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Filosofía política y crisis mundial – Reflexiones a partir de J. Rawls e I. Berlin

El telón de fondo de estas consideraciones lo conforman el bellísimo libro de Norberto Bobbio, El problema de la guerra y las vías de la paz y la conferencia pronunciada por Francisco Cortés en el seminario conmemorativo de los 100 años del nacimiento de Isaiah Berlin, realizado en la Universidad EAFIT en noviembre pasado, Ni Berlin ni Rawls , que da origen al nombre que finalmente he dado a este texto: Rawls y Berlin.

Dibujo de Natalia Castañeda-Arbeláez

El nombre del simposio Filosofía política y crisis mundial obliga a pensar en los dos elementos de la conjunción y me brinda los puntos de referencia para la reflexión.

En cuanto al primer elemento de la conjunción Filosofía política, el sentido de la expresión es bastante claro en este contexto. En la mencionada conferencia Cortés hace una distinción entre la filosofía política crítica “capaz de develar el núcleo de lo real existente”; la filosofía política como ideología, justificadora de políticas y de programas de gobierno; y la filosofía light o cínica, que aún sabiendo que todo está en crisis y que todo está mal, lo sigue haciendo o proponiendo, de manera cómoda. De manera convergente, Bobbio, en el texto mencionado, nos dice que La tarea de los filósofos, hoy, es la de pensar hasta el fondo las cosas, no la de continuar pensando sus propios pensamientos; es la de salir de sí mismos, no la de volver sobre sí mismos, según la vieja fórmula del espiritualismo. Idea en la que yo subrayaría únicamente, siguiendo el espíritu tanto de Bertrand Russell como de J. S. Mill, que se trata de la tarea de los filósofos políticos, puesto que considero válido que alguien pueda, si quiere, ocuparse de seguir pensando por los caminos de la metafísica, o de la filosofía de las matemáticas o de cualquier problema que suscite la aplicación de la razón.

Sobre este tema también Rawls señaló con gran precisión los papeles que la filosofía política puede hoy cumplir en las sociedades. Él hablaba del papel esclarecedor de las raíces de los conflictos de las ideas y de las demandas, en busca de bases para posibles acuerdos tanto políticos como morales. De un papel al que llama orientador –al que también podríamos llamar pedagógico–, que permita a los individuos convertirse en ciudadanos capaces de distinguir sus proyectos personales, de los objetivos y propósitos de sus respectivas sociedades, y de colaborar con éstos. De un tercer papel al que denomina reconciliador, “lo que significa –son palabras suyas– que debemos aceptar y afirmar nuestro mundo social positivamente, y no sólo resignarnos a él” . Y finalmente, de un cuarto papel, al que llama realistamente utópico, “que investiga los límites de la posibilidad política practicable” Este trabajo se inscribe en ese cuarto papel.

El segundo elemento de la conjunción es más complejo, pues el concepto de crisis es muy ambiguo y es preciso, por lo tanto, volverlo explícito.

Es claro que no se trata directamente en este contexto de crisis individuales o personales, que, de diverso tipo, son tan importantes. Parecería de Perogrullo mencionar este asunto, pero la verdad es que, aunque el sistema económico y los sistemas políticos funcionaran de manera más o menos adecuada, y no se avizorara en ellos su colapso, millones de seres humanos sufren en silencio, hasta morir incluso sin una mano que ayude ni la cercanía siquiera de otra voz humana.

¿Crisis financiera? Parcialmente sí. ¿Crisis del capitalismo? Es justamente de lo que se trata. Dislocado de la política como la entendía Aristóteles, se convirtió el sistema capitalista en Hidra, una apenas de cuyas cabezas ha sido la reciente crisis financiera, pues otras tantas, por mencionar sólo algunas, son la pobreza, el desempleo, la exclusión, el trabajo infantil, las enfermedades que con poco se podrían sanar, el vertiginoso deterioro de los modelos democráticos hasta casi su aniquilación, tanto en Europa durante las guerras, como durante el socialismo a la rusa que, como vendaval, alcanzó a buena parte del planeta, sistema frente al que se levantó la voz recia de Isaiah Berlin; la fría y suicida explotación eficientísima del planeta, la violencia y el delito, las guerras de todo tipo y, sobresaliendo por encima de todas las cabezas, la guerra termonuclear, que levanta el monstruo contemporáneo sin un Heracles que pudiese hacerle frente.

