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En la soledad del universo buscar a Dios

La altiva razón teórica también sucumbe
a los sortilegios de la razón melódica.

 Valentina Marulanda

 

 Afinidades electivas, destinos coincidentes, intereses comunes, un gran respeto y una mutua admiración nos unieron en nuestro periplo existencial que ha sido colombiano, francés y venezolano. Nuestro común profesor de Estética, Olivier Revault d’Allonnes, nos habló a la una de la otra, cuando ambas éramos estudiantes, sin que hubiéramos podido encontrarnos en París. Pero ya sabíamos que íbamos a ser amigas. Nuestro primer encuentro fue en Caracas. También la despedida. Acompañé a Valentina en circunstancias difíciles y en momentos hermosos; cargué a su niña Manuela apenas de unos meses de nacida. Sin haber sido “compinches”, siempre anduvimos muy cerca, comunicadas; teníamos amigos que ambas apreciamos; las dos, melómanas, también compartimos lecturas, realizamos proyectos y ad honorem, trabajamos juntas como asesoras en los planes culturales de la embajada de Colombia en Venezuela; construimos caminos intelectuales complementarios, participamos en iguales eventos, por ejemplo, sobre Theodor Adorno, uno de sus pensadores predilectos, por el aniversario de este filósofo, ambas ponentes, en el Instituto Goethe; publicamos juntas, la última vez en “El Papel Literario” de El Nacional, el 14 de julio de 2012, sobre Rousseau, y poco antes, en la revista Aleph, de Manizales. Y quedó abruptamente roto un proyecto que íbamos a compartir en la radio, de un programa cultural que haríamos en dueto en nuestra condición de miembros de la Junta Directiva de la Fundación Cultural Colombo-Venezolana. He perdido de cuajo a una fraterna y admirada amiga.

Se nos fue de manera tan temprana, para quienes valoramos su inteligencia y finura, su sensibilidad y su conocimiento, su agudeza de percepción y análisis, con mucho que aportar todavía, dejando truncados proyectos y sueños, nuestra entrañable e inolvidable amiga Valentina Marulanda Mejía. Alta, sus ojos color miel, su nariz aguileña, su belleza y blancura llamaban la atención, con una elegancia muy natural en su porte y maneras. Casada y tan feliz, como me decía en la noche del 23 de septiembre pasado, en la Emergencia del Hospital de Clínicas de Caracas, mientras esperábamos con Alfredo que les dieran una habitación, “he sido muy feliz”, y con un miedo de haberlo sido tanto, se preguntaba si acaso esa dicha habría atraído el “karma” de su súbita enfermedad. Cual la hybris, el exceso, la desmesura, que hacía despertar el castigo de los dioses, como pensaban los griegos antiguos para dar cuenta de la trágica condición humana mortal, imposible de superar, hecha de fragilidad e infinitud. Valentina me decía, en esa madrugada en la Clínica, como hablándose a sí misma: “he sido una persona buena, no le he hecho mal a nadie, he tratado de ser justa, a ninguno he deseado mal.” Y así fue. Ejemplar en su respeto por los demás, en su generosidad para valorar el esfuerzo de otros, para reconocer el talento y estimular su desarrollo, sin mezquindades. Aunque le angustiaba no haberse compadecido de la enfermedad del actual presidente venezolano. A eso le respondí que, al contrario, no tenía por qué tener culpa ni sentirse mal; que lo patológico habría sido amar a alguien que ha perjudicado a tantos, sin piedad, sin escrúpulos, ávido de poder, y por cuyo odio, rabia y revanchismo muchas personas han enfermado y muerto, a causa de la desidia, la incertidumbre y la zozobra que sufrimos en Venezuela. Y lo sano, desear que no siguiera haciendo daño. Me sentí privilegiada de estar allí, con ella y que apreciara mi llegada y el poder hablar conmigo.

Como Valentina, yo misma anduve de viaje en agosto 2012, así que mi sorpresa fue grande al encontrármela a ella y a Alfredo en la Clínica La Floresta, el viernes 21 de septiembre a media mañana, cuando había ido a consulta médica junto con mi hija. Por casualidad coincidimos en el mismo lugar. No me los esperaba. Imaginaba a Valentina aún en Colombia. “Sin querer ser indiscreta”, les digo, “me pregunto quién de los dos viene al médico”. Quedé pasmada cuando una Valentina decaída me responde que está gravemente enferma. Me siento, le tomo la mano, conversamos largamente los tres, Alfredo con esperanza, yo con mi energía apuntando hacia la psiconeuroinmunología y la fuerza de la terapia que en Venezuela ha liderado la amiga Marianela Castés, uno de cuyos talleres tomamos juntas Valentina y yo y, por mi parte, con el convencimiento de que, si una persona muy cercana había superado un diagnóstico gravísimo, aunque distinto al mal que aquejaba a Valentina, también mi amiga lo podría lograr. Ella, con escepticismo, señala que tiene papá y dos hermanos médicos y que no se engaña pues sabe que su tumor es de los más agresivos en el organismo. Lo único que quería era que le quitaran el permanente dolor que sentía. Salí de allí desolada, caminando hasta mi casa y rezando sin cesar muchos “Padre nuestro” y “Ave María” que son las oraciones que me sé de memoria, para que se curara, para que alcanzara la paz, para yo darme fuerza.

