Emma Reyes (1919-2003), pintora y escritora
Conferencia en la «Feria del Libro del Eje Cafetero», Pereira, 03 de Sept. de 2019
1.Una mujer que solo respeta lo vivido
2.La escritora
3.El sino del recuerdo
4.Emma Reyes en la Revista Aleph
1. Una mujer que sólo respeta lo vivido
La historia comienza en Germán Arciniegas, quien de vieja data estuvo como animador cerca de la vida y la obra de Emma Reyes, con intercambio nutrido de correspondencia, con encuentros en diversas ciudades del mundo. Una cierta vez, el maestro Arciniegas me compartió una libreta de Emma Reyes, con relatos alucinantes: su veta oculta de escritora; le pedí autorización para publicar alguno de ellos y tal se hizo en páginas de Aleph. Así ocurrió en otras oportunidades. Desde entonces, y con la venia del Maese, me comuniqué con la afamada pintora. Cartas van y cartas vienen.
Con Arciniegas escogimos el relato “El sueño de las cabezas”, publicado en la Revista Aleph No. 91 (1994). Se trata de la narradora haberle robado la cabeza a un pintor, que la tenía en peldaño alto de escalera acristalada, para hacerse un autorretrato, por estimarla de ser de persona inteligente, y para ocultar la suya por pequeña. En algún momento la hospitalizan y le abren la cabeza en tres partes, descubriendo los médicos que adentro tenía una cabeza pequeña, que en realidad era la suya. Ella se resiste a que se la supriman, objetando el razonamiento de los galenos. Y expresa que cómo es de fatigoso soportar el peso de una cabeza inteligente, al considerar lo ligera que es la carga de la estupidez.

Por otra parte se suma el antecedente de haber sido Emma Reyes la primera esposa de nuestro escultor Guillermo Botero-Gutiérrez (1917-1999), en sus tiempos de formación y trabajo en Montevideo (años 40). Se encontraron y ambos fueron a dar a Caacupé, en Paraguay. La historia conjunta duraría unos dos años. Emma va a París, merecedora de una beca que obtuvo en Buenos Aires, y el maese Guillermo siguió su camino por el sur, con historia también larga. Esa vida en común tiene relato en páginas del libro “Y fue un día”, escrito de memorias de Botero, publicado en 1997 por la Universidad Nacional de Colombia, en Manizales.
Emma Reyes, colombiana, se desprendió casi niña de su tierra natal (Bogotá), después de una infancia de tormentos, y tomó vuelo, con más de cincuenta años de vida intensa en Europa, paseándose de una ciudad a otra con su atelier: Roma, París (en la calle Cassini, primero y luego en la calle Pernety), Jerusalén… Périgueux, Bordeaux. En esta ciudad francesa, epicentro de la Dordoña vinícola, recogió sus recuerdos, en una vieja y bella casa de dos plantas con mansarda. En la misma tenía su espacioso y ordenado taller donde trabajó incluso lienzos de gran formato con los motivos del trópico: aquellas flores exuberantes y sensuales, y los cortes de frutos provocativos. O los rostros fantásticos bajo el drama también de estas latitudes donde Emma llegó a la vida.
Otro ingrediente se suma al interés que fui cobrando por Emma. Al haber entrado en comunicación escrita, directa, me enteré de un cuadro suyo que había elaborado bajo la conmoción que le causó en París la noticia del desastre de Armero, población colombiana que desapareció con motivo de la erupción en 1985 del cráter Arenas, en el volcán-nevado del Ruiz. Aquel rostro de Omaira que tocó la sensibilidad del mundo, por intermedio de todos los medios de comunicación, bella e indefensa, atrapada en los escombros con su cabecita morocha e implorante sobresaliendo del lodo, le quedó para siempre a Emma como espina de intensa mortificación en su sensibilidad delicada. En medio de la conmoción pintó un gran lienzo de 1.35×2.00 mts., una especie de flor verdi-esperanza enorme, de donde fluyen pétalos a torrentes, y en medio de la avalancha aparece en extremo superior derecho la carita clamante de la inmortal niña. La derrota de Omaira, al no haber podido ser salvada por nadie del mundo entero, es quizá una de las mayores reiteraciones simbólicas de la derrota de la Humanidad frente a la naturaleza y frente a sí misma.

