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Fernando González y los nadaístas -Carta a don Guillermo Cano-

Señor Director: cuando apareció el nadaísmo en 1958 los primeros en poner el clamor en el cielo fueron los escritores con vocación de momia consagrada, en turno de mortaja y laurel. A nosotros nos divertían sus aspavientos, en vez de ofendernos. Además, nos eran útiles. Como ellos tenían acceso pacífico a los diarios (nosotros debíamos cometer descabellados desmanes, promover escándalos sacrílegos para ser escuchados), sus pataletas públicas nos ahorraban persecuciones, calambres y linchamientos, las enormes cabezas vacías y puras hacían de cajas de resonancia. Podríamos confesar aquí que nuestra pésima fama de cuya hediondez estuvimos orgullosos, la debemos más a sus iras, que al talento y que a nuestro geniazo impúdicamente confesado.

Los bífidos ágiles correveidiles nos regocijaban después de cada manifiesto con los cuentos, de los soberbios ataques de gota de Maya y de sus amenazas de regresar en agonía a Popayán si los nadaístas continuaban vivos el año entrante; de las rabietas de su excelencia Jorge Zalamea en cuyos furores nos expulsaba a físicas patadas de sus escalinatas atiborradas de falsos leprosos de retórico; don Luis López de Mesa nos clasificó entre las tribus bastardas de los ortópteros, primero, y después nos calificó de rinóforos y sicalípticos aunque éramos apenas unos sardinos que posaban de poetas repelentes y se sentían dioses.

Hasta Carlos Castro Saavedra, alma pacífica, dizque anduvo con un revólver en busca del pobre gonzaloarango para hacerle vestir el último traje de pino, de acuerdo con el lugar común del poeta de los carpinteros.

Por eso, quedamos sorprendidos cuando Fernando González nos invitó un domingo a su casa.

Yo no asistí por alguna razón justificable. Amílcar Osorio, Gonzalo Arango y Humberto Navarro, cumplieron la cita. Al regreso, iluminaban. El Brujo los deslumbró. Les dijo que desde el comienzo había sabido que los nadaístas eran la escuelita de autenticidad de su sueño de siempre que nunca se pudo…

Yo había leído El remordimiento por casualidad, en una ambigua visión infantil había conocido a Eva, la criada de catorce años y medio en el solar de Pacho Pareja…

La próxima vez fui con los nadaístas a conocer al viejo pirata de las purificaciones. Vestía una levantadora sucia de boñiga verde en el ruedo. Destacaban las orejas enormes y rojas de los escuchas de silencios. Arrastraba la voz sedosa, por reinos, habitaciones, dimensiones, desprendimientos, máscaras, conquistas, historias de talladores de piedras.

No volví con la frecuencia que me habría convenido. Pero su presencia permanece para nosotros como seña en la soledad, que es lo único que emparenta a los caminantes.

Despertó tal entusiasmo en mí la hospitalidad del maestro que no aguanté las ganas de contarle a mi padre, a ver si le sacaba la idea de que me había enloquecido o me estaba volviendo un diablo muy idiota. Exclamó: ese hombre es un desmesurado. Lo pensó mejor, llevado de su pragmatismo antioqueño: y si conoce gente tan importante, por qué no le pide una recomendación, a ver si levanta trabajo. Me dijo. Y me hizo vestir el mejor traje. Y me acompañó hasta la puerta de Otraparte.

Fernando González salía en ese momento por el portillo azul donde había un letrero con la advertencia de que “el perro es el señor de la casa”. Y entonces supe por qué

Fernando González había sido el único escritor colombiano de su edad que nos comprendió. Andaba con ritmo altanero de juventud, haciendo remolinear el bastón para disolver las influencias negativas, cada paso como si naciera en cada paso al espectáculo del mundo. Me puse a observarlo. Hasta cuando entró en el cafecito donde hablaba con Jacinto, Elías, Lucas, sus sombras, para entenderse los infiernos.

Como no cejaba en mi maldita idea de que era un poeta, mi padre siguió en la suya de que me había vuelto loco. El siquiatra me recetó un reformatorio. Escapé. Lo primero que hice fue visitar a Fernando González. Me preguntó por qué no había vuelto. Dije la verdad. Con una tranquilidad que ofendió los sufrimientos de mi cautiverio, repuso: muy bueno, allá les enseñan carpintería. Toda educación debería incluir un oficio manual. Lo malo es que los padres pensamos que los hijos son como un reloj que podemos poner a la hora que más nos guste.

Hablamos de espíritus, despojos, enigmas, arquitectura.

Cuántas veces leí su último libro sin entender nada. Para coger el hilo sutil tuve que desopilarme el cerebro con puñados de hongos, y fumigar las cucarachas de la cabeza con lisergina, antes de encontrar verosimilitud en su método para conversar con los árboles; para acercarme a los súperos y los elementales, y viajar en las presencias. El libro mágico de experiencias internas desarma la máquina de las apariencias alucinatorias para desnudar el fruto de lo real. Todo es símbolo para el alma trashumante. Decía.

Sus profecías se cumplen. Los entremontesinos nacen ahora con la presencia del padre Elías que visitara el jardín del suicidio. Se siente al fondo del infierno actual su sombra proyectada sobre las ceibas moribundas como silencio creciente. Uno tiene la impresión de que si trepara a la montaña volvería a encontrarlo atisbando misterios bajo los sietecueros, las chispas en el basurero.

Cada lectura se carga de sentidos nuevos, complejidades vivas. No es apenas literatura. Su obra es testimonio de una experiencia espiritual, magisterio de solitarios y andariegos aficionados.

Por ahora, señor director, desparramo en estas cuartillas mi admiración y mi amor por El Brujo. Gonzalo Arango nunca dejó pasar febrero sin recordar a Fernando González, y faltando, quiero encargarme de recordar en nombre de ambos a este guía espiritual de los colombianos por derecho del amor, al soñador del sueño suramericano y el único escritor mayor de cincuenta años que no tuvo miedo del nadaísmo, porque estaba enamorado del camino del cambio, de la libertad de la inocencia y las semillas, del habitante de utopía donde ensayamos el goce de entender y la poesía de desvivirnos.

 

Ref. :  Eduardo Escobar. Nadaísmo crónico y demás epidemias. Arango Editores, Bogotá 1991

 

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Edición No. 166