Cargando sitio

Gerardo Molina, intelectual público

Colombia es un país que registra una frágil memoria histórica la que se manifiesta, entre otras expresiones, en el desconocimiento o simplificación de muchas de sus más relevantes figuras políticas e intelectuales. Las urgencias, sobresaltos y contingencias vividas en unas difíciles circunstancias históricas signadas por la violencia, la anomia y la carencia de un proyecto nacional, suelen conducirnos a vivir en un continuo sobresalto sobre lo que nos sucede día a día, incurriendo así en el “presentismo” y, como diría García Márquez, en la “peste del olvido”. Se suele pensar en amplios círculos sociales, que cobijan también sectores intelectuales y universitarios, que la historia colombiana (en particular en sus últimos 70 años), ha estado signada por el fracaso de los grandes proyectos nacionales, el asesinato de muchos líderes esperanzadores, la impotencia colectiva y el predominio de personajes autoritarios, individualistas y corruptos. Sin negar, por supuesto, estas negativas realidades, debe señalarse que existe también un lado “luminoso”, esperanzador, en nuestro devenir contemporáneo, el cual, para la circunstancia que aquí nos concita, se manifiesta en la existencia y proyección de personalidades, hombres y mujeres de diversas regiones y condiciones sociales, que han luchado de forma tesonera –sí, con vueltas y revueltas,  aciertos y errores- para buscar construir una forma diferente de hacer política y de gestar cultura, por medio de la creación artística, la investigación científica y la enseñanza.

Por esta razón nos parece pertinente, pensando ante todo en las nuevas generaciones, realizar una semblanza política e intelectual de Gerardo Molina, en la primera parte de la Presentación de su Breviario de ideas políticas, en buena hora reeditado por  la Universidad Nacional de Colombia. Así, el lector contemporáneo podrá dimensionar las calidades humanas y la dimensión histórico-cultural y política de esta notable personalidad colombiana del siglo XX.

Gerardo Molina Ramírez (Gómez Plata, 1906 – Bogotá, 1991), desarrolló a lo largo de su intensa vida pública dos roles sociales, los del intelectual y el político, que constituyen también dos maneras contrastadas de percibir y de actuar en la sociedad. Estas dos facetas tan características de su personalidad, se interrelacionaron de modo inescindible en su dilatada trayectoria vital, como ha sucedido con muy pocas personalidades en la historia colombiana del siglo XX. 

La labor política y la actividad intelectual suelen presentarse no sólo como dos profesiones y formas de “ganarse la vida” distintas, sino que se plantean como aspiraciones vocacionales, modos de vivir y actuar que se postulan, muchas veces, en calidad de opciones disyuntivas, tal como lo señalara Max Weber en su clásico texto: El político y el científico.  Pues bien,  Gerardo Molina asumió, en calidad de actividades centrales en su vida, estas dos formas de existencia y de proyección pública. Dos maneras distintivas de “estar en el mundo” y de buscar en la medida de sus posibilidades, transformarlo. Asumió con valor civil y convicción, sin temor a equivocarse, estos dos papeles sociales, enfrentando sus tensiones mutuas, riesgos, contradicciones y costos personales. 

Gerardo Molina realizó estudios de Derecho en la Universidad de Antioquia, de donde fue expulsado por organizar una huelga estudiantil contra los “malos profesores”, en plena “hegemonía conservadora”, para terminar su carrera en la Universidad Nacional en Bogotá. En su trayectoria política se puede destacar que, a los 27 años, se desempeñó como Representante a la Cámara por el Partido Liberal (1933-1935). En dos ocasiones posteriores ocupó el mismo cargo (1939-1941 y 1962-1964), además de haber sido en un par de veces Senador de la República (1935-1939 y 1982).

Desde el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), Gerardo Molina hizo parte de las que este denominara “audacias menores de 40 años”, las cuales, decía aquel estadista liberal, “deben manejar el poder y el gobierno”, como expresión de lo que se denominara la “Revolución en marcha”. Se vivía entonces en Colombia el memorable periodo histórico-politico de la República Liberal (1930-1946), lapso en que se desarrollaron importantes reformas -en el plano político, jurídico, social y de la cultura- que pretendían realizar una “modernización desde arriba”, institucional y por los cauces legales, de la sociedad colombiana. Así, se buscaba  sintonizar al país con las tendencias contemporáneas en el ordenamiento jurídico-estatal y en las instituciones culturales,  propias de países democráticos de Europa Occidental,  Estados Unidos y algunas naciones latinoamericanas. El Partido Liberal acogía en sus filas a representantes de concepciones que fluctuaban, podría decirse con un lenguaje contemporáneo, desde la centro-derecha hasta la izquierda y el socialismo democráticos. Esta heterogeneidad ideológica supuso la existencia de profundos debates y tensiones internas en su interior. Pues bien, Gerardo Molina hizo parte activa de un ala “izquierda” de su partido, y como parlamentario participó en el impulso de las audaces reformas que se realizaron en los dos  años iniciales de la primera administración López Pumarejo, que culminaron en la Reforma Constitucional de 1936, de la que se afirmaba que le había “quebrado una vértebra” a la cincuentenaria Constitución de 1886.

En especial, Gerardo Molina participó en el Parlamento en la discusión y el impulso de la novedosa legislación sobre el trabajo, derecho de sindicalización y de huelga, servicios médicos para los trabajadores e indemnización por despido injusto, entre otras medidas progresistas. Bien puede afirmarse que impulsar las bases fundadoras de lo que podría denominarse (al tenor de la Constitución de 1991), un “Estado social de derecho”, desarrollar la “función social de la propiedad” (en especial, la rural), e impulsar una universidad pública, de carácter autónomo, laica y pluralista (en particular, la Universidad Nacional), fueron empeños de los sectores avanzados del liberalismo, que Molina secundó animosamente.

Pero tras el agotamiento de la “Revolución en Marcha”, y con la “pausa en las reformas” predicada por las directivas del Partido Liberal, Gerardo Molina, quien era un liberal heterodoxo, contribuyó a crear una nueva organización –la Liga de Acción política [LAP]- alejada del bipartidismo dominante y, de otra parte, del Partido Comunista Colombiano, alineado con la III Internacional Comunista. Participaron en esta agrupación intelectuales-políticos tales como José Francisco Socarrás (rector entonces de la Escuela Normal Superior en Bogotá), Carlos H. Pareja, Indalecio Liévano Aguirre y, como su principal impulsor, el  científico social colombiano, Antonio García Nossa. Este último escribía que la LAP era: “una fuerza autónoma de izquierda, independiente de las camarillas que controlan –en la oposición o en el acuerdo- la vida política colombiana” [1]. Según Molina, la LAP, “estaba dirigida a ser el núcleo catalizador del Partido Socialista Democrático”. [2] En realidad, este era un grupo de intelectuales y políticos sin vínculo orgánico con movimientos sociales, ni cauda electoral propia, por lo que muy pronto la Liga de Acción Política debió disolverse. En todo caso, expresaba la búsqueda incansable de Gerardo Molina, hasta el final de sus días, por contribuir a crear en Colombia, un “socialismo democrático”.  

Molina participó, poco tiempo, en el sector de izquierda del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), dirigido por Alfonso López Michelsen, y fue parlamentario de esta organización disidente del Partido Liberal, en los comienzos del Frente Nacional. Pero su fundador e inspirador pronto volvió a las toldas del partido oficialista, y Molina, como otros participantes del M.R.L., se retiró del movimiento.