Razones para el optimismo por desgracia no hay, como se constata desde puntos de vista bien diferentes. Así, por ejemplo, se expresa Raimon Panikkar, no obstante su espiritualismo:

…si se continúa por este camino se llegará al suicidio de la humanidad y al terricidio cometido por el hombre. Si se elimina el Sistema que constituye la trama de la vida de una gran parte de los hombres, se producirá una catástrofe parecida a la que padece el toxicómano cuando le falta la droga. El Sistema actual nos conduce a la muerte y, sin él, también morimos. Esto me recuerda el proverbio asiático: «El que cabalga un tigre no puede desmontar –porque el tigre le devoraría.» .

También Bobbio, en el texto antes mencionado nos dice:

No logro sustraerme al presagio de que una sociedad en la que juristas, sociólogos, filósofos y teólogos no han renunciado a ver en la violencia un medio de rescate o de redención, está destinada, un día u otro, a la suprema prueba de la violencia exterminadora. El arma total ha llegado demasiado pronto para la tosquedad de nuestras costumbres, para la superficialidad de nuestros juicios morales, para la inmoderación de nuestras ambiciones, para la enormidad de las injusticias que sufre la mayor parte de la humanidad sin tener otra elección que la violencia o la opresión .

Decir que el origen de la crisis radica en el modelo diseñado en el Consenso de Washington, o en las políticas impuestas desde el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial no apunta al corazón del problema. Es verdad que tal modelo y tales medidas económicas lo que han hecho es agravar la crisis. Para probar esto bastaría con imaginar la posibilidad de dar marcha atrás a las diez medidas iniciales que se consolidaron a partir de la reunión, en noviembre de 1989 en la capital norteamericana, de los tecnócratas encabezados por John Williamson y que bien vale la pena tener presentes:

1. Disciplina fiscal.
2. Reordenamiento de las prioridades del gasto público.
3. Reforma Impositiva.
4. Liberalización de las tasas de interés.
5. Tasas de cambio competitivas.
6. Liberalización del comercio internacional.
7. Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas.
8. Privatización.
9. Desregulación.
10. Derechos de propiedad.

Tales medidas, en sí mismas convenientes y sensatas, han sido aplicadas como un catecismo, a rajatabla, sin las necesarias discusiones que exigiría, tanto el análisis del contexto, como las diversas interpretaciones que de ellas se pueden derivar, de modo especial en Colombia, con consecuencias, si bien en algunos aspectos benéficas, desastrosas en muchos otros para más de la mitad de la población en todos los aspectos de su vida.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que tal concepción económica surge en buena medida como reacción, no sólo a la propagación a la que llegó el sistema socialista soviético, sino también a la socialdemocracia europea, que había llegado a una regulación asfixiante que entrababa el vertiginoso desarrollo del capitalismo, originado e impulsado, paradójicamente, por el modelo keinesiano que, aunque tantos beneficios trajo a la vida de los europeos y norteamericanos, había dado todo lo que podía dar.

¿Volver a Keynes, al menos parcialmente? ¿Establecer fuertes regulaciones en el desenfrenado sistema financiero? ¿Democratizar la ONU? ¿Ampliar los campos de acción de la Corte Penal Internacional? ¿Meter en cintura a los grandes monopolios y oligopolios trasnacionales? ¿Establecer ministerios de hacienda colegiados? ¿Recuperar y fortalecer de nuevo la idea de los sindicatos? La lista podría seguir.

Podría pensarse, desde otro punto de vista, en un mundo parecido al del pueblo del señor Pullman, analizado por Walzer en La esferas de la justicia. Sabemos que se dispone, tanto de la tecnología como de los recursos económicos suficientes para eliminar el hambre en el mundo, cubrir las necesidades básicas y acabar, rápidamente, tanto con la miseria como con la pobreza, consideradas éstas como lo hacen los organismos internacionales, con la ventaja de que disminuirían considerablemente las fuentes de las guerras.

A través de una cita que hace Walzer recordemos un poco cómo era el pueblo, de unas ocho mil personas, fundado y construido en Illinois en 1880 por el afamado empresario norteamericano George Pullman:

Un forastero que llegue a Pullman se aloja en un hotel regentado por uno de los empleados del señor Pullman, visita un teatro donde todos los dependientes están al servicio del señor Pullman, bebe agua y consume gas suministrados por obra del señor Pullman, alquila uno de sus arreos con el administrador del establo del señor Pullman, visita una escuela donde los hijos de los empleados del señor Pullman son educados por otros empleados del señor Pullman, obtiene un billete cobrado en el banco del señor Pullman, es incapaz de efectuar una compra de la clase que sea si no es con algún inquilino del señor Pullman, y de noche es protegido por el departamento de bomberos, la totalidad de cuyos miembros –desde el jefe hasta el último nivel– está al servicio del señor Pullman.