Ese gran cuadro lo había enviado la autora al Museo “La Tertulia” de Cali, donde permaneció a la espera de un sitio más cercano al lugar de la tragedia, en deseo de Emma, como testimonio que referenciara por siempre el gran drama del ser humano, en una nueva expresión.
Como directivo universitario que yo era le ofrecí un espacio, un ámbito de recepción en Manizales. Vencí sus reticencias, al considerar en principio ella no haber tenido nada que ver en su vida con universidad alguna. Cuando la obra se trasteó a nuestra ciudad, yo ya estaba fuera de esos desempeños, por motivos -como dicen por ahí- de fuerza mayor. Poco antes ya la había visitado en Bordeaux, donde hablamos largo sobre temas, los divinos y los humanos.
Le propuse entonces que la entregásemos al Fondo Cultural del Café, donde reposó de septiembre de 1998 a junio de 1999. Ella, todavía susceptible con el sector de los cafeteros no quiso por nada del mundo que quedase allí. Se invocó el Museo de Arte de Pereira, donde finalmente fue a parar, por destino propio de la autora.
La vida de Emma parecía plácida y un tanto solitaria, con la cercanía eso sí de su esposo, el médico Jean Perromat, un jubilado de la marina francesa, y también por algunas personas de su confianza. La comunicación escrita y el teléfono la mantenían bien informada de lo que ocurría en Colombia, sin poderle ver salida a las situaciones problemáticas de tanta tradición.
Su vida fue de lucha permanente por conquistar un espacio en el arte del mundo. De verdad que lo tiene, más en Europa que en su propia tierra. Desde muy joven conquistó opinión favorable de buenos catadores de la plástica, en los sectores de la escritura. Alberto Moravia en 1956, por ejemplo, calificó su pintura como “llena de obsesión deformante y de búsqueda estilística, rigurosa y rica…” De igual modo Sandro de Feo, en Roma, dijo: “Basta dar una mirada para darse cuenta que Emma Reyes ha resuelto o se encuentra a punto de resolver uno de los problemas más complejos del mundo moderno: quiero decir que ella ha sobrepasado el punto muerto de lo decorativo…” En Jerusalén, Theodore F. Meysels escribió: “… Su obra es de las más originales realizadas por los artistas latinoamericanos que hemos tenido el placer de contemplar en Israel.”
A su vez, nuestro gran Manuel Mejía-Vallejo escribió bella página en 1955, al haberla encontrado en la Casa Guatemalteca de la Cultura, proveniente Emma de México, bajo el impacto de “su personalidad incuestionable, la seguridad de una amplia y honda vida interior, la honradez y solvencia de sus conceptos, las claras ideas que sobre el arte y las cosas se ha formado a través de los viajes, del contacto con las culturas europeas y americanas.” Y califica su obra de “simplicidad con calidad, y volumen, y espacio y variedad cromática, que no hacen de su pintura meros dibujos en colores o estampas llamativas sino algo hondo… Hay en todos los cuadros suyos una gracia primigenia, voz auténtica de su sensibilidad, algo tan natural como la sombra a la luz. En la obra de Emma Reyes, América, lo americano, tiene exacta cabida, trasplante de lo autóctono trascendental a lo cosmopolita, salto de lo típico raizal a lo que se universaliza por gracia y milagro del arte.”
Pasados los años, ese concepto de Mejía-Vallejo puede leerse como profético, puesto que toda la obra de Emma siguió en esa pauta de profundizar lo americano como expresión, sin quedar en lo folclórico, trascendiendo, con fuerte acento cosmopolita. Bastante le sirvió su trashumancia por el mundo, sin dejarse enredar en las veleidades formalistas o de modas, por imitación, de otras latitudes. El sentido de la expresión plástica lo tuvo bien aguzado desde temprano, olfato que llaman, y decantado hacia la esencialidad, con el correr del tiempo ineludible.
