles son las razones o las motivaciones filosóficas para el desarrollo de las actividades que ha venido desplegando en la Biblioteca?
Lo fundamental es la curiosidad, que es lo más importante del mundo. Comprender que pensar puede cambiarnos la manera de vivir cada día, que un libro puede tener la importancia por descubrir en cualquier momento. Además, es indispensable tener actitud propicia para escuchar, porque de pronto habrá algo en el otro que nos ayude a cambiar de manera rotunda.
Considero que cualquier persona puede sentir el placer del conocimiento. El conocimiento es una sensación más fuerte que la pasión sexual. Hay que ganar audiencia para el placer del conocimiento. La idea de Platón es que el conocimiento es erótico, y que el buen profesor es el que provoca el deseo por el conocimiento, no el que derrama informaciones y datos sobre sus alumnos. El libro no es una manera de aislarte del mundo, el libro es una manera de estar con el mundo. Un psicoanalista inglés, D. Winnicott, decía que lo más importante para el niño es estar solo, pero con la presencia de la madre. Análogo ocurre cuando se lee, puesto que leer es una manera de estar solo y con otro.
Suelen preguntarme por las motivaciones que me llevaron a esa forma de trabajo, y quiero decirle que tienen origen en circunstancias familiares. Todo parte de la formación que tuve desde niño en debate con mi papá, quien ahora tiene 88 años. En cualquier espacio de la casa yo siempre debatía con él. Se trataba de una manera de asumir mi identidad. Nunca estábamos de acuerdo, y cuando lo estábamos encontrábamos algo para no estarlo. Era cuestión de inspiración. Mi padre asumía esa actitud como forma pedagógica para provocarme a establecer razones, argumentos. Él quería que aprendiera a defenderme con mis ideas, bajo la convicción del gusto, del placer por el conocimiento.
– En especial los programas que usted ha llevado a cabo apuntan a suscitar debates, diálogos que despiertan el interés, pero hubo uno de otra naturaleza que rompió el silencio del ambiente, como ocurrió con la ópera «El placer del estilo»; ¿es tan amable de relatarnos esa experiencia?
Fue una experiencia fabulosa, de placer dadaísta. El compositor Nico Muhly, de 25 años, acogió mi idea de escribir ópera con elementos de la tediosa e importante gramática inglesa. Rompimos con la tradición de imponer una cierta forma de respeto por la biblioteca, que no consideraba a las personas que trabajan allí, y a otras que vienen a disfrutarla, siendo ellas el motivo principal de la existencia de la biblioteca.
Escogimos la gramática por tema, puesto que se piensa en general que es asunto fastidioso, pesado, motivo de censuras por los profesores que hacen repetir renglones y renglones a los estudiantes para que memoricen las reglas. Lo que hicimos fue dar alegría a esas normas, con cantantes que las decían, incluso utilizando utensilios domésticos como instrumentos. Se presentó en una gran sala de lectura, ante cerca de mil espectadores. Ese evento cambió la actitud de las personas en la biblioteca; antes los funcionarios invocaban la «dignidad» mostrando adversidad por la realización de ese evento, ahora la actitud es otra, favorable a la apertura y a la conquista de maneras de atraer gente. La representación de la ópera duró 39 minutos, pero de bastante intensidad, y ahora ha sido de éxito en teatros de Nueva York.
Mi actitud es siempre no preguntar si puedo hacer algo, más bien de equivocarme pido luego perdón.
– ¿Puede, por favor, darme una relación de personalidades que ha invitado y que han participado en los debates que promueve, con usted casi siempre como interlocutor?
Han pasado personalidades sobresalientes como Ben Katchor, Mark Mulcahy, Julia Alvarez, Alain de Botton, Ma Jian, Ilija Trojanow, Carolin Emcke, Salman Rushdie, Adam Phillips, Alma Guillermoprieto, Rebeca Mead, Günter Grass, Werner Herzog, André Aciman, Clive James, Jan Morris, Paul Auster, Isabel Allende, Alberto Manguel, Kati Marton, Thomas Cahill, Daniel Mendelsohn, Edmund White, Baltasar Garzón, Duong Thu Huong, Zadie Smith, Amartya Sen, David Remnick, John Updike, Jeffrey Goldberg, Harold Bloom, Simon Winchester, Jenny Holzer, Alfred Brendel, Bill Clinton…
– ¿Los debates que se realizan tienen temas y cuestiones previamente convenidos con los invitados?
