Fotografías de Olga-Lucía Hurtado
La imagen fotográfica “es un rastro del mundo”, es “un fragmento que la cámara arrancó al mundo”: Hans Belting. Aprovechando el entorno natural de la ciudad, Olga-Lucía Hurtado enfoca su mirada en la naturaleza. Siempre lo ha hecho, con sus pinturas y ahora con sus fotografías; como no siente el conflicto que muchos artistas alguna vez vieron entre pintura y fotografía acude a esta última en procura de ir más allá de las imágenes configuradas de la pintura hacia la captura de imágenes no dadas sólo para la percepción, sino también para la memoria. Las montañas, las nubes, la neblina de siempre, las visiones de la infancia, esperan fieles la mirada del hombre dispuesto a reparar en su insondable presencia, hecha patente en las esplendorosas fotografías de Olga-Lucía. En ellas la naturaleza no se asoma por sus meras apariencias, sino por su profundidad, en virtud de la cual el espectador deja de ser un simple contemplador romántico, para experimentar en su ánimo el sentimiento de lo sublime. Mientras el firmamento auroral con su azul transparente sirve de fondo de las montañas, de la totalidad del paisaje, o mientras la neblina abraza todo, de las chimeneas de las fábricas sale humo espeso cuya luz más blanca, más intensa, rechaza jugar con las sombras como pidiendo en vano, para sí, la total claridad. Pero sólo lo profundo y misterioso es juego de sombras y claridad, un juego cuya ocurrencia, y Olga-Lucía supuso muy bien, se da mejor al amanecer, cuando la luz que el sol irradia desde lejos da la sensación de intemporalidad frente al progreso industrial donde el tiempo corre sin pausa.
En las fotografías de Olga-Lucía la naturaleza aún conserva el protagonismo de los comienzos del tiempo pero ellas no ocultan la disputa que ésta sostiene con las obras del hombre por hacerse a una cierta imagen del mundo. En aquéllas se insinúa apenas, no aparece todavía, el implacable dominio del orden productivo que en la ciudad, con sus cercos industriales, le gana la batalla al orden natural. Las fotografías que aquí contemplamos son como un enigma que nos llama la atención: ¿naturaleza e industria humana podrán sostenerse como dos contendientes que en el mundo de hoy deben permanecer en su disputa sin destruirse?
Para Humboldt la naturaleza es unidad y diversidad, posee un impulso interior, unificante, que se manifiesta en multitud de formas distintas. Y ese aliento de la vida natural confiere vitalidad al conjunto que el espectador aprecia en estas fotografías de montañas, nubes, fábricas y casas, juegos de luz y sombras; es esa vida la que no puede acabar en pura energía como la que se asoma en el humo llameante de las chimeneas cual rastro de sus disolventes entrañas de fuego. Y las fotografías de Olga-Lucía nos dicen que naturaleza y artificio, en tenso equilibrio, ya hacen parte de nuestro mundo, y por ello también piden no olvidar que los artificios que en verdad acompañan al hombre no son las mercancías sustituibles, sin aliento interior, sino los que se convierten en cosas que merecen ser llevadas al recuerdo, queridas, amables e íntimas, sólo cuando las anima ese aliento natural de vida.
Traducir a Chacón (por: Daniel Bourdon; traducción del francés: Valentina Marulanda). Antes que nada una confesión: yo no soy traductor. Incluso si alguna vez he traducido del español por gusto hacia esa lengua. Que no pretendo dominar, pero que practico cuando tengo la ocasión, como amateur. Uno no puede resistirse a su musicalidad, pues esta lengua seduce. Así pues, Y todo lo demás fue traducido por un no-traductor, pero un no-traductor seducido.
Es tanto como decir que traducir a Chacón fue dispendioso. Laborioso. Primero porque a un no-traductor le es muy difícil permanecer fiel al texto original. Para escribirlo en francés, efectivamente, antes necesita hacerlo suyo, le es preciso apoderarse de él y triturarlo. Tiende (y la cosa es deplorable) a querer hacerlo a su manera. Es un primer movimiento. Que luego necesita reprimir, por deontología, pero el placer de transcribir se reduce en la misma proporción –en el fondo preferiría, en vez de restituirle el sentido, amasar sus imágenes. En consecuencia, traducir, para ese no traductor, es encontrar un camino entre el deber y el placer, entre los signos escritos y los sonidos escuchados, entre los sonidos escuchados y los sobre-entendidos, entre el respeto al texto y las infidelidades que uno está loco por infligirle.
De todos modos, el caso de Et ce qui reste es singular. Mis nociones de es pañol permitían emprender una traducción medianamente honesta. Pero para el caso esto apenas era suficiente. Pues si yo conocía un poco el español, no conocía en absoluto el Chacón. Así pues, tuve que aprenderlo. Primero con circunspección. Lenta y cautelosamente. Poco a poco, sinembargo, llegué a reconocer ciertos signos cuya repetición regular me informó acerca de su verosímil función, luego me familiaricé con los fonemas, y en fin llegué a identificar las figuras de retórica, ayudado en esto considerablemente por los intercambios regulares que mantuve con uno de sus raros hablantes vivos, sin ninguna duda el más confiable. Fue con este último que se aclararon las alusiones, se corrigieron las imprecisiones, se disiparon las dudas.
Su ayuda fue tan preciosa que este libro, no contento con estar escrito en una lengua que constituye por sí sola una provincia del español americano, es el relato de un viaje –esto es al menos lo que me pareció, aunque mi saber es limitado- por una región poco explorada, poblada solamente de sensaciones de talla ínfima que aprendieron a defenderse de las miradas indiscretas proyectando pizcas de pensamiento. Estas sensaciones, al encontrarse solas en el vacío, se tornan sobre sí mismas en interrogaciones, a veces en paradojas, creando de esta manera un espacio singular donde para entrar hay que tener paciencia. Es una poesía pacientemente inmediata. (Ref.: Nota del traductor al francés del poemario “Y todo lo demás”, del escritor venezolano Alfredo Chacón)