Cargando sitio

El noble oficio de la arriería

Hace unos años tuve la peregrina idea de analizar todos los departamentos para catalogarlos según sus riquezas naturales y culturales. Me inventé tres mediciones: pueblos bellos, hermosos paisajes e identidad histórica asumida. El factor económico no entraba en mis apreciaciones. Encontré con tristeza que el tercer baremo no figuraba en la mayoría de los departamentos. Santander fue el favorecido en mis elucubraciones. Tiene pueblos muy bellos empezando por Barichara reconocido como el más hermoso de Colombia; tiene espectaculares paisajes como el Cañón de Chicamocha, las cavernas más hermosas del país y el páramo de Santurbán, y sobre todo tiene identidad histórica asumida; el espíritu de los Comuneros se siente, vibra en la cultura y en la arisca idiosincrasia de los santandereanos. Publiqué el artículo e inmediatamente las autoridades de Santander me agradecieron y me dijeron que sería nombrado “santandereano honorario”, visto lo cual decidí no publicar más artículos sobre el tema, no fuera que lectores suspicaces dijeran que yo lo hacía para recibir homenajes. A todo ello se unió que el gobernador oferente fue imputado por esos días con presuntos delitos.

En mis listas el segundo “departamento” es y era “la zona cafetera” y al declararlo así creo no haber pecado de subjetividad. La zona cafetera tiene el indefinible paisaje del Parque Nacional Natural de los Nevados con sus picos blancos, sus lagunas y sus páramos; el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia (PCCC) ha sido declarado “patrimonio mundial de la humanidad” por la Unesco; el valle de Cocora con sus palmas de cera es uno de los rincones naturales más bellos y visitados de Colombia; Filandia figura en la lista mundial de pueblos más bellos; también lo son Salento, Pijao y Salamina; y finalmente el espíritu de los arrieros vibra en el alma, es como un hierro al rojo vivo en las fibras del corazón de los habitantes del Viejo Caldas, del Norte del Valle y del Tolima, impreso allí  ese “fierro” por la madre Antioquia. Detrás de  las humildes y resistentes mulas, que cargaban tanto los trebejos de la cotidianidad como los bultos de café, de cacao, de plátano y de naranjas marchaban los que fueron nuestros padres, abuelos y bisabuelos, ataviados con sus ponchos, sombreros de paja, pañuelos rabo de gallo, y pantalones de dril, delantal de cuero, bota pantanera y con el machete a la cintura, el carriel de nutria y el bordón. Así me hubiera gustado conocer a mi padre, que de joven fue arriero. Ese olor penetrante del sudor de las mulas se siente con su pedestre e inconfundible “aroma” en los caminos de herradura de la patria.

En mi casa, como en casi todas las familias paisas, se rezaba el rosario al anochecer y enseguida mi padre contaba historias de arrierías, recuerdos de su juventud: tigres en las entonces selvas del Viejo Caldas, encuentros con serpientes venenosas, cruce  de ríos correntosos, viajes por trochas intransitables, travesías con noches estrelladas o bajo terribles aguaceros, parrandas en las fondas  con muchachas bonitas y músicos aguardienteros, problemas con mulas tercas y correlonas, momentos de callada emoción en tramos hermosos del camino…Estos  valientes y sufridos arrieros fundaron pueblos y ciudades y crearon el progreso del país.  En las tertulias familiares mi padre encendió mi imaginación y creó al nómada que palpita en mí y que me ha llevado por los confines de Colombia y del mundo, hasta graduarme en sudores y caminos.

Felipe Valencia-Acuña, de 14 años, adolescente arriero de Santa Isabel (Tolima),  uno de los jóvenes que prolongan el bello oficio de los arrieros. En Santa Isabel se celebra cada año el 19 de agosto el Festival de los Arrieros, en el que los participantes demuestran sus habilidades en el oficio. (Fotografía de Andrés Hurtado-García)

Niño yo, pensaba que los únicos arrieros del país eran los antioqueños, que venían de Marinilla, Sonsón, Ríonegro, Titiribí, Andes, Jericó, Abejorral, Támesis, Jardín o La Estrella (como mi padre). Pero no, arrieros hubo y hay en todo el país, porque en todas las montañas hay fincas y caminos de herradura y los entrañables willys de las fincas cafeteras no han podido erradicar de la faz de Colombia la saga de los arrieros.

Arrieros en el Huila que traían desde la selva la corteza de  la quina  para erradicar las fiebres; arrieros de Nariño que comerciaban con la zona del Pacífico; arrieros en Santander que  crearon los caminos que recorrería Lengerke; arrieros en Boyacá que intercambiaban con  los Llanos Orientales; arrieros que convirtieron a Honda, en el puerto interior más importante del país; a esta Ciudad de los Puentes llegaban las mercaderías y el oro que se embarcaban por el Magdalena  rumbo a Europa y puerto al que llegaban los funcionarios  y mercancías procedentes de España. De Honda arrancaba y en Honda terminaba el Camino Real que la unía a Santafé, la capital del Virreinato. Ese Camino Real lo transitaban los virreyes cómodamente llevados en andas por los sufridos esclavos o por los arrieros en sus cabalgaduras.

