Gregor Mendel: el solitario monje de Brünn
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En seis de agosto de 1884, a las dos de la madrugada, murió en sus habitaciones privadas el abad del monasterio agustino de Santo Tomás, ubicado en las cercanías de la ciudad de Brünn. Tenía sesenta y dos años de edad. En el último año su estado de salud era precario y debido a la dificultad para respirar, su obesidad, la hinchazón de sus pies, y una melancolía evidente, permanecía la mayor parte de su tiempo en su estudio anexo al jardín, leyendo tratados de apicultura, jugando ajedrez con su sobrino Ferdinand, y contemplando por el ventanal los hermosos manzanos y perales que le habían merecido un reconocimiento de la sociedad pomológica de Austria; la cual le otorgó, en 1883, una medalla honorífica por la «producción de nuevos tipos de manzanas y peras».
En la esquela fúnebre publicada en un periódico local, a los ocho días de su entierro, se resalta su trayectoria administrativa («presidente emérito del consejo de administración del banco hipotecario de Moravia»), sus aficiones científicas («miembro y uno de los fundadores de la sociedad metereológica de Austria y varias otras útiles y eruditas organizaciones») y sus títulos honoríficos («Abad, Prelado mitrado, Caballero de la real e Imperial Orden de Francisco José»). Su sucesor y antiguo rival Anselmo Rambouseck desocupó sus habitaciones, el estudio, y quemó en el mismo jardín, al lado de las plantas cultivadas por el recién fallecido abad, sus cuadernos de apuntes, sus objetos personales y varios tomos de cuentas matemáticas que no tenían que ver con la contabilidad del monasterio.
A los veinte años de su muerte el nombre de Gregor Johann Mendel sólo era recordado en Brünn por su hermana, sus sobrinos y algunos monjes que todavía vivían y lo conocieron. De su paso por el mundo quedaron como testimonio menos de setenta páginas impresas: tres artículos publicados en revistas académicas en los años de 1854, 1866 y 1871 (con una primera versión en 1869). Además, se conocieron después otros manuscritos: algunas poesías de adolescencia, una breve autobiografía escrita a los 28 años, ocho cartas enviadas al famoso botánico muniqués Karl Von Nägeli y otras comunicaciones personales a su hermana Teresa y a sus tres sobrinos Johann, Ferdinand y Alois Schindler Mendel.
La historia clásica refiere que su artículo clave Experimentos de hibridación en plantas, publicado en 1866 en la revista Actas de la Sociedad para el Estudio de las Ciencias Naturales de Brünn, fue redescubierto en el año de 1900 y sacado del olvido absoluto, de manera simultánea e independiente, por tres investigadores: Karl Correns, Hugo de Vries y Erich von Tschermak. Luego, en menos de una década, le llegó la gloria póstuma y apoteósica: Mendel fue reconocido como el fundador y padre de la nueva ciencia de la genética, bautizada con este nombre en 1906 por William Bateson.
A continuación voy a reconstruir, de forma sintética, esta fascinante historia en dos contextos diferentes: un plano biográfico y una reflexión epistemológica.
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Hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de campesinos pobres de origen suabo. Su padre era un granjero arrendatario, que fue soldado en la guerra napoleónica, y su madre la hija de un jardinero. Tuvo tres hermanas, dos de ellas murieron en la infancia, y las primeras letras las recibió de su maestro Thomas Makitta en la escuelita de su aldea natal Heinzendorf. La mayoría de estos niños aprendían los rudimentos de los números y las letras y ahí terminaba su ciclo de estudiantes. Pero Makitta recomendó a los padres de Mendel que lo mandaran a la escuela parroquial de Leipnik. Durante un año el niño caminó al día veinte kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.
Luego, el padre decidió hipotecar todas sus pertenencias y lo mandó a la escuela secundaria superior de Troppau (cerca de la frontera con Polonia) donde estuvo de 1834 a 1840. Su profesor de física Friederich Franz recomendó que él debería seguir con los estudios universitarios. Su hermana Teresa cedió su dote familiar y Johann pudo ir al Instituto de Filosofía de Olmutz, como una preparación para ingresar a la universidad. Allí estuvo de 1840 a 1843. Pero la situación se hizo crítica: su padre quedó casi inválido luego de que un árbol que talara le cayera encima. La crisis económica de la familia se tornó insostenible y el joven Mendel tuvo su primera depresión severa, que lo obligó a salir unos meses del Instituto y tirarse en la cama de su hogar, sin hablar, sin moverse, casi sin comer.
