El escritor que le prendió velas a Cochise
A Eduardo lo conocí en marzo de este año durante la “Semana latinoamericana” que organizó el servicio de extensión cultural de mi universidad. Esta “Semana” tuvo algo de encuentro humanístico, mucho de feria, y un si es no es de farnofélica parranda. La primera noticia que tuve de la existencia de Eduardo fue cuando oí que el responsable de la extensión cultural preguntaba iracundo de donde carajo habían salido esos latinoamericanos locos que nadie había invitado y que andaban pidiendo que les dieran una sala para presentar sus folletos y que se les alojara. Ni siquiera necesité preguntar si eran colombianos.
Eran cuatro, dos muchachos y dos muchachas –un manizalita (Eduardo), un pereirano y dos bogotanas-, y venían en representación del CIAL, Centro de Información sobre América Latina de la Universidad de Vincennes. Solo el tercer día los vine a conocer porque mi condición de presunto miembro organizador del evento me imponía tareas tan importantes y tan urgentes como buscar cigarrillos para el novelista argentino Juan José Saer (“Mirá, ché, se me olvidaron los cigarrillos míos en el hotel; no sabés como lo siento por vos, pero es que si no fumo, mi ponencia me saldrá mal”).
Yo vi a Eduardo desde lejos, la segunda tarde, en el paraninfo, durante un debate en el que participaban Cortázar y el ecuatoriano Adoum; Eduardo hizo una pregunta sutil sobre el porvenir del socialismo en América Latina, que ninguno de los panelistas quiso contestar; y lo perdí de vista. Solo al día siguiente pude hablar con él y la dos muchachas, para saber que estudiaban en Francia y que proyectos de edición tenía el CIAL.
Hablamos largo de muchas cosas. María Helena contó de sus estudios de ciencias sociales y recordó un trabajo de terreno que hizo en Manatí hace algunos años; Sol habló con horror del calor que pasó una vez en Barranquilla y contó como se extravió por los lados del mercado y oía que la gente, a sus espaldas, hablaba mal de los cachacos. Eduardo me pareció irredimiblemente interiorano; al saber que era de Manizales y que su principal preocupación era la literatura, le eché dos o tres vainas sobre los escritores “greco-caldenses”, tan vilipendiados por el Grupo de Barranquilla. A la noche debía haber fiesta de clausura de la Facultad de Estudios Hispánicos (debo aclarar que la “Semana” duró solo tres días) y nos citamos para entonces.
Fuimos con varias botellas de vino tinto y vasos de cartón y nos encerramos en mi oficina a tomar y hablar. Éramos bastantes. Estaba Juliana Cuéllar, una pintora ingenua colombiana, recién salida de la adolescencia, radicada en Barcelona; sus cuadros, pintados en base a sus recuerdos de la niñez vivida en San Andrés, encantaron a Roa Bastos (“los pinté con mi nostalgia”, le dijo ella). Estaban Eduardo, María Helena y Sol. Estaba mi gran amigo Hugo López, paraguayo criado en Pereira (el día en que le pregunté cómo era posible, me explicó que “el viejo era futbolista profesional” y jugó en Colombia antes de entrenar al Deportivo Pereira), estudiante de ecuménicas curiosidades pero preocupado ante todo por la literatura y las “hembritas”, como dice él. Y estaban algunos de mis alumnos atraídos, supongo, más por el vino que por la conversación que evidentemente iba a ser sobre nostalgias colombianas.
En esa fría noche de marzo, bajo un cartel blanco y negro que anunciaba el ya pretérito tercer festival de música sabanera, “invita CBS, la Compañía de la Música” -me lo había enviado poco antes David Sánchez Juliao- se habló intensamente de narrativa colombiana. Los vasos de cartón eran tan livianos que, al llenarlos, no resistían el chorro de vino; se volcaron algunos y se formó un espeso reguero de tintorro en la superficie de la mesa de trabajo; la atmósfera se cargó de un denso olor a lagar mal enjugado.