En la tarde del domingo 23 de septiembre llamo a su apartamento para saber cómo seguía. Su amiga Ismanda Correa me informa que se fueron a la clínica, a la emergencia, aún sin asignarle una habitación. Que vuelva a llamar a las 9 de la noche para nuevas noticias. No las había. Al no tenerlas me fui rapidísimo por la Cota Mil hacia San Bernardino. Al verme, me dijo: “Qué bueno que estás aquí porque eres con quien puedo hablar de esto”.

Desde la inquietud que la asaltó cuando se sintió tan vulnerable, me citó a Pascal, aludiendo a la infinita soledad de un universo en el que estamos solos,  en el que somos briznas al viento: “no es más que un junco el ser humano, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante”. Por eso le sobrecogió la angustia de no poder asirse a nada. Le dije que, con mucho respeto por los que creen, y mucho respeto por los que no creen,  ser agnóstico  significaba no negar a Dios, pero tampoco poderlo demostrar, en el lenguaje de los filósofos. Pero sin duda, hay, le dije, algo superior que nos sobrepasa, que nos excede; un enigma, que nos pone frente a la realidad de que no controlamos nada, de que no disponemos nada. Es lo que algunos llaman Dios. Me dijo que si lo podíamos llamar La Providencia. Y así acordamos. Y sentimos que fue providencial que yo estuviera allí con ella, que hubiera podido entrar sin que nadie me frenara, a las 10 de la noche, que los encontrara rápidamente a ella y a Alfredo en el cubículo de la Emergencia donde estaba siendo atendida, que hubiera podido acompañarla y que se sintiera tranquila y consolada de hablar conmigo. Fue hermoso y estremecedor hablar de su mamá y de su hermano muertos. Me dijo que no tenía miedo a morir pero sí al sufrimiento.

De hecho, el objetivo de médicos y personal de enfermería que la rodearon con eficiencia y profesionalismo fue, con el apoyo de Alfredo, el acompañamiento de su cuñada Alesia Chacón, de su sobrina política, Alejandra, siempre presentes, de los amigos cercanos que pasaban y nos turnábamos para visitarla, protegerla del dolor, controlarlo de manera permanente, dosificando una combinación poderosa de drogas que mantuviera a raya la amenaza y que Valentina misma pedía cuando comenzaba a sentirse agobiada por él. También vinieron de Manizales, y fue muy alentador, su hermana menor Natalia y su sobrina Laura.

En esa primera noche de su hospitalización, que no logró superar, me pidió después que habláramos de cosas más risueñas. Se refirió a mi hija Laura Sofía, “sorprendida con su talento”, “con su excelente afinación, su musicalidad y su hermosa voz”. Y agregó, con sincera admiración, que me honra: “Lo tiene todo, y es muy hermosa ella”. Me habló de Manuela y de las razones de su residencia en Milán, de su viaje a Europa  con Alfredo y su estadía en París, con su hija y su yerno francés, de su emoción porque iba a ser abuela. Habló de su libro, todavía inédito. Y a la vez agradecida con la vida, en un tono de asombro y ternura, me evocaba su vínculo con el poeta e intelectual  venezolano Alfredo Chacón, quien se mantuvo inseparable y amoroso no solo en la plenitud de su vida compartida, sino, en esos días aciagos de su final, acompañándola con entereza y jovialidad serenas en “su camino a la eternidad”. Con estas palabras me describió Ismanda, en un mensaje de texto, al despedirse por un viaje ineludible que la alejaba de su amiga de infancia  y a quien había venido a acompañar a Caracas desde Puerto La Cruz, en Venezuela, el tránsito de Valentina al que asistíamos perplejos, pocos días antes de morir. Acababa de retornar de Manizales, donde cautivó a sus oyentes con un precioso curso de apreciación de la ópera. Tuvo el temple de ir sin flaquear a concluir su compromiso académico, obsedida por su cumplimiento del deber, en esos días de agosto, a la Universidad de Caldas. Realizó este esfuerzo heroicamente, a pesar de su quebranto, irradiando encanto, dulzura y melódica sabiduría. El lunes 24 de septiembre, me pide que escriba en su nombre a los colegas de Caldas, Heriberto Santacruz, sin olvidar “darle las gracias en nombre de Alfredo por los dulces que le mandó”, Carlos-Alberto Ospina y Carlos-Enrique Ruiz, dictándome sus direcciones electrónicas, para decirles que no les había podido escribir porque “al llegar a Caracas, me derrumbé.” Y que estaba “muy agradecida, de todo corazón” por las atenciones que recibió de ellos, “como una reina”, durante su estadía en Manizales. Estaba consciente de su condena de muerte, por el diagnóstico recibido dos días antes de viajar a su tierra natal. Se sabía ya “sin regreso”, para decirlo en las palabras de Alfredo del 9 de octubre en la mañana, al aceptar el destino ineluctable de Valentina un día antes de su partida definitiva, mientras presenciábamos impotentes la inesperada  e irreversible gravedad con la que, silente, un tumor en el páncreas, cuyos signos Valentina confundió con gastritis, había horadado su salud y terminó por quebrar su vida.