Él mismo recordará luego, en tercera persona, esta época: «durante estos primeros años llenos de contrariedades penosas se dio cuenta que la vida es seria y que un hombre tiene que trabajar»[[Citado por Marantz Henig R. En: El monje en el huerto. La vida y el genio de Gregor Mendel, padre de la genética. Barcelona, editorial Debate. 2001. p: 27.]]. Entonces se paró de la cama y buscó la ayuda de su querido profesor Franz. Éste lo recomendó a Cyrill Napp, abad del monasterio de Santo Tomás, e ingresó a la orden agustiniana el 8 de octubre de 1843 con el nombre de Gregorius. Acababa de cumplir los 21 años de edad. Como ha referido su primer y mejor biógrafo, Hugo Iltis, esta comunidad era muy especial; Napp lideraba a un grupo selecto de monjes eruditos, científicos, compositores y literatos, que se habían tomado muy en serio el lema de la Orden religiosa: Per scientiam ad sapientiam («por el conocimiento a la sabiduría»)[[Iltis Hugo. Life of Mendel. New York, W.W. Norton Company, Inc. 1932. (Traducido del alemán por Eden and Ceder Paul).]].
Estudió teología los siguientes cuatro años y esta formación la combinó con intensas lecturas autodidactas de ciencias naturales, que encontró en la sólida y actualizada biblioteca del monasterio. Fue asignado a funciones de párroco y labores de asistencia en el hospital de Santa Ana, pero de nuevo presentó conductas depresivas y Napp se vio obligado a trasladarlo como profesor suplente de la escuela superior de Znaim. Allí enseñó latín, griego, alemán y matemáticas. Su aptitud como profesor fue reconocida por colegas y alumnos, y este éxito lo motivó a presentar los exámenes ante un jurado de la Universidad de Viena, con el objeto de ser reconocido como profesor oficial.
La prueba constaba de un examen escrito y de disertaciones orales sobre geología, física y ciencias naturales. Los resultados fueron muy poco convincentes y, tal vez, el nerviosismo llevó a Mendel a escribir, ante una pregunta sobre la utilidad de los animales para los seres humanos, simplezas como: «el elefante es una espléndida bestia de carga»; y una evidente equivocación geográfica: «la llama, muy utilizada en México como bestia de carga para llevar pesos ligeros, de uno o dos quintales».
Gregor fue reprobado por unanimidad. Pero uno de los jurados, el profesor Kner, envío al abad Napp un informe de su protegido donde al final decía que[[Citado por Crew F.A.E. En: Fundamentos de genética. Madrid, editorial Alambra. 1968. p: 24.]]):
Era evidente que el candidato no carecía de talento ni de aplicación. Parece que le faltó la oportunidad de adquirir un conocimiento amplio del tema y no tuvo acceso a los medios necesarios de estudio, por lo que aún no puede ser suficientemente competente como profesor.
Sinembargo, puede esperarse que, si se le da la posibilidad de un estudio más amplio, junto con el acceso a mejores fuentes de información, rápidamente seria capaz de encajar en el trabajo de un profesor, al menos en la escuela elemental.
Le debemos a la paciencia y a la comprensión de Napp el que haya tomado el informe de Kner en su aspecto positivo, porque si analizamos entre líneas las palabras del evaluador lo que estaba insinuando era que Mendel tenía más disciplina que ingenio, y que su competencia académica no correspondía al nivel de bachillerato donde era docente suplente, sino tal vez al de profesor de primaria. De nuevo, Gregor tuvo una recaída de su enfermedad depresiva y pasó las siguientes semanas acostado en su celda de monje.
A los 28 años de edad y con este fracaso académico, pienso que ni el mismo Mendel, ni nadie, podía imaginarse que el destino de este hombre era la inmortalidad histórica y que estábamos ante la presencia de un genio de dimensiones intelectuales gigantescas. Incluso, las notas del profesor Kner tienen más bien un tono de bondadosa solidaridad con un monje campesino, que luchaba por persistir en el único campo donde no había fracasado de manera rotunda: la enseñanza básica a los jóvenes.
