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El mirador de la Rheinaustrasse

Antonio García-Lozada

Para quienes empezamos a estudiar las letras latinoamericanas a mediados de la década de 1980, el nombre de Rafael Gutiérrez-Girardot tenía resonancias semilegendarias. Sabíamos que, a contracorriente de las modas académicas, él prefería ir abriendo innovadores caminos no sólo para que se pensara por cuenta propia, sino para que Nuestra América se desligara de ataduras e imposiciones y tuviéramos un mundo menos acartonado. Se hablaba de su erudición, de su conocimiento casi inventarial de la literatura del siglo XIX, de sus esclarecedoras incursiones en la poesía hispanoamericana del siglo XX, en la literatura alemana, y de sus iluminadores estudios sobre Borges, Nietzsche y Hegel. Sinembargo, se le conocía mayormente por el libro de El Modernismo (1983), el título que reclamó en buena parte la fama de Rafael Gutiérrez- Girardot -en el ámbito académico en los Estados Unidos- y que desde su aparición se ha convertido en libro clásico y obligada consulta de los estudios literarios en el siglo XX.

Con la tercera edición de El Modernismo (2004) encontramos que aquella notoriedad está más que fundada. “Sólo queda esperar que en el 2083 otro Gutiérrez- Girardot publique un libro, si aún existen libros, que haga justicia, amplíe la perspectiva, ponga las cosas en su justo lugar como él lo ha hecho con los fundadores de la modernidad, a diferencia de la contemporaneidad, hispanoamericana” puntualizó en el prólogo José-Emilio Pacheco.1El propio Pacheco, escritor mexicano, ha descrito con sumo entusiasmo y penetración los rasgos de la obra de Gutiérrez-Girardot y subraya que “lo único que lamento de las incursiones siempre fascinantes por sus escritos es que no puedo discutir a fondo con él porque no tengo ni tendré ya nunca sus conocimientos. Para no hablar de su inteligencia tan rigurosa como generosa”.2 Sin duda estos valiosos juicios de José-Emilio Pacheco se apoyan en una realidad concreta, pero también es cierto que la lectura atenta de este libro y de las otras obras de Gutiérrez-Girardot no entrega una dimensión nada diferente. Por el contrario, nos reconfirma y permite comprender la variada riqueza de sus aportaciones.

Pocos goces espirituales más incitantes pueden ofrecerse como el que nos depara el hecho de que José-Emilio Pacheco haya sido quien prologó la última edición del Modernismo. La unión de estos dos maestros consumada ahora en las páginas impresas de esta edición es motivo para recordar otro hecho singular. A mediados de septiembre de 1988, Graciela Palau de Nemes y Saúl Sosnowski, profesores de la Universidad de Maryland en College Park, organizaron un coloquio sobre el modernismo hispanoamericano para celebrar el centenario de la publicación de Azul…, y entre la nómina de conferencistas invitados se encontraban Ivan Schulman, Evelyn Picón Garfield, José-Emilio Pacheco y Rafael Gutiérrez-Girardot. El encuentro fue animadamente polémico y todos los que asistimos -estudiantes de postgrado, profesores, académicos e invitados de la comunidad circunvecina- pudimos disfrutar de la jugosa discusión, pero ante todo, llamó la atención tanto a los conferencistas como a la audiencia el talento y la agudeza del profesor Rafael Gutiérrez-Girardot por la amplitud de elementos con los que presentó su apreciación del modernismo hispanoamericano. Y como todos los grandes, Gutiérrez-Girardot se ganó la admiración de los estudiantes graduados y de los que no declinábamos nuestra fe por un mundo mejor. José-Emilio Pacheco al final de una de las mesas redondas intervino emocionadamente para agradecer la presencia de Rafael Gutiérrez-Girardot, pero a su vez para dar cuenta de la originalidad de sus reflexiones y puntos de vista, lejos, muy lejos, de retóricas simuladoras e infundadas extrapolaciones. Las dotes de inteligencia y seriedad de Gutiérrez-Girardot le ganaron igualmente la estima de Saúl Sosnowski, quien lo invitó para que regresara a College Park, en calidad de investigador visitante, becado por la Fundación Rockefeller.

A partir de este encuentro en 1988, entablé con el profesor Gutiérrez-Girardot una inicial amistad que se fortaleció a su regreso a College Park, en el semestre de la primavera de 1990, y que creció doblemente: con afecto y continuación hasta el pasado 27 de junio del 2005. Es innegable que su paso por el edificio Juan Ramón Jiménez -donde se encuentra ubicado el departamento de español y portugués en la Universidad de Maryland- fue trascendente no sólo por lo que significó para mí como estudiante, compatriota y amigo suyo, sino por un buen número de recuerdos que igualmente atesoraron otros compañeros de estudios. Siempre estuvo dispuesto a compartir su tiempo, nos invitó a departir con él varias tardes de disertación en aquella planicie verde de College Park donde estaba enclavada una comunidad latinoamérica representada por un puñado de estudiantes de postgrado. Nada ilustra mejor su formidable don de gentes cuando -por su propia iniciativa- nos ofreció durante aquel semestre un seminario sobre la fenomenología del espíritu de Hegel. Esto es notable porque él no estaba obligado a enseñar ninguna clase sino a cumplir con un proyecto de investigación. Rafael Gutiérrez- Girardot, a diferencia de muchos otros becarios que desfilaron por el edificio Juan Ramón Jiménez, demostró, en éste y en muchos sentidos, ser un maestro a cabalidad: sin pretensiones, sin poses, sin arrogancias, sin egoísmos y mucho más singular por la calidad de su personalidad inmediata, sencilla, modesta, no obstante la profundidad y la amplitud de los conocimientos que impartía.