Pues bien. Buena parte del mundo actual es bastante parecido al pueblo de Pullman, con el agravante de la pesadilla de Orwell y sin el contento de los habitantes de ese pueblo, diseñado siguiendo el sueño de que no hubiese desequilibrios económicos ni políticos.

Todos, sinembargo, remiendos a un sistema que tiene dentro el germen de su propia destrucción, por lo que se hace necesario explorar otros caminos que no sean el de una segunda revolución francesa. Quizás desde el punto de vista de las leyes de Newton y de las de la termodinámica podría demostrarse que ese sistema que ha vuelto sinónimos los conceptos de política, de economía y de democracia, constituye un callejón sin salida, un jaque mate para la especie humana. Marx así lo vio, pero el remplazo por el sistema resultante de su utopía irrealizable es otra Hidra. No es ésta, sin embargo, la ocasión para ensayar esa demostración. Baste la evidencia de que los ricos y los poderosos se extinguirían, si los pobres y los débiles también lo hacen. Es necesario que haya pobres para que haya ricos y que los pobres sean más pobres para que en la misma proporción aumente la riqueza de los primeros. Y esto es independiente de la dimensión moral, simplificadamente, de la bondad o maldad de unos y otros. De esta ley no podemos escapar.

Además, para que la máquina de producción capitalista funcione a plena marcha, es indispensable un consumo creciente. Si las necesidades humanas, medidas con cualesquiera de los patrones propuestos, pero especialmente las que están al uso de los organismos internacionales, fuesen realmente satisfechas, se tendría que enfrentar el problema de la estabilidad, que han estudiado Mill y Rawls, puesto que la utilidad marginal se vuelve decreciente.

Hacia la supresión del poder ejecutivo

El problema no está en la máquina. El capitalismo, así en abstracto, ha hecho posible la creación inmensa de riqueza con las consecuencias en los veloces avances de la tecno-ciencia y en la transformación de la vida de los animales humanos. Pienso que al capitalismo hay que verlo como una herramienta que puede rendir mayores frutos si se transforman los caminos de enseñanza y de investigación. El problema está en la política; más precisamente: en la ruptura que se dio entre las dimensiones moral y política. Este hecho implica una cierta luz de esperanza, sobre todo si se tiene en cuenta el carácter perfectible –como lo había visto Rousseau– del animal cultural por naturaleza, aunque nos obligue a volver la mirada sobre todo el aparataje de la institución educativa. En este punto recuerdo la idea de Otto Neurath que, expresada bellamente a propósito de su trabajo, la ciencia, se puede extender a todo lo humano: Somos como marineros que tienen que reparar su barco en altamar, sin poder jamás desarmarlo en un dique seco y reconstruirlo con mejores componentes.

Simplificando de manera tosca, se puede decir que el objeto de los distintos modelos de contrato social, no obstante las profundas diferencias en las concepciones antropológicas de las que parten –baste con tener en mente a Rousseau y a Hobbes– es la instauración de una forma de gobierno fundada en el supuesto moderno de la igualdad y de la libertad de los humanos: del estado de naturaleza se pasa, mediante el pacto o el contrato, al estado de civilidad, al estado de derecho, y se dibuja la mejor forma de gobierno, tal, que sea posible la realización de ese par de supuestos, con lo cual se rompe el feudalismo y el antiguo régimen. Para la preservación de esas nuevas formas de vivir se acudió a la famosa teoría de la división del poder, fundada, a su vez, en el concepto de pesos y contrapesos y que, con muchas variantes, dio lugar a la configuración de los actuales sistemas democráticos.

