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El «profe» y su burro-biblioteca

-¡Llegó el gas!  – Corra mijo y diga que sí necesitamos una pipeta-  grita una campesina de la vereda de Santa Isabel, por allá en el centro del departamento del Magdalena, mientras termina de lavar la ropa de sus seis hijos. 

-No es el gas, mamá, es un burro,  un burro cargado de libros,  y tiene una campana en el cuello, es un burro lector!!!

Esta escena la ha vivido muchas veces Luis Soriano Bohorques,  maestro licenciado en Español y Literatura, quien todos los fines de semana carga el burro que le prestó un vecino. Pero no lo hace ni con canecas de  leche, ni con agua, como se acostumbra en esta región ganadera donde los burros son tan comunes como los perros, pero donde seguro, ninguno se imaginó que iba a cargar libros e iba a convertirse en un burro ilustrado.  

Porque Luis tiene desde hace año y medio un programa que ha llamado Biblioteca Rural Ambulante: El biblioburro, a través del cual lleva conocimiento, lectura y recreación a los niños campesinos, y a los demás  habitantes de las veredas aledañas al corregimiento de la Gloria, municipio de Nueva Granada, departamento del Magdalena.

Todo comenzó hace tres años cuando Luis, quien estaba sin empleo y ayudaba, por  vocación de maestro, a los niños y niñas de su corregimiento a hacer los deberes escolares y los análisis literarios, se dio cuenta que carecían de libros, y que muchas personas en su tierra, adultos, jóvenes y niños no sabían leer. Se puso en la tarea de recopilar libros, compró algunos, pidió otros, y decidió prestar el servicio de biblioteca en su casa, donde vive con su  esposa y dos hijos pequeños, Luis David  y  Susana, quienes para su fortuna, ya tienen asegurada la  pasión por los libros y quizás el oficio de promotores de lectura ambulantes.  

Una vez convertida la sala en biblioteca, se empezó a correr la voz que en la casa del profesor Luis: la puerta estaba abierta de 2 a 5 de la tarde para todos los niños, niñas y jóvenes que necesitaran hacer una tarea o consultar un libro. Después de las cinco hay que tocar, ¡por la mosquitera tan terrible!,  pero el profe atiende hasta tarde. Sinembargo, Luis, como buen campesino, conocedor de las distancias que hay entre casa y casa en el campo,  lo desvelaban aquellos niños que no podían llegar hasta el corregimiento a consultar.  ¿Cómo harán esos niños para hacer sus tareas? -pensaba en sus noches de insomnio-  si él  sabía que los pocos libros que hay en las escuelas rurales ya están muy viejos y son los que ha donado el gobierno a través de algunos programas como Camina o Escuela Nueva.  ¿Cómo hacer para que esos niños salgan de la ignorancia en la que están y no pase lo mismo que con sus padres, que la mayoría no saben leer ni escribir?

Porque Luis sabe de la importancia que tienen los libros y la lectura desde muy pequeño.  No sólo porque estudió para ser profesor, sino que precisamente, se hizo docente de español y literatura por vocación de lector, y como tal  es consciente de la diferencia que hay entre leer y no leer.  Viene de una familia de mujeres sabias, como su abuela, lectora de la Biblia   y quien sembró en Luis el deseo de  descifrar ese libro que siempre estaba con ella; y su madre,  una mujer inteligente,  quien lo envió a Valledupar a estudiar, junto con sus hermanos,  para que no se quedaran en la ignorancia.  Los mandó a vivir con una tía, una mujer ya entrada en años y quien  fue definitiva para despertar en Luis su deseo de conocer el mundo a través de los libros.

Pensando en los niños del monte, como él los llama, evoca la imagen de su tía quien era muy lectora y a pesar de no haber recibido educación superior, dice él, siempre la veía estudiando.  A Luis le sorprendía mucho y le causaba admiración  que siendo ya una mujer madura, estuviera haciendo el bachillerato de noche.  La recuerda cuando  se ponía a leer las historias  que estaban en unos libros de español muy lindos… Recuerda especialmente una cartilla, Coquito, que traía al final unos cuentos. Allí conoció a  Blanca Nieves,  a Pulgarcito, a Pinocho; allí leyó por primera vez  los cuentos de Gulliver  en la tierra de los gigantes.  Esos cuentos despertaron en él una pasión inmensa.