Es una mezcla. Digo siempre que la improvisación se prepara, pero se prepara hasta un punto. Nietzsche dice que el bailarín debe saber donde pone los pies, pero hasta un punto, porque después viene el espectáculo. En el caso del pianista, en ciertas obras, en cualquier momento acude a la improvisación, pero con conciencia previa. En los debates una pregunta de ocasión puede cambiar totalmente la manera de responder.
– En la serie grande de debates que ha promovido, ¿cuál ha sido el más impactante, el de mayor acogida?
Hay dos o tres debates por recordar de manera muy especial. La entrevista con el gran cineasta Werner Herzog fue increíble. Generó una asombrosa empatía con el público. Fue fascinante. Habló de su experiencia de 40 o 50 años de hacer cine, habló también de la literatura, de la música, y de muchas cosas más.
Ahora hay un gran debate sobre la digitalización de los libros, hacer una biblioteca total, de acceso virtual, en lo que están empeñadas algunas grandes empresas como Google, tema que también he involucrado en esas sesiones de debate.
– Hay incertidumbre en el momento actual por el futuro del libro frente a los procesos de acceso digital a creciente número de libros; ¿cuál es su apreciación?
El tema me preocupa mucho. En primer lugar me preocupa el futuro de la biblioteca como centro para aprender, y en segundo lugar el futuro de las librerías. Aquí las pequeñas librerías desaparecen con rapidez. En mi caso me considero seguro y optimista. El libro nunca va a desaparecer. Tengo amigos con libros en CD’s que por la rápida evolución de sistemas y programas ya no pueden leer. El libro lo puedo abrir ahora, como también dentro de cien años. El libro es una invención increíble. Observo a mis dos niños que son pequeños y noto el atractivo por el libro, por el papel.
Usted no surte efecto con las cosquillas que se haga, es indispensable la intervención de otra persona. Algo similar ocurre al tratarse del libro. Hay diferencia enorme entre leer en pantalla y en el libro. Creo que la disyuntiva: o el libro o el computador, no es válida. Son los dos en simultaneidad. Las nuevas generaciones deben habilitarse en los dos campos. Preocupa cuando se ve ahora que en instituciones educativas se hace más énfasis en el computador. El problema de digitalizar una biblioteca es problema grande, pero es solucionable, porque si hay tecnología disponible, entonces se hará, como ocurre en medicina. Si Google puede hacerlo, lo hará. Queda el problema de los derechos de autor, pero he conocido conceptos favorables de autores por la digitalización del libro como forma de circular con amplitud sus obras.
La circulación del libro y de las ideas es más importante que el derecho personal. Para quienes hemos vivido en metrópolis, el gusto por las librerías y las bibliotecas es enorme, pero hay que pensar en muchos lugares donde no hay ni librerías ni bibliotecas, y para esos sitios el acceso al internet es una solución valiosa. Por otra parte, el internet facilita la comunicación entre personas con intereses similares que pueden intercambiar informaciones y opiniones, y debatir para avanzar en sus conocimientos. Allí hay democratización, como proceso que facilita en gradualidad a todos el acceso al conocimiento.
– ¿Qué significan para usted libros como Historia de la lectura y La biblioteca de noche, de Alberto Manguel? y ¿Cómo valora el trabajo crítico y de promoción de la lectura de Harold Bloom?
