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Gerardo Molina. Humanismo y magisterio de la Política

En momentos críticos de la vida nacional, muchos ocurridos en el pasado siglo, se alzó la voz de Gerardo Molina para analizar los acontecimientos, ocuparse de sus causas, arrojar luces históricas y proponer caminos de cambio siempre basados en la democracia, la libertad y la justicia social. Como todo pasa por la política, su aproximación siempre estuvo signada por un fundamento en la teoría y el pensamiento político. Pero como además era un hombre de acción, con frecuencia una práctica política lo llevó a diversos escenarios de lucha por sus principios e ideas.

El panorama actual en el mundo nos muestra un completo descrédito de la política, los políticos y los partidos, así como una pérdida de confianza en la democracia, en la democracia representativa y en la poca participación ciudadana, sería más preciso decir. Pero para el maestro Molina solo existía el camino de los movimientos políticos para promover la superación de unas estructuras y unas condiciones de vida intolerables para la mayoría del pueblo colombiano. Situación esta que no ha cambiado en nuestro tiempo, y antes podríamos decir que se ha agravado cuando, como nunca antes, las gentes son más conscientes de sus derechos y los exigen con continuadas formas de protesta. Lo vemos hoy cuando jóvenes sin futuro marchan por las calles de Colombia, a veces iracundos y a veces en bulliciosa protesta. Y la violencia que Molina atribuyó principalmente al hambre, la miseria y el desamparo de tantos compatriotas, en especial en el ámbito campesino, tiene hoy unas formas que causan espanto y parecen no tener fin.

Cuando se tiene la oportunidad de leer tantas enseñanzas que nos legó ese gran colombiano, vemos que señala una advertencia que tiene más de sesenta años y que ha sido totalmente ignorada por el país. Se trata de un extracto de la Misión de Economía y Humanismo en Colombia, publicada en 1958 y dirigida por el sacerdote francés Louis Joseph Lebret, extracto que con una gran visión anticipatoria dice así:

El aspecto ético y el aspecto económico se conjugan, por tanto, para que los dirigentes del país preparen una evolución de la estructura del ingreso. El mantenimiento de la estructura actual no hará sino provocar a mediano o largo plazo una agravación del malestar social que ya se puede percibir en la nación y cuyas repercusiones antieconómicas serían considerables.

Es un deleite leer los análisis históricos del destacado intelectual, en atención a la claridad de ideas y conceptos, la argumentación basada en los contextos social y económico, las lecciones de grandes acontecimientos del pasado y una prosa castiza, carente de retórica y de una fluidez narrativa que cautiva al lector. Y, sobre todo, una narración no afectada por dogmatismos y siempre abierta al debate de sus propias tesis.

Un buen ejemplo lo constituye una obra fundamental titulada Las ideas liberales en Colombia, publicada en los años setenta en tres tomos y de gran acogida por historiadores y público en general, que revela a un singular pensador de la política nacional y que además contaba con una praxis que sometía a prueba sus propios análisis y comentarios. Consideró que el partido liberal podría impulsar grandes cambios, pues en varias ocasiones su causa fue la del pueblo, y por ello durante un tiempo estuvo afiliado al mismo y, muy en especial, se vinculó a la llamada “Revolución en marcha” que, encabezada por el presidente López Pumarejo, prácticamente permitió que Colombia entrara al siglo XX. Pero pensando que el verdadero cambio tendría que impulsarlo un movimiento socialista que sustituyera el capitalismo.

Su desencanto posterior con dicho partido lo llevó a unas complejas apreciaciones, incluidas en el capítulo “El socialismo posible” de uno de sus libros fundamentales, Breviario de ideas políticas, publicado originalmente en 1981 y en buena hora rescatado recientemente por la Universidad Nacional de Colombia en una colección rectoral. Dicen así las apreciaciones:

El partido que hasta 1902 vertió la sangre en las guerras civiles en defensa de los principios y que luego libró batallas inolvidables contra la legislación liberticida, contra la pena de muerte y en favor de la justicia social, se volvió una entidad burocratizada, amiga del orden autoritario, del Estado de sitio, de la ampliación de las funciones del Ejecutivo y de las Fuerzas Armadas. La rigidez de una organización económica con marcada concentración de la riqueza y del ingreso, tenía que llevar a que por el liberalismo se tengan hoy por subversivas las clases obreras, las clases medias, la juventud estudiosa y los intelectuales. El ala socialista dentro de esa colectividad desapareció del todo, y los pocos políticos liberales que hablan esporádicamente del socialismo lo hacen en el exterior, o aquí después de renovar la adhesión a los gobiernos del Frente Nacional y después de justificar las violaciones de los derechos humanos, el Estatuto de Seguridad y todas las manifestaciones del crecimiento del poder autoritario. A la altura de 1980 el liberalismo se comporta como el partido por excelencia de la burguesía, con más títulos para ello que el conservatismo, aunque cuente, como cuenta todavía, con el concurso sentimental de gruesos contingentes de las masas.

Vemos entonces que en el mundo político actual hay espacio para movimientos nuevos, necesariamente de inspiración socialista, cualquiera sea el calificativo que se adopte. La experiencia universal prueba que la tercera vía, el camino medio entre el capitalismo y el socialismo, el ejercicio de andar por el filo de la navaja, no ha dado ni puede dar resultados convincentes.

El magisterio político de Molina se expresó en la urgencia de promover en Colombia un socialismo propio, de carácter democrático, que se apoye en el marxismo como método de análisis e interpretación de la historia, pero que rechace la dictadura del proletariado, la supresión de las libertades y la existencia del partido único. Todo ello, agregaría quien esto escribe, fuente de un autoritarismo que propicia la represión y la corrupción.

En efecto, su propuesta en el mencionado Breviario es la siguiente:

Ese socialismo tendrá su centro de gravedad en Colombia, lo que significa que será auténticamente nacional, es decir, que su única fuente de inspiración será la voluntad de nuestras gentes, con plena independencia de los grandes y pequeños centros socialistas de poder del mundo contemporáneo. Si hay algo que debe ser nacional es el modo como cada país debe buscar el camino para edificar la sociedad que le conviene. Respetando las diversas revoluciones que han implantado el socialismo a su manera, la que se efectúe entre nosotros no debe ser calco de ninguna. El movimiento de renovación que propugnamos será el producto de nuestra historia, de nuestra cultura, la cristalización de tantos anhelos de liberación que se han intentado desde el arribo de los españoles. 

Y agrega algo que no puede olvidarse en nuestra crítica situación actual:

En el caso de Colombia, de un pueblo que ha padecido la orgía de la sangre desde la Conquista, es deseable que la transformación social se efectúe por vía pacífica y con el mínimo posible de violencia.

Ese proceso liberador no puede ser obra de un solo partido y de una sola clase. Son tantas y tan plurales las energías que hay necesidad de movilizar, que solo un vasto frente social y político puede ser efectivo. Hablar, por ejemplo, de dictadura del proletariado es un doble error, porque la palabra dictadura, en cualquiera de sus usos, despierta entre nosotros general repulsa; y la noción de proletariado, por el número tan reducido de trabajadores que están en esa condición, no garantiza el volumen de gentes indispensables para semejante mutación.

Podríamos afirmar que ese magisterio político fue entendido como la necesidad de “elevar la conciencia democrática, la participación ciudadana y la promoción de las más altas virtudes cívicas, y que además nos enseñó con su ejemplo la práctica de la tolerancia en un medio en el que la vivencia de lo político ha estado signada por la hostilidad y el sectarismo”, tal como lo describe Darío Acevedo Carmona en la Presentación de su libro de 1992 titulado Gerardo Molina. El magisterio de la política.

En esa educación política desempeña una tarea central el Estado, opuesta a una tendencia que busca su reducción, que le impide llevar a cabo una acción social y que pregona las bondades del libre mercado de bienes y del capital financiero. Vale la pena poner de presente que la actual pandemia ha reivindicado la acción del Estado, y que una mirada desapasionada muestra que el mercado no funciona cuando se trata de bienes meritorios como la salud, el ambiente, la cultura, la ciencia… Además, basta observar que no se cumplen las condiciones clásicas del mercado, pues la información no es igual para las partes, los seres humanos no actúan siempre con racionalidad, se descarta la colaboración en vez de la competencia y no se tiene en cuenta un atributo tan importante como la confianza.

Ante esas tesis y sus posibilidades en la práctica, conviene referirse a la existencia de un cierto socialismo democrático, la socialdemocracia, que sin renunciar al capitalismo propicia la justicia social y las políticas redistributivas. En varios países esa ideología condujo al llamado Estado de Bienestar, el que ha permitido a sus habitantes el disfrute durante décadas de una paz social y un decidido progreso. Se trata de un Estado que tiene la capacidad de intervenir para que todos gocen de una protección social. Esta alta función del Estado la estudia Gonzalo Cataño en su ensayo “Gerardo Molina y el Estado providente” cuando desde el comienzo trae a colación una cita muy diciente:

En el contexto del presente trabajo se entiende por Estado providente –también conocido como asistencial o de bienestar– aquel Estado que garantiza los patrones mínimos de ingreso, salud, alimentación, vivienda, educación y trabajo, como derecho político y no como beneficencia.

La solidaridad del maestro Molina con los débiles y excluidos, su acompañamiento a las luchas de la clase obrera, y su a veces pertenencia a causas perdidas, obedecieron a una ilustre tradición humanista de intelectuales e ideólogos de diferentes países que históricamente han enfrentado la injusticia social. Y la fuerza de su humanismo, mencionado en el título de este escrito, tuvo un temprano desarrollo que se fue afirmando al viajar de su población natal en Antioquia, el municipio de Gómez Plata, a Medellín y luego a Bogotá, recorrido cuando pudo conocer situaciones de miseria y abandono que le causaron una grande impresión.

Ya desde niño pudo observar en aquel municipio la injusta situación que allí se vivía, pues ni siquiera se disponía de un médico y el único futuro de sus habitantes eran las precarias situaciones del minero y el campesino pobre. Más tarde en Medellín, se encontró con realidades que le llevaron a tomar como ejemplo a la líder de los trabajadores, María Cano. En Bogotá, a partir de 1929 encontró un ambiente más abierto que le permitió conocer pensadores extranjeros, especialmente socialistas franceses, y recibir la influencia de Rafael Uribe-Uribe.

Para resaltar ese profundo arraigo humanista, es apropiado extraer unos párrafos de las palabras que Carlos Gaviria Díaz pronunció cuando en 1981 la Universidad de Antioquia le concedió al profesor e investigador Molina el título de Sociólogo Honoris Causa:

Me parece que el sentimiento originario que ha determinado el pensamiento y la acción de Gerardo Molina, su ser y su quehacer, es la solidaridad con el género humano. El amor al hombre, podría decirse en un lenguaje quizás más llano, pero de connotación más problemática. Su punto de partida es, pues, humanístico y a él hay que referir su vida y su obra para poderlas interpretar cabalmente.

Consciente, como el que más, de que las verdades fundamentales sobre el hombre las enseña la historia, ha hecho de ella el objeto básico de su trabajo intelectual, permanente y fecundo.

Reflexionando sobre los fenómenos y escrutando los procesos históricos, se ha percatado de que las causas generadoras de la miseria en que se halla sumida una gran parte de la humanidad, son contingentes, removibles, y lo ha pregonado en alta voz, porque el conocimiento de la verdad no se aviene con el silencio.

Allí, justamente, en el desvelamiento de la verdad y su revelación, considerados como unidad ética inescindible, podemos encontrar un primer valor, incuestionable para la Universidad, como que constituye su esencia, e inseparable de cualquier postura auténticamente humanista, y por añadidura científica, como la asumida por el doctor Molina.

Era el sentido humanista del socialismo lo que más atraía al maestro, pues su vigencia haría posible el desarrollo cabal del hombre, tal como aparece en las conclusiones del citado ensayo “El socialismo posible”. En efecto, el fin último del socialismo, como insistió siempre Marx según cita de Roger Garaudy, es restituir al hombre la dimensión perdida, la dimensión fundamental de su trabajo, la dimensión que lo lleva a realizar todas las posibilidades que hay en él.

Para terminar, un recuerdo personal. Durante los años setenta, el maestro Molina ocupó la vicerrectoría académica de la Universidad Nacional de Colombia durante la rectoría de Luis Carlos Pérez, momento en el cual quien esto escribe ejercía la vicerrectoría de la institución en su sede Medellín. Me causó una profunda impresión el señorío y la bondad del maestro, su amor por la Universidad y su preocupación por el sentido nacional de la misma. Siempre estuvo pendiente del progreso de las sedes de fuera de Bogotá, una preocupación que lo acompañó durante sus años de rector de dicha universidad, entre 1944 y 1948, años en los cuales hizo posible la creación de la Sede en Manizales.

Estamos, pues, ante un espíritu libre que permaneció fiel a sí mismo, que centró su ideario en la necesidad de una democracia real y no una de palabras y textos, que aspiró a “Vivir en un suelo libre con un pueblo libre” como bellamente lo dijera Fausto en el libro de Goethe. Esa fidelidad a unas ideas y unos principios éticos, a lo largo de su vida, constituye uno de los mayores legados para la juventud colombiana. Recordemos las palabras que Shakespeare pone en boca de Polonio cuando despide a su hijo Laertes que viaja a París: “Sé fiel a ti mismo.” Esta máxima entraña una condición necesariamente humanista, cuyo cumplimiento nos permitiría afirmar que podemos confiar en nosotros mismos.

 

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Edición No. 198