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El pan y las palabras: poesía de Eugenio Montejo

La poesía de Eugenio Montejo persigue abarcar el mundo en su totalidad, escribió Francisco Rivera en un revelador ensayo sobre el poeta publicado en 1981 (Revista Eco, Bogotá, Núm. 232). El acierto de la conclusión es notorio cuando se ordenan las claves de los textos en un sistema de relaciones significativas que los iluminan recíprocamente: los símbolos de un poema específico proyectan múltiples y aún más ricos sentidos cuando se ven como un proceso: vale decir, se valorizan mediante y gracias a las alianzas que entabla esa comunidad textual. El lector descubre entonces un corpus constituido no como una suma sino como un diálogo.

            Es cierto que la característica anotada es con frecuencia observable en todo trabajo literario verdaderamente logrado, y esto es lo que adelantó Roland Barthes alguna vez en una definición lapidaria: “L’écrivain est un expérimentateur public: il varie ce qu’il recommence; obstiné et infidèle, il ne connaît qu’un art: celui du thème et des variations”. Yo creo que la obra de Eugenio Montejo ilustra con singular relevancia esas palabras.

Francisco Rivera ve en Montejo a un “poeta de lo actual que viene de tiempos muy remotos y que a esos tiempos quiere regresar”, y al resumir esa impresión –que en efecto produce la escritura de Montejo- determina sus dimensiones míticas. Por eso coincido con el crítico cuando señala el poema “Arqueología” como el centro de una constelación: los símbolos que la configuran, diseminados de poema en poema y de libro en libro, son convocados y reunidos allí; y en ese espacio se manifiesta el desiderátum de esta poesía:

Donde estuvo Orfeo

y crecieron las náyades,

donde fue Tebas con sus siete puertas

y Manoa, la maléfica,

y la Atlántida de fastos sumergidos,

no es senda de pétrea arqueología

para olfato de sabios,

-sus sueños siguen a los hombres,

los continentes se desplazan.

Al oído del árbol

donde un ave susurre,

donde Orfeo sea una lira, una guitarra

y la sangre trasiegue sus infinitos cantos,

donde la vida abra sus signos

volverá lo que fue, lo que nunca perdimos,

mientras queden amantes en la noche

que abran las siete puertas del deseo

para que Tebas nazca.

            Poesía, pues, como rescate de otro tiempo y como refundación de otro espacio en el lenguaje: “…acacias emergidas de un paisaje antiguo”, se lee en Élegos, el primer libro; “Escribo para fundar una ciudad…”, o “…cuanto escribo / proviene como yo de algo muy lejos”, en libros posteriores. Notaciones recurrentes que convienen al tema mítico, así como los símbolos fundacionales insinúan o dibujan los caminos de regreso al tiempo y al espacio del origen: el árbol, la casa, el río, los pájaros. Los viejos símbolos, diciendo una vez más la discordia entre la realidad y el deseo.

            Esa discordia es central en la escritura de Montejo, y su recurrencia lleva a describirla como diálogo textual o, mejor aún, intratextual. Tema y variaciones, según la definición de Barthes, pero a la cual yo agregaría que la práctica de las variaciones en Montejo no sólo tiene que ver con la génesis del significado: en su caso, también se trata a menudo de una actividad generadora de significantes a partir de otros significantes.

            No aludo, desde luego, a las paronomasias o a otras figuras originadas en esa actividad (anáforas, aliteraciones): me refiero al modo como ciertos motivos pasan, se continúan o se contradicen de un texto en otro y otros. Intertextualidades reflejas, sin duda, autofecundación de textos; pero en los que resalta el trabajo artesanal del lenguaje que Montejo –prosista de palabra ejemplarmente vigilada- ha señalado como una vocación temprana. Volveré sobre esto.

            El traspaso de los significantes (juego generador de textualidades) ocurre de muchas maneras en esta escritura y es uno de los rasgos que la singulariza. Puede ser una imagen que se desplaza desde el final de un poema al centro de un texto posterior: “…los muertos andan bajo tierra a caballo”, último verso del primer poema de Élegos, reaparece con leve variación en “Cementerio de Vaugirard”, en Muerte y memoria: “…muertos bajo tierra a caballo”. En ambos poemas se advierte sin embargo una operación germinativa más compleja, en la medida en que menciones semejantes se contextualizan con tonalidades y en ámbitos diferentes:

En los bosques de mi antigua casa

oigo el jazz de los muertos.