El Camino Real más transitado durante la Colonia fue el Paso o Camino del Quindío que salvaba la Cordillera Central, partía de Santafé, bajaba hacia Honda y seguía por Mariquita e Ibagué; allí se dirigía hacia la Cordillera en el sitio de Toche, que se encuentra  casi en las faldas del temido volcán Machín; en esta zona se encuentra el bosque más bello e impresionante de árboles de palma de cera del país, con 900.000 ejemplares; el camino subía hasta la cima de la Cordillera Central, descendía a Salento y cruzaba horizontalmente, en dirección oriente-occidente hasta juntarse con el camino que venía procedente de Medellín y que dirigiéndose al sur pasaba por Cali, Popayán y Pasto, ciudades que ya existían, e iba a terminar en Quito.

Los arrieros que transitaban este durísimo camino cargaban desde campanas, pianos, bancas de iglesias y toda clase de implementos y enseres. Estos arrieros preferían los bueyes a las mulas porque los encontraban más funcionales y resistentes; el camino era estrecho y peligroso en invierno; muchas veces los bueyes se salían del camino y rodaban por los barrancos con todas las cargas. Por este Paso del Quindío transitaron indios, arrieros, científicos como Humboldt que aquí conoció y se maravilló ante la palma de cera, guerreros como los soldados de Bolívar y los contendientes de la Guerra de los Mil Días.

La aparición de las carreteras y los medios modernos de transporte no han reemplazado a los arrieros porque fincas y montañas y caminos de herradura siguen existiendo.  Arrieros todavía recorren, por fortuna, los caminos del antiguo Caldas, del norte del Tolima, arriendo sus recuas y llevando riquezas e ilusiones en Fresno, Casablanca, Herveo, Murillo, Santa Isabel,  el  Líbano  y Villahermosa y caminos en el norte del Valle como Sevilla, Caicedonia, Argelia, Toro, Versalles y Alcalá, todos pueblos de colonización antioqueña. Manizales, la urbe por excelencia de la cultura paisa y cafetera se enorgullece del más bello monumento a los colonizadores; eran todos arrieros. El autor del monumento es Luis Guillermo Vallejo. El grupo escultórico pesa 50 toneladas y fue fundido en cobre donado por los manizaleños con llaves y objetos de este metal. La obra exalta el duro trabajo de arrieros y de bueyes y la alegría de la llegada a Manizales después del recorrido por ásperos ríos y montañas. 

No solamente no se extingue el noble oficio de los arrieros, sino que en pleno siglo XXI, orgulloso de su técnica, de su desaforado progreso material y de los impresionantes alardes electrónicos, en varios pueblos de Colombia la juventud hace el relevo de los abuelos. Así ocurre por ejemplo en Santa Isabel, alegre y dinámico municipio del Tolima que se encuentra a la sombre oriental del Nevado Santa Isabel. Allí celebran cada año el 19 de agosto el festival de la arriería al que acuden participantes de lejanos pueblos del Tolima, del Valle y de Caldas. Se premian las habilidades del oficio. En este pueblo vimos arrieros jóvenes, enamorados del oficio. Uno de ellos es Felipe Valencia Acuña, de 14 años, casi un niño. Aprendió el oficio ayudando a su abuelo.  Fuimos a su casa y lo vimos aperar las mulas con mucha presteza y propiedad, ataviado con todas las prendas propias del oficio. Vimos cómo levanta tranquilamente bultos de 4 arrobas (50 kilos) y cómo maniobra para que la carga ya montada a un lado de la mula no caiga al suelo mientras coloca la del otro lado. Para nosotros, mi sobrino el odontólogo César Román Hurtado y yo, descendientes de arriero, fue un momento de emoción ver al “pelao” prolongar el oficio de nuestros progenitores.

No acabaría nunca de hablar de los arrieros, el tema me engolosina. Termino con  quizás la más bella  copla arriera de Colombia. Se encontraron en una fonda caminera llena de arrieros, Gregorio Gutiérrez González y el General Julio Arboleda. No se conocían y ambos sabían que eran repentistas. Gregorio se dirige a Julio y le dispara:

“De dónde vienes,

y a dónde vas,

cómo te llamas

y cómo estás”.

Julio emocionado se levanta y le contesta:

“De  Antioquia vengo

y al Cauca voy,

Julio me llamo

y bien estoy”.

Acto seguido se abrazaron emocionados y siguieron tomando aguardiente.

Cuando veo en mis excursiones por las montañas bajar las recuas y tras ellas los arrieros, no puedo disimular unas lágrimas, furtivas o no, que se deslizan calladamente. No tengo, la culpa, mi padre fue arriero.

Compartir:
 
Edición No. 213