El magisterio de la disidencia
R.H. Moreno-Durán
Si la Universidad fue a lo largo de toda su vida la única patria de Rafael Gutiérrez-Girardot, el método se convirtió en su divisa y la crítica en su arma preferida. Y esto se demuestra desde 1947, cuando el aplicado estudiante boyacense cursaba estudios en el Instituto de Filosofía y Letras, que entonces funcionaba en el mismo edificio de la facultad de Derecho de la Universidad Nacional, y en cuyas aulas y pasillos confraternizaba con aquellos a quienes, en su prólogo del volumen Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana, llama “mis primeros profesores de filosofía, Rafael Carrillo y Danilo Cruz-Vélez” y “el amigo y profesor Cayetano Betancur”. Esos años también le permiten evocar algunos compañeros de estudio. “Cuando se recuerda la vida estudiantil -escribe Gutiérrez-Girardot- se corre el riesgo de exponerse a sentimentalismos e incluso hasta a cursilerías. Pero no por eso ha de callarse y olvidar públicamente, por así decir, a quienes como Pablo Casas y su entonces novia Cecilia Dupuy, dieron a la atmósfera estudiantil de aquellos tiempos… un aura de serenidad alegre”.
Y es precisamente Cecilia Dupuy quien, en su ensayo “El erotismo en la poesía de Jorge Gaitán-Durán”, define la nómina que configuraba esa generación de estudiantes que, “de dos a siete de la noche”, asistían a las clases de filosofía. Junto a Gutiérrez-Girardot aparecen Hernando Valencia-Goelkel, Julio-José Fajardo y Carlos Patiño-Rosselli, quienes habrían de sobresalir en el ensayo, la poesía y la lingüística. Precisamente el último, Patiño-Rosselli, escribía en ese 1947 un haz de poemas que, en los meses siguientes, conformaría con otros de Alvaro Mutis, un volumen conjunto titulado La balanza, destruído por el fuego el 9 de abril de 1948. Otro de los asiduos asistentes a esas clases de filosofía, “aunque no matriculado”, era el poeta Jorge Gaitán-Durán. Y si a esto agregamos que otras figuras habituales en la facultad de Derecho eran los recién egresados abogados Pedro Gómez-Valderrama y Fernando Charry-Lara, podemos entender que ya en ese año el grupo Mito comenzó su génesis.
También en 1947 deambulaba por las mismas aulas, pasillos y prados un joven estudiante de la costa caribe, matriculado en primer año en la facultad de Derecho, llamado Gabriel García-Márquez. Es el año de “La Tercera Resignación”, cuento publicado en septiembre en el suplemento “Fin de Semana”, de El Espectador, y de “Eva está dentro de su gato”, publicado en el mismo periódico mes y medio más tarde. Pero lo más sorprendente sucedió el 28 de octubre cuando el escritor Eduardo Zalamea-Borda, quien dirigía el suplemento, le dedicó al novel escritor su muy leída columna “La ciudad y el mundo”, texto que se convirtió en el Acta de Descubrimiento del novelista colombiano. Existen algunos testimonios sobre el impacto que produjo en la facultad de Derecho la súbita consagración de García-Márquez, entre ellos el del estudiante Gutiérrez-Girardot, quien formó parte de ese corrillo de iniciales críticos, entre los que se encontraban Gonzalo Mallarino y Luis Villar-Borda. También pertenecía a este cenáculo un muchacho de temple aristocrático llamado Camilo Torres-Restrepo, quien algunos meses después cambiaría la toga de jurista por la sotana. No deja de ser significativo comprobar cómo en ese año, antesala del “Bogotazo”, es decir, la hora cero de La Violencia que desde entonces ha asolado a Colombia, en las aulas de Derecho coincidieron el más universal de los novelistas colombianos, así como el pensador más crítico e irreconciliable y, al margen de los códigos, el joven que tras elegir el ministerio sacerdotal abjuró de los arbitrarios preceptos de las jerarquías eclesiásticas y optó por las armas de la insurrección. Desde las aulas de la ley y el orden, estos tres hombres habrían de combatir a lo largo de sus vidas y desde ángulos diferentes un sistema social y cultural que ya en esa época les resultaba insoportable.
Desde sus primeros títulos, publicados en Europa, la obra de Gutiérrez-Girardot es una permanente incitación al debate. Es claro que un género como el ensayo implica ecuanimidad y sensatez, contención de ánimo y objetividad. Sinembargo, en un país como Colombia, donde la serenidad se confunde con la pusilanimidad, el ensayo y la crítica suelen ser géneros aquiescentes y gregarios. De ahí la fértil discrepancia que suscitan los escritos de Gutiérrez-Girardot y la importancia que han tenido a lo largo de tres generaciones. La generación de sus contemporáneos, los escritores del llamado Medio Siglo en el ámbito hispanoamericano y de Mito en Colombia. La generación del Postboom, ésa que Angel Rama llamó con acertado criterio “Los contestatarios del poder” y que ya en un año tan crucial como 1968 evidenció su simpatía por las ideas de Gutiérrez-Girardot, tal como lo comprueba el interés de quienes llevaron su admiración hasta el punto de publicar por su cuenta algunos textos del maestro, entre ellos el volumen El fin de la filosofía y otros ensayos. Y, por último, cabe registrar la generación más joven, que todavía transita las aulas universitarias, y que ha incorporado el magisterio de Gutiérrez-Girardot al pensum de sus particulares inquietudes intelectuales.
