La escritora Hazel Robinson en los recuerdos de mi infancia
Era el amanecer de los 60s.
San Andrés cambiaba su ritmo, y a esta isla silenciosa, pausada y despaciosa le comenzaban a acelerar todos sus movimientos. Era como si de un adagio se pasara a un allegro ma non troppo.
En la infancia San Andrés era para mí North End y la Bahía. Después entendí que para los otros North End se ahogaría en la Avenida 20 de julio.
La recorría en ambas direcciones, comenzando siempre desde el sur. Años después me di cuenta que aquí todo lo que de manera súbita e imprevista era construido, era exagerado a nuestros ojos que poco a poco se iban acostumbrado a ver en las calles una avenida, y en una avenida un bulevar. La 20 de julio -como terminó llamándose en nuestro lenguaje cotidiano-, en otro lugar del mundo no hubiese sido más que una pequeña calle en línea recta a la que le habían mutilado sus antejardines sembrados de rosas y cayenas
Almacenes de juguetes, de telas, electrodomésticos y misceláneas con ventas de perfumes, talcos yardley, rancho y licores; rosarios de murano, lentejuelas, ropa interior femenina, relojes y pulseras; cajas de madera sobre los andenes esperando al primer comprador de cinco días, muchas veces antes que las mismas entraran a ocupar un sitio en los mostradores rudos hechos de manera improvisada. Y uno que otro bar de donde salían melodías interpretadas por Jim Reeves y Eddy Arnold, “Red River Valley” y “You have to go”.
Era el Puerto Libre! Era la libertad sin saber por qué. La sensación de que todo había cambiado y que en adelante todo iba a ser mejor, aunque después fuera nuestra adversidad, nuestro infortunio y la desgracia.
En aquellos recorridos que eran simples paseos o mandados, escuchaba el sonido de un piano que salía de la casa de Miss Mary[1], quien fuera mi primera profesora de la infancia. En medio del sol en todo su esplendor me detenía y prestaba atención a la melodía que en ese momento interpretaba alguien que para mí era inabordable. Entonces, de regreso a casa iba al encuentro de mi madre y le decía que yo quería aprender a tocar piano.
Así llegué a su casa a aprender el pentagrama, las notas blancas, negras, las corcheas y semicorcheas; las claves de sol y de fa; a darle movimiento a mis dedos, y a esperar un suave llamado de atención cuando mi ejercicio era equivocado.
Y en ese escenario del aprendizaje del piano llegaba cada tarde una mujer alta, trigueña, elegante sin esfuerzos, con una energía y personalidad que llenaba los espacios, que acompañada de una voz decidida y franca conversaba con su madre, mientras encontraba el preciso instante para liberarse de sus pequeños, con rumbo para mí desconocido. A mí me parecía una mujer absolutamente hermosa, inalcanzable y con un espíritu arrollador en este espacio insular reposado y sosegado. Ahora transcurrido tanto tiempo, supe que ese era el momento en el que podía descargar tanta energía represada y que la calle era para ella un espacio de emancipación y fuga; el lugar donde recobraba su autonomía e independencia.
Así apareció Hazel Robinson y sin que ella lo supiera siempre fue en mi vida un referente de mujer fuerte, libre y decidida, que hacía la diferencia en una sociedad en donde nadie podría imaginar la libertad más allá de los espacios domésticos de la casa, la iglesia, los matrimonios, y los servicios fúnebres de los familiares y amigos, porque aún al interior de una goleta se sentía una sensación de malestar, desasosiego y lejanía.
Un día, pidiéndole permiso a su libertad y autonomía, se marchó prisionera del amor de un extranjero, Jim, el padre de sus hijos. Por un tiempo desde mi vida de estudiante seguí su ruta leyendo sus escritos publicados como invitada especial del periódico EL ESPECTADOR. Y después desde Virginia supe que escribía apuntes y borradores de lo que más tarde sería su obra literaria; asistía a los conciertos, amaba a Mozart, escuchaba el Réquiem, y que cada vez que tenía un altercado con su esposo, salía a comprar una campana.
A su regreso a estas islas ha habido tiempo para todo. Para escuchar horas enteras sus relatos sobre aquél San Andrés que se ha perdido en nuestros recuerdos. Para leer sus escritos y novelas apenas manuscritas, en borrador, con anotaciones y tachones, antes de emprender su viaje a la Edición.
Sus relatos de la infancia y su aseveración de nunca haber tenido una muñeca hasta aquél día en que una amante de su padre le obsequió una hecha con papel de celofán, y que sin saber por qué, desapareció en las manos de sus primos, quienes relatándole a aquellos que no asistieron, el argumento de una película de Juana de Arco presentada en el Teatro de los Abrahams, pretendieron revivir la escena más cruel y haciendo la más patética de las demostraciones quemaron su muñeca sin recibir nunca un juicio, un regaño o un castigo.
Su descripción sobre la flota de barquitos de papel que construía cuando debía cumplir con el castigo infringido por su abuela Kate encerrándola en el baño de color gris construido sobre zancos en el mar, para una vez finalizados arrojarlos en el mar, me hace recordar la canción de Serrat:
“Barquito de papel,
Sin nombre, sin patrón y sin frontera,
Navegando sin timón
Donde la corriente quiera”
Y los vecinos que la conocían sabían que cuando al ritmo de la corriente navegaba una flotilla de barquitos de papel, era porque Hazel estaba castigada.
Sin proponérselo y sin siquiera presentirlo es ella uno de los mejores referentes de estas islas. Yo diría que es única, que es la imagen del entusiasmo, la tenacidad y la osadía Sus obras cada una con una historia diferente, son el mejor legado que nos deja. Sin ella el mar sería otro mar; el espacio y el tiempo de las islas hubiera pasado inadvertido y sus personajes hubieran todos sucumbido en el olvido.
De ella hemos aprendido tantas cosas que jamás alcanzaría a imaginar. Y en el más próximo de nuestros recuerdos ha quedado el espíritu de Persistence, los personajes de No Give Up, Man, Harold Hoag, Richard Bennet, George, el reverendo Joseph Birmington y el esclavo Ben.
Hazel : Como si este fuera el epílogo de este escrito, Tú muñeca fue incinerada en aquella hoguera creada por la fantasía de tus primos. La Doncella de San Andrés fue impunemente consumida por el fuego y todavía esperas que quienes con ellos cohonestaron, resuciten de sus tumbas, sean procesados y reciban una amonestación como castigo. ¿Sabes que un día mi piano desapareció y nunca me dijeron quién se lo llevó?