Max Aub, calificó su obra de “pintura sabia y plena del verdadero soplo de lo universal.” Mario Volpi dijo: “El arte de esta pintora es a la vez elemental y refinado, auténtico e instintivo. En toda su obra está presente una verdad que se expresa con un vigor que raramente encontramos en los artistas contemporáneos.” El director del Museo de Arte de Haifa en Israel, Fritz Schiff, con inocultable emoción expresó: “Jamás habíamos visto imágenes tan auténticas. En este mundo de miedo y amor, una voz humana nos habla…”
La infaltable Marta Traba (1930-1983), quizá antes de conocer de las antipatías de Emma, se refirió así a su producción: “Sus obras la acusan con tanta violencia como simplicidad: se lee en ellas, a primera vista, su espíritu directo, su fortaleza de visión, su claridad conceptual, su inequívoca voluntad de reducir el universo de las formas a un esquema claro y enérgico.”
Y Germán Arciniegas (1900-1999), uno de sus principales admiradores, seguidores y promotores de su obra, en la pintura y en lo que escribía, publicó muchas veces sobre ella, en columnas de prensa, en libros, en catálogos. Así, en una ocasión dijo: “Si su pintura, que es lo que se hace para imaginar, se quedara imaginando lo de su vida, sería estremecedora. Pero el arte distrae. Es para llevar fuera de sí. Distrae. Emma es polémica. Contradictoria. Subversiva. Es ese tipo de suramericano fabuloso que sorprende imaginando. Arma tertulia en México con Diego Rivera, en Roma con Alberto Moravia, en París con los existencialistas de Sartre… / Es la madrina de cuanto pintor colombiano llega a París. ¿Cómo ha llegado a la tertulia de los de Sartre, a encontrarse con Ezra Pound, a las tertulias de los estudiantes, a que la llame Giulietta Massini, a que la elogie Diego Rivera, a que la quiera como hermana María Zambrano, a que la necesite Atahualpa Yupanqui, a que todos la quieran? / Jamás adulando. Polemizando sí, levantando el argumento contradictorio en un francés roto, en un castellano que no es. Con una grandeza salvaje que está pintada toda en la flor de la biblioteca de Périgueux, cuya belleza americana habría conmovido a Montaigne.”
La misma Emma escribió en 1990: “Es verdad que mi pintura son gritos sin corrientes de aire. Mis monstruos salen de la mano y son hombres y dioses, o animales, o mitad de todo.” Pintura de rostros deslumbrados, compungidos, con grito sin detenerse; flores grandilocuentes; escenarios de compasión y ternura.
Así fue, al igual que su pintura: imaginativa, exuberante, rebelde, innovadora…
Emma Reyes participó, como es natural, en muchísimas exposiciones colectivas (Milán, París, Périgueux, Madrid, Roma,….) e individuales (París, Nueva York, México, Miami, Roma, Milán, Jerusalén, Haifa, Tel-Aviv, Bogotá, Cali, Medellín, Périgueux, Caracas, Bruselas, Barcelona, Marsella…). Y realizó un espléndido mural , de 14.00×7.00 mts., en Périgueux.
Al final, en el sosiego de su espacio de Bordeaux, reclamó vida para seguir contando y cantando con los acrílicos en el lienzo. Desde el altillo de su habitación meditaba mirando al entorno, entre las volutas que se desprendían de su delgado cigarrillo blanco, y escribía páginas con su letra grande, con una ortografía castellana irritante, en finos papeles sedilla casi siempre verdes, historias que recupera de su memoria por el trasegar del mundo, como alucinaciones, como mundos macondianos sin parecerse a nadie, como en la pintura. Fue singular en la vida, en sus opiniones, en su producción reconocida, tanto menos valorado lo que escribe, pero tomará también vuelo, con sorpresa para muchos. Y la conmoción llegó al publicarse “Memoria por correspondencia” (2012), 23 cartas a Germán Arciniegas (de 1969 a 1997), con historia de su infancia estremecedora, con escritura literaria de gran belleza.