Arde en las pailas ese momento del café

donde todo se muda. […]

(“En los bosques de mi antigua casa”)

[…]

Alba de Vaugirard, rincón donde la muerte

es una explosión interminable.

Piedras, huesos, retama.

¿Quién oía el tintinear de sus pailas

a la sagrada hora del café

cuando son interminables sus chácharas?

(“Cementerio de Vaugirard”).

            El reprocesamiento continuo de los significantes realizado por Montejo incide de manera decisiva en la lectura de sus textos: el espacio abierto por esas menciones, que podrían llamarse migratorias, se llena a veces de resonancias que vienen de otro espacio cercano: los pájaros de “Insomnio”, vistos o sentidos afuera en la noche de invierno, en el libro Algunas palabras (“afuera están los pájaros saltando / en ráfagas de hielo / y el frío los enmudece”) aparecen y desaparecen en Terredad, o “se convierten en estrellas / pero no cantan” en “Réplica nocturna”, de Trópico absoluto; pero ellos siempre están presentes como en el inolvidable poema “Pájaros”, del ya indicado libro Terredad: “[…] si hay algo real dentro de mí son ellos, / más que yo mismo, más que el sol afuera; […]”. Anoto sólo algunos ejemplos aislados: la muestra de un registro posible de tales relaciones y la sugerencia de un examen puntual de su sentido.

            Persisten los temas y recurren los procedimientos constructivos en la sabia escritura de Montejo, incluso en su prosa ensayística o crítica, como lo revela la estrecha correspondencia entre sus poemas y los artículos del libro El taller blanco, publicado en 1983. En ese volumen, que en suma constituye un memorable breviario de sus preferencias como escritor, Montejo diseña su poética: al caracterizar la poesía del primer Pellicer, la actualidad de Ramos Sucre, la compenetración del hombre y del paisaje en Vicente Gerbasi, la gravitación de la memoria en la poesía de Cavafis, las meditaciones de Antonio Machado o el acuerdo cordial del poeta y del filósofo en la obra de Lucian Blaga, adelanta ciertas notas siempre corroboradas por su poesía.

            Pero El taller blanco incluye otro texto que ilustra con plenitud los traspasos y continuidades escriturales que he reseñado. El artículo que da título al libro, situado en el centro mismo del volumen, es un hermoso testimonio autobiográfico desplegado a partir de una reflexión sobre el oficio poético. Montejo evoca entonces un espacio que cobijó buena parte de su infancia, “un taller de verdad”, como él dice: la panadería de su padre. Ese testimonio, no ajeno a las sugerentes lecturas de Bachelard, remite –subtendiéndola- a la escritura del poema “La cuadra”, del libro Trópico absoluto; más aún: esa recuperación del tiempo y del espacio perdidos que es el poema, cristaliza como imagen lo que el texto en prosa representa bajo la especie de la reflexión evocativa:

El pan y las palabras se juntan en mi imaginación sacralizados por una misma persistencia. De noche, al acodarme ante la página, percibo en mi lámpara un halo de aquella antigua blancura que jamás me abandona. Ya no veo, es verdad, a los panaderos ni oigo de cerca sus pláticas fraternales; en vez de leños ardidos me rodean centelleantes líneas de neón; el canto de los gallos se ha trocado en ululantes sirenas y ruidos de taxis. La furia de la ciudad nueva aventó lejos las cosas y el tiempo del taller blanco. Y sin embargo, en mí pervive el ritual de sus noches. En cada palabra que escribo compruebo la prolongación del desvelo que congregaba a aquellos humildes artesanos.

                                                                       (“El taller blanco”).

Antes que las palabras fue la cuadra mi vida,

hombres de gestos nítidos,

copos de levadura,

fraternidad de nuestra antigua sangre.

[…]

A un punto de la sombra todos se desvanecen,

casa por casa el pan se repartió,

la cuadra ahora está llena de libros,

son los mismos tablones alineados, mirándome,

gira el silencio blanco en la hora negra,

va a amanecer, escribo para el mundo que duerme,

la harina me recubre de sollozos las páginas.

 

                              (“La cuadra”).   [1984]

 

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Edición No. 182