Esta estructura política, instituida a distintas velocidades y después de haber pasado por millones de muertos, es lo que está en profunda crisis, al parecer, como vimos, sin salida. No tenemos a Heracles. Tampoco a un Kant, a un Locke o a un Rousseau. Ni siquiera a un Marx, por lo que nos toca explorar más por los caminos polifónicos de que disponemos. Como punto de partida adopto un par de aspectos de la Teoría de Rawls. Aunque no subestimo las críticas y las réplicas académicas, ni el debate fecundo entre liberales y comunitaristas, ni tampoco las contradicciones que de hecho se encuentran –como ha mostrado Thomas Pogge– cuando se intenta pasar del plano nacional al internacional la posible aplicación de los planteamientos rawlsianos, quiero detenerme, por una parte, en la conjunción de los dos principios de justicia y, por otra, en el proceso de levantar el velo de la ignorancia. Aunque mi información es muy pobre y no alcanzo el estado del arte, sí alcanzo a vislumbrar que la única teoría de que disponemos –en cuanto teoría– es de la de Rawls, compleja, como un rompecabezas del que no se puede suprimir ninguna pieza, pues todos sus conceptos están entrelazados. Si bien limitada –especial, podríamos decir–, considero que ha sido enriquecida gracias a los aportes de Thomas Pogge y a las críticas a que ha sido sometida por tantos estudiosos de la misma, que podrían convertirla en una teoría general.

La conjunción de los dos principios de Rawls

En el primer principio, el del “mismo derecho irrevocable a un esquema plenamente adecuado de libertades básicas” no me voy a detener; tan sólo afirmar que dentro de ese principio cabe perfectamente la concepción de Berlin. Las libertades básicas son fundamentalmente libertades negativas: la de pensamiento, la de conciencia, las políticas, la de asociación. A todas es aplicable la exigencia de Berlin: ausencia de coacción.

La gran originalidad de Rawls, según yo lo entiendo, radica, no en el primer principio y ni siquiera en el segundo. Radica en la conjunción de los dos. Si no se trata de hablar por hablar, es decir, si nos tomamos en serio que: 1). Como hecho natural existen las diferencias, la lotería natural. 2). Quien acepte la libertad tiene que estar dispuesto a aceptar la diferencia y la diversidad. 3). Que después de Kohlberg sabemos que existen distintos niveles de razonamiento moral y que, si bien es posible mediante procesos educativos modificar hacia arriba tales niveles, se trata de un ideal que, por demás, no garantiza una correspondencia biunívoca entre los estadios más altos del razonamiento moral y el comportamiento real de las personas. En otras palabras: es muy difícil conseguir una sociedad cuyos ciudadanos sean todos kantianos, de lo cual el mismo Kant tenía plena conciencia.

Si se acepta lo anterior, se tiene que aceptar necesariamente la diferencia, es decir, la desigualdad, entre más y menos aventajados con respecto a la distribución de los bienes, porque en los demás aspectos la igualdad es como la vieron los modernos, puesto que, en la concepción de Rawls, que condensa siglos de debates y de filosofía política, estamos tratando de personas morales, es decir, de personas que tienen su propia noción de justicia y de bien, lo que corresponde al amplísimo campo de la libertad positiva.

Hasta aquí, se puede decir, el mundo tal como está, es decir en crisis. Pero la teoría rawlsiana para esa aceptación inevitable es muy clara:

Las desigualdades económicas y sociales tienen que satisfacer dos condiciones: en primer lugar, tienen que estar vinculadas a cargos y posiciones abiertos para todos en condiciones de igualdad equitativa de oportunidades; y, en segundo lugar, las desigualdades deben redundar en un mayor beneficio de los miembros menos aventajados del la sociedad .

Si al sistema capitalista se lo considera como una herramienta capaz de generar la riqueza, el desarrollo y la transformación de la civilización que ha generado, la fuente de la crisis, como ya sugerí, está en haber permitido la identificación del medio con el fin, para evitar lo cual la conjunción de tales dos o tres principios –como se quiera mirar– la considero satisfactoria. Es verdad que no resuelve –en principio– otros problemas derivados del modo de producción capitalista, tales como la contaminación de todo tipo y el agotamiento de los recursos no renovables. Pero sí la vergüenza que significan la miseria y la pobreza, y los males de ellas derivados.

La ventaja que yo veo en la teoría de Rawls radica en que, al no suprimirse las libertades, el aspecto competitivo necesario para el avance del conocimiento y de la ciencia y el aumento de riqueza indispensable para la satisfacción de las necesidades no se obstaculiza, como de hecho ocurre en los sistemas de economía planificada. Y ni qué decir de los aspectos que podemos llamar espirituales, o placeres superiores si recordamos a Mill.