Concerté con ella el visitarla en mayo de 1998. Llegamos Livia y yo por tren desde París a Bordeaux, atraídos por esa magia americana de Emma Reyes y tras las huellas de Montaigne. Nos alojamos en el hotel Clemenceau, cercano a su casa, la que visitamos con largo tiempo de conversar y observar. La mesa estuvo dispuesta por Jean Perromat, el esposo, con pato en el plato central y vino rojo de la producción de la familia Perromat. Ambos ejercieron sin falta el pacto de preparar la comida quien no sea el receptor de la visita. La pequeña grabadora Sony no se detuvo un minuto en dos días de diálogo, de ir y venir, con los intervalos propios reclamados para el descanso.
Y publiqué en la Revista Aleph No. 110 (1999) apartes testimoniales de ese encuentro con el que recorrimos los tiempos tempranos de ella por Buenos Aires y Caacupé, hasta los de la madurez en el Perigord y la Dordoña. Las conversaciones comenzaron en su casa de la calle Mazarin No. 76, y terminaron al otro día en una estupenda cena en el Café Regente de la Place Gambeta, sobre la calle Clemenceau, frente a nuestro alojamiento. [Asimismo cabe mencionar que en la Revista se publicaron veinticinco colaboraciones suyas.]
En la conversación, Emma se refiere a muchos temas, por ejemplo cuando sale de Colombia muy joven y se decide ir lejos al sur, trabajando en cuanta labor se ocurriera para ir cubriendo costos de vida y de viaje en todos los medios. De ese modo llega a Buenos Aires, donde se ocupa de manera transitoria en oficina de arquitecto, en la copia de planos, con duración de apenas tres días, por no haber dado resultado en ese oficio; el hombre le regala tres meses de salario para que buscara empleo, y decide ir a Montevideo, donde termina conociendo a Guillermo Botero, y casándose por lo civil con él. Se establecieron juntos por un tiempo en Caacupé en el Paraguay, a trabajar en sus oficios de escultor él y ella con sus dibujitos que vendía a los visitantes. Relación que no dura, y cada uno sigue por aparte su camino. Emma gana beca en Buenos Aires para ir a estudiar en París, y toma vuelo.
Habló de la situación de Colombia, con la idea de quitarle la política a la burguesía que no ha sido capaz de gobernar, en la esperanza de que llegue al gobierno un chocoano, o de otra región del país, de menos refinamiento y de más arraigo, con el compromiso de afrontar la situación tremenda que se padece.
Consideró que su pintura es una búsqueda constante de un folclor universal, con la singularidad de lo abierto, de mirada global.
En 1983 visita Colombia, después de quince años de no volver, invitada por el presidente Betancur a la semana santa de Popayán, al igual que número significativo de artistas, con Rafael Puyana a la cabeza, donde le toca tremendo terremoto, y logra salvarse por extraña intuición saliendo descalza y corriendo por pasillo hasta escalera secundaria del hotel que avistó la noche anterior, puesto que la principal se destruyó. Y fue a dar a Cali la misma noche del 31 marzo, acogida por la directora del museo “La Tertulia”.
De Colombia se refirió a los pintores Fernando Botero y Enrique Grau, con los cuales tuvo amistad. Del primero apreció en especial su primer período, pero dijo que después se volvió un valor de bolsa. De Grau advirtió que no pudo corregir el mal gusto que lo acompañó en la pintura. De los más jóvenes apreció a Luis Caballero, a Antonio Barrera, a Darío Morales, a Lorenzo Jaramillo, a quien valoró como el mejor, más cultivado, dibujante excepcional, pintor más completo y más creativo. A David Manzur aludió como especie de pintor de Italia, sin personalidad alguna. De Obregón apreció, como en Botero, la primera época, al considerar que luego se volvió decorativo.
Su casa era discreta y bella, con la decoración propia de una mano de artista y los testimonios selectos del pasar el tiempo. Los cuadros suyos estaban por todas partes, hasta en los baños. Hay uno que impacta más fuerte: el retrato que le hizo Luis Caballero, quizá la única mujer que pintó este gran artista colombiano. Rostro masculino, irritante. Ella lo conservó con sentimiento especial, a pesar de la dureza.