El lector de Gutiérrez-Girardot encontrará siempre en sus textos una profunda reflexión sobre la historia y la realidad social del ámbito en el que se inscribe el tema cultural que le interesa. Si escribe sobre el caudillo Sila, por ejemplo, no sólo recrea el dominio romano donde este sangriento personaje hace su aparición, apoyándose en Plutarco o en Cayo Salustio, sino que sobre él edifica un puente que le permite analizar la relación entre religión y poder e incluso se da el lujo de comparar el referente romano con los caudillos bárbaros que asolaron la geografía hispanoamericana del siglo XIX. Y es gracias a la reflexión, espoleada por sólidas preocupaciones filosóficas, como Gutiérrez-Girardot busca en todo momento encontrar la verdad. Porque, al igual que Lessing en los tiempos de la Ilustración, el ensayista colombiano encuentra más placer en la búsqueda de la verdad que en la verdad misma. Por ello, esa búsqueda no está exenta de escollos y dificultades y de ahí que también la controversia sea consustancial a sus trabajos críticos. El dogmatismo y las verdades presuntamente establecidas, así como la improvisación y la simulación intelectual, son los baluartes contra los que Gutiérrez-Girardot enfila sus baterías y esas baterías son puestas en acción por la razón y la información, fundadas ambas en el rico acervo de la cultura y afianzadas en el fidedigno conocimiento de las fuentes. Vistas así las cosas, a ningún lector le extraña el que Cayo Salustio alterne en las páginas de Gutiérrez Girardot con los cuentos de Rubén Darío o que Lichtenberg, Von Kleist y Hoelderlin se codeen con las Silvas de Andrés Bello, el “dandismo” de José Asunción Silva o los ensayos de José Enrique Rodó. En todo caso, y más allá de la pretensión enciclopédica, el método es el patrón que rige las directrices intelectuales, ávidas, insaciables, recurrentes del autor de Heterodoxias.
El magisterio de Gutiérrez-Girardot no sólo se enfoca a restaurar el valor de las viejas lecciones y la ética relegada al desván sino, también, a desenmascarar la impostura y las torcidas artes de nuevos gesticuladores, a su vez copias pobres del que tan hábilmente denunció Usigli en 1937, cuando la Madre Patria reivindicaba con su Guerra Civil los privilegios de Caín y el resto del mundo vivía la antesala del desastre total. Obviamente, este implacable desenmascaramiento incita a la conjuración de los afectados y que, desde Madrid a Buenos Aires y desde México a Bogotá, convierten al incómodo librepensador en objeto de sus andanadas. Enemigo de todas las castas y excomulgado por las ortodoxias, Gutiérrez-Girardot logró sobrevivir gracias a que a su pluma la asistió la razón y un propósito indeclinable: al combatir las ortodoxias no pretende demolerlas para construir otras en su lugar. Y esa feroz independencia lo convierte en protagonista único de su propia película intelectual ya que, “solo ante el peligro”, nunca arrió sus banderas ni bajó el tono de su voz ni se dejó intimidar por la algarabía de sus detractores.
Su generosidad intelectual fue proverbial y ello lo constata su temprano libro Jorge Luis Borges. Ensayo de interpretación, libro que a juicio incluso de uno de sus más pertinaces enemigos, Emir Rodríguez-Monegal, “puso en marcha el reconocimiento internacional de Borges”. Y lo que hizo con Borges en Alemania lo hizo al introducir a Walter Benjamin en Hispanoamérica gracias a esa cátedra escrita que fue la colección “Estudios Alemanes”, que Victoria Ocampo creó y puso al servicio de Gutiérrez-Girardot y de H. A. Murena en las prestigiosas prensas de Sur. Porque esa fue otra de las características del ensayista colombiano: su interés por definir lo que culturalmente significan la reciprocidad y la confluencia. Y cuando se habla aquí de reciprocidad no se habla de intercambio de favores, algo tan usual en la sociedad literaria hispanoamericana, sino de filiación intelectual, de universalización de valores que por una u otra razón tienden a quedar inéditos en éste o aquél lado del océano. Y por confluencia entendemos el nutricio intercambio de savias y esencias que le devuelvan a la cultura su razón de ser, la convicción de conformar un todo orgánico por encima de las fronteras.
Desde aquellas lejanas jornadas de 1947, cuando en medio del dogmatismo partidista Colombia se desangraba, Gutiérrez-Girardot y sus compañeros de generación -que casi sin excepción conformarían siete años después el grupo Mito– intuyeron desde las aulas de la Universidad Nacional de Colombia, que la función del escritor, y en especial la del ensayista, no es la de convertir a sus lectores a su credo sino la de suscitar inquietudes, despertar apetencias, introducir la duda y el escepticismo en su hasta ahora inconmovible repertorio de certezas. El ensayista, así visto, es un seductor, un corruptor de convicciones que antes se consideraban inalterables pero que, gracias a esa fecunda intromisión en el fuero ajeno, el ánimo se doblega ante la duda y la curiosidad abre la puerta de lo que antes era inexpugnable.