Sólo se puede alcanzar la fecunda, la promotora y enaltecedora calidad de maestro quien como Rafael Gutiérrez-Girardot puso su vasto y hondo saber y su serena pasión intelectual al servicio permanente de los demás que para él fueron invariablemente los primeros. Ser su discípulo era ser su amigo. De ahí, todo lo precioso que indefectiblemente llegara a significar una simple y pasajera conversación con él o sus cartas plenas de afecto, de cordial interés tal como las que, en el curso de diecisiete años, me otorgaron viva y dadivosa incitación y amistad irrecompensable. En ellas alentó mi investigación para mi tesis doctoral y en los estudios literarios que he seguido. Su consejo acudía estimulándome y descubriéndome valiosas perspectivas.

A pesar de sus largos años en Bonn, Gutiérrez-Girardot seguía siendo esencialmente colombiano. Creo que esto está lo suficientemente claro como para no expandirnos demasiado en ello. Basta con leer la mayoría de su obra para comprenderlo, para asombrarse de que, en algunos momentos, ciertos espíritus estrechos en Colombia le hayan reprochado su formación germánica como si esto le añadiera o restara valor a su originalidad. Por supuesto, siempre el chauvinismo, la mezquindad, la envidia, ha sido inevitable en varios compatriotas -sobre todo de algunos intelectuales- y en concreto cuando Gutiérrez-Girardot se convirtió en nuestro ensayista y pensador de primera línea. Como no era fácil discutirle sus iluminadores conceptos se le cuestionó por ser irreverente y, peor aún, al endilgársele el calificativo de boyacense europeizado. José-Emilio Pacheco ha sido muy puntual y justo cuando observa que Gutiérrez-Girardot: “Nunca ha asumido la actitud del europeo. Nada más ajeno a él que el fervor del converso”.3

Aún peor es lo que proviene de aquellos escritores colombianos que recientemente han cuestionado: ¿Qué escogerá la posteridad de la obra de Gutiérrez-Girardot si fue tan implacable con Octavio Paz y Ortega y Gasset? Para estos compatriotas, cabe comentar que los departamentos de literatura latinoamericana y española, en la unión americana, están en vía de extinción. Precisamente, por lo que siempre criticó el maestro Gutiérrez-Girardot: las modas de la crítica literaria. Estas modas son las que produjeron los llamados estudios culturales. De ahí que la creación literaria haya sido relegada y hoy en día poco o nada importa. Últimamente, ha sido más cómodo y rentable diseñar cursos, seminarios y coloquios sobre la cultura popular: la voz del subalterno, el grafitti, las tiras cómicas, las artesanías, la expresión corporal del regetón, etc… como áreas de interés inmediato. A raíz de este fenómeno aplastante, hace un par de meses, el maestro Gutiérrez y yo conversábamos con cierta nostalgia sobre la nueva autoridad que en la academia norteamericana fija los criterios de exclusión. Y como de costumbre, con su buen sentido de humor, me decía: “este es un desafío más temerario que el de la computadora portátil contra mi máquina de escribir Olivetti. En resumen, no hay que esperar una década para valorar la vigencia o lo que la posteridad escogerá de la obra del maestro Gutiérrez-Girardot, cuando la historia inmediata ya le ha estado dando su lugar prestante, otorgándole la razón de que las teorías literarias surgen a partir de la lectura del texto y no del pretexto que ha generado un discurso opaco, reduccionista, y amnésico.

A partir de su ejemplo, adquirí la convicción de que, además del saber y el desprendimiento, la condición de maestro exige una buena dosis de humildad; que en todo maestro, para ser tal, debe estar despierta la inquietud y el afán cognoscitivo del genuino estudiante. Nunca olvidaré que, con ocasión de un congreso en la ciudad de Washington sobre ensayistas latinoamericanos y en la que yo presentaba un trabajo sobre José-Luis Romero, Rafael Gutiérrez sentado en primera fila anotaba diligentemente algunos de los conceptos que yo planteaba y que a él le movieron su interés. Así era el maestro Gutiérrez, ejemplar en todo. Por ello pudo formar tantos y tan excelentes discípulos a los dos lados del Atlántico. Entre algunos de ellos se encuentran Soledad Traverso Rueda, Evelyn Canabal Torres, María Elena Moll Sureda, Luis Fernando Restrepo, Alvaro Salvador Jofre y Sonia Mattalía.

Cometió errores, por supuesto, pero fue el primero en criticarse y aceptar sus equivocaciones y poseo una copiosa correspondencia que corrobora ese sentido de transparencia y honestidad. Fue leal con sus ideas y con sus amistades. No quiso regalarle su obra crítica a nadie y por eso la preservó renovadora y libre hasta el final.

Rafael Gutiérrez-Girardot ha muerto. Lo que nos ha quedado es una inexpresable sensación de súbito empobrecimiento y desolación. No porque nos falte su obra, que alcanza y sobra para colocarlo entre los ensayistas y pensadores latinoamericanos más grandes de nuestro tiempo y que nos acompañará siempre. A mí en particular, me faltará su apretón de manos cálido y franco, su sonrisa de bienvenida, sus llamadas o sus comunicados por fax desde Bonn, pero sobre todo esa mano que me tendió sin una sola vacilación para ayudarme, apoyarme y animarme en mi vida profesional.

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Edición No. 134