Manguel me encanta, de verdad, tanto en los dos libros nombrados por usted, como en otros, por ejemplo el dedicado a Borges. Él fue lector privado de Borges cuando éste no podía ver. Manguel, como lo expreso yo, dice que el libro le permite a uno no estar solo. Hay un puente entre el libro y la vida. El libro ayuda a vivir mejor la vida. Leer es muy importante, pero leer como ratón de biblioteca es peligroso. La lectura es una referencia al mundo, a lo exterior, no solamente al interior. «La historia de la lectura» me gusta mucho, y sus ilustraciones, todas fabulosas, como una de biblioteca que fue destruida en Londres en la segunda guerra mundial: todo está destruido, sin techos, pero se ve que adentro están personas de sombrero viendo los libros. Se trata de una alegoría de la esperanza. Hay también el recuerdo de Churchill, cuando en la guerra le pidieron cerrar la biblioteca británica, pero él respondió: No. Estamos en guerra para que la biblioteca siempre esté abierta. Es noción clave de la civilización.
El libro «La biblioteca de noche» es muy interesante porque habla de dos tipos de bibliotecas: la biblioteca pública, como en la que nos encontramos usted y yo ahora, y de la biblioteca personal, con sus propias características y ventajas.
A Harold Bloom lo tuve aquí en un debate. Hay muy pocas personas en el mundo de hoy, en el campo de la crítica literaria, con una memoria tan fabulosa. Da la impresión de tener en la memoria casi todos los libros. Recordará la frase aquella: «cuando un gran hombre muere, desaparece una biblioteca», y en el caso de Bloom será más evidente esta afirmación, pero por fortuna sigue con vida y activo. Ha escrito mucho, incluso no faltan quienes digan que ha escrito demasiado. Cuando yo hacía mis estudios me ocupé de libros fundamentales de él como «El canon de la lectura», «Cómo leer y por qué», «El futuro de la imaginación», «¿Dónde se encuentra la sabiduría?», entre otros, en los que presenta autores y obras imprescindibles en la cultura de occidente. En esta época me ocupo poco de él, como tampoco en general de la literatura crítica. Cuando estaba en los 20 y 25 años estudié bastante obras de los críticos incluyendo a autores del deconstruccionismo que usted conoce.
En este momento de mi vida entre acudir a Manguel o a Bloom, acudo al primero, advirtiendo que ambos son muy buenas escuelas.
– ¿En su formación intelectual qué le debe a Michel de Montaigne?
En mi formación lo fundamental es el ensayo, y ahí está Montaigne, cuya obra total estudié, y me seduce el ensayo incluso por el sentido de la palabra en su etimología: intentar hacer una cosa, experimentar, con la posibilidad de equivocarse, lo que es muy importante. También significa medir cuánto pesa algo, cuál es su real valor.
Para mi el fracaso, equivocarse, es de singular importancia, porque es tan importante acertar como fallar. Lo que no va bien me interesa mucho, porque es la razón de buscar, de intentar de nuevo, como ocurre en la ciencia.
En los Ensayos Montaigne piensa como buscando con la convicción que no logrará alcanzar en totalidad lo que pretende. El ensayo es un viaje en el que no se sabe qué podrá pasar en el camino. Leo muchísimo a Montaigne pero también a Pascal. Hay una línea de pensamiento que parte de San Agustín, pasa por Montaigne, por Pascal, por Nietzsche, hasta llegar a los críticos más modernos.
– ¿Y qué representa Nietzsche en su formación?
Representa la alegría del pensamiento. Además encontré en su escritura del alemán una manera especial que no hallé en ningún otro autor. Nietzsche es uno de los más grandes ensayistas de la literatura alemana. Freud y Nietzsche dan alegría al pensamiento.
Para Nietzsche la vida del pensamiento no es negra, tiene muchos colores.
– ¿Su radiante optimismo podrá tener validez en un mundo que no ha podido resolver problemas como la pobreza, las guerras, la destrucción del medio natural y la concentración progresiva de la riqueza?
Mi papá es el único optimista inteligente que conozco. Ahora, a los 88 años, ya no es tan optimista, pero sin caer en el pesimismo. Con respecto a situaciones que usted enuncia, yo no puedo cerrar los ojos, es cuestión de abrirlos y ponerlos muy grandes frente al mundo.
