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En mesa redonda ACCEFyN sobre ponencia de Catherine Bréchignac

Ante todo, quiero manifestar mi admiración por la profundidad de las ideas y la claridad de la conferencia de la académica Catherine Bréchignac. Yo solo haré unos comentarios modestos, que corran en paralelo a algunas de sus observaciones e ideas. En algunos casos corresponden a un unto de vista un poco diferente, pero siempre cercano y en la misma línea. Compartimos la esperanza de un mundo racional y razonable y los temores de una sociedad dominada por las mentiras fáciles. Compartimos también nuestra confianza en las ciencias naturales y sociales como instrumentos para acercamiento a la verdad.

Es muy cierta la mención de la académica Bréchignac sobre la aparición del caos, como precedente de la creación del mundo y la gente, en casi todas las mitologías conocidas. La académica mencionó algunas; el mito que está en la base de las culturas occidentales, la biblia, lo describe, en coincidencia con otros, como una situación de desorden y con el sentido de absoluta impredecibilidad.

Pienso que en la base de casi todos los mitos hay un gran temor ante lo incomprensible, y ante la incapacidad de prever lo que va a suceder. Ese es posiblemente el más fundamental y antiguo de los temores. Me parece que una visión evolutiva ayudaría mucho a entender el surgimiento de la cultura humana. Los mitos acá mencionados son muy recientes, no tienen más de cinco mil años; casi nada en nuestra historia. Los humanos vagamos por este planeta hace unos 300.000 años, y desde hace 30.000 el Homo sapiens se convirtió en la única especie humana que no se extinguió, aunque llevamos todos en nuestros ADNs rastros de Neandertales y Denisovanos y posiblemente de otras especies más como un testimonio de las relaciones que mantuvimos con ellos.

Sería ingenuo pensar que la cultura surgió apenas cuando tuvimos escritura (que es cuando se recogieron los mitos antes mencionados). Sin duda durante aquellos 300.000 años los humanos configuraron grupos ordenados, con normas, con reglas y con otros mitos religiosos que se perdieron posiblemente para siempre. Es decir, la cultura debió haber precedido por mucho a nuestros mitos recientemente recogidos, cuando nos inventamos las escrituras.

Hay muchas teorías sobre las razones para que el Homo sapiens haya sobrevivido cuando otros se extinguieron. Sin duda una causa importante, tal vez la más importante, fue su capacidad para deducir eventos futuros a partir de indicios dentro del desorden, de ese caos inexplicable. Solo reconociendo olores, ruidos, paisajes, pudo saber dónde iba a encontrar alimentos y dónde escaparse de predadores voraces. La observación de regularidades y anormalidades climáticas le permitió saber cuándo migrar. Esas capacidades le permitieron sobrevivir donde otros perecieron.

Los temores estaban presentes en todo lo que no entendía y lo que lo sorprendía. Volviendo a las épocas recientes mencionadas acá, todas las mitologías tienen, por ejemplo, figuras poderosas que dominan los rayos y los truenos y los usan para castigar y amenazar. El rayo era amenazante, asustador y misterioso. El conocimiento científico poco a poco fue destruyendo los mitos. Ni Thor, ni Júpiter ni Vulcano explican hoy los rayos, tan bien como el vicepresidente de nuestra Academia con sus conocimientos sobre la electricidad.

El temor, y la necesidad de entender y predecir, fueron los motores de la razón y la ciencia. La historia de ese surgimiento como sugiere la académica Bréchignac, es larga y compleja, con algunos momentos estelares que no nos cansamos de celebrar. Que los mitos hayan motivado búsquedas de conocimiento no quiere decir que vayan a ser las brújulas necesarias para los desarrollos futuros. Como bien lo dijo ella, el mito pasa a un segundo plano frente a la filosofía y la ciencia. Aún hay remanentes, porque nuestra ignorancia todavía es grande.

El siglo XVII efectivamente fue milagroso. Galileo Galilei, Tycho Brahe son verdaderos héroes de la razón. No creo que haya sido un progreso dependiente de mejores instrumentos como tal vez sucede hoy. Galileo tiraba piedras amarradas entre ellas, desde una torre, y miraba el cielo con un modesto telescopio. Me gusta recordar a un contemporáneo de ellos a veces olvidado: Francesco Redi, que con un experimento genial demostró que en la naturaleza no hay generación espontánea de vida. No necesitó grandes instrumentos, concibió por primera vez un experimento con sistema control, y eso cambió conceptualmente la forma como en adelante se investigaba en el laboratorio. Doscientos años después Pasteur repitió el experimento casi en forma idéntica, pero con bacterias. El resultado fue el mismo.

Así creo que gran parte del desarrollo fundamental de la física a finales del siglo XIX y principios del XX fue más teórico y conceptual que instrumental. Auguste Comte fue en verdad ingenuo con su positivismo tan simple, pero hay que reconocerle que impulsó la ciencia experimental y le dio al hecho real y empírico un peso importante en la ciencia, que como señala la académica infortunadamente se ha venido perdiendo recientemente en algunas manifestaciones de la sociedad.

La académica Bréchignac señala que en el siglo XXI la razón ha perdido parte de su brillo. La opinión la ha suplantado, la verdad interesa menos que esas opiniones y que lo que agrada superficialmente a las multitudes. Para ser justo yo diría que el fenómeno es heredado del siglo XX, en el que con la excusa de que las ciencias sociales y humanas no tienen leyes predictivas, surgieron teorías de un relativismo cognitivo y moral extremo, en el que toda afirmación era igualmente válida, todo era verdad, y por lo tanto nada lo era, todo era potencialmente moral y por tanto nada era en verdad moral.

Concuerdo con la expositora en el gran temor que producen esas ideas y la moral oscura que se deriva de ellas. Me consuelo, también con ella, en el convencimiento de que una persona con un subconsciente bien desarrollado deberá ser capaz de detectar al embustero, aún en estos tiempos de gran confusión.

Pondría en los escudos su afirmación final de que hoy es más urgente que nunca redescubrir el raro y sutil placer de pensar con rigor… y escribir con libertad.

(Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Bogotá, 20 de mayo de 2025)

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Edición No. 214