«El taller blanco»: lectura reflexiva de Eugenio Montejo
Leer al poeta venezolano, Eugenio Montejo, como prosista es la enseñanza de un escritor que reflexiona y evidencia a un artista sensible, paradigma de su tiempo, tanto en formas de ser como de buscar mejores destinos para lo porvenir. De aquí que El taller blanco (1996)[1] de Montejo lo pudiéramos considerar un volumen de joyas reflexivas; a pesar de que ha sido escasamente atendido en artículos, o reseñas. Solamente, Pedro Lastra, Juan Medina Figueredo y Miguel Gomes son los únicos quienes se han referido a este texto; ya que, la mayor atención se ha ocupado de su poesía. Situación curiosa y penosa al mismo tiempo, pues El taller blanco es un ejemplo significativo de una prosa tersa y alto vuelo de erudición. No obstante, cabe aclarar que Montejo no pretendió erigirse como criterio último, sino, más bien, compartir con nosotros sus lectores, y orientarnos, más que convencernos. Es decir, casi todo sugiere la presencia de un escritor que quería ser percibido como un diligente lector, como alguien que reflexionaba con discreción, sólo guiado por el afán de comunicar el mismo placer que había experimentado al sumergirse en diversos textos o experiencias de su entorno.

[1] Los textos de El Taller Blanco fueron publicados en 1996 por la Universidad Autónoma Metropolitana de México y se mencionará el número de página de las citas que se incorporen en el presente trabajo.
Como todo libro de ensayos, dedicados mayormente a la literatura, el propósito visible de El Taller Blanco es conformar una breve biblioteca de autores. En Eugenio Montejo, ese propósito está cifrado en el título que eligió. El Taller Blanco, es decir, es una colección de materiales literarios, y vivencias de su peregrinar, trabajándolos frente a la página en blanco con su fina pluma y el deseo de proporcionar valores universales a sus lectores. En el volumen se incluyen veinticuatro ensayos, que ocupan más de doscientas cuarenta páginas, dedicados a la literatura hispanoamericana y universal. Entre algunos de estos autores se encuentran el colombiano Nicolás Gómez Dávila, el mexicano Carlos Pellicer, los venezolanos José Antonio Ramos Sucre y Simón Rodríguez, los argentinos Raúl Gustavo Aguirre, José Bianco, Alejandro Rossi, y Jorge Luis Borges, el español Antonio Machado, el canario Eduardo Gregorio, y el portugués Mario de Sá- Carneiro. Y completan el volumen veinte y siete fragmentarios. Con esta biblioteca breve, sin manifestarlo así se percibe entre líneas que la tradición literaria hispanoamericana sigue germinando y se va entroncando con lo universal. Específicamente, las reflexiones y actitudes que ejerce Eugenio Montejo en este libro son propias de quien conoce, en particular, la poesía desde un amplio punto de vista del creador, y no del crítico engolado, del censor moralista, del ámbito académico y no siempre con razón. Montejo nos presenta obras, o vivencias, en las que arroja luz, nos señala caminos, nos suscita curiosidad, y nos dice lo que vivió como lector, lo que de verdad le importaba, y de esta manera nos legó un conjunto de posibilidades que ofrecen los autores incluidos. No encontrará el lector en ellos modas conceptuales tan de gusto en el círculo de los llamados exégetas de la literatura. No: las aproximaciones de Montejo no sufrieron de ese gusto y gracias a ello, y a su talento personal, podemos seguir enriqueciéndonos con sus reflexiones. Es notable apreciar, por ejemplo, cómo Montejo explota de manera magistral las fuentes bibliográficas dentro del texto para corroborarnos su capacidad, su lucidez, y forma de pensar por sí mismo.
Quizás la ausencia de algún estudio, o artículo, sobre el Taller Blanco se deba a que este compendio de ensayos, para ciertos críticos literarios, no formó parte del canon catedrático, de los “ismos”, y, por lo tanto, se consideró que no ameritaba atención. No debería haber pasado tan desapercibido, pues, la lectura que hace Montejo como escritor es más bien focalizada porque trabaja en función de la escritura propia. Optó por determinados autores, textos, o vivencias, y eligió también un “yo” que lo distinguiera. La existencia de esa relación entre lectura y vida es consciente. Por eso, asumimos que estos ensayos fueron para él, una de las formas modernas de la autobiografía. Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. ¿No es a la inversa del Quijote? Un lector como Montejo es aquel que reconstruye su vida en el interior de los textos que lee.