2. La escritora
“Memoria por correspondencia” es el libro de asombro de Emma Reyes que se publicó en primera edición en 2012, con 23 cartas dirigidas, de 1969 a 1997, a su más cercana amistad, el maestro Germán Arciniegas, quien murió en 1999. Gabriela, la hija de Don Germán, fue la guardiana de ese tesoro, con el deseo de haberlo publicado en vida de los dos. Tocó algunas puertas de editoriales, pero el silencio no se hizo esperar, quizá por presumir que se trataba de unas páginas de venta escasa. Hasta que de pronto aparecen unos jóvenes emprendedores con su pequeña empresa “Laguna Libros” y se proponen hacer la tarea que con rapidez fue un éxito sorpresivo en circulación y ventas, para nuevas ediciones, incluso se le declaró el libro del año. Hubo reseñas de admiración profunda como la escrita por Jorge-Orlando Melo, historiador, escritor, académico e intelectual de notable solvencia. Asimismo, ocurrió con la columna de Marianne Ponsford, en bella alusión a “Tarrarrurra”, un pequeño muñeco reservado en la intimidad, como hermanito de “la Nueva”, otra niña que llegó al internado de encierro y esclavitud.
Melo aludió a la obra con los siguientes términos: “Este relato es una obra maestra: un relato apasionante, sobrio y de gran calidad literaria, con imágenes brillantes y detalles inesperados, escenas y descripciones inolvidables… que terminan mostrando, junto con momentos luminosos, un mundo de impensable sordidez.”
Marianne Ponsford dijo, a su vez: “El lenguaje es de una pureza asombrosa: escritura sin adjetivos, cristalina, llena de la urgencia de quien sí tiene qué decir. En ellas [las cartas], la pintora cuenta su dolorosa infancia, la infancia pobrísima y desgarradora de quien no tuvo nada. Y las narra con la levedad de quien no guarda rencores, valiéndose de una memoria casi insólita, aunada a una dulce modestia literaria.”
El trasegar de Emma en “Memorias por correspondencia” es de una memoria feliz, con relatos que atrapan por el dramático realismo que derrocha con una escritura impactante, afortunada. Puede considerarse como una novela, tejida en diarios entrecortados, con la autora de narradora y personajes que se van sucediendo en función del tiempo. Así irrumpe la señora o señorita María, la de los miedosos cabellos largos, que asume el cuidado doloroso y un tanto trágico de Emma y su hermana Helena, al igual que del “Piojo” en un cuartucho encerrado, más propio para la tristeza. En algún momento del trasegar de Emma por el muladar próximo para cada mañana vaciar la olorosa bacinilla, se anima con los muchachos que juegan por ahí, y resulta participando, con “El Cojo” en cabeza, de la modelación de gran muñeco de barro, al que le dan el nombre del “General Rebollo”, con escenificación en derroche imaginativo.
Se suceden como personajes la señora Secundina, tendera que las visita, el señor Toribio, un indio, el señor y doctor Roberto B., amante de María, personaje pudiente y de poder en Guateque. Luego irrumpen los Montejo de un solar apetecido, Toribio el de los caballos, Betzabé sirvienta al servicio de Roberto; el doctor Vargas, el ingeniero Camacho, el agente de la Sínger, el abogado Murillo. Y de pronto la tal señorita María tiene hijito que llamaría “José sin Sal”, pero que Emma y Helena (año y medio mayor) siguen llamando “El Niño”. Continúan apareciendo personajes: las señoras Murillo, las Montejo, las Bohórquez. La escuela de las señoritas Mojica, donde María envió a Helena. Y María asume la agencia de Chocolate [Chocolatería La Especial] en Guateque.
En la Carta No. 10 hay un primer pasaje surrealista, con el relato de un loco desnudo de manos gigantes que la aprisiona, trata de violarla y termina orinándose encima de ella, al verse atrapado.
María se lleva a las hermanitas a una estación de tren y las abandona, con la sorpresa de todos los que pasan. El terror las sobrecoge. Un cura se aproxima y va con ellas a un hotel donde viven tres días. Y las acerca cada día a la estación por si pueden reconocer a la mamá que de pronto llegase en busca de ellas.Las entregan luego a un Convento en el campo [El “Taller de María Auxiliadora”], donde quedan separadas del mundo por quince años. Helena con voz recia les dice en algún momento a las monjas que ellas se llaman Helena y Emma Reyes. Aparece el apellido, sin saberse su procedencia, auncuando pasados los años la misma Emma asume ser nieta de Rafael Reyes. La duda queda.