Eduardo hablaba de la necesidad de hacer que la literatura colombiana pasara “de la provincia a la modernidad”. Yo trataba de convencerlo que eso lo habían conseguido en Barranquilla mucho antes de que se conocieran sus viejos. El alegaba que eso del “Grupo” ya era historia patria, o leyenda, y que lo principal queda por hacer. Creo que en algún momento le dije algo así como que los greco-caldenses como él tenían que modernizarse a ultranza para llegar a la planta de los pies del último escritor costeño de hace treinta años. Así siguió la charla, con no pocas libaciones, y muchos desvíos (creo que fue Hugo el que trajo a cuento los recientes triunfos del Junior), hasta que alguien, no sé por qué, habló de ciclismo. Y Eduardo y yo descubrimos con asombro que para ambos una bicicleta de competencia es un objeto bastante más serio que un libro. Eran como las doce de la noche.
Empezamos a repasar la historia del ciclismo colombiano, a hablar del francés Beyaert, de Hoyos, de “Cochise”, de Niño; conté como vi pasar frente al pelotón de la vuelta a Francia del 73, al equipo de colombianos que participó en la prueba; hacía frío ese día , pero ellos brillaron porque era etapa de montaña. Y Eduardo me dijo entonces, casi ruborizándose, que en su adolescencia llegó a prender velas para que Cochise triunfara no recuerdo en cual Vuelta a Colombia. Su deslumbrante confesión me hizo lamentar que el descreimiento nuestro le haya quitado al ciclismo europeo esa dimensión mística que tuvo el colombiano para Eduardo hace algunos años.
Entonces saqué de mi gaveta las fotocopias del reportaje de García-Márquez le hizo a Ramón Hoyos en el 55, y lo estábamos comentando aun cuando uno de los celadores de la Universidad nos vino con que eran las tres de la madrugada y era tiempo que nos fuéramos todos. Yo terminé esa noche en la pieza de Hugo, muerto de frío, tomando té y hablando de política con el cuarto colombiano del grupo, el pereirano, a quien Hugo y yo encontramos, borracho y extraviado, a la salida de un bar del centro urbano.
Eduardo, poco tiempo después me mandó desde París el manuscrito de un cuento titulado “Aquel tierno sudor de tu franela”. Me pareció muy bueno el cuento, pero en mi carta de comentario censuré el hecho de que la idea de “pasar de la provincia a la modernidad” apareciera con excesiva claridad en la anécdota. Nos distanciaron los exámenes de fin de curso y solo pudimos avisarnos mutuamente nuestros respectivos viajes a Colombia. Nos vimos brevemente en Bogotá y me habló de otros cuentos y de un proyecto de novela. A los dos o tres días me fui para Barranquilla.
En algunas conversaciones, cuando se hablaba de narrativa joven, me arriesgué a hablar de “un muchacho de Manizales que escribe muy bien”, pero no creo que me pararan bolas. También hablé de Eduardo, después de regresar a Bogotá, a Germán Vargas y a García-Márquez. Un comentario mas bien frío que Eduardo hizo sobre una conferencia mía le había parecido muy divertida a Germán y no se si él o Gabo tomaron muy en serio mi alusión a ese greco-caldense. Después de todo nadie tiene que interesarse en un escritor totalmente inédito y yo mismo llegaba a preguntarme si no aprecié el cuento de Eduardo solamente porque su autor le prendió velas a Cochise.
Ayer recibí una carta de Eduardo. Acaba de regresar a París y me imagino que debe estar más sereno porque vino con bastante más plata de la que pensaba llevarse. Son los veinte mil pesos que se ganó en el recién fallado concurso literario del Sesquicentenario de la Universidad del Cauca; obtuvo el segundo premio con “Aquel tierno sudor de tu franela”. Y me dice que piensa viajar pronto a Barcelona. Ya le contesté diciéndole que haga un alto en Toulouse y nos reunamos con Hugo a tomar más vino y seguir hablando de Hoyos y “Cochise”.