En 1964, un eje del debate nacional lo constituía la denuncia de sectores de los partidos tradicionales y de la prensa oficialista  acerca de la existencia de “Repúblicas independientes” en el país, a las que se acusaba de estar dominadas por guerrillas “comunistas”, señalando que uno de sus epicentros era el municipio de Marquetalia (Tolima). Allí, Pedro Antonio Marín (“Tirofijo”), lideraba un grupo armado pequeño de las que se denominaban “autodefensas campesinas”, que venían de la insurgencia liberal y comunista de los años cincuenta, frente a la arremetida de las fuerzas gubernamentales propiciada por los gobiernos de Mariano Ospina y Laureano Gómez. Este grupo armado solicitaba dialogar con el gobierno de Guillermo León Valencia, para expresarle una serie de reivindicaciones de los campesinos y pobladores de la región en donde estaban asentados, así como de otras regiones campesinas. Escribía Gustavo Pérez:

“Un grupo de políticos de izquierda solicitó la colaboración de Camilo Torres, de Monseñor Germán Guzmán, de los doctores Gerardo Molina, Hernando Garavito Muñoz, Eduardo Umaña Luna y de mi persona, para ofrecer al Ejército una mediación, que permitiera conocer las necesidades de los campesinos de Marquetalia y su posición ante los planes gubernamentales, a la vez que informar a los campesinos como veía el gobierno  el problema”. [3]    

En principio hubo autorización del Ministro de Guerra para realizar esta labor de mediación, pero el Cardenal Concha Córdoba desautorizó a los sacerdotes de la “Comisión civil de diálogo y mediación”, con el grupo alzado en armas en Marquetalia. La Comisión se disolvió, emitiendo un comunicado el 2 de mayo de ese año. En esos días, el representante a la Cámara Hernando Garavito, advirtió que si se realizaban acciones militares en Marquetalia, “van a provocar una guerra de guerrillas en el país”. [4] El 16 de mayo, rotos todos los puentes entre el Estado y el grupo guerrillero de Pedro Antonio Marín, se desataba una vasta ofensiva militar en la región, la “Operación Marquetalia”. El grupo guerrillero logró huir de este cerco, y cinco meses después, junto a otras  agrupaciones armadas de territorios afines, se realizó el acto fundacional de las FARC. Lo que deseamos evidenciar aquí, en esta tentativa de mediación y negociación política, era el compromiso de Gerardo Molina -como también de otras personalidades académicas, religiosas y políticas en el país- por buscar una vía de negociación y resolución pacífica de los conflictos político-militares en Colombia, actitud en la que Molina persistió hasta el final de sus días.  Treinta años después de estos acontecimientos desafortunados, Gerardo Molina participó en la Comisión de Paz impulsada en el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986), la cual buscaba una negociación, dejación de armas y reincorporación al ordenamiento jurídico-político de Colombia, por parte de la que ya era la más poderosa guerrilla insurgente en América: las FARC.

A finales de los años setenta, en el gobierno autoritario de Julio César Turbay Ayala, Gerardo Molina se constituyó en uno de los principales impulsores del movimiento político de oposición: Firmes, habiendo sido designado su director nacional.

Sus estatutos se centraban en señalar a Firmes como un movimiento amplio, democrático y popular, del que todos los colombianos decididos a cambiar la realidad podían hacer parte. Sus concepciones estratégicas y objetivos de largo plazo, eran un socialismo que aplicara y enriqueciera todas las libertades y todas las formas de participación política, eliminando la dominación de pequeñas minorías políticas. Era un movimiento de carácter nacional, independiente de los centros de poder en que se dividía el campo socialista. [5]

En esta novedosa y audaz propuesta política, que buscaba superar la rigidez ideológica y el sectarismo de los partidos de izquierda en el país, participaron (en la primera etapa de su existencia) personalidades nacionales como fueron algunos miembros de la revista Alternativa, tales como Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón y Daniel Samper, abogados como Carlos Gaviria, sicoanalistas como José Gutiérrez, futbolistas como Alejando Brand, figuras de la televisión, como Pepe Sánchez y Carlos Duplat, historiadores como Jorge Orlando Melo y Álvaro Tirado Mejía, poetas como Luis Vidales, así como líderes sociales, intelectuales y universitarios de toda Colombia. Jorge Orlando Melo ha evocado lo siguiente, sobre el ascendiente ético y político de Molina en este heterogéneo movimiento político: 

“Era la gran figura, respetado por todos. Como había mucha divergencia, se esperaba que él las resolviera. Y los grupos claramente enemigos de la lucha armada esperaban que orientara el movimiento en un sentido de participación democrática”. [6]

Al respecto, proclamaba Gerardo Molina:

“Firmes es una organización legal que hace en su trabajo uso exclusivo de los métodos abiertos y democráticos. Por lo cual rechaza las formas desesperadas que desconfiando de la agitación se precipitan en el terrorismo y el anarquismo, métodos que suplantan a las masas”. [7]

Gerardo Molina fue nombrado Senador de la República por este movimiento y, en 1982, se presentó como candidato presidencial de Firmes, pero ya esta plural organización se hallaba minada por insuperables contradicciones políticas, lo que la llevó finalmente a su disolución. El autor del Breviario de ideas políticas fue también, por la época, miembro del Comité de Derechos Humanos en Colombia, el que  hacía  frente al Estado de sitio, casi  permanente, y al tristemente célebre Estatuto de Seguridad.  

Otra faceta de su “alma”, una decisiva opción  existencial de Gerardo Molina, la constituyó su polifacética expresión como intelectual, en las dimensiones del periodista, ensayista, investigador social, autor de libros, docente y conductor universitario. Era firme en sus principios (que fueron debatidos por “tirios” y “troyanos”), pero no era dogmático. Incansable en la lectura y la reflexión ponderada, abierto ante nuevas experiencias culturales y políticas, emergentes ideas y propuestas, así ellas contradijeran sus certezas actuales. Hombre de “izquierda”, desde su juventud hasta sus últimos días, su pensamiento fue con todo evolucionando al vaivén de acontecimientos nacionales y universales, a lo largo de diversos momentos de su intensa y extensa vida pública.

Conjugando su vocación intelectual y académica, con su experiencia como político y convocador de acciones colectivas, Gerardo Molina se proyectó como uno de los más notables conductores universitarios en el país: líder académico, carismático organizador y eficiente administrador. Bien se puede afirmar que de su multifacética actividad pública, esta constituyó su más perdurable y significativo aporte a la cultura colombiana y, más ampliamente, a la historia nacional.

Tal como lo expreso en el libro de mi autoría: Universidad política y cultura: La rectoría de Gerardo Molina en la Universidad Nacional de Colombia (1944-1948),[8] en su periodo de orientación de tan importante institución de educación superior, este incansable intelectual y político fue el inspirador de una expresión pionera, anticipadora, de la universidad contemporánea en Colombia. En su calidad de parlamentario liberal en los años treinta, Molina participó con entusiasmo y convicción en el impulso de la ley 68 de 1935 (promovida por el presidente López), la cual reorganizó la Universidad Nacional para centralizarla y dotarla de un campus, que no tenía antecedentes en América Latina. Así mismo, López Pumarejo y políticos liberales como Jorge Zalamea, Germán Arciniegas y Gerardo Molina, lucharon por conferirle autonomía y presupuesto a la principal universidad pública de la nación, en consonancia con lo planteado  por sus fundadores en 1867. En el año de 1944, en el segundo periodo presidencial de Alfonso López Pumarejo, Gerardo Molina fue elegido rector de la Universidad Nacional por su Consejo Académico, lo que constituyó un triunfo efectivo de la autonomía universitaria puesto que este nombramiento enfrentó el veto enfático de poderosas fuerzas y personalidades políticas y religiosas del país. Entre ellas cabe destacar al Arzobispo de Bogotá, Ismael Perdomo (la máxima jerarquía eclesiástica en el país), al Partido Conservador y al periódico El Siglo, así como a representantes del ala más conservadora del Partido Liberal. En su defensa, escribía Luis Cano, director de El Espectador, que Molina era:

“Un concienzudo y laborioso profesor universitario. Hombre de estudio, de un temperamento a la vez frío y cordial, ha ocupado en dos ocasiones una curul parlamentaria, otorgada sin el menor esfuerzo por el liberalismo antioqueño, pero desempeñada con dedicación, con un severo sentido del trabajo. Allí contribuyó a las reformas expedidas por el régimen liberal, en perfecta armonía con la revolución que el partido se esforzaba entonces por incorporar a las instituciones nacionales” (….) “El nuevo rector de la Universidad Nacional es la antítesis constitucional del demagogo” [9]

Señalemos que en la dinámica rectoría de Gerardo Molina: modernizadora, secularizadora y democratizadora, comenzó a establecerse la carrera docente en la Universidad Nacional (por primera vez, en el país), y a promoverse de manera sistemática la investigación académica, así como lo que hoy se denomina la Extensión universitaria, hasta entonces prácticamente inexistentes en las universidades colombianas. Este rector  postulaba, con ambición académico-política para la Universidad Nacional, que esta se convirtiese en “el centro asesor del gobierno” y “el núcleo coordinador y orientador de todas las actividades mentales del país.” [10]

En este periodo de perdurables realizaciones, se fundó la Facultad de Ciencias y los Institutos de Economía y Filosofía, así como se crearon las bases de lo que iría a constituirse en la Facultad de Psicología. Todas estas instituciones académicas fueron  pioneras en la profesionalización de sus disciplinas correspondientes en el país. También, se adquirió una imprenta propia, para iniciar la edición permanente de autores nacionales e internacionales, y comenzó a circular la revista Universidad Nacional que difundía los más recientes aportes, endógenos y exógenos, en las diversas áreas del saber.

La situación personal, política e intelectual de personalidades liberales o de izquierda en Colombia registró un cambio dramático tras el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Ese mismo día, aún como rector de la Universidad Nacional, Gerardo Molina fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo de la autodenominada “Junta Revolucionaria de Gobierno”, en donde participaron figuras intelectuales y políticas como Jorge Zalamea, Adán Arriaga Andrade, Carlos H. Pareja y Carlos Restrepo Piedrahita. Desde la Radiodifusora Nacional, en medio de la confusión de los acontecimientos, Gerardo Molina, a nombre de esta “Junta Revolucionaria”, llamaba públicamente a quienes desarrollaban saqueos y enfrentamientos desorganizados (en una ira enceguecida por la impactante y aleve muerte de su caudillo), a cesar estas acciones vandálicas, organizarse y demandar un nuevo gobierno que sustituyera al régimen conservador de Mariano Ospina Pérez, que pudiera restablecer la paz. Por esta actuación, que muchos podrían denominar temeraria y voluntarista (que dice mucho del carácter y el arrojo de Molina en estos años), se lo acusó en la prensa conservadora, sin ningún fundamento, de ser uno de los organizadores de la insurrección del 9 de abril. Dicho señalamiento público, que ponía en riesgo su libertad y hasta su integridad física, obligó a esta personalidad académica a buscar el exilio, en ese mismo año, como debieron hacerlo en los años subsiguientes otros intelectuales y políticos (liberales, socialistas y comunistas), que se oponían al régimen conservador. El ex rector de la Universidad Nacional vivió entonces en París, durante varios años. Sobre este decisivo periodo de su vida, escribe Gonzalo Cataño:

“Francia fue para Molina un respiro intelectual. Allí estudió la teoría política moderna y observó la reconstrucción europea y el desenvolvimiento de la guerra fría, aquella sofocante tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que siguió a la finalización de la Segunda Guerra Mundial y perduró hasta la caída del socialismo en 1989. En París frecuentó las aulas de la Facultad de Derecho y de la Escuela de Ciencias Políticas para seguir los cursos de derecho público de Georges Burdeau y Gustave Vedel, y las conferencias de historia y sociología política de Jean-Jacques Chevallier y Maurice Duverger.

Molina regresó a Colombia a comienzos de 1954. Su perspectiva teórica se había enriquecido: ahora quería un socialismo alejado del autoritarismo soviético, un socialismo que respetara los derechos humanos y procurara la igualdad, la participación y la democracia.” [11]

En París, Molina se encontró con la antioqueña Blanca Ochoa, quien es egresada de la Escuela Normal Superior, un verdadero “semillero” de las ciencias sociales en Colombia. Ochoa era una de las primeras antropólogas colombianas (con Edith Jiménez, Alicia Dussán y Virginia Gutiérrez de Pineda), al haber realizado estudios superiores en el Instituto Etnológico Nacional, anexo a la Escuela Normal. Realizaba estudios de posgrado en antropología, en París. Allí, contrajo matrimonio con Gerardo Molina, habiendo tenido la pareja, dos hijos.

En los años 1960-1962, en los inicios del Frente Nacional, Gerardo Molina fue nombrado rector de la Universidad Libre, institución que había sido fundada en los años veinte de ese siglo por representantes del Partido Liberal que deseaban establecer una alternativa académica, independiente y pluralista, al asfixiante y autoritario control político y cultural de los  gobiernos conservadores. Gerardo Molina, firme en sus convicciones y hablando siempre sin circunloquios, fue objeto de debates, acres impugnaciones y epítetos apasionados, a lo largo de su vida, aunque tuvo siempre a su lado, personas que defendieron sus acciones. En la Universidad Libre su gestión fue confrontada, no a causa principal de temas administrativos, financieros o académicos sino, de nuevo, por la orientación política de su rector, quien se había convertido en una bête noire, en una personalidad pública considerada como un “rojo”, “agitador filocomunista”, “subversivo” y peligroso, por  sectores influyentes del bipartidismo conservador-liberal. Al mismo tiempo, desde algunos grupos radicalizados de las izquierdas surgidas en la década de los sesenta, Molina aparecía cercano al Partido Comunista pro soviético, por más que nunca fue militante suyo, pues siempre tuvo divergencias ideológicas y políticas con esta agrupación. Se lo apreciaba desde estas agrupaciones, muy ideologizadas, como a un “mamerto”,  “conciliador”, “pequeño burgués” y demasiado liberal. Frente a esta tempestad de impugnaciones, acusaciones y tergiversaciones de su pensamiento, Molina proseguía en sus labores, sin enzarzarse en el mismo discurso encendido de sus malquerientes. Escribe Gabriel Restrepo:

“¿Cuáles fueron los fundamentos del carisma de Gerardo Molina? Serenidad fue, a mi ver, la primera cualidad del maestro de maestros. En épocas turbulentas, él parecía como en una película clásica japonesa de Kurosawa, La Montaña, imperturbable en medio de las contrariedades, bien firme en su puesto, sin vacilación, con un oriente preciso de su actuar. Opuesto, por temperamento muy pacífico, al guerrero, sublimaba las armas por el oficio de la razón.” [12]     

Tras su regreso a Colombia, Molina publicaba su primer libro, madurado en su productivo exilio: Proceso y destino de la libertad. Es un texto hasta cierto punto programático, el cual suscitó debates en círculos políticos e intelectuales de la época. Ya expresaba su faceta ideológico-politica como un liberal socialista (o un socialista liberal), concepción que iría refinando y reelaborando al calor de acontecimientos políticos internacionales y nacionales, la cual se decantaba en suBreviario de Ideas Políticas.   

En el plano intelectual, su opus magna fue constituida por los tres tomos de la Historia de las ideas liberales en Colombia, publicados entre 1970 y 1977. En estos, el disciplinado investigador rastreaba el devenir de las ideas políticas liberales en el país, vinculándolas a sus marcos partidistas y a sus contextos sociales y políticos, partiendo de los escritos mismos de sus principales autores.
Con una base documental de menor calado que la anteriormente referida, pero manifestando un conocimiento amplio y madurado de la temática política abordada, Molina publicó posteriormente Las ideas socialistas en Colombia, en la que el intelectual y el político parecían fundirse de una manera más entusiasta que lo sucedido en su anterior obra. En efecto, Molina fue un liberal disidente dentro de su propio partido, crítico  persistente de la erosión de su ideario genuinamente liberal (por lo que terminó abandonando esta agrupación política).

Gerardo Molina fue también un universitario, en su persistente actividad de catedrático. Era un disciplinado y claro expositor de los temas que desarrollaba en sus cursos, de modo particular en las Facultades de Derecho de la Universidad Nacional y la Universidad Libre. Cuando me desempeñé como estudiante de Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, a finales de los años sesenta,  recuerdo haber asistido a algunas de sus clases en la contigua Facultad de Derecho. Impactaban duraderamente a jóvenes de 20 años, en su proceso de formación profesional y de conformación de sus ideas éticas, políticas y sociales, las variadas y disciplinadas lecturas del Maestro y la amplitud de su saber histórico y jurídico. Él traspasaba entonces los sesenta años, y continuaba expresando un notable entusiasmo, convicción y lucidez en sus pedagógicas exposiciones. Es cierto, sus contradictores más inteligentes podían señalarle inconsistencias en sus ideas, omisiones intelectuales y un “utopismo” político, del cual no renegaba, aunque buscara ajustar siempre lo deseable a lo posible. Cuando era cuestionado en su cátedra, siempre respondía a impugnaciones, a veces airadas y sumarias, con su característico estilo reflexivo, sereno y argumentativo.

Breviario de ideas políticas: síntesis del devenir histórico de las ideas políticas en la modernidad occidental

El libro que aquí examinamos, y procuramos contextualizar, fue publicado originalmente en 1981, habiendo registrado otras ediciones (hoy agotadas), habiendo circulado en espacios universitarios y fuera de ellos. Él constituye mucho más que un manual o un texto divulgativo, tal como podría pensarse partiendo de su título y de las 114 páginas de su primera edición.
Por cierto, en la medida en que el Breviario expresa las ideas políticas de la madurez de Gerardo Molina, tanto en su dimensión histórica, como en su dimensión proyectiva, en su deber ser (recuérdese que el autor era tanto un “hombre de letras”, como un hombre de realizaciones prácticas), el examen que realizaremos del texto permitirá al lector un acercamiento a su asimilación personal y a su interpretación de movimientos políticos e ideológicos que han contribuido a diseñar la fisonomía de la modernidad.

El Breviario de ideas políticas constituye un sintético recorrido histórico-ideológico de cerca de cinco siglos. Allí, Gerardo Molina decanta sus concienzudas lecturas, de autores de orientaciones intelectuales disímiles, sobre el devenir histórico-político de la modernidad en Europa Occidental (en particular, Francia, Inglaterra, Italia y los Países Bajos), Colombia desde el siglo XIX, los Estados Unidos y América Latina en el siglo XX. En este denso, pero claro escrito, se trasunta la trayectoria intelectual, académica y política de su autor, por más de cinco décadas, constituida por estudios universitarios y lecturas meditadas, una labor pedagógica perseverante y rigurosa, en fin, por debates políticos en el Parlamento, la prensa diaria, los libros y la universidad.

Este es un texto corto, pero preñado de ideas, escrito con un estilo diáfano, terso, con intención pedagógica, pero no academicista, que puede ser comprendido por un lector escolar avanzado, con más razón por lectores universitarios y profesionales. Pero es necesaria una advertencia a quien aborde su lectura. El Breviario de ideas políticas requiere para su cabal aprovechamiento, de una lectura lenta, reflexiva, crítica, a fin de poder asimilar los nombres de autores y actores políticos (auctores), las características de grandes movimientos sociales y políticos, los conceptos maestros de idearios estatales y antiestatales, así como de personalidades, eventos y procesos, todos ellos sustentados en una amplia información.

Así, se combinan en este interesante relato histórico-ideológico, la referencia a los textos directos de autores clásicos del liberalismo (Locke, Hume, Smith, Montesquieu), la Ilustración (Diderot, Voltaire), el socialismo (Owen, Fourier, Proudhon) y el marxismo (Marx, Engels, Lenin, Berstein, Kautsky). También, aparecen nombres e ideas del liberalismo moderno y de la socialdemocracia. El autor, desde sus años juveniles, había estudiado a Marx y, posteriormente, lo hizo respecto de historiadores y politólogos europeos, como Sombart, Pirenne, Chevallier o Laski. En esta  senda intelectual, Molina analizaba las profundas  transformaciones económicas y tecnológicas acaecidas desde el siglo XVI, en Europa Occidental, vinculadas a los orígenes y desarrollo del capitalismo concebido como un sistema económico-social con vocación de expansión y hegemonía planetarias. Caracterizado por sus tendencias y contratendencias, sus tensiones y contradicciones. Esto constituye un marco de referencia de los análisis de Molina en este libro. Con esta visión holística, lo sucedido en el plano de los partidos e ideas políticas en Europa Occidental y los Estados Unidos, se relacionaba con lo acaecido en este mismo plano en Colombia y, en alguna medida, en América Latina. En la parte segunda del Breviario, aparece con rasgos más nítidos el país del autor, situado en la “periferia de la periferia”. “Estado nacional”, diría Molina, que siempre fue la razón de ser de sus desvelos, sus escritos y sus luchas políticas.

En un esfuerzo laudable para que su exposición no se limitara sólo al trascurrir de las ideas políticas, en este texto Molina señalaba también algunos elementos subrayables de las hondas mutaciones sociales acaecidas en más de cuatro siglos de historia, poniéndolas en conexión íntima con las transformaciones técnico-económicas de la sociedad. En esta vía de análisis, el autor se refería al ascenso de nuevas clases sociales, propias de la modernidad, en especial la burguesía, con  sus diversos tipos humanos como eran el comerciante, el banquero, el empresario, el administrador, el intelectual y el aventurero. Estos trascendentales movimientos históricos se iban gestando en el marco de la  declinación del orden feudal, el dominio monárquico y la hegemonía cultural y religiosa de la Iglesia Católica. Este irreversible proceso histórico, advertía, se vio acelerado por las grandes revoluciones religiosas, sociales y políticas europeas: el Humanismo, la Reforma, las Revoluciones Inglesa y Francesa. De este modo, en la primera parte del texto el autor relievaba las conquistas culturales del Humanismo, desde finales del siglo XV, al impulsar la libertad del  individuo y la enorme ampliación de las fronteras del pensamiento (Erasmo, Moro, Bacon). Se refería a la Reforma Protestante, especialmente a Calvino, cuyo pensamiento y acción fue relacionado por autores que Molina conocía, con el surgimiento del capitalismo y de la democracia de su época.

El punto de referencia del texto son las ideas políticas. Pero el autor, jurista de profesión, expresaba en estas páginas una óptica interdisciplinaria, por la amplitud y variedad de sus intereses intelectuales y sus varias lecturas. En una operación complementaria a la realizada por él, para interrelacionar las ideas políticas y su contexto socio-histórico, Molina vinculaba aquellas, con autores centrales del pensamiento filosófico en la época, ya que esta disciplina del saber constituyó la matriz intelectual de la que se fueron desprendiendo, muy gradualmente, saberes especializados como la Historia, Sociología y Ciencia Política. Así, Bacon, Hume, Locke, los filósofos de la Ilustración, Hegel, son referenciados por nuestro autor para buscar comprender holísticamente diversos periodos, correspondientes al desarrollo de las ideas políticas.

Hay momentos en el Breviario en que su creador -que como ha sido señalado era un personaje “híbrido”, a la vez intelectual y político práctico- no puede impedirse expresar su entusiasmo y sus personales valoraciones cuando se refiere a algunos  actores históricos, portadores de idearios  filosóficos y políticos. Es el caso particular, cuando describe en el siglo XVIII a los llamados “philosophes”, en el periodo de la Ilustración: Voltaire, Diderot, Helvetuis, Condorcet,  prefiguradores del intelectual público contemporáneo. Como este último, sus legítimos antecesores expresaban un “compromiso”, al mismo tiempo ético y político, por lo que les fue ineludible enfrentarse y ser muy críticos (con los riesgos que esta posición siempre ha entrañado), respecto de ideologías y poderes que consideraban contrarios a la justicia, el progreso y la igualdad, verdaderas ideas movilizadoras de su época. Escribía Gerardo Molina, de alguna manera un “sucesor” de aquellos:

“Los filósofos lanzados a la batalla social, se constituyeron en los personeros de las demandas del pueblo, entendido éste como el conglomerado que no forma parte del mundo del privilegio. Defensa de la mujer, defensa de la juventud, y por consiguiente necesidad de reorganizar el sistema educativo, defensa de la libertad de prensa, todo eso y mucho más fue objeto de sus desvelos. Era que el saber ya no se consideraba como derecho de unos cuantos sino como propiedad de todos.” [13]

Un problema, a la vez histórico e intelectual, que se han planteado en Latinoamérica notables pensadores y políticos (desde Miranda, Bolívar y Andrés Bello), ha sido el de la “exportación” y, sobre todo, la recepción, asimilación (y, en algunos casos, la recreación), de los sistemas filosóficos, sociales y políticos gestados en las “metrópolis”, en primer término algunos países de Europa Occidental. Molina era consciente de esta problemática, epistémica y política, con más razón si su marco conceptual buscaba relacionar el nacimiento y la proyección de las ideas políticas, con las condiciones económicas, las fuerzas sociales y el mundo cultural en donde aquellas habían surgido o, en otro caso, en donde buscaban aplicarse. Reivindicaba la herencia intelectual del marxismo, como método de análisis histórico  (sin por ello incurrir en las versiones mecanicistas de la “base” económica que “produce” la superestructura política e ideológica), pero también registraba en su pensamiento la influencia de las corrientes historiográficas contemporáneas, sobre todo europeas (y, en alguna medida, latinoamericanas), referentes a los campos de la historia social y de la cultura. Consecuente con esta posición  metodológica, escribía:

“El liberalismo europeo tuvo su asiento en un sistema económico que significó inconmensurable progreso humano, el capitalismo, y una clase social que le dio forma y lo impuso: la burguesía.

En la Nueva Granada no teníamos en aquel momento ni ese sistema ni esa clase. Ocurrió entonces que los sectores en capacidad de absorber la nueva doctrina fueron los intelectuales, los artesanos, la vasta capa de comerciantes y los escasos profesionales. De ahí el carácter popular que tuvo el liberalismo al comienzo y que duró unos años. Pero el poder real estaba en otra parte: en la aristocracia proveniente de la Colonia, en los señores de la tierra, en los dueños de esclavos y en los militares que venían de las guerras de independencia. Declaraciones deslumbrantes como la libertad absoluta de imprenta y de palabra y la del sufragio universal, muy poco les decían a esas masas por la imposibilidad intelectual y material de ejercer esos derechos. La democracia que el liberalismo postulaba era una democracia sin el pueblo, aristocrática, en la cual los avances doctrinarios que se hacían eran más concesiones de arriba que conquistas de abajo. Todo estaba organizado para que de esas libertades hiciera uso sólo una minoría.

Por falta de una burguesía con sentido del desarrollo, no se podía esperar que el liberalismo constituyera aquí una batida en regla contra el orden feudal de la tierra. De ese modo, el liberalismo dejó de cumplir en Colombia su tarea histórica: hacer la revolución democrático-burguesa.» [14]

Una temática central de Las ideas liberales en Colombia, que el autor retoma en su Breviario, consiste en el desencuentro, la inadecuación, en países como el nuestro, entre instituciones jurídico-políticas respecto de las formaciones económico-sociales donde ellas han pretendido ponerse en práctica.  Recuérdese que la denominada Teoría de la dependencia, de origen latinoamericano, prefigurada por contemporáneos de Gerardo Molina (y, más recientemente, las teorías poscoloniales y decoloniales), han  profundizado en esta problemática histórico-cultural, de la que el autor del libro referenciado, dentro de su momento histórico, tenía conciencia.   

Cuando en el libro que analizamos, Molina se refería al “liberalismo moderno”, su mirada no era ya sólo la del historiador, que habla ex post (“después de los hechos”), como lo hacía en referencia al “liberalismo clásico”, sino también la del partícipe directo y comprometido en su inicial configuración en Colombia, en la primera parte del siglo XX. Escribía Molina:

Cuando el liberalismo recapturó el poder en 1930, por las vías legales, era una colectividad ambiciosa, radical en muchos planteamientos, fuertemente influida por las masas y por los intelectuales de izquierda. [En la Convención de 1935] encontramos tesis, no realizadas todavía, como realizar la reforma agraria y  establecer el pleno divorcio y la escuela única, laica y obligatoria. [15]

Como parte activa de este renovador proceso político, Gerardo Molina señalaba que la “Revolución en Marcha” de López Pumarejo -que este había calificado como “el deber del hombre de Estado de efectuar por medios pacíficos y constitucionales todo lo que haría una revolución”-, se había desvirtuado debido a la predominancia del “sector de derecha” del Partido Liberal y a la falta de “entereza de la burguesía asustada”, que prefería mantener sus nexos “con los otros estratos dueños del dinero. [16]

En este sentido, nuestro autor evocaba:

“[Alfonso López Pumarejo] en el instante propicio a los remordimientos, al despedirse en 1958 de la vida pública, reconoció que no había profundizado bastante en las reformas iniciadas, y que ése había sido uno de sus magnos errores. El camino quedaba abierto para que se consolidaran los intereses creados.” [17]

En sus discursos parlamentarios en los años treinta, en libros, artículos de prensa y alocuciones públicas y, específicamente, en el Breviario de ideas políticas, Molina, en su condición de figura discrepante y crítica del Partido Liberal, cuestionaba la contradicción existente en esta tradicional agrupación política entre unos principios suyos que partían, desde el siglo XIX en su país, de los enunciados centrales de la Revolución francesa: Libertad, igualdad y fraternidad, y la práctica histórica de sus gobiernos en el siglo XX, así como de la mayoría de sus parlamentarios. En Las ideas liberales en Colombia, y en el Breviario de ideas políticas, exponía con conocimiento y entusiasmo las propuestas enunciadas en su momento por algunas figuras que consideraba “avanzadas” del liberalismo colombiano en el siglo XX, entre las cuales se encontraban Rafael Uribe Uribe, Alejandro López, Alfonso López Pumarejo, Carlos Lleras y Hernando Agudelo Villa. Mostraba de qué manera sus ideas y propuestas habían naufragado en un mar de intereses creados y coaliciones del Partido liberal con fuerzas retardatarias, así como por  el carácter minoritario dentro de los parlamentarios del Partido, en varios momentos, de estas y otras personalidades liberales “progresistas”.

Leamos las siguientes palabras de Gerardo Molina, escritas para enjuiciar al “liberalismo económico” (diferente, no puede olvidarse del liberalismo político), propio de los sectores hegemónicos en el Estado colombiano y así constatemos, para el día de hoy, la actualidad de sus afirmaciones:

“En Colombia los progresos del liberalismo económico se manifiestan sobre todo en el abandono en manos particulares de servicios que corresponden al Estado o que él venía prestando, como el de educación en sus diversos niveles, el de la conservación de carreteras, el de la construcción de puertos, en el traspaso a la propiedad privada de establecimientos que formaban parte del área estatal, como el caso de las Acerías Paz del Río, sin que hayan faltado quienes propongan que los Seguros Sociales deben encomendarse a la iniciativa particular.” [18]

En el libro aquí comentado, el autor dedica unas páginas esclarecedoras a la exposición crítica de una influyente expresión del socialismo -el marxismo-, denominado por sus fundadores “socialismo científico“. No es la visión del autor de tipo propagandístico -en un sentido exaltatorio, o bien, denigratorio-, posiciones polarizadas muy comunes en la época, antes las ideologías políticas. Más bien, asistimos a la exposición informada del pedagogo y, en ese espíritu, Molina busca contextualizar, de modo socio-histórico, el surgimiento de este sistema de ideas políticas, para aportar sus opiniones maduradas, aprobatorias o críticas, sobre algunas temáticas centrales planteadas por los fundadores de este movimiento (o,  contramovimiento) político e ideológico. Señala que esta debatida teoría social y su correspondiente praxis política apareció en la segunda mitad del siglo XIX, cuando  el capitalismo industrial comenzaba a ser predominante en los países europeos con un mayor desarrollo tecnológico y, de modo concomitante, se desarrollaba una poderosa clase social, el proletariado. Marx y Engels, creadores del “Materialismo histórico”,  pretendían que esta clase social ascendente constituía el sujeto político revolucionario, por excelencia, en la sociedad moderna, en razón de su posición estructural en el sistema capitalista como creadores de la “plusvalía”, del trabajo excedente apropiado por los burgueses. La  condición de clase “explotada” de los trabajadores, respecto de la clase social hegemónica dentro del capitalismo, la burguesía, los enfrentaría ineluctablemente.  

Así, el marxismo confería un papel central a la “lucha de clases“, considerada como el motor del desarrollo histórico, postulando una visión inherentemente conflictiva del desarrollo histórico, que va a tener considerable incidencia, no sólo en las ideas políticas, sino en el pensamiento social del siglo XX.

Como se ha señalado, Gerardo Molina conoció el marxismo desde sus años juveniles, el que lo influenció intelectual y políticamente, pero jamás tuvo hacia este sistema una posición fideísta o acrítica, no fue nunca un “marxista de filas”. Al respecto, cabe señalar que Gerardo Molina -el político y el intelectual- fue siempre un personaje disidente frente al bipartidismo colombiano, del cual formó parte en un momento de su vida política, sin dejar de ser una voz discrepante dentro de su propio partido, hasta que decidió abandonarlo. Fue, igualmente, un heterodoxo, un “revisionista” (como se decía en la jerga de la época), respecto del Partido Comunista Colombiano del cual pudo ser, en ocasiones, un “compañero de ruta”, sin convertirse nunca en militante suyo. Sin incurrir en el anticomunismo obsesivo, “macartista”, apoyado por el Partido Conservador y sectores del Partido Liberal, desde los años treinta, en ciertos momentos políticos de su vida Molina expresó divergencias políticas e intelectuales con el Partido Comunista colombiano, y con el modelo soviético, lo que le generó ácidas críticas dentro de los considerados “marxistas-leninistas”. Uno de los capítulos más sugestivos del Breviario, es aquel donde Molina señalaba las que, a su juicio, serían las diferencias entre el “socialismo” y el “comunismo”. Volveremos sobre este tópico, pero señalemos que la tradición socialista que reivindicaba Molina -uno de cuyos referentes centrales era el pensamiento de Jean Jaurès y de León Blum, en Francia- rechazaba la noción comunista de la “dictadura del proletariado”, y su predicción de la inevitable desaparición del Estado.    

En su calidad de método de análisis económico-social, Molina retomaba los que consideraba “aportes” del marxismo, en su múltiple análisis de la génesis, evolución y contradicciones del sistema capitalista. Pero en su condición de investigador social, que podríamos afirmar hoy en día, era “situado” o “enraizado”, Gerardo Molina consideraba que la predicción de Marx y Engels acerca de que el capitalismo iría reduciendo la sociedad a dos grandes clases sociales, la burguesía y el proletariado, no era aplicable a un país como Colombia,  “subdesarrollado”, “dependiente” o del “Tercer Mundo”, según conceptualizaciones populares de la época. En el Breviario de ideas políticas, su autor  señalaba que en el país continuaban existiendo las “viejas clases medias“, tales como la pequeña burguesía del campo y la ciudad, los pequeños comerciantes, artesanos y funcionarios. Al mismo tiempo, habiendo conocido otras teorías sociales de la segunda mitad del siglo XX, señalaba el “florecer de nuevas clases medias formadas por técnicos, ejecutivos, administradores, artistas, investigadores, etc., cuya influencia es manifiesta”. [19]

Aludía también en su libro a la tendencia a la “concentración de los capitales”, analizada por Marx en su opus magna, El Capital. Molina confrontaba estos señalamientos, realizados en el siglo XIX, con la sociedad colombiana de su época. Al respecto escribía:

“En 1978 una institución oficial, la Superintendencia de Sociedades Anónimas, reveló la existencia de 24 conglomerados que controlan 434 empresas. El presidente Turbay, a comienzos de 1979, le informaba a la opinión que el 5% de los accionistas controlan el 95% de las acciones industriales, que el 0.2% de ciudadanos que acuden a obtener los servicios de los bancos reciben el 64% del crédito, y que el 0.9% de los propietarios territoriales tienen en sus manos el 93% de la superficie laborable.” [20]

Y agregaba, en un señalamiento que hoy en día posee plena actualidad, que:

“El poder económico concentrado da lugar a que en la esfera política ocurra lo mismo, por lo cual cada día le resulta más difícil al Estado  escapar al asedio de los grupos de presión. Todo esto pone en peligro el funcionamiento de la Democracia representativa, pues ésta no puede funcionar en una nación donde hay tales disparidades en la distribución y el uso de los instrumentos de influencia y de  dominio. El control de los medios de información por unas pocas entidades es una prueba más de ese perturbador fenómeno.” [21]

Al final de este denso Breviario de ideas políticas, el intelectual-político que era Gerardo Molina abandona su distancia expositiva, para “tomar partido” entre las diversas corrientes políticas que describe y contrasta en su libro:   el Liberalismo clásico y el liberalismo moderno, el Socialismo, en sus diversas vertientes, el Comunismo, pensado en especial en referencia al sistema soviético, antes de la desintegración de este en 1989 y la Socialdemocracia. Aquí, el investigador histórico, doblado ahora en actor político, pasa de la descripción y el análisis del devenir de estos idearios políticos, al deber ser, a la esfera de lo deseable y de lo que considera posible, esto es, a la síntesis de su ideario político, tras una trayectoria de más de medio siglo, en una brillante carrera académica y como parlamentario, líder político y candidato presidencial.

Gerardo Molina reivindicaba, en especial, la tradición socialista, en sus expresiones en la Europa de la modernidad, y en América, en relación a las que, a su juicio, constituían las expresiones de un ”socialismo precolombino.” Examinemos, en esta última parte de su texto, sus palabras, debatibles, como él mismo lo había reclamado, al tiempo que revestidas de la energía, el rigor intelectual y la capacidad de imaginar (y, si se quiere, de pensar utópicamente), de este interesante personaje colombiano, en su plena madurez.

Como escritor, catedrático y dirigente político de “izquierda”, Molina abogaba por un socialismo “a la colombiana”, nacionalista, pero jamás chovinista, que tenía como un marco geopolítico de referencia, en particular a la América Latina y a Europa Occidental. Fue siempre crítico de un capitalismo que propiciaba la extrema concentración de la riqueza, el “poder de los monopolios” y una democracia restringida, revestida con “rigurosas medidas de seguridad, para reducir a la inacción a las clases subyugadas”. [22]

En otro espacio más amplio cabría analizar las convergencias significativas (aunque también algunas divergencias), entre esta concepción moliniana del socialismo, y de la sociedad colombiana, con la postulada por dos amigos suyos quienes eran también reconocidos intelectuales-políticos en Colombia: Antonio García Nossa, con su concepción de un socialismo “orgánico”, y Orlando Fals Borda, con su idea de un “socialismo raizal.” Señalemos, con la brevedad que requiere este texto introductorio, que García y Fals estuvieron (como lo estuvo también Gerardo Molina), vinculados de manera muy significativa en diversos momentos de su vida, a la Universidad Nacional de Colombia. Ellos alternaron, o combinaron en sus trayectorias, su cualidad de profundos investigadores sociales, con su condición de políticos “alternativos”, vinculados a movimientos de oposición al sistema socio-político vigente en Colombia. Antonio García y Orlando Fals Borda, tal como su amigo (y, ocasionalmente, su contradictor político), Gerardo Molina, eran pensadores sociales muy conscientes de su aquí y su ahora, pero abiertos al conocimiento de diversas corrientes del pensamiento social y político, nacional e internacional. Fueron estudiosos permanentes del país donde nacieron y desarrollaron una gran parte de su carrera. Puede decirse de estos tres reconocidos intelectuales colombianos, que aceptando siempre sus influencias académicas e ideológicas, expresaron una cierta “originalidad” en sus posiciones públicas, investigaciones sociohistóricas y propuestas académicas y políticas. Volviendo a nuestro tema, planteaba en el Breviario, Gerardo Molina:

“Ese socialismo tendrá su centro de gravedad en Colombia, lo que significa que será auténticamente nacional, es decir, que su única fuente de inspiración será la voluntad de nuestras gentes, con plena independencia de los grandes y pequeños centros socialistas de poder del mundo contemporáneo.

Si hay algo que debe ser nacional es el modo como cada país debe buscar el camino para edificar la sociedad que le conviene. El movimiento de renovación que propugnamos será el producto de nuestra historia, de nuestra cultura, la cristalización de tantos anhelos de liberación que se han intentado desde el arribo de los españoles.” [23]

El autor retomaba la inquisitiva búsqueda de algunos antecesores suyos en América Latina, en el sentido que, como escribía José Carlos Mariátegui, un autor citado por Molina: “El socialismo no debe ser calco y copia”. Esta noción de un pensamiento y un actuar enfocados a una sociedad nacional o regional, fundamentalmente, consciente de sus circunstancias socio-históricas, ponía en confrontación crítica a Gerardo Molina no sólo con los Partidos Comunistas adscritos a la III Internacional (“estalinistas”), sino con las organizaciones de izquierda que en toda América Latina y, en Colombia en particular, se regían por las experiencias y el deber ser  político de otros procesos revolucionarios.  Escribía este intelectual disidente: 

“Ese proceso liberador [del socialismo] no puede ser obra de un solo partido y de una sola clase. Son tantas y tan plurales las energías que hay necesidad de movilizar, que sólo un vasto frente social y político puede ser efectivo. Hablar, por ejemplo, de dictadura del proletariado es un error. Este punto, pluripartidismo o partido único, es capital para marcar las diferencias entre las escuelas socialista y comunista, pues cuando se dice pluripartidismo se dice respeto a las libertades de pensamiento, de expresión y de organización, y cuando se habla de partido único se niega la vigencia de las mismas.” [24]

El autor tenía en mente, con sentido crítico, las experiencias del “socialismo realmente existente”, no sólo en la U.R.S.S. sino en otros países, y fue esta concepción suya, compartida por gentes de diversas regiones, orígenes sociales y afiliaciones ideológicas, la que buscó materializar en su actividad múltiple y en sus propuestas ideo-políticas proyectadas en distintas experiencias políticas, que registraron su momento más visible en el Movimiento Firmes y en su candidatura presidencial, en 1982. En su toma de distancia con los modelos políticos y sociales “marxistas-leninistas”, Molina pensaba en propuestas alternativas de planificación y tipos de propiedad. Escribía:

“Enfrente de ese modelo [de socialismo estatista] existe otro, descentralizado, flexible, en el que la planificación también es aplicada, pero con mayor libertad de movimiento en el plano regional, sectorial o de empresa. Es, pues, un modelo que se expresa en la fórmula sabia de «socializar sin estatizar». Él puede manifestarse de diversas maneras, todas susceptibles de funcionar simultáneamente: en la empresa autogestionada; en las empresas cooperativas, las que permiten que haya propiedad sobre los bienes aportados por cada miembro; en las empresas estatales, en áreas estratégicas del desarrollo económico y social, con participación de los trabajadores en la gestión, o sea la co-gestión.” [25]

En la polaridad propiedad privada-propiedad estatal, cabe pensar, también, en la propiedad pública, no estatal. Así, en relación a las expresiones de propiedad comunitaria y colectiva en Colombia, recordemos en primer término que Gerardo Molina, al final de su vida, siguió con mucha atención las discusiones de la Asamblea Nacional Constituyente, que dio lugar a la Constitución de 1991. En nuestra Carta magna, se legisló sobre los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes, concibiéndolos como sujetos plurales de derecho, con posibilidad de disfrute de “territorios colectivos”, lo que “resguarda la propiedad de tierras ancestrales y protege el entorno natural”. De esta manera, se reconocían formas de propiedad que no eran únicamente de propiedad privada, ni tampoco estatal, protegidas y no enajenables. También se puede aludir a las “Zonas de reserva campesina” (tampoco enajenables, ni de propiedad estatal), reconocidas en el ordenamiento jurídico del Estado colombiano en 1994. Finalmente, recordemos la propuesta realizada en la Asamblea Nacional Constituyente, de la cual fue artífice principal  Orlando Fals Borda, para la delimitación de Provincias y Regiones en Colombia, concebidas como zonas político-administrativas, revestidas de un fundamento histórico, social y cultural, que deberían constituirse en el eje de “Planes de Ordenamiento Territorial” por parte del Estado colombiano. Estas realidades jurídico-políticas, que se desprenden de esta progresista Constitución, han sido muy parcialmente cumplidas en la práctica pues contradicen los intereses de grupos sociales minoritarios y las formas de acaparamiento de la tierra, propias de  un capitalismo depredador y concentrador, que ya eran objeto del análisis y de crítica fundamentada por parte de Gerardo Molina. Pero en este enfoque, que han expresado también, con particularidades y matices propios, organizaciones políticas y sociales en Colombia hace al menos un siglo, es posible llegar a construir una expresión política diferente del Estado colombiano (respetando y desarrollando su Estado de derecho), que pueda expresar, como también lo planteaba Molina, la inclusión de nuevas fuerzas políticas y sociales. En este escenario hipotético, pero no imposible de realizar, bien puede plantearse que estas manifestaciones, legalmente reconocidas, de propiedad comunitaria y colectiva, y de ordenamiento territorial, podrían ser susceptibles de integrarse en modalidades de planeación flexible y participativa.

El pensamiento político del autor del Breviario,  como se ha expresado, era un “socialismo liberal”, en polémica, desde la izquierda, con el modelo leninista de partido único, economía estatizada y Estado-Partido. Al respecto, Molina argumentaba:

“El punto de partida consiste en saber si vale la pena batirse por las libertades existentes, con la mira de profundizarlas o ensancharlas, o si es posible esperar a que la evolución social, una vez logrados ciertos avances en la emancipación material del hombre, se encargue de edificar las bases mínimas sobre las cuales deben asentarse esas maneras de ser. Es del caso decir que consideramos inexacta la expresión «libertades burguesas», usada para caracterizar las que constituyeron la esencia del evangelio liberal. Lo cierto es que se trata de adquisiciones alcanzadas por la civilización en un esfuerzo que se prolonga desde la antigüedad.” [26]

Esta personalidad colombiana siempre defendió consistentemente las libertades de reunión, asociación, expresión, prensa y cátedra. Así mismo, el derecho a un juicio justo, al sufragio libre y transparente, el pluripartidismo y la expresión jurídico- institucional, correspondiente al Estado de derecho. Consideraba que este debería estar incorporado en la cultura ciudadana, podría decirse que como un conjunto de reglas construidas y acatadas, de  derechos y deberes correlativos. En este sentido, desconfió de los autoritarismos plebiscitarios, porque ellos podían menoscabar el Estado de derecho, en aras de la voluntad e intereses de un caudillo. Gerardo Molina siempre abogó por respetar la separación de los poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, la alternancia en el control del Estado y el debate civilista dentro de un Estado democrático. Todas estas eran instituciones, procedimientos y prácticas planteadas desde la época del liberalismo clásico (por más que hayan sido menoscabados, muchas veces, en regímenes de “derecha” y de “izquierda”), que Molina defendía, aceptando las modificaciones que fueran históricamente necesarias. Bien sabía que en democracias restringidas como la colombiana, estas instituciones y procedimientos tenían una existencia limitada, sino precaria. Para él, se trataba no de sustituir las instituciones creadas por el liberalismo político, sino de profundizarlas, transformándolas en la medida en que los procesos cambiantes de la sociedad y del mundo, lo demandaran.