En el Convento se suceden historias con nombres de las monjas: la madre directora Dolores Castañeda, sor Carmelita, sor María Ramírez, sor Teresa Carvajal (la más cruel), sor Inés Zorrilla, sor Honorina, sor Teofilita, sor Evangelina Ponce de León,… sor Portera, sor Reverencia… Cada día misa y comunión con el padre alemán Bacaus [Backhaus], alto, flaco y sucio, la única persona que venía del mundo y que podían ver. La tarea de las niñas en el Convento era tejer y bordar, por espacio de 18 horas al día, en especial para el sector eclesiástico, incluso para el Papa y para la banda presidencial, con aprendizaje forzado. Emma llegó a ser la mejor. Pero la encontraron bizca y le pusieron en los ojos unos cartones con agujeros para que mirara de frente con los dos ojos.
Aparecen “las turcas”, clientas continuas que mandaban a hacer manteles, ropa interior de seda, camisas,… con diseños que llevaban. De pronto está Inés Peña, otra niña en el lugar, que hace cola dos veces para recibir por duplicado la comunión, con el fin de ayudarle a otra que debía muchas comuniones. Las niñas eran identificadas como “Nuevas”, hasta que llega otra que la señalan como “la Nueva”, la más triste de todas, flaca y con palidez de cera, quien resulta llevando un muñequito en el pecho que llama “Tarrarrurra”, y la historia es de alimentarlo entre todas.
Las lecciones de catecismo la aburrían de manera terrible. Y tuvo el gusto por inventar historias e innovar con puntadas en los tejidos. Entre las compañeras identificó a Elvira Cubillos de buena bordadora, pero se le escurrían las babas en el bordado.

En la Carta No. 18 aparece otro relato surrealista, cuando en el patio del Convento Emma tiene visión del diablo que la persigue, sometida a intenso horror, pero resultó ser sor María que corría detrás de ella, quizá con malsana intención. Los gritos de Emma generaron terrible pánico en los dormitorios. Como castigo la sometieron a un mes privada de comunicación.
En una determinada circunstancia, descubre el vino de consagrar y se toma varios tragos, quedando dormida en el suelo. También resulta que un nuevo cura la atrapó estrechándola con su cuerpo y besándola en los labios, con roce de los senos ya formados. En diversos momentos, Emma siente la necesidad de huir y le coquetea a las llaves, las que alcanza, presentada la ocasión, y con aparente serenidad huye, quedando para el resto de la vida atrapada por el mundo.
En ese espacio del Convento Emma descubre la diferencia de clase social en las monjas, con el predominio total de las de arriba. Trabajó, por ejemplo, en una emisora y en un hotel de Bogotá donde llegaban diplomáticos, algunos de los cuales le enseñaron a leer, pues fue analfabeta hasta los dieciocho años. De ahí en adelante la historia es de un huir en autoestop por el sur del continente, hasta llegar a Buenos Aires, y saltó becada a París, con bagaje europeo armada de progresiva asimilación de culturas, inmersión en círculos artísticos e intelectuales, con despliegue de una innata gran inteligencia, autocultivada, echada para adelante.
Marta Sanz, en “El País” de España (2015), señaló la obra como novela en tono picaresco, al igual que la identifica como “una lírica defensa de los débiles”, con la evidencia de la explotación de los niños sometidos al miedo como instrumento de control, en una escritura que logra “recrear la atmósfera de misterio de quien vive sensaciones cuyos nombres ignora: el efecto encantador de lo intuido recubre lo sórdido sin suavizarlo.”