Hay un libro muy especial, que todavía le fascina, Platero y yo del cual tiene una edición muy antigua que consiguió en una biblioteca. Cuando lo tuvo en sus manos, retrocedió a la infancia, al momento en que empezó  a leer, recuerda que leía todo, los anuncios de los almacenes, los anuncios de los periódicos, hasta rayaba las paredes. El ansia de decodificar esos signos para él fue impresionante, era otro mundo, no sabe como explicarlo.

Y quizás fue ese libro el que le sugirió la manera de solucionar el problema que lo tenía desvelado y poder llegar así con los libros a los lugares más apartados:  ¡un burro, eso es!!!  Había descartado la carretilla, por pesada y porque además tiene problemas en una pierna debido a un accidente; descartó también cualquier tipo de carro por costoso… entre la familiaridad de estos animales en su región y la imagen entrañable de Platero, encontró la solución. 

Pidió prestado un burro, le puso su enjalma, encima los borriquetes que se usan para transportar el agua cuando suspenden la del acueducto o la leche que venden los finqueros, y luego un cajón en cada lado, pero no, podrían estropearse los libros y ¡son tan pocos!. Son casi los mismos que tiene en la biblioteca de su casa. Forró con icopor cada lado de los cajones y allí los puso uno por uno, cuidadosamente.  ¿Y si llueve?  Un plástico, eso es, papel plástico para taparlos y por supuesto la campana, que anuncie que ya llegan los libros.

Ahora recuerda ese primer día cuando salió a la calle con su burro cargado: la gente estaba muy sorprendida. 

-¡Se volvió loco! 

-¡Está loco!  Le dijeron. 

-Te compro el disfraz- le gritaban, con ese humor que caracteriza al costeño sabanero. 

-¡ey! Ya no estamos en carnaval! 

Una señora le preguntó si se iba a mudar, y Luis, sin pensarlo mucho le dijo:  – si, me voy a mudar para tu casa en estos momentos, te traigo ofreciéndote estos libros.

– ¿Los estás vendiendo?  Preguntó un poco sorprendida la señora,  – no, te los voy a ofrecer gratis, para que te los leas.

Y como el ingenioso hidalgo, Luis Soriano sale con su Platero, convertido en Rocinante, ya no a buscar aventuras ni pendencias con otros caballeros, sino lectores y como don Quijote, Luis Soriano  no hace caso de quienes lo tildan de loco, pues él está convencido de lo que hace, cada vez se gana más adeptos, más lectores. Todo se va dando con naturalidad, como dice él,  desde el momento en que sale de su casa con el burro cargado de libros:

  • Cuando salgo con mi burro por la mitad del pueblo me dirijo a las veredas y paso por el sitio donde los choferes de carros esperan a los pasajeros, y como se demora en llenar el cupo, yo les presto novelas para que lean mientras esperan, les presto obras literarias como las de Umberto Eco, o como Agua para chocolate, o El amor en los tiempos del cólera, también les presto fascículos muy entretenidos, o cuentos guajiros que son cortos para que lean rápido y en ese espacio se leen un libro, y muchas veces al día siguiente me dicen, – ey, préstame el libro que me prestaste ayer que quedé en continuación…

Dice que no tiene que hacer mucho esfuerzo para convencer a la gente de que lea.  Llega por ejemplo a una vereda un sábado que es un buen día,  porque la gente sale a puntos de encuentro, como a un campo de football, o lugares donde se inventan espectáculos para entretenerse, como concursos de carreras de burros,  y él llega con su biblioteca ambulante, con su burro ilustrado y lo amarra en el tronco de un árbol y espera, no hace otra cosa en esos momentos pues la gente se acerca, ligerito, antes de que llegue alguien y les quiera quitar el libro que ellos desean, las personas mismas se encargan de todo, dice Luis, él solamente toma la lista de quién se lleva el libro, anota los títulos y ya está. Al sábado siguiente vuelve por allí y cambia los libros.