A su vez, Gerardo Molina era muy crítico del liberalismo económico, y de lo que ya comenzaba a expresarse, con Ronald Reagan, Margaret Tatcher y Augusto Pinochet (desde los años setenta), como la orientación hegemónica, en los planos económico, político y cultural, del  “neoliberalismo”. Así, se oponía a la mercantilización y privatización de servicios sociales básicos propios de una sociedad contemporánea, como la educación y la salud. Criticaba, con fundamento argumental y empírico, la imparable concentración de la riqueza que se expresaba en la creciente desigualdad económica y social. Cuestionaba la desnaturalización de la “democracia representativa”, en su país en especial, en donde el poder Ejecutivo adquiría un predominio exagerado, los “derechos humanos” se menoscaban y ciertas libertades básicas de los ciudadanos se conservaban en la letra constitucional, pero se vulneraban cotidianamente.

Como el Dios Jano, en la mitología romana, hemos examinado las dos “caras” de la vida pública de Gerardo Molina, podríamos denominarlas también como la del saber y la del poder. Ya en su inicial madurez, la faceta del escritor, profesor, investigador de las ideas políticas y notable líder académico, se convirtió en el sello más característico de su personalidad pública, el fundamento de lo que podríamos denominar su “capital simbólico”. De este modo, con perseverancia y coherencia ética y política, fue construyendo  un prestigio y una respetabilidad reconocidas  (así se pudiera divergir de sus  ideas), que van a ser el fundamento de su “legitimidad”, de su “carisma”, cuando ocupara posiciones públicas y, también, en su condición tardía de candidato presidencial. Gerardo Molina tenía el tono de un conferencista, más que de un orador de plaza pública, pretendía antes persuadir, que movilizar por las solas emociones del momento. Sus intervenciones “políticas”, en su condición de gestor de paz entre el Estado colombiano y las guerrillas insurrectas, defensor de los Derechos Humanos, fundador y director de un Partido plural de oposición y candidato presidencial, podían no ser valoradas por partidos y medios de comunicación oficiales, pero expresaban en el país una corriente política y cultural “subalterna”, con presencia significativa en  diversos momentos de la historia nacional (que hoy en día, adquiere  una presencia cada vez más creciente). Pensaba y proponía, en conjunto con personas de diversas condiciones sociales, unos idearios y acciones consideradas por algunos como “utopistas”. Pero lo realmente importante, no era que todo lo que proponía fuera inmediatamente realizable, sino su pensamiento proyectivo, si se quiere la utopía, concebida, en la tradición occidental, como una idea reguladora, un imaginario movilizador, un horizonte de sentido, de pensamiento y acción colectivos.

Por supuesto, los tiempos cambian. Esas posiciones suyas, progresistas, humanistas, crítico-constructivas, que hacían parte de corrientes culturales y políticas, nacionales, latinoamericanas e internacionales, deben ser hoy en día desarrolladas y resignificadas, en convulsos momentos histórico-planetarios en donde asistimos a la redefinición de modelos de estado y “sociedad civil”, de producción y distribución económicas, cuando se buscan alternativas al capitalismo y al socialismo, “realmente existentes”. Sí, podríamos decir con Gerardo Molina: “Otro mundo es posible”.

Los lectores del autor del Breviario tienen el derecho a pensar críticamente sobre aspectos del pensamiento y la obra de su autor, como él mismo lo habría reclamado. Lo que sí puede plantearse es que sus propuestas políticas en el dinámico periodo de la República Liberal (en los años treinta y cuarenta del siglo anterior), las realizaciones perdurables de su rectoría en la Universidad Nacional, sus empeños permanentes por un “socialismo democrático”, por una política decente y reflexiva, en fin, su compromiso con la paz, pueden y deben permanecer en la memoria de las generaciones jóvenes, junto a otras personalidades colombianas, mujeres y hombres, que han buscado tesoneramente, en medio de tergiversaciones,  hostigamientos y persecuciones; interfecundar en sus vidas públicas, el pensamiento, la argumentación, la escritura, el debate y la crítica, con la acción política, social y cultural. Para incidir, desde sus particulares condiciones y oficios, al logro (sino a corto, a mediano plazo), de renovadas instituciones, prácticas y representaciones sociales, más acordes con los principios de libertad e igualdad (que son dos nociones básicas del Breviario de ideas políticas), las que han constituido fundamentos ético-políticos de las luchas y aspiraciones de varias generaciones de colombianas y colombianos, desde los comienzos mismos de nuestra vida republicana.      

Un pensador, universitario y líder nacional, como Gerardo Molina, continúa siendo para nosotros un referente intelectual, ético y político. La lectura o relectura de sus obras (específicamente del Breviario de ideas políticas), por personas de diversas generaciones, ideologías y clases sociales -realizada, por supuesto, con discernimiento y contextualización sociohistórica- constituye una actividad muy recomendable para contribuir al enriquecimiento de la cultura política de los colombianos, y para auspiciar la conformación de una ciudadanía informada, crítica y activa.  

  

[Ensayo prologal del libro “Breviario de ideas políticas” de Gerardo Molina; Ed. Universdiad Nacional de Colombia, Colección del Rectorado, Bogotá 2021]

 

[1] Cit. por Juan Carlos Villamizar. “Antonio García Nossa (1912 – 1982)”. En: Santiago Castro (Ed.). Pensamiento colombiano del siglo XX. Universidad Javeriana. Bogotá. 2007. P. 38.

[2] Gerardo Molina. Breviario de ideas socialistas. P. 66.

[3] Gustavo Pérez y Jaime Díaz. Camilo Torres Restrepo: mártir de la liberación. Ediciones La Tierra. Quito. 2009. P. 127.

[4] Cit. Jaime Eduardo Jaramillo J. Enseñar y hacer sociología en Colombia en los años sesenta. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2017. P. 335.

[5] William Sebastián Carvajal. La experiencia del Movimiento Firmes (1978-1986). Trabajo de grado para optar al título de Licenciado en Ciencias Sociales. Universidad Pedagógica. Bogotá. 2019. P. 42.

[6] Ibíd. P. 51.

[7] Ibíd. P. 48.

[8] Jaime Eduardo Jaramillo J. Universidad política y cultura: La rectoría de Gerardo Molina en la Universidad Nacional de Colombia (1944-1948). Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2007.

[9] Ibíd. P. 6.

[10] Ibíd. P. 9.

[11] Gonzalo Cataño. Afirmaciones y negaciones: Maestros del siglo XX. Universidad Externado de Colombia. 2005. P. 41.

[12] En: Jaime Eduardo Jaramillo J. Op. cit. P. 13.

[13] Gerardo Molina. Breviario de las ideas políticas. P. 20.

[14] Ibíd. P. 24.

[15] Ibíd. P. 35.

[16] Ibíd. P. 36.

[17] Ibíd. P. 36.

[18] Ibíd. P. 47.

[19] Ibíd. P. 57.

[20] Ibíd. P. 67.

[21] Ibíd. P. 67.

[22] Ibíd. P. 108.

[23] Ibíd. P. 69.

[24] Ibíd. P. 69.

[25] Ibíd. P. 69.

[26] Ibíd. P. 74.

 

 

Compartir:
 
Edición No. 198