Guillermo Botero, Escultor
El arte es una expresión consustancial a la vida en la Naturaleza, de múltiples e inesperadas manifestaciones. Desde los trazos ingenuos de los primitivos pobladores del planeta, hasta las más elaboradas formas en el plano y en el espacio, producto de la destreza en mirada y manos. También apreciamos expresiones naturales, producto de la evolución en todo lo que nos circunda, que podemos admirar como arte por su belleza, incluso por lo extraño en el modo de manifestarse.
Asimismo puede expresarse que arte es la manifestación más preclara del espíritu, con capacidad de creación y de conexión en temas y épocas. Los sentidos son su medios de manifestación y percepción.

Nuestro Maese Guillermo Botero fue un personaje extraño, descomunal, desde pequeño fue rebelde, pero con rebeldía a lo establecido como cuestión permanente y consagrada. Su espíritu lo lanzó a buscar manera de manifestar el sentir de poblaciones y de ideas elaboradas en el estudio y el ajetreo riesgoso por los caminos. Pronto se empinó en el dibujo y fue delineando su futuro con diversos materiales, en su trajinar por escuelas de arte y por la audacia de asumir la intuición ambiciosa para desentrañar el alma de los materiales, cuestión que lo remite a uno a lo expresado por Natsume Sóseki (japonés, 1867-1916), en uno de sus sueños, al observar un joven que trata con el cincel de extraer una cara de la madera, como si ella estuviese oculta en esta. Se trata de desentrañar los secretos en ese material.
Botero estuvo formado en el trabajo intenso, con destreza en el tratamiento de los más diversos elementos: la piedra, la madera, la cerámica, los productos volcánicos, el vidrio,… Nada le era ajeno. Además, por su formación intelectual acentuó el tono poético en sus obras materiales, en la palabra hablada y escrita.
Hombre grande, de los grandes en realizaciones, con obra de admirar en los espacios públicos, en las colecciones privadas de diversos países latinoamericanos. Y en los escritos testimoniales de su paso por el mundo, con creatividad y solidaria amistad.
Tuve la suerte, con Livia, de estar en su cercanía por muchos años y de recoger en fotografías, grabaciones y textos escritos su vida y labor. Y de beber en esa fuente de inagotable sabiduría, en pensamiento y en realizaciones.
Han pasado casi 27 años de la muerte de nuestro más notable artista visual, maestro Guillermo Botero-Gutiérrez, y 109 de su nacimiento, justo hoy. Un hombre que vivió desde la infancia su vida a la velocidad de un destino marcado por el trabajo y la incesante búsqueda de la verdad y la belleza. De niño le correspondió plantar árboles en «La María» (la finca de su padre), que después benefició para sus tallas, y la heredó, dándole manejo productivo en café, frutales, flores y cultivos de pancoger, en simultaneidad con su oficio de artista. Alumno-fundador en la Escuela de Bellas Artes de Manizales, donde fue discípulo de Gonzalo Quintero, José-Manuel Cardona, Alberto Arango-Uribe…, luego becado por el gobierno departamental viajó a Chile, con paso por Ecuador, donde avanzó en su preparación como escultor trabajando incluso en escuela de canteros, y prosiguió su trajinar de indagación, formación y asombros por Argentina, Brasil, Paraguay, y sentó reales en Uruguay, donde su taller fue centro de intelectuales y artistas del exilio, en tiempos de dictaduras. Casó con adorable maestra de Tacuarembó, Mirta Negreira-Lucas, el ángel guardián de toda su vida, y se reincoporó con ella a Manizales a comienzos de los años sesenta, donde llevó vida intensa, con prolífica obra, esparcida por lugares públicos en la ciudad y en colecciones privadas de aquí y de otras partes. De igual modo viajó en varias oportunidades por Europa en estudio de los grandes maestros por los museos, y gustando todos los vinos.

De muy joven fue tallador de cristos, vírgenes y santos por pueblos, incluso imágenes milagrosas que lloraban ante el fervor de los feligreses, gracias a sus trucos de cera y petroleo en cavidades dispuestas para la sorpresa. Y en su primer taller tuvo el atrevimiento de disponer de modelos desnudas, lo que para ese tiempo fue escándalo desde los púlpitos. La condición y la creación del pueblo fueron atractivo especial de observaciones y aprendizaje, a tal punto que al concluir una obra grande solía ocuparse de explorar en formas populares, con diversidad de materiales, y en los años finales modelando el vidrio con figuras de rica y variada abstracción. Ningún material le era ajeno, puesto que a todos ellos los consideraba con alma, y se consagraba a explorarlos en su riqueza de contenidos, hasta sacarles el mejor provecho en volúmenes de llamativa condición.
Cuando escribía sus memorias, en los tres/cuatro años finales de su vida, en las mañanas se dedicaba al taller, a sentir el olor de la madera, a recrear formas con las herramientas, en un ambiente con pequeño laboratorio de frascos cargados de óxidos y polvos de tierras, portadores de sus secretos en la elaboración de los terminados en la cerámica, con recuerdo de los alquimistas.
En algún momento de dudas profundas y de silencios angustiosos, recuerda a un filósofo hindú quien le dijo: “Nunca te agaches para pedir. Conquístalo y conquístalo con razón, con fuerza y con grandeza. Trabaja y estalla en el aire sin que tus pedazos caigan a la tierra. Que nadie pisoteé tu esfuerzo, disuélvete en el tiempo.” Y acude también, en ocasiones, a meditar en sus derrotas, las que considera como grandes enseñanzas.

De las curiosidades en sus relatos juveniles está la invención de la figura de “san Espedito”, el santo de las prostitutas, un negrito del desierto de Nubia, esclavo de los romanos, custodio de los lupanares, devorado por los leones en espectáculo de circo; santificado como un mártir cristiano. Algunas de aquellas en el barrio “La Avanzada” le pidieron que lo modelara, con algunas imágenes que le llevaron. Discuten y doña Paula, la Celