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Fragmento de novela histórica, inédita, que recrea la vida del médico Galeno

Mi feliz infancia la viví en esta misma villa que ahora será mi última morada. La felicidad provino de mi padre y las inquietudes de mi madre. Mi padre fue un hombre justo, benévolo, compasivo, filantrópico, al cual jamás oí alzarle la voz a mi madre o gritarle o pegar a nuestros esclavos y sirvientes. Mi madre fue lo contrario de él, eran como el día y la noche. Su irascibilidad fue legendaria en Pérgamo y con frecuencia mordía a sus doncellas, arrojaba guijarros a los jardineros y su ánimo, agriado como la leche trasnochada, se vertía de manera constante en la mansa humanidad de mi padre. Le alegaba por todo, le gritaba y lloraba mientras le halaba de la túnica, le increpaba que su infelicidad del corazón se debía a él, que era el único culpable de su aflicción. Ella se comportaba como la Jantipa de Sócrates y él como un filósofo estoico penetrado por el sentimiento ataráxico: la miraba con serenidad y luego la abrazaba.

Desconozco el trato que le dio Jantipa a sus tres hijos, Lamprocles, Sofronisco y Menexeno, pero sí recuerdo el comportamiento de mi madre conmigo. Una sola vez, en mis primeros catorce años de vida, me atrajo a su regazo y me besó en la frente. El resto del tiempo eludió mi existencia como si yo fuera un espectro. A mi cargo estuvo mi nodriza y nana Aikaterine, originaria de la ciudad de Mileto. De ella obtuve la ternura, las caricias y los dulces susurros que un hombre debe recibir en su niñez de una mujer, para que su corazón de adulto no se transforme en el de un lobo sanguinario y despiadado.

En esos años adoré a mi padre y odié a mi madre. No podía sospechar lo que me fue revelado en el funeral de ella, ya siendo un adulto, por la misma anciana Aikaterine que logró vivir hasta la inverosímil edad de los cien años, sin que conociera nunca mis consejos de médico sobre los hábitos que conducen a la longevidad. Existen personas, sencillas y elementales casi siempre, que parece que nacieran empapadas con la sabiduría de la naturaleza y no necesitaran de los conocimientos humanos. Mi querida y recordada nana fue uno de esos seres y también me superará a mi en los años vividos, ya que mi organismo es como la quilla de un barco que todavía tiene indemne su madera, pero está derruyéndose por dentro.

La presencia de mi padre colmó mi felicidad, sus enseñanzas fueron como los perennes rayos del sol que todavía marcan la memoria de mi vida profunda. Estuvo dedicado a mí, como mi bisabuelo lo hizo con mi abuelo y éste con mi progenitor. Ellos conformaron una dinastía de geómetras y arquitectos famosos y competentes, que descubrieron la grandeza de los números y los secretos racionales de la geometría. Ese fue el primer legado recibido de mi padre Nicón de una forma suave y didáctica para ser comprendida por mí. Todos los días salíamos a caminar, en las horas nuevas de la mañana, en compañía de su fiel capataz Mario.

Recorríamos los viñedos y almendros, revisábamos el ganado y las porquerizas, nos arrodillábamos en la tierra fértil y con las manos olíamos el humus y jugábamos con las lombrices sin hacerles daño. La villa era próspera y mi padre era feliz en medio de la naturaleza. Esa alegría me la traspasó a mi y nunca olvidaré sus palabras. Me decía que siempre había que tener las manos untadas de tierra, porque era el símbolo de que nuestra razón no se extraviaría con ideas absurdas o fantásticas. Las semillas en la tierra eran la mejor comparación con las ideas de la mente racional: crecían de manera lenta, en la solidez de la realidad, y de esta forma sus frutos serían verdaderos, apetecibles y duraderos.

Las hechicerías y las magias eran las armas con que los charlatanes dominaban a los ignorantes, porque la ignorancia era la fuente de todos los miedos humanos. Para ilustrar mejor esto me enseñó a comprender el horologio babilonio y la clepsidra tebana que estaban en nuestra casa desde que el abuelo los compró a un matemático macedonio. El cálculo del tiempo y el calendario, la posibilidad de prever la fecha de los eclipses de luna y de sol, la universalidad del triangulo, de la esfera, de la línea recta, eran todas verdades demostrables e irrefutables a través del conocimiento matemático. Las primeras lecciones de aritmética y geometría las recibí de él, con compás y regla, inclinados sobre un pergamino en su estudio de arquitecto.

Entre los ocho y los trece años escuché sus apasionadas, amenas y  fascinantes clases donde aprendí las teorías de Arquitas de Tarento, los cálculos de superficies circulares de Anaxágoras y Antifon, los descubrimientos de Menaicmo sobre la parábola equilátera y la hipérbola, el problema de la cuadratura de las lúnulas planteado por Hipócrates de Quíos y, en especial, me dio las nociones de Los Elementos de Euclides de Alejandría, estudiando en el antiguo manuscrito familiar que mi bisabuelo compró, a precio de oro, a un geómetra de la biblioteca alejandrina.

Este tesoro bibliográfico heredado lo contemplo ahora mismo, con sus pliegos ajados por el uso y el paso del tiempo, pero sin que haya perdido nada de su legibilidad y están acá las notaciones y subrayados de mis ancestros y los míos. Me perturba, solo en este instante, no haber sido padre porque no tendré a nadie de mi estirpe para legarle esta obra, sin duda alguna la más valiosa y amada de mi biblioteca. Todavía recuerdo, casi de memoria, los capítulos de su teoría de la proporción, sus conceptos sobre conmensurabilidad e inconmensurabilidad, sus explicaciones de la geometría espacial, bellos reflejos en esta tierra de los arquetipos platónicos.

Capté de mi padre, en esos años, la destilación preciosa de una sabiduría familiar y ancestral: los números eran más consistentes que las palabras, las demostraciones geométricas eran absolutas y perfectas y se acercaban más a la verdad que las innumerables teorías contradictorias y relativas de los filósofos, los médicos, los teólogos, los literatos, los retóricos y los políticos. Estaba preparado para continuar la profesión de mi linaje, pero un acontecimiento inesperado me arrebataría mi aparente destino, claro está que no lo lamento. Debemos huir de la diosa fortuna y sus dardos cargados de lo azaroso, pero no siempre podemos escapar. La fortaleza de nuestra voluntad y el poderoso instrumento de la razón son, a veces, frágiles armaduras frente a las tormentas de lo impredecible.

 

 

 

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Edición No. 183