La capacidad y la inteligencia de Montejo como lector reflexivo tienen que ver con un don natural en relación a su sensibilidad artística. Su actitud es de máxima exigencia para decirlo con palabras de Alfonso Reyes cuando se refirió a los ensayistas que se ocupaban de las obras de poetas: “Toda la emotividad en bruto y todos los grados universitarios del mundo – dice Reyes– son impotentes para hacer sentir, al que no nació para sentirlo, la belleza de un verso”.[1] En correspondencia a esta premisa de Reyes, en El Taller Blanco descuella notablemente la imaginación de Montejo por la estética poética. Primero separa y disocia los distintos elementos que componen la obra que aborda; después los pone en relación unos con otros y con otras obras. Y en ese segundo momento interviene su imaginación, la facultad analógica, que compara y descubre correspondencias escondidas y significativas entre poetas: “Vista en el espejo de su coetáneo venezolano (José Ramos Sucre), la existencia del poeta portugués (Mario de Sá-Carneiro) resulta iluminada por las coincidencias que entre uno y otro se perciben” (201).
Montejo trazó variedad de analogías para acceder al sentido, o a los diversos sentidos profundos, de las obras literarias que leyó. Como decía Thomas Mann, el auténtico ensayista literario es aquel que distingue entre lo que opina un escritor y lo que verdaderamente siente. Montejo concuerda con este señalamiento cuando se ocupa de la obra del escritor mexicano, Carlos Pellicer: “Poeta de los sentidos, nada parece estimular a su imaginación que no corresponda con la propia experiencia, ninguna de sus palabras apuesta a otra suerte que la de celebrar a veces con un propósito ingenuo pero henchido de vida, los dones del mundo, la energía de los elementos en perpetuo diálogo con el cuerpo” (24). De esta manera, Montejo nos va enriqueciendo en la medida que descubre y va enunciando los elementos que se hallan en las reconditeces de las obras de los creadores artísticos.
Además de lo antedicho, en el ensayo que lleva el mismo título de este libro: “El Taller Blanco”, Montejo nos permite deducir de dónde proviene su aprendizaje de crear, de asociar, de moldear elementos que componen el “corpus artístico” en constante transformación: “Hablo de una panadería, como ya no existen, de una amplia casa lo bastante grande para amontonar leña, almacenar cientos de sacos de harina y disponer los rectos tablones donde la masa toma cuerpo durante la noche antes del horneo” (130). Resalta, en este ensayo, un sentido vital y ornamental, que se traduce en la fusión del lenguaje escrito y el hablado, y lo relaciona con una actividad cotidiana. Las permanentes posibilidades que establece Montejo de tender puentes entre la escritura del yo y la interpretación del mundo, entre la situación concreta del autor y la inscripción de esa experiencia en un horizonte amplio de sentido, entre la filiación y la afiliación del escritor, confirma su admirable dinámica, así como su necesaria inclusión de la experiencia del lector y la experiencia de un sujeto universal, que se piensa como representativo de la condición humana toda.
Junto con esa capacidad de leer, observar, y captar lo minúsculo, en el ensayo sobre “Las piedras de Lisboa”, Montejo comienza elaborando una imagen sencilla de Lisboa: una ciudad empedrada, rodeada por agua marina y fluvial. Los habitantes forman su sensibilidad en relación con el paisaje interior y la organizan de acuerdo a este entorno. A partir de ahí, Montejo sutilmente hace una fina transición entre la descripción del espíritu de la ciudad portuguesa y los poemas de Cernuda, o de Pessoa, o de las reflexiones del filósofo Eduardo Lourenço, o el poeta rumano Lucian Blaga, quien vivió largos años en ese ámbito lusitano: “La armonía con que se integran los barrios entre los planos de sus colinas revela el cuido del hombre a quien el mar ha enseñado a amar la tierra firme. Recordemos que los griegos distinguían, al hablar de los hombres, entre los vivos, los muertos, y los que estaban en el mar. La incertidumbre y las enseñanzas para sobreponerse a la fatalidad ha acompañado durante siglos la vida marinera de los hijos de Lisboa. Afirmaba Pessoa que los portugueses una vez cumplido el camino a la India, se habían replegado sobre sí mismo (139)”. Gracias a esa perspectiva comparatista y universal, Montejo percibe mundos que de otra manera no saldrían a la luz. Me refiero a esa aguda capacidad de combinar las huellas que han dejado poetas y habitantes en la geografía de un legendario espacio urbano. Y a su vez, nos recuerda, a Charles Baudelaire quien, en efecto, el artista se mostraba como un ser privilegiado que posee la capacidad de observar todo lo que le rodea, pero selecciona y recoge aquellos elementos del complejo urbano que potencializan su capacidad creadora.
Montejo nos lleva con su espléndida prosa de poeta a la obra del poeta Constantino Cavafy con un ensayo iluminador. En un solo párrafo relativamente breve, Montejo hace un recorrido relámpago por la historia de la literatura universal sin pretensión alguna y desglosa claramente “El Dios Abandona a Antonio” un poema de Cavafy. Desde la mención de un fragmento de Plutarco sobre la vida de Marco Antonio pasando por Shakespeare hasta Marguerite de Yourcenar (45); este ensayo es significativo por el conocimiento de Montejo, la valoración de las obras y de los autores mencionados. Prosa musical para el oído y para la vista. Las referencias a Ruskin, Bergson, Baudelaire, Ekelöf, y las imágenes que plasma se funden perfectamente con los conceptos. Lucidez de Montejo poeta que ensaya, sobre todo, en el nivel semántico del lenguaje que al fusionarlo con la historia logra sin duda un acierto que le otorga una voz calificada.
En El Taller Blanco no podían faltar la inclusión de textos sobre intelectuales venezolanos. Montejo demuestra su empatía con uno de los librepensadores latinoamericano como lo fue, el venezolano, don Simón Rodríguez. En el ensayo “El tipógrafo de Nuestra Utopía”, un elemento fundamental en el pensamiento de Simón Rodríguez, que destaca Montejo, es la importancia que le otorga al lenguaje. Uno de los fragmentos que extrae Montejo de Sociedades Americanas es el de la geometría ya que para Simón Rodríguez existía una comparación entre esta disciplina y el raciocinio; así nos lo dice:
Acostúmbrese, pues, al hombre que ha de vivir en…
REPÚBLICA
a buscar desde su infancia (…)
por eso se dice que
la JEOMETRIA rectifica el RACIOCINIO. (82-83)
Y partiendo de esta máxima, Simón Rodríguez, propuso algunos cambios en la lengua castellana, entre ellos, el modificar su ortografía. Además, Montejo recobra lo que el maestro Rodríguez insistió en que las palabras deberían “pintar las ideas”, elemento éste que hace que su escritura responda a formas tipográficas particulares, hecho que hizo un tanto difícil la lectura de sus obras. Recordemos el uso constante que hace Rodríguez de las llaves, la supresión de palabras que se repiten, el uso de letras de distintos tamaños, de márgenes diversos y el uso del pictograma al definir la monarquía y la república;[2] Rodríguez los llamaba cuadros y la analogía con la composición pictórica, con el encuadre fotográfico y cinematográfico, con la gráfica que producen la colocación en un orden y una sintaxis visual determinada, fijan las ideas:
Sin cuadro no hay memoria
Sino ideas dispersas o amontonadas
(aunque haya alguna conexión entre ellas) (Rodríguez,222).
Aprendizaje significativo, que privilegia la creatividad y la experiencia como la base del aprendizaje. Resulta escandaloso darse cuenta de que hayan existido estos seres humanos con propuestas explícitas de la importancia del arte en el proceso de aprendizaje, de la necesidad primordial de educar y excitar la sensibilidad, enseñar desde la emoción, desde la intuición, a alcanzar el razonamiento, y que a estas alturas del siglo XXI aún sus propuestas educativas no sean los ejes para el desarrollo de la educación democrática que Simón Rodríguez propugnó.
Si no todos los ensayos de El Taller Blanco son de igual intensidad, no cabe duda que uno de los autores incorporados por Montejo fue Antonio Machado quien articuló conciencia sobre la problemática entre filosofía y poesía. Montejo subraya que: “Imágenes, conceptos, sonidos –anotó Mairena-, nada son por sí mismos, de nada valen la poesía cuando no expresan hondos estados de conciencia” (106). Como todo agudo lector de Machado, sabe Montejo, que éste expresó su reflexión filosófica, sobre todo, a través de sus dos notables heterónimos: Juan de Mairena y Abel Martín. No solo era una manera, a través del apócrifo, de aparecer como filósofo, dada la humildad del poeta, sino que forma parte de su concepción plural del sujeto. De manera puntual, Montejo, nos permite apreciar a través de su lectura de Juan de Mairena que la poesía se derrama sobre las cosas como la luz, de tal forma que se convierte en un medio para nuestra visión. En este sentido la poesía nos sirve para ver, para arrojar algo de luz sobre la oscura materia, para tomar conciencia del entorno y el tiempo que nos ha correspondido vivir.
Aunque El Taller Blanco es una colección de ensayos, escritos un tanto de manera inorgánica, Montejo compone el léxico literario -al que acabo de hacer referencia- con una notable precisión. En estas líneas simplemente subrayo algunos de los puntos principales y extraigo algunas valoraciones de orden general. En El Taller Blanco Montejo define la poesía como la expresión escrita de la forma individual e inevitable que tiene un ser humano de sentir y percibir el mundo. Esa forma es un secreto producido por las marcas biográficas y los determinantes de la época en la que vive el poeta. En la misma línea, Montejo sostiene que el ensayo es un texto en prosa en el cual el razonamiento discursivo toma como eje el secreto de la poesía. Esta idea general se determina como reflexión literaria y como interpretación histórica. El escritor pensativo como Montejo identifica el secreto de un autor y a partir de allí reescribe su obra por medio de su reflexión. De manera equivalente, Montejo propone una interpretación histórica que identifique el núcleo imaginario de una época y luego reconstruye los enlaces que articulan las diferentes manifestaciones simbólicas que la caracterizan. Con estas ideas, ensambladas en una lengua sobre lo universal, Montejo propone una interpretación de lo que es y deber ser la cultura universal. A través de variadas imágenes identifica un secreto colectivo, creado a partir de las relaciones que los hispanoamericanos podemos observar a través de la lectura. Con esto, Montejo nos ilustra que la cultura es un proyecto abierto, en constante formación y transformación.
Como un pulpo que se apropia de su entorno, o como un caracol que construye su caparazón con la tierra de la que se alimenta, en El Taller Blanco, Montejo define un mundo y lo estructura a su alrededor. En este libro concurren autores disímiles, diferentes, incluso opuestos al estilo de Montejo, aunque él los imanta como si fuera un verdadero secreto. Y, sin embargo, no deja de ser un compendio de ensayos eminentemente personal. Por cierto, en El Taller Blanco sutilmente se nota el uso de la primera persona: del “yo”, pero su estilo lo delata. La forma de su estilo se debe a que la escritura parece surgir de un diálogo consigo mismo. Montejo se dirige a un lector del cual no espera que posea la misma y extraña erudición que él, hecha de referencias literarias, con pleno conocimiento de arte, de historia, filosofía, código impredecible sobre el cual elabora metáforas y alusiones muchas veces irrecuperables. El mundo está replegado en El Taller Blanco, pero el estilo indica que ese mundo está creado a su imagen.
La biblioteca de El Taller Blanco lo sugiere a cada paso. Más allá de que está conformada por autores a los dos lados del Atlántico, lo que revela Montejo es la forma que tiene de leer esa literatura, o el acercamiento a algunos autores con una inevitable tendencia a ver en ella los signos de una plenitud que a pesar de todo se le escapa. El texto sobre Jorge Luis Borges es elocuente en este sentido: “Veo a Juan Liscano explicando con embarazo lo que ya había repetido en iguales ocasiones, y veo los ojos de Borges que, desasidos y errabundos, dan derecho a mi sin mirarme, mientras hace girar su bastón entre las manos. Tampoco allí, ni siquiera a propósito de los toros que tumban nuestros llaneros, le hablé” (196). Montejo hace una elección, consciente o inconsciente, pero significativa al fin: coloca el ensayo en el centro del volumen, rodeado, de poesía, de autores, de los clásicos y no clásicos universales. En El Taller Blanco hay un juego de espejos entre el sentir de Montejo, revelado en sus preferencias literarias. Esto explica la inquebrantable profundidad de sus ideas, pero también revela que esas ideas se fundan en una perspectiva personal, tan rica como discutible, de lo que debe ser la cultura venezolana e hispanoamericana.
Y a manera de conclusión que deja la puerta entre abierta, los fragmentarios de “El Taller Blanco”, recuerdan lo que para Fernando Pessoa era un lamento, para otros escritores era un método que explotan con mucha fortuna. Un lector distraído pensaría que la literatura fragmentaria es uno de los tantos géneros que la trillada “posmodernidad” ha reivindicado. Sin embargo, toda la literatura universal está llena de obras fragmentadas, inconclusas o perdidas: desde los restos que quedan de las literaturas grecolatinas: los poemas de Safo o Anacreonte como el Satiricón, pasando por los Pensamientos de Pascal y el Zibaldone di pensieri de Leopardi, hasta el Juan de Mairena de Machado que incluye Montejo, son el resultado de disquisiciones y preguntas que emergen al mundo real a través del «alma y las formas» de la literatura moderna, y contemporánea, concibiendo al lector como la posibilidad de mitigar un destino desde la sensibilidad poética, de la observación científica y de las conversaciones. Eugenio Montejo en sus fragmentarios confirma el hecho de que la literatura, en su modalidad ensayística, puede convertirse en un instrumento de cambio, en un movilizador de las conciencias, para construir un mundo humanamente humano como decía Nietzsche.
Obras Citadas
Montejo, Eugenio. El Taller Blanco, Universidad Autónoma Metropolitana de México, 1996
Reyes, Alfonso. “Aristarco o anatomía de la crítica”, en El ensayo mexicano moderno, vol. I, Selección, introducción y notas de José Luis Martínez, México, Fondo de Cultura Económica, 1971.
Rodríguez, Simón. Sociedades Americanas. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1990