El maestro
El recuerdo que conservamos los alumnos del profesor Danilo Cruz-Vélez y de su cátedra de Filosofía en la Universidad de los Andes, es sin duda el del «maestro» por excelencia. Fue el Decano de la Facultad de Filosofía y Letras desde sus orígenes hasta 1972; sinembargo, su autoridad y jerarquía emanaban de su sabiduría, de su integridad y de haber convertido la enseñanza en su verdadera vocación.
Al preguntarse por el carácter que la transmisión del conocimiento le confiere al ser humano, George Steiner resalta el valor del «intercambio» entre maestro y discípulo, y lo define como «el eros de la mutua confianza e incluso amor»[[George Steiner, Lecciones de los maestros. México: Fondo de Cultura Económica, Ediciones Siruela, 2004, p. 12.]]. Si meditamos sobre el sentido de esta frase emerge la presencia de un hombre que, quizás sin proponérselo, marcó nuestras vidas y nuestro destino de manera significativa; un ser excepcional que transformó sus convicciones en una postura ética frente al mundo y nos enseñó que la honestidad y la justicia son imperativos de validez universal.Danilo Cruz no tuvo la pretensión de formar seguidores o de hacer escuela, sino que, como todo buen maestro, transmitió con su ejemplo y sus posturas críticas una manera personal de comprometerse con el saber y de interpretar mundo.
Cada vez que nos encontramos con alguien que compartió sus seminarios sobre los diálogos de Platón, la obra de Heidegger, la Física de Aristóteles, la fenomenología de Husserl, el pensamiento cartesiano o a la ética de Kant y Scheler, evocamos el rigor con que nos enseñó a trabajar las fuentes, a enfrentarnos directamente con los textos, a revisar el sentido original de los términos y a confrontar críticamente las traducciones. Estas eran las bases con que formaba a sus alumnos para que pensáramos con autonomía y actuáramos con responsabilidad. La correspondencia que establecía entre la palabra y la acción representó para sus discípulos un modelo de integridad.
De él aprendimos que el estudio de la filosofía trasciende la simple especialización académica y, en consecuencia, orientó con lucidez a estudiosos de la literatura, críticos y profesores, que hicieron de la Literatura una carrera profesional.
El maestro Cruz-Vélez (a quien le decimos familiarmente Danilo) nos enseñó que el estado de ánimo que había dado origen a la Filosofía había sido el asombro y que el asombro encerraba el motor del conocimiento. Tenía el don de formular la pregunta inquietante y de ampliar al mismo tiempo el horizonte de la respuesta; nos escuchaba con atenta cordialidad y despreció siempre la arrogancia y el fanatismo, tan ajenos a la sabiduría.
Cuando supimos que había decidido retirarse de la cátedra nos sentimos abandonados, sinembargo, al cumplir su voluntad de hacerlo para dedicarse a escribir comprendimos que había encontrado la forma de prolongar un silencioso diálogo («el hombre tiene que recogerse en el silencio, cuando quiere hablar de verdad»[[Danilo Cruz Vélez,El misterio del lenguaje. Bogotá: Planeta Colombiana Editorial, 1995, p. 22.]]), de seguir inquietando con sus preguntas, de proponer respuestas y de buscar dilucidar los enigmas y contradicciones de la época actual. Al releer con detenimiento sus escritos, al revisar los títulos de algunas de sus obras: Filosofía sin supuestos, Tábula rasa, El mito del rey filósofo; al detallar la manera como estructura la secuencia de los capítulos, el lector se percata de la hondura de sus meditaciones, de su capacidad para desentrañar los procesos armónicos y las tensiones dialécticas que han ido fraguando el pensamiento occidental.
Al preguntarnos por su legado, quienes escribimos esta breve nota recordamos al unísono un consejo suyo recurrente: cada vez que planteáramos una hipótesis, que desarrolláramos un tema, deberíamos tener en perspectiva «el hilo conductor». Pero tal vez lo más significativo, en nuestro caso, fue la forma como nos enseñó a descubrir el misterio que rodea la pregunta por el lenguaje:
«El lenguaje nos rodea por todas partes como el aire, y así como del aire depende nuestro ser biológico, del lenguaje depende nuestro ser específicamente humano. No hay, por tanto, nada que esté tan cerca de nosotros como el lenguaje»[[Ibídem, p. 49.]].
Sólo que, en tanto que el pensamiento filosófico se rige por un orden conceptual, el lenguaje de la poesía recurre a la imagen, al ritmo, al tono, a la ambigüedad y a la paradoja para «transfigurar» de manera simbólica la realidad. Danilo Cruz afirma que la poesía, más que con ideas, «se hace con palabras»[[Ibídem. p. 69.]] y añade que «lo que no puede ser apresado conceptualmente, la poesía lo saca a la luz convirtiéndolo en figura poética»[[Ibídem, p. 70.]].
Cátedra y escritura han sido los ejes vertebrales de su vida y sintetizan su vocación de maestro, de aquel que posee la capacidad de comprender y abarcar la cultura occidental, que sabe relacionar el pasado con el presente y vincular la tradición antigua con el pensamiento moderno, que va y viene de Platón a Humboldt y de Humboldt a Heidegger, de los novelistas rusos a Sastre, de Max Scheler al padre Wojtyla. Para nosotras, viejas alumnas, su voz sigue vigente y resonando desde el silencio de sus libros, en especial desde El misterio del lenguaje, donde encontramos unas de las más bellas páginas escritas en torno a Morada al sur. Cada vez que releemos la selección que hace de los poemas de Aurelio Arturo y la forma como los analiza, nos viene a la mente la lectura que Heidegger hace de Hölderlin, y nunca acabaremos de agradecerle al sabio maestro el habernos enseñado a escuchar, a leer, a reflexionar, a sentir y a interpretar los Textos, esa palabra con mayúscula que debe ser sagrada para los amantes de la Filosofía y la Literatura.