La alegría, el optimismo, la fuerza de la vida, son el antídoto a la depresión. En medio de los dramas y tragedias del mundo, hay pequeños lugares que permiten mirar al sol. Hay razones para creer que el mundo no termina, aunque es más fácil ser pesimista que optimista. Es como ocurre en una relación de pareja que tiene problemas, pero que debe hacerse el esfuerzo por conseguir la armonía, la comprensión, el trabajo de continuar juntos para adelante. El gran reto está en no dejarse vencer por las dificultades, por las adversidades, sino en intentar siempre, con buena disposición, seguir luchando por conseguir avances.
Cuando me levanto en la mañana no bebo vinagre. Por constitución soy persona que le gusta celebrar. Me gusta más generar placer, trabajar sin descanso para destacar el bien en el mundo. Los debates que hago en la Biblioteca son para toda la gente, con entusiasmo, con sentido de abrirle paso a las posibilidades.
En últimas, la cuestión clave para mi es cómo ser optimista sin ser estúpido.
– En su trabajo de pedagogía pública por el conocimiento, ¿qué mensaje le puede enviar a los jóvenes del mundo?
Mi mensaje para los jóvenes es que la única posibilidad de acceder a la libertad es por la vía del pensamiento, para lo cual hay que estudiar, hay que leer. El pensamiento y el humor son dos herramientas esenciales para defenderse bien en el mundo, que no gustan a los fundamentalistas. Saber cosas es muy importante. Lo peor es convertirse en un instrumento del poder, y la manera de no dejarse manipular es volverse persona que piensa. Hay placer en el conocimiento, lo cual debe propiciarse de continuo. La tendencia generalizada es ir a lo más fácil, pero hay que esforzarse, trabajar, enfrentar las dificultades, con formación progresiva en el pensamiento.
Hay, por supuesto, una tendencia marcada por el pragmatismo, la necesidad de tener trabajo, de hacer dinero, de conformarse… Los papás inducen a los hijos a alcanzar situaciones cómodas, sin correr riesgos. En lo personal tuve mucha suerte, porque mis padres aprendieron pronto a no tener miedo. Recordará a Hobbes que decía: la pasión predominante de la gente es el miedo. No es fácil superar el miedo y correr riesgos para salir adelante, con imaginación y pensamiento vibrante, con alegría.
También diría que el placer de pensar da fortaleza. Pensar cosas nuevas es una manera de ver diferente el mundo. He tenido la suerte, lo repito, de no sentir miedo, incluso en la actualidad.
– ¿Qué papel considera tiene, o debe tener, el arte en la humanidad?
Pongo de presente que sin arte no hay humanidad. El arte es lo que nos hace humanos. La disposición del ser humano es de transformar, de mejorar, en medio de mucha gente que quiere hacer el mal. El arte convoca a la utopía, no como lo imposible, sino como lo que debemos hacer.
– ¿En artes, cuáles son las de su mayor afinidad?
La literatura y la música. Las palabras son muy importantes para mi. Necesito escuchar. No solo leo con los ojos, también con los oídos. La pintura no me seduce tanto. La música es increíble, y no me puede faltar.
– ¿Qué libros lee en la actualidad?
Recibo un promedio de 200 libros al mes. No se si leo… Se que consulto muchos libros, pero siempre regreso a mis autores preferidos: Benjamin, Rilke, Thomas Bernhard… Ahora leo a Antonio Muñoz-Molina, a Javier Marías… Leo, como puede observar, algunos autores españoles, también italianos. Leo a Umberto Eco, a quien traeré para un debate en noviembre próximo.
– … pero Bernhard es un tremendo escéptico…
Es muy pesimista, pero me gusta mucho por el diagnóstico que hace, que no debe ser el mío, pero me agrada la verdad de ese diagnóstico. Leo mucho a los estoicos y a los escépticos.
La conversación termina, con el placer de haber estado frente a una personalidad intelectual entusiasta, convencida de los buenos efectos de los hábitos de la lectura y del pensar, fortalecidos en diálogos y debates, con referentes en autores con mayor capacidad de compartir.
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