Sus momentos finales fueron reconfortados  también con la atenta y amorosa escucha, con la presencia inseparable, con la conmovedora y valiente ayuda de la niña de sus ojos, su única hija, Manuela, quien vino de Milán, donde reside con su esposo Arnaud, que pudo llegar también, trayendo con ella la alegría de un bebé en camino de apenas dos meses de embarazo. Por eso Valentina no quería angustiarla dándole tan malas noticias. Hablaba con su hija por teléfono todos los días mientras Manuela esperaba desde Europa que el médico la autorizara a viajar. Sin decirle con claridad la delicada crisis que sufría, Valentina me pidió que yo le escribiera, sin alarmarla demasiado, indicándole la situación; le preocupaba que, por ella, se pusiera en riesgo esta magnífica experiencia que dos pérdidas anteriores hacían aún más maravillosa y que era preciso proteger a toda costa. Eso hice, tratando de decir la verdad sin atropellos.

Con una serenidad y lucidez admirables, el viernes 5 de octubre, dos horas antes de la llegada de Manuela desde Italia a la clínica, le pidió a Ismanda que tomara papel y lápiz, que iba a dictarle lo que quería que saliera publicado en el diario La Patria, de Manizales, después de su partida. Con sobriedad, sin olvidar a su esposo Alfredo ni a ninguno de sus hermanos ni a su papá, agradecía en nombre de ellos la solidaridad y las muestras de cariño con motivo del “acaecimiento de la muerte de Valentina Marulanda de Chacón”…Y mandó a decir: “Sin que le quiten ni una palabra”, agregando: “ni que digan que es cursi o que ya no se estila”. Conmovedor testimonio de su cortesía y de su fineza de espíritu, que agradece, más allá de su muerte, los gestos afectuosos de quienes rodearon a su familia en estos momentos de aflicción y duelo. Esa tarde, el hermano de Ismanda, sacerdote Agustino, Diego, conversó largamente con ella y le aplicó los santos óleos, reconfortante apoyo que Valentina recibió agradecida. En esos días, varias veces le pidió a Ismanda, su amiga fraterna que es muy devota, que rezara con ella el “Padre Nuestro”. Como le decía sonriendo en Manizales, ya en anteriores oportunidades, a su hermana “Tachita”: “Vengo de la iglesia. Mirá que me he vuelto rezandera”.

El encantamiento de la música, su sortilegio irresistible, estuvieron con ella hasta casi su último aliento, al amanecer del miércoles 10 de octubre. Sabíamos que el oído es el último sentido que se pierde y el excelente médico internista Horacio Bargiela, junto con el oncólogo, Dr. Zunil Darjanani, nos lo corroboró y pidió que le habláramos, porque ella seguía escuchando, incluso si tenía los ojos cerrados. Dijo de Valentina que raras veces había encontrado en alguien una inteligencia tan lúcida, luminosa y culta. Ya después del medio día del martes, Valentina estaba sedada y no nos habló más. No sufría. Pero le hablamos al oído. Inexorablemente se nos fue alejando. En la habitación, Manuela ponía suavemente pasajes de óperas de Mozart, los Impromptus de Franz Schubert con Alfred Brendel al piano, sonatas y  otras melodías que con su atmósfera envolvente apaciguaban la tristeza de quienes no podíamos sino callar frente a esta congoja tan cotidiana y misteriosa que es la muerte.

Buscar a Dios entre tinieblas. Solos, en el universo infinito, nos encontramos, en el silencio de Dios. Sin embargo, según Pascal la miseria del hombre sin Dios, cuya ausencia le conmueve, conduce a una paradoja de nuestra existencia. Hay razones que la razón no entiende, por la insuficiencia, la fragmentariedad  y la provisionalidad de la razón. La “conversión del corazón” nos permite acceder a la dimensión trascendente y sobrehumana. Hay una dimensión que nos sobrepasa, indescifrable, que nos desnuda inermes, sin poder controlar ni disponer, ni de la vida ni de nosotros mismos, más allá de nuestra voluntad. ¿Será La Providencia? «A la verdad se llega no sólo por la razón, sino también por el corazón», dijo Pascal. Valentina lo logró a plenitud. Uno de sus caminos esenciales fue la música; como arte sin fronteras, que busca lo absoluto, se abre a la infinitud, descubre lo sublime y cuyas sutilezas sonoras y estéticas desentrañó con acierto y gran sensibilidad, fue también su instrumento de encuentro con lo trascendente.

 

                                                                      Caracas, Noviembre de 2012.

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Edición No. 163