Lo anterior, claro está, podría ser realizable en el nivel doméstico. El problema ahora se ha agravado con la globalización y el único camino que queda sería el de la ONU. Pero a la ONU le ocurre lo mismo que a los marineros de Neurath, por lo que reconozco que, desde un punto de vista pragmático, una vía menos difícil es la de acudir a la Carta de Derechos Humanos, aunque pienso que no es más que otro paliativo.

Corolario al levantamiento del velo de la ignorancia

Centro ahora la atención en el proceso que ha de seguir el descorrimiento del velo de la ignorancia, después de que se han acordado los dos principios y que comienza a aumentar progresivamente la información acerca de las circunstancias de la justicia de las respectivas partes que estaban en la posición original. Como se sabe, en ese proceso de descorrimiento del velo, la segunda etapa es la de la convención constituyente, la tercera es la legislativa y la cuarta, “en la que las reglas son aplicadas por los administradores y seguidas en general por los ciudadanos, y en la que las leyes son interpretadas por los miembros de la judicatura” .

Si bien la condición de posibilidad de la aplicación de la teoría rawlsiana son los pueblos liberales, cuya primera característica básica es la de: “un régimen razonablemente justo de democracia constitucional”, por ningún lado aparece como necesaria la existencia del poder ejecutivo. Legislativo y judicial sí. Pero ejecutivo no. De lo que Rawls habla es de administradores.

Aunque no se puede hacer caso omiso de la constricción a que están sometidos los gobernantes por las transnacionales, etc., es evidente que buena parte de las crisis domésticas, además de la constricción que internamente también se da por la presión de los grupos económicos, ocurren por la cooptación, caso colombiano, de un poder, el ejecutivo, sobre los otros, bien a través del populismo, bien a través del estado de opinión, o de ambos, en cualquier caso, de la corrupción. Si bien el hombre es un ser perfectible… es también corruptible, condición humana con la que tenemos que arrastrar.

Podría parecer sorprendente la propuesta de la supresión del órgano ejecutivo del poder si lo más evidente es la corrupción del legislativo, pero conviene salirse de la inercia de la costumbre.

Rawls, en nota a pie de página de El derecho de gentes, hace el siguiente comentario a propósito del tipo de instituciones y prácticas necesarias para evitar la corrupción:

Un ejemplo digno de mención es la financiación pública de las elecciones y los debates ciudadanos, sin los cuales resulta harto improbable que florezca la política pública. Cuando los políticos dependen de sus electorados para la financiación de sus campañas y el contexto global está marcado por una notoria desigualdad en la distribución de la riqueza y por una alta concentración del poder en las grandes empresas, ¿deberíamos sorprendernos de que los proyectos legislativos sean redactados por los grupos de presión y el Congreso se convierta en un mercado en el cual se compran y se venden las leyes? .

En lo que han terminado convertidos los sistemas democráticos con la tripartición formal del poder, aquí y en otras latitudes, es en lo anotado por Rawls en la cita que acabo de hacer.

¿Es necesario el poder ejecutivo? Se ha transformado en el monarca con el que los modernos dieron al traste, aunque apoyado ahora por mayorías a veces apabullantes. Me parece que es hora de explorar su eliminación o, por lo menos, una drástica limitación a su poder, que podría quedar reducido al ámbito de la educación, de la salud y a mantener el monopolio de la fuerza.

Hace un momento mencioné la primera característica que Rawls formula para lo que él llama pueblos liberales razonables, a saber, la de la democracia constitucional. Pero hay otras dos: la de unos ciudadanos unidos por lo que J. S. Mill llama «simpatías comunes» y, una naturaleza moral. Ninguna de estas características es posible alcanzarla sin intensos programas de educación –como es reconocido por todos los filósofos de vertiente democrática–, que tendrían que estar liderados por el estado y sustraídos a la libertad del mercado, pues, convertidos en negocio son lo que ahora vemos: generadores de cada vez más profundas desigualdades.

Este enfoque, como es evidente, nos aproxima bastante al de Nozick, por una parte y, por otra, más importante, al de Sen, de funcionamientos y capacidades, puesto a prueba con excelentes resultados en Kerala, como el mismo autor indio nos lo informa. Da cabida, además al pluralismo si lo tomamos en serio y, fácil es ver, a la filosofía de Berlin, ampliando el camino para que finalmente sea posible alcanzar el gobierno de las leyes y no de los hombres con lo que, de pronto, se podría evitar la caída en el jaque mate.

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Edición No. 153