Las dificultades son de otro tipo, por ejemplo cuando azota el invierno tiene que montar al biblioburro en un camión y lo baja cuando llega a la vereda o a la escuela,  pero por lo demás,

La gente es muy colaboradora, espontáneamente el particular, la señora, el transeúnte, todos colaboran.  Así estamos involucrando a la población en el conocimiento de lo que es una biblioteca, sobre todo con ésta que es una biblioteca ambulante.  Así la biblioteca va adquiriendo muchos amigos. Algunas personas me dicen:  – Ajá, biblioburro y qué, ¿cuándo sales?  O – ¿Cuándo vas con el burro por allá?-  o – Tengo algo que te puedo obsequiar para el burro-  Me han regalado jáquimas, también el papel plástico que es muy importante porque le tengo mucho miedo al agua, como todo libro que se respete le tiene que tener miedo al agua; me han obsequiado plastilina, en fin, cosas que enriquecen la biblioteca ambulante.

Luis vuelve a hacer alusión a Platero, que al leerlo siendo niño, estaba lejos de imaginar cómo  marcaría su camino de lector:

Cuando en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos.  Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo…

Y así va Luis con su Platero criollo recorriendo veredas, alimentando la imaginación de esos niños tan pobres como los de la escena pintada por don Juan Ramón, niños trabajadores que venden dulces, que venden yuca con un saco en la calle, niños que venden chance, que son emboladores, porque como dice Luis, la mayoría de los niños de Nueva Granada están trabajando. Son niños que viven en ranchos muy pobres, que no saben manejar un libro. Y Luis no quiere que se queden así, ignorantes, él sabe que la lectura y la escritura los puede sacar de la miseria y del letargo.

Como buen profesor, Luis no se contenta con llevarles los libros solamente, sino que les ofrece lo que él llama, un espacio lúdico recreativo. El zoológico imaginario crece y al burro lo acompaña la Jirafa Lectora,  un programa que se le ocurrió a Luis cuando vio a su hijo mayor leyendo con los brazos estirados y las piernas también estiradas sobre la pared,  y le preguntó, – ey hijo, ¿por qué lees de ese modo?  – Porque así leen las jirafas, papá.  De allí tomó la idea del programa La Jirafa lectora: juega rondas con los niños, anima los cuentos, lee en voz alta, montan obras de teatro con lo que tienen a la mano, y como los niños de Platero y yo, estos, los reales, se disfrazan con palos, con maleza, con hojas de esas que se adhieren a la ropa. 

Otra actividad de la Jirafa Lectora es la rememoración de las fiestas patrias, porque como dice Luis, a los colombianos se nos ha olvidado nuestro país y él quiere inculcar a los niños desde pequeños amor por su tierra. Una vez, un doce de octubre, celebraron el Descubrimiento de América,  pero esta vez no hicieron de españoles sino de indios y además de los trajes, elaboraron narigueras, tapapechos, tunjos,  todo con barro sacado del mismo monte donde habitan, y luego pintaron las piezas de dorado, quedaron «efectivas» como dice Luis con su acento de costeño montuno.  Los modelos los sacaron de un libro de historia que el profe les mostraba y leía a medida que los niños modelaban.

Luis se ha inventado otra sesión del programa que ha llamado Dibuja lo que ves, en la que los niños dibujan lo que ven en la realidad y lo que imaginan.  A Luis lo han dibujado varias veces lo mismo que a la burra… porque no es un burro, sino una burra el personaje de esta historia, pues como explica el profe, los burros son bestias y se alborotan cuando ven otro burro cerca y él sufre con sólo imaginarse los libros caídos en un charco o empantanados… no,  el profe Luis se aseguró que le prestaran una burra porque son animales mansos, tranquilos, y a ésta los niños la dibujan como una burra sabia de tantos libros  que ha leído y tantos cuentos que ha escuchado.

Ahora está recogiendo la tradición oral a través de los niños y niñas. Está decidido a convertir a los niños de su región no sólo en lectores sino también en usuarios de la lengua escrita, si, que hagan uso de la escritura en sus diferentes funciones, por eso les dice a los niños – para el próximo sábado me tienes un cuento escrito, se lo vas a preguntar a tu mamá, a tu papá, a tu abuela-  Son cuentos del tío conejo, del tío tigre, fábulas, cuentos de la tradición oral que se han ido perdiendo. Nueva Granada, que como municipio es muy joven, pero como poblado se formó con la migración de campesinos venidos de Bolívar durante la llamada violencia de los años cincuentas,  y que cuenta hoy con 12.000 habitantes, de los cuales hay más de 2.000 regados en las veredas, es una zona rica,  no sólo en productos agrícolas, y ganado, sino también en tradición oral.  Dice Luis que allí, sobre todo en los montes, aún se conserva de manera muy auténtica esta tradición. Se da cuenta por los niños, quienes narran unas historias como si fueran adultos. – Cuando voy a la escuela me encuentro con una niña que me cuenta unas historias de duendes, unas historias de espantos, que si no estuviéramos en pleno siglo XXI, yo se las creería, y aunque aparento que le creo, a veces me pone a dudar y le pregunto: 

 -¿Es verdad lo que viste?