Sinembargo, el abad Napp no perdió la fe en las cualidades de su pupilo y decidió enviarlo a la Universidad de Viena, financiado por el monasterio, para que estudiara matemáticas e historia natural. Allí estuvo Mendel sólo tres años, de 1851 a 1853, y jamás volvería a recibir otra formación universitaria. Pero contó con la suerte de conocer y recibir clases de algunos profesores de alta categoría intelectual e investigativa. Los dos principales fueron: Andreas von Ettingshausen y Franz Unger.
El primero fue su profesor de física y desarrolló la denominada «teoría de la combinación», que consistía en un método matemático para establecer las ordenaciones posibles de cualquier conjunto de cosas. El segundo fue su docente de botánica fisiológica y gracias a él conoció los principales trabajos de investigación sobre la hibridación de plantas, como los hallazgos más novedosos de la incipiente teoría celular de Schawnn y Schleiden.
Regresó al monasterio en 1854 y fue nombrado profesor sustituto de Física e Historia natural de la escuela secundaria superior de Brünn. Pero lo más importante es que inicia sus investigaciones con las distintas variedades del Pisum Sativum o guisante, y con la autorización de su mentor Napp se le permite utilizar una porción del jardín del monasterio. De hecho, en este año publica el primero de sus tres artículos: una comunicación corta, aparecida en la revista Proccedings of the viennese zoogical and botanical society, donde habla del gorgojo del guisante, llamado Bruchus Pisum. Al parecer se dedica durante los siguientes dos años a estudiar en detalle más de treinta y ocho variedades de guisantes, y selecciona veintidós de ellas con las que iniciaría su famosa experimentación de híbridos en 1856.
Quizá, por iniciativa de Napp, decide volver a presentar el examen de certificación para profesor oficial y en plena evaluación tiene otro episodio depresivo y se retira de manera abrupta. Nunca más lo intentaría y en su currículo docente siempre fue un profesor suplente que daría clases, en el bachillerato de Brünn, hasta el año de 1868, en el que fue nombrado abad y sucesor del hombre que más creyó en él.
Los famosos trabajos experimentales con híbridos del guisante se iniciaron en 1856 y concluyeron en 1863. Fue una labor solitaria y constante. Aunque Mendel tuvo la ayuda, en la ejecución de los procedimientos, de los monjes Winkelmeyer, Lindentahl y del jardinero Josef Maresch. Entre 1864 y comienzos de 1865 redactó el resultado de sus investigaciones. El 8 de febrero y el 8 de marzo de 1865 leyó su trabajo ante cuarenta miembros de La Sociedad para el Estudio de las Ciencias Naturales de Brünn. Al año siguiente, como ya lo mencioné, se publicó el artículo, de 44 páginas, en la revista de la Sociedad.
La expectativa de Mendel era grande. Luego de ocho años de intensa labor, donde debió contar más de 10.000 plantas, 40.000 flores y 300.000 mil guisantes, estaba convencido de haber encontrado la explicación de la transmisión de la herencia de los híbridos. Al parecer, el silencio acompañó las dos sesiones de su lectura. Nadie preguntó o hizo algún comentario. Los aplausos, al finalizar sus intervenciones, fueron de mera cortesía. Sinembargo, aguardó con ansiedad la publicación de su artículo y cuando salió la revista solicitó 40 separatas del trabajo y él mismo las mandó a los científicos más prestigiosos de toda Europa.
Hoy se conocen los nombres de doce de ellos, aunque ejemplares de la revista se han encontrado en 115 bibliotecas universitarias y en Institutos de investigación. En un texto reciente, Andrés Galera menciona que se encontró una separata con las hojas selladas en la biblioteca personal de Charles Darwin[[Galera Andrés. Los guisantes mágicos de Darwin y Mendel. Revista Asclepio 2000; Vol LII, N2, p:213-222.]]. De igual manera, otros historiadores de la ciencia han encontrado separatas y ejemplares de la revista que jamás fueron abiertos y leídos.
Pero volvamos al año de 1866. Gregor Mendel, que había engordado y ya le era difícil caminar, salía todas las mañanas al encuentro del cartero. A los meses, el 27 de febrero de 1867, recibió la primera y única respuesta que obtuvo en vida. Era una carta lacónica y escéptica del botánico y profesor universitario Franz Von Nägeli, que lo trata como un aficionado a la botánica y le insinúa que no debería tomarse muy en serio las constantes numéricas de sus hallazgos con los híbridos del guisante. Le recomienda que investigue más bien con otras plantas, por ejemplo, con los híbridos del Hieracium o vellocina (hierba del halcón).
Mendel, por ingenuidad o desespero, le contesta a Nägeli y le vuelve a explicar las conclusiones de su investigación, pero el profesor no le responde. Entonces, tal vez con dudas sobre sí mismo y sus resultados, decide hacerle caso al botánico de Munich e inicia una nueva experimentación con los híbridos del Hieracium, buscando reproducir las constantes numéricas encontradas en los híbridos del guisante.
En el año de 1871 publica, en la misma revista donde salió su anterior trabajo, los resultados con la vellocina. En efecto, Nägeli parecía tener razón. Mendel no fue capaz de encontrar las mismas constantes numéricas que obtuvo con los guisantes. No manda ninguna separata a nadie. Luego, abandona, en apariencia, su interés por los experimentos con híbridos de plantas. Se ocupa de sus labores administrativas de abad. Pelea con el gobierno de Moravia por un impuesto que quiere cobrar a las comunidades religiosas. No vuelve a defender sus resultados numéricos con los guisantes ni en público, ni en privado.
Se dedica a los injertos de frutales, a las plantas ornamentales y sus coloraciones, a las abejas, a jugar ajedrez, a comer en exceso, a responsabilizarse por la educación de sus sobrinos, a fumar más de veinte cigarrillos al día. Se torna huraño y colérico. No obstante, ayuda a los pobres de su región, disfruta con el coro del monasterio y selecciona a un joven que le parece talentoso para la música: Janecek.
En los últimos diez años de su vida le aparecieron signos y síntomas de una enfermedad renal, que se complicó con una insuficiencia de su corazón agravada por la obesidad y el consumo de cigarrillos. Los estados depresivos se hicieron frecuentes y prolongados.
Todo indica que murió desengañado de sí mismo y del valor científico de sus experimentos. Aunque, quizá, volvió a recordar su poesía de adolescente escrita en homenaje a Gutemberg y tuvo la esperanza, o la premonición, que ese destino invocado en la última estrofa fuera, en realidad, para él: «Ojalá el poder del destino me conceda/ el éxtasis supremo de la alegría terrenal,/ el máximo objetivo del éxtasis terrenal;/ el de ver, cuando me alce de la tumba,/ mi arte prosperando apaciblemente/ entre los que vendrán detrás de mí»[[citado por Marantz Henig R Marantz Henig R; op cit, p: 23.]].
De hecho, años después de su muerte, cuando Mendel ya era reconocido por la posteridad y su «arte prosperaba» pero con ímpetu, su amigo el naturalista Gustav von Niessl le contó a Iltis que el abad les decía a sus íntimos, en tono de complicidad, que: «Ya llegará mi hora». Su «hora» le llegó en el siglo XX. Pero, ¿por qué no obtuvo su reconocimiento antes? Pienso que las respuestas se encuentran en un análisis epistemológico de esta misma historia.
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El tema de la fecundación y los mecanismos hereditarios de los híbridos, en el reino vegetal, era una problemática vigente desde finales del siglo XVII en la ciencia moderna. Además, existían los estímulos de los comerciantes de flores y los horticultores, que buscaban comprender mejor la forma de producir nuevas especies de plantas ornamentales.
Los hallazgos, en 1767, del holandés Leeuwenhoek, gracias al microscopio, de los espermatozoides en el líquido seminal de mamíferos y del ser humano, estimularon las investigaciones de los botánicos. Nehemiah Grew propuso, en su libro Anatomía de las plantas (1882), la teoría de que el pistilo era el órgano femenino de las plantas con flores, que el estambre era el órgano masculino y que el polen tenía la misma función de los espermatozoides en los animales. El alemán Camerarius, profesor de botánica en la Universidad de Tubinga, ya había comprobado esta teoría, con antelación, mediante experimentos de campo que dejó registrados en su Carta sobre el sexo de las plantas (1788). Mendel conocía muy bien la obra de Camerarius.
Sinembargo, existe un hecho muy importante: los hallazgos del autodidacta microscopista holandés fueron rechazados, y luego olvidados, por la corriente predominante de la ciencia. Incluso, Cuvier clasificó, en 1817, los espermatozoides humanos como larvas similares a los gusanos del género Cercaria. La teoría de la «generación espontánea» continuaba con fieles y poderosos seguidores.
Durante la primera mitad del siglo XVIII los ingleses, los alemanes y los franceses sobresalieron en los trabajos de campo con híbridos. Se le debe al inglés Thomas Knight, cuyos experimentos duraron de 1783 a 1823, el perfeccionamiento de la fecundación de híbridos del guisante y la descripción del fenómeno de la «separación de los híbridos» y de la dominancia y recesividad de los caracteres, aunque no los llamó así. Todos estos hallazgos fueron publicados en varios artículos, en revistas inglesas de horticultura, y estaban más dirigidos a hombres prácticos, que a científicos teóricos[[Khight T. A. An account of some experiments on the fecundation of vegetables. Phil. Trans. Roy. Soc. London 1799; 89: 195-204.
Some remarks on the supposed influence of the pollen in cross-breeding. Trans. Hort. Soc. London 1824; 5: 377-380.]]. Mendel no conoció los hallazgos de Knight, entre otras razones, porque no sabía ni una palabra de inglés.
En cambio, él si conoció y estudió, gracias al profesor Unger, los experimentos de Kolreuter, Gartner, Herbert, Lecoq y Wichura, entre otros. Todos ellos hicieron descripciones similares a las de Mendel. Incluso, en 1864 el francés Charles Naudin publicó un ensayo teórico, titulado Recherches sur l‘hybridite, donde postula conclusiones casi idénticas al trabajo que publicó Mendel en 1866.
Entonces, ¿cuál fue la novedad de la investigación de Mendel? Se puede dividir en dos aspectos: por un lado, en la aplicación de un método matemático y algebraico, que nadie había desarrollado, sobre los resultados encontrados en los híbridos. De otra parte, en una interpretación de esos resultados que implicó una ruptura con el paradigma científico acerca de la herencia, que dominaba el ámbito académico del siglo XIX.
A continuación voy a recordar, de manera muy esquemática, el conocido trabajo del monje moravo[[Las citas que hago del artículo clásico de Mendel se han tomado de la versión al español publicada por: Salamanca Fabio. El olvidado monje del huerto. Gregor Johann Mendel. Bogotá, Pangea editores, Conciencias. 2001.]].
1- Luego de dos años de experimentos obtuvo veintidós formas puras y estables de Pisum Sativum. Seleccionó siete caracteres definidos y diferenciados en su presentación para realizar los experimentos:
– Forma de la semilla: angulosa rugosa o redonda lisa.
– Color de la semilla: verde o amarilla.
– Color de la cubierta translucida de la semilla: blanca o gris.
– Forma de la vaina madura: inflada o encogida.
– Color de la vaina inmadura: verde o amarilla.
– Posición de las flores: terminales o axiales.
– Altura de las plantas: alta o enana.
2- Fue clave que decidiera estudiar primero cada carácter, de manera específica, y no todos al tiempo, como lo hicieron varios de sus antecesores. Esto le permitió comprender que cada característica física de la planta estaba determinada por un par de caracteres, que denominó como «dominante» y «recesivo». Por ejemplo, estableció que los caracteres dominantes eran la forma redonda y el color amarillo de la semilla en los dos primeros casos.
3- El orden metodológico que estableció para investigar cada carácter fue el siguiente:
a- Cruzó la forma pura de semillas verdes con la forma pura de semillas amarillas. A estas las llamó «generación parenteral».
b- Las plantas resultantes las denominó «Primera generación filial (F1)» y todas ellas mostraron semillas amarillas. Ese carácter dominante se expresaba independiente de si el progenitor había dado la semilla o el polen.
c- Entrecruzó plantas pertenecientes a F1 y obtuvo la «segunda generación filial (F2)». Estas plantas mostraron semillas amarillas y semillas verdes en una proporción de 3 a 1. No encontró formas de transición y demostró con la reaparición del color verde (el recesivo), que ninguno de los caracteres de los padres se pierde.
d- Entrecruzó plantas F2 que expresaron el carácter recesivo (semilla verde) y el resultado fue una «tercera generación filial (F3)» que permaneció constante en relación con las F2 recesivas. Luego entrecruzó plantas F2 que expresaron el carácter dominante (semilla amarilla) y el resultado fue una «tercera generación filial (F3)» que repitió la proporción de 3 a 1. Es decir, por cada cuatro semillas, tres eran amarillas y una era verde.
Entonces el mismo Mendel concluyó que: «Se hace evidente que los híbridos forman semillas que llevan uno u otro de los dos caracteres diferenciales y, de éstas, la mitad origina de nuevo la forma híbrida, mientras que la otra mitad permanece constante y recibe el carácter dominante o recesivo en partes iguales». (En 1900 Correns llamó a esta conclusión «La primera ley mendeliana de la herencia» o «ley de la segregación»). Esta primera fase de su investigación la realizó con los siete caracteres escogidos al principio y en todos ellos obtuvo idénticos resultados.
4- Tomó dos caracteres a la vez (color y forma de la semilla) y diseñó una nomenclatura luminosa para orientarse: A (amarillo-dominante) a (verde-recesivo) y B (redonda-lisa-dominante) b (angulosa-rugosa-recesivo). Repitió el orden metodológico de la primera fase y encontró otra proporción constante en F2: 9 amarillas y lisas (AB), 3 amarillas y rugosas (Ab), 3 verdes y lisas (aB), 1 verde y rugosa (ab). Es decir: 9:3:3:1. Estas combinaciones las repitió con otros pares de caracteres y concluyó que: «No existe duda de que a todos los caracteres que se tuvieron en cuenta en los experimentos se les puede aplicar el principio de la descendencia de los híbridos, en los que se combinan varios caracteres esenciales diferentes, corresponde a los términos de una serie de combinaciones, que resulta de la reunión de las series correspondientes a cada pareja de caracteres diferenciales. Se demuestra también que cada pareja de caracteres diferenciales segrega independientemente de las otras diferencias que presentan las dos cepas parenterales originales». (Correns la denominó como «segunda ley mendeliana de la herencia» o «ley de distribución independiente»).
5- En la parte final de su trabajo, y gracias a sus conocimientos de la teoría celular y de los trabajos de Camerarius, pudo establecer un mecanismo claro para la fecundación: «Por tanto, se confirma experimentalmente la teoría de que los híbridos forman células huevo y de polen, que en su constitución representan en igual número todas las formas constantes que resultan de la combinación de los caracteres que se han unido en la fecundación».
¿Qué pasó entonces? ¿Por qué no fue entendido? ¿Será cierto que nadie lo leyó hasta 1900?
El contexto epistemológico, e histórico, nos da algunas respuestas que ayudan a clarificar estos enigmas. En primer lugar, está la novedad de usar una metodología matemática y estadística que Mendel aprendió de la «teoría combinatoria» de Ettingshausen. Los investigadores en el campo de la botánica y de las ciencias de la vida no tenían conocimientos matemáticos profundos, ni se usaba el análisis numérico expresado en proporciones para los experimentos de campo.
Lo único que se utilizaba eran los porcentajes en los resultados y estos no habían permitido a los precursores de Mendel obtener ninguna deducción general, además porque no la buscaron. De hecho, este punto explica la respuesta epistolar que le dio Nägeli cuando le dijo: «debería usted considerar que las expresiones numéricas son sólo empíricas, porque no se puede demostrar que sean racionales»[[citado por Marantz Henig R; op cit, p: 156.]]. Nägeli fue el primero en sospechar de la autenticidad de las perfectas y constantes proporciones matemáticas del trabajo del monje, y al parecer varios lectores de la época pensaron que Mendel creía en la numerología mística y mágica de origen pitagórico.
En segundo lugar, porque el paradigma predominante de la herencia, en la ciencia del siglo XIX, era la teoría de la «herencia fusionada» que consistía en pensar que los caracteres del padre y de la madre se mezclaban en la descendencia y nunca volvían a reaparecer de manera pura. De hecho, esta hipótesis provenía, a su vez, de la teoría hipocrática de la «pangénesis» en la que se creía que cada órgano y estructura del cuerpo producía una «gémula» o «semilla» que iba por vía sanguínea a los gametos.
Cada gémula reproducía una parte específica del cuerpo y podía transmitir a la descendencia los caracteres adquiridos por los padres. Es decir, no existía una diferenciación entre las células somáticas y las células germinales. Esta teoría tuvo una influencia directa en el propio Charles Darwin y él la defendió y reelaboró en su libro The Variation of animals and plants under domestication (1868).
Por el contrario, la teoría implícita y explícita del trabajo de Mendel es el de la «herencia particulada» donde los caracteres transmitidos por los padres están vinculados a «factores» independientes que no se mezclan, ni se diluyen, ni se modifican por mecanismos externos. Es clave entender que Mendel no sólo conocía la teoría celular, sino que poseía un microscopio y sabía que la herencia dependía sólo de los gametos y no se dejó influir por la teoría «pangénica» de su época. Su experimento demuestra que tenía gran claridad en la diferencia funcional entre las células somáticas y las células germinales.