3. El sino del recuerdo
Solvencia de la luz en la ensoñación
Formas de acabada nostalgia en lienzos
Paralelos al espíritu
Noción de la ausencia en cada pincelada
Ir y venir en los recuerdos
Con la presencia infinita de los adioses
Mujer hecha de sombra de tinieblas de amor
de pan y fuego
Ardiente compañía en las quimeras
Con el sinfín de la palabra enhebrada
En las lenguas de comparecencia y amistad
Emma de América y del mundo
De Colombia en el sino de la tragedia
El desconsuelo y la ardentía de espíritu
Con el beneplácito de las preguntas
Duda emoción curiosidad a flor de piel
Labios para el deleite en palabras
Entrelazadas en el humo de cigarro
Con volutas que llevan mensajes de inocencia
y plenitud
Caminar de expectativa sobre el futuro
Y de crudeza en la interpretación de lo pasado
Con recuento de pasiones
Hallazgos en la desmesura
En la contingencia de los países y continentes
Una mirada entrelaza historias
Relatos de encuentros Pesadumbres
Pero la vida se hace reto en los pinceles
Y en los voquibles de atravesada contextura
Los silencios reportan obras de dimensión
En busca de la transparencia la lucidez
el compromiso
Nada fue gratuito en su diario vivir y ambicionar
Con la generosa compañía del bienestar
Sumido en el consentimiento
De los entornos cercanos
Y en los padecimientos portados en la memoria
Sin agobios sin apresurar lo desmedido del dolor
temprano
Ajena a los resentimientos y los odios
Siempre el canto del silencio con labios y miradas
De contención al infinito
El tiempo le fue programa de acción y pensamiento
Ardentía de lienzos y pinceles
Organización de cosas para los testimonios de labor
Y delirio de pasión por el hacer de manos
ojos y cerebro
Pasión en el sentimiento de amor y solidaridad
En la mano tendida y en las huellas sin declinar
Emma
Un enigma en el origen
Unos pasos inquebrantables por la geografía
impensada
Un baturrillo en ocasiones con desmedida
Condición de lo humano
Pasión de sufrir por el dolor ajeno
En medio del gozo de su atelier
Centro de palpitaciones de miedos
o de asombros sin falta
Silencio en la cúspide de los años
Con embeleso en la esperanza
Por un mundo mejor para todos
con justicia y libertad
Madre en el consuelo del desamparo
Y hermana en la presunción de inocencia
Hija de los dioses con la timidez del recato
Y los pasos en desafío de un mundo compungido
Pero de retos para el gozo y el asombro
Emma de todas partes sin aposento
En el quedarse atrás
Con los deseos y las expectativas
Fallidos intentos en ocasiones
Por rescatar la vida de las sombras
Con pausas para la escritura de riesgo
y creación asombrosa
Los días los tenía medidos por sus pasos
En la contienda de las horas y los instantes
Compañía de la soledad en la entereza
De un Montaigne o de un Arciniegas
O de aquellos surgidos en el de pronto
Para estimular su camino con la mano
Y el brazo tendido con la amistad
sin retribuciones
Mujer de tierra y cielo
De querencias y dolores
A prueba de cualquier fuego
Amante en la contienda del vivir
En los riesgos de los caminos
Y de las andanzas con norte en desconcierto
Emma de todos y de nadie
Actualizada compañía en el decir
Con fuentes de la memoria y el desconsuelo
sin tregua
El paso firme con desconocimiento
En la rosa de los vientos
Paseante de encuentros y desencuentros
Entre atmósferas de variable compleja
Y cercanías en el corazón
Trashumancia sin fatiga
De espíritu en permanente búsqueda
Con encuentros en libros y miradas
escudriñadoras
Amistad para el gozo y el sosiego
Pero también para el tormento
Por dificultades sin remedio
El mundo se le hizo tregua de vaticinios
En los pormenores de las noticias incendiarias
La pausa fue labor continua en el caballete
En la escritura de correspondencia sin límites
en papel seda y pluma estilográfica
En simulación de aquellos artesanos del Medioevo
Con la fluidez demandada por imaginación
incontenible
Manos para el amor y la cortesía
Para la amistad y el adiós sin retornos
Para el despeje de nubes y viento
En las primaveras y los otoños de la vida
Fervor en la piel adusta y en la sonrisa trémula
Emma de todas partes y de ninguna
Con asiento en los titubeos florentinos
Romanos parisinos mexicanos isaraelíes…
En la anomalía de ires y venires
Como quien busca acomodo de largo aliento
Procedencia de Bogotá Montevideo Caacupé
Buenos Aires…
Siempre con el alma ceñida al trópico
Del terruño colombiano
Con sus frutas exuberantes sus flores de sorpresa
Y los rostros cancinos en desafío
Emma fue una canción de policromías
En diálogos y tertulias
y de silencios
Con rasgos de fruta y volcán herido
De llanuras ensimismadas en la tragedia
Es la apoteosis de la memoria que no busca
Consuelo ni esperanza
Que simplemente es del tamaño de la jornada
Entre labores de reto o desafío
Emma… Emma… Emma…
En el canto de gloria con los dejos
De los encuentros
De la acometida en la energía de los sueños
las fantasías y los delirios
Emma… Emma… ¡Emma Reyes!
