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Fernando González entre lo íntimo y lo privado

¡Gracias, Padre, porque escondisteis estas cosas a ‘los sabios de este mundo’ y se las comunicasteis a los humildes!

                                                          Fernando González

 

Fernando González en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera se hace voz presente, se funde con el narrador y dice: “está usted creyendo que el padre Elías es “una pieza de arte”, de esa inmundicia que el mundo llama arte. Sepa de una vez que esta es mi Tragicomedia del padre Elías”.

 

 El autor cuando interviene directamente en La tragicomedia…  se identifica con las reflexiones de las criaturas de papel y asume el pensamiento de esas invenciones hechas de palabras. Sin embargo la puerta de escape a sus razonamientos está abierta de par en par, la historia narrada es parte de “esa inmundicia que el mundo llama arte”, de esa gratuidad innecesaria, aunque en lo plasmado el antioqueño exprese: “LA NOVELA es la vida misma, el Hombre en la Tierra, puesto con ombligo en ella” (González, 1962: II, 97).

 

Fernando González hace delgados los límites entre las distintas realidades. Por ello, el “padre Elías no es la vida, pero… es casi la vida”. Por esto, La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera es casi ensayo, es casi discurso pedagógico, pero es NOVELA. Es espacio novelado en el que se combinan las distintas formas literarias, igual que casan Fabricio y el cura Elías; Fabricio, alter-ego de Elías.

Elías es el motor de la narración; revela al humano padeciente; ¿de qué padece ese hombre llamado Elías? Sufre de manera desventajosa “La tentación casi infinita, precisamente la que hubo en el Paraíso, LA TENTACIÓN DE LA INOCENCIA: Desgarrar el botón que no es bien ni mal, pero en cuyo desgarramiento estará el conocimiento, este mundo!” (González, 1962: I, 53).

 

 La tentación del padre Elías le sirve a Fernando González para reflexionar sobre la relación del hombre con la realidad de la materia-mente, la realidad-cuerpo; el cuerpo–condena, el cuerpo-vergüenza, el cuerpo sexuado y deseante. Cuerpo-presencia perturbador y doble carga para el cura Elías por su Deber ser en el mundo, según su propia vocación. El mundo convertido en movimiento, en exigencia, tienta al sacerdote, lo aparta del Paraíso. La materia múltiple y distinta, el cuerpo-posibilidad seducen y develan la pulsión, el instinto, el deseo sexual del hombre, del padre Elías.

 

 La tentación siempre encarnada en el otro o en lo otro atrapa al cura: procede de la vida, se oculta, se revela: “Aquí estoy todo yo; soy estas manos de mujer, tentadoras y este cadáver; esto es mi cruz” (1962: I, 27). Para Elías, las ondas atrayentes son las manos de Martina. Este imperio incitador del sexo no presenta obstáculos morales para Fernando González quien sabe socarronamente que las manos las puede mirar el cura, sin levantar sospechas en su rebaño, en su reino.

 

 Pero las manos de Martina agotan pasajeramente las ansias del cuerpo; entonces un nuevo estímulo en el hombre se despierta, en el padre Elías, cuando la fuerza escondida del deseo acecha tranformada ante sus ojos: “Y a poquito, a las tres y media, me cacé a mí mismo sentado aquí en el patio de la casa cural, haciendo imaginarias novelas carnales con la Perraflaquita, disfrazadas de “virtudes de sacristía”… ¡Eso soy, y tengo vergüenza de serlo, pues me disfrazo de inteligencia para eternizar lo que es mi yo!”( 1962: I, 64).

 

 La inteligencia-disfraz del hombre, del yo público, cubre ante los otros la presencia del deseo sexual martirizador del cura; pero también es la inteligencia la que abre el entendimiento en soledad y murmura o grita al “yo entiendo”; le dice a cada hombre: ¡ah! manto inútil, tu inteligencia frente al deseo, frente a las abstracciones académicas, ante tus doctrinas, leyes, principios o mandatos. El deseo es sombra imborrable, compañero inevitable de tu carne, hasta el día que tú seas sepulcro.

 

 Mientras el ímpetu de la vida continúe y la carne no sea ceniza, Elías acepta cargar su cruz-deseo porque le es inevitable su materia, la ajena, la imaginación, el sueño nocturno. Acepta su cruz, pero no su vergüenza, ni su miedo a no glorificar el cuerpo; entonces confiesa los deleites de sus tentaciones, las vuelve voz popular desde el púlpito o desde la academia: “gozaron con la descripción pasional de mis tentaciones, lo que ellos llaman “vulgaridades de ese curita”. Tienen nada más que cuerpo pasional, y, como el non plus ultra, algunos indicios de mundo mental” (1962: I, 77).

 

 La confesión de Elías es acto inútil y pasajero, para calmar vergüenza, culpa, pecado..; acción nacida en la mente deseante, una treta sagaz de la Inteligencia que es Espíritu Santo, que es Sabiduría, que es Verdad de la existencia, que es Tiempo vivido para redimir lo irredimible. La Inteligencia entendida sabe que el acto confesional no aplacará el deseo sexual del cuerpo. La confesión del padre Elías  despliega otros tantos deseos del cura igual que sus obsequios desdoblan realidades y diferencias entre lo tuyo y lo mío; se descubren el deseo de alabanza, de poder, de reconocimiento, de gratitud infinita por abrir el entendimiento a mentes poco entendedoras… a mentes serviles.

 

 La confesión no libra de la tentación al padre Elías ni a ningún ser de carne y hueso, pero parece que tras la confesión, la zorres humana nace duplicada para lavar culpa o pecado, para alcanzar, en la decrepitud de la vejez o en la puerta de la muerte, a glorificar el cuerpo y llegar a ser buenos, más que buenos… Para alcanzar tal título, el padre cazador de su presa, carcomido por tiempo y mañas, regala su finquita a Martina y a su cónyugue. ¡Ah, qué regalo!, ¡ah, qué bondad?, ¡qué Inteligencia!; ahora el padre Elías es mente… ya no es cuerpo… es el deseo de su sexo dejando huella.

 

El sello del deseo sexual del Padre Elías adquiere relevancia porque siempre su deseo es caverna oscura donde se niega la naturaleza humana. “El padre Elías fue sexo, poderoso macho, y la represión sexual que impone el sacerdocio católico lo enloqueció. El sexo refoulé, querido Sacristán, como dicen los psicoanalistas, se manifestó en delirios místicos y fobias” (1962: II, 154).

 

Pobre cura, pobre hombre, diría Fernando González… Bregó con su cuerpo, trajinó con su mundo pasional, pero no pudo con su trabajo mental, porque lo único que el hombre no puede hacer es MENTIR, negar su cuerpo, su materia, su existir. Cuando se niega lo natural, siempre el retorno hacia uno mismo será condena; el tropiezo del deseo se hace claro en la memoria, en el origen del animal humano.

 

¿Quieres saber por qué el hombre siente culpa ante el deseo? Por no conocerse o traicionarse demasiado; la culpa es despreciar el vivir terrestre. Olvida quién te dijo por primera vez pecado y luego acepta que el deseo te conserva como un ejemplar humano.

 

 

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Edición No. 166