Entonces, los resultados de su experimentación con guisantes no fueron olvidados o desechados, por no haber sido leído; sino porque estaba, para decirlo en el contexto Kuhniano, inmerso en un paradigma científico distinto al predominante y los que lo leyeron no lo comprendieron. Además, hoy existen las pruebas historiográficas que demuestran que el artículo del monje sí tuvo una circulación significativa en el ámbito científico de ese tiempo.
Posner y Skutil han encontrado tres referencias tempranas: la de Hoffmann en 1869; la de Schmalhausen en su monografía About plant Hybrids: Observations on the Petesburg flora (1874); y la del médico Wilhem Olbers Focke en su famoso libro Plantas híbridas (1881), quien comentó: «las numerosas pruebas de hibridación de Mendel presentan resultados similares a Knight, pero Mendel creyó que había encontrado una razón constante numérica en los distintos tipos de híbridos»[[Posner E, Skutil J.S. The great neglect: The fate of mendel’s classic paper between 1865 and 1900. Med Hist 1968; 12(2): 122-136.]].
La importancia de la referencia de Focke, en la historia de la ciencia, radica en que Darwin tenía una copia de la obra, leída y subrayada, y se la mandó a Romanes que había sido elegido para escribir el capítulo sobre hibridación, en la edición de 1881 de la Enciclopedia Británica. ¿Leyó Darwin a Mendel? Lo más seguro es que no. Pero si lo hubiese leído, quizá lo habría rechazado por estar muy alejado de su propio paradigma de la herencia. Aunque también es posible, que la «teoría sintética» (1930) (leyes mendelianas de la genética y teoría darwiniana de la evolución) hubiese nacido desde finales del siglo XIX.
Por último, quizá otros investigadores hayan tratado de reproducir los experimentos de Mendel con plantas diversas y no obtuvieron las constantes numéricas señaladas en su artículo. Esto debió incrementar el escepticismo y las sospechas ante la supuesta seriedad y rigor científico del «botánico aficionado» de Brünn. Recordemos que el propio Gregor fracasó con las hibridaciones de la vellocina, planta recomendada por Nägeli tal vez con doble intención, y él mismo dudó del valor real de su experimento previo con los guisantes. Hoy sabemos que la vellocina tiene patrones de «herencia intermedia» y que utiliza el mecanismo de la apomixis (partenogénesis vegetal).
Incluso, la elección del Pisum Sativum fue lo que permitió que él lograra su impecable investigación, porque esta planta posee siete cromosomas y cada carácter escogido está dado por un gen de cada cromosoma, sin que existan ligaciones entre ellos. Es decir, la elección del guisante fue definitiva y afortunada.
4
La figura de Gregor Johann Mendel y su artículo han tenido en el siglo XX, y en este siglo XXI, múltiples lecturas e interpretaciones. Mendel se ha transformado en un espejo donde los genetistas contemplan sus propios sueños e ideologías. Las cuarenta y cuatro páginas que contienen los Experimentos de hibridación en plantas han sido releídas como una especie de fragmento talmúdico y R. A. Fisher ha dicho con causticidad que: «cada generación, quizá, encuentra en el texto de Mendel sólo aquello que espera; y cada generación ignora lo que no confirma sus propias expectativas»[[citado por Olby C. Robert. Mendel, Mendelism and genetics. En: www.mendelweb.com Consultado el 22 de octubre de 2007.]].
Es decir, el texto del monje es un clásico en el sentido que le dio Borges. Un escrito que: «las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad»[[Borges Jorge Luis. Sobre los clásicos. En: Otras inquisiciones. Buenos Aires, Emecé. Obras completas. Volumen II. 1994. p:150-151.]]. Pero si el artículo se ha convertido en un clásico, el mundo se ha transformado en el jardín de Mendel. La genética es la nueva tierra simbólica de Occidente y comenzamos a ser vistos y tratados, a veces, como variedades de guisantes donde nuestros genes lo son todo. Sinembargo, pienso que la genética puede ser leída, también, como un clásico literario de estirpe borgeana, y no como las «sagradas escrituras» de un Calvino y un Lutero. El primer modelo acepta la falibilidad potencial de cualquier teoría científica. El segundo modelo transforma a la ciencia en una ideología. Aquí radica la diferencia entre comprender o dominar.