Y la niña sonriendo ante la ingenuidad de su maestro le dice, -no profe! Yo me las imaginé, yo soñé eso!.

Aunque trabaja con pocos recursos y por su propia voluntad, ha encontrado algún apoyo, como el que le dieron en Santa Marta cuando la directora de cultura  lo llamó a participar en el programa Biblioteca Al  Parque y el asistió temeroso de que no les fuera a gustar que transportara sus libros en un burro y al contrario recibió apoyo y con más convicción que antes, siguió saliendo todos los fines de semana, no al parque, sino al monte, a deambular por  las veredas y corregimientos, por las fincas y  las escuelas rurales, no sólo a llevar conocimiento y diversión a la gente, sino también a ayudar a solucionar problemas.  Orgulloso de ser también pacificador en disputas  lingüísticas, cuenta él que un sábado, cuando iba con su biblioburro por la carretera, encontró a una señora discutiendo con el señor de la leche, -¡que no se dice lechería, que se dice lechera! 

Ya se estaban alterando mucho y se estaban poniendo colorados de la rabia y en ese momento voy pasando yo y presto el diccionario, y me llevé la satisfacción de que les arreglé el problema, porque todos dos tenían la razón pero en diferentes ángulos.

Sinembargo, Luis sueña con crecer y  multiplicar sus libros, pues los niños ya le piden que les traiga nuevos cuentos, -¡ey profe, cámbienos los cuentos que esos ya  los sabemos de memoria!  Le hacen falta más libros de literatura infantil, un buen Atlas,  libros que hablen de Colombia, libros de geografía, de historia, libros de educación sexual, que piden mucho los jóvenes entre los 15 y 18 años,  en fin, cuando empieza a enumerarlos termina por darse cuenta que todo tipo de libro le es útil, sobre todo por su condición de biblioteca ambulante, en cada lugar hay un lector a la espera del biblioburro, un lector que le grita con alegría cuando oye la campana: 

¡Profe, debería vender helados también, qué bueno leerse un libro chupándose un helado! 

Porque ese deseo de servir a la gente le viene a Luis de ver tanta necesidad, de sentirse impotente, dice, – de ver que la fibra humana, esa que nos hace a todos no ha desaparecido, que quizás aquel señor no manda los niños al colegio porque no tienen plata para comprarle la lista, eso me hizo servirle a la comunidad, el ver que los niños corren por la calle como cualquier animalito pero no saben que existe un mundo diferente que se llaman los libros, me estoy reflejando en esa necesidad, cambiar esa situación, expandir más.  No fuera un burro que fuera un bus, un jeep para que se expandiera en todo el municipio, porque esa pobreza no es solo en las veredas y en mi corregimiento, es en todo el municipio.

Lo que más sorprende en ese maestro que no debe haber pasado de sus treinta y cinco años, es esa mirada serena a través de sus anteojos cuadrados y  esa convicción, esa autenticidad con la que lleva a cabo lo que para él es una misión:  sacar de la ignorancia a la gente de su tierra,  formar como lectores y escritores a esos niños del monte que huelen a melón, que huelen a patilla, como dice él,  niños que no conocen otras cosa, que no tienen acceso a la tecnología, ni al internet; muchos de ellos no saben ni cómo se coge un libro, y hasta en eso piensa  el maestro que hay en Luis Soriano cuando monta en la burra además de los libros, una mesa plegable que le regaló otra tía, para que los niños aprendan a consultar y no lo hagan en el piso de tierra. El sueña con ampliar su servicio, crecer, tener una biblioteca dentro del monte, la primera biblioteca casi selvática, tan bonita como las que hay en las ciudades, que la gente no tenga que ir a las ciudades a buscar el conocimiento, sino que puedan acceder a él en su lugar de origen, en el campo.  Luis tiene muchas maneras de llamar ese sueño:  biblioteca rural comunitaria con servicio ambulante como el que presta hoy en su burra ilustrada.

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Edición No. 195