4. Emma Reyes en la Revista Aleph
REYES, Emma. El sueño de las cabezas. Aleph 91, octubre/diciembre, 1994, pp. 61, 62
REYES, Emma. El sueño de las cabezas(fragmentos en manuscrito autógrafo). Aleph 91, octubre/diciembre, 1994, pp. 62, 63.
REYES, Emma. Sueños. Aleph 100, enero/marzo, 1997, pp. 253-255.
REYES, Emma. Patch-worr(fragmento – manuscrito autógrafo). Aleph 100, enero/marzo, 1997, pp. 255-256.
REYES, Emma. Dibujo. Aleph 104, enero/marzo, 1998. Carátula 104.
REYES, Emma. Nueve días y nueve noches. Aleph 109, abril/junio, 1999, pp. 71-74.
REYES, Emma. Pintura (color). Aleph 110, julio/septiembre, 1999. Carátula110.
REYES, Emma. Fragmento del relato El cuerpo amarillo(manuscrito autógrafo). Aleph 110, julio/septiembre, 1999, p. 1.
REYES, Emma. Manuscrito autógrafo. Aleph 110, julio/septiembre, 1999, p.33.
REYES, Emma. El cuerpo amarillo. Aleph 110, julio/septiembre, 1999, pp.34-39.
REYES, Emma. Última noche en Buenos Aires y primera en París(manuscrito autógrafo – fragmento). Aleph 111, octubre/diciembre, 1999, p.52.
REYES, Emma. Última noche en Buenos Aires y primera en París. Aleph 111, octubre/diciembre, 1999, pp. 46-51, 53-55.
REYES, Emma. Mi primer atelier en París. Aleph 112, enero/marzo, 2000, pp.83-89.
REYES, Emma. Mi primer atelier en París(manuscrito autógrafo – fragmento) Aleph 112, enero/marzo, 2000, p. 89.
REYES, Emma. Manuscrito autógrafo. Aleph 113, abril/junio, 2000, p. 1.
REYES, Emma. La primera y última exposición de Frida Kahlo. Aleph 113, abril/junio, 2000, pp. 97-102.
REYES, Emma. Atahualpa Yupanqui(manuscrito autógrafo – fragmento) Aleph 114, julio/septiembre, 2000, p 72.
REYES, Emma. Atahualpa Yupanqui. Aleph 114, julio/septiembre, 2000, pp.71, 73-76.
REYES, Emma. Dibujo. Aleph 115, octubre/diciembre, 2000. Carátula 115.
REYES, Emma. Evita(manuscrito autógrafo – fragmento). Aleph 115 octubre/diciembre, 2000, p. 204.
REYES, Emma. Evita. Aleph 115, octubre/diciembre, 2000, pp. 203, 205-207.
REYES, Emma. Rosa, Miqueta y Totó(manuscrito autógrafo – fragmento).Aleph 116, enero/marzo, 2001, p. 92.
REYES, Emma. Rosa, Miqueta y Totó. Aleph 116, enero/marzo, 2001, pp. 91, 93-97.
REYES, Emma. El viaje a Medellín(manuscrito autógrafo –f ragmento).Aleph 117, abril/junio, 2001, p. 88.
REYES, Emma. Viaje a Medellín. Aleph 117, abril/junio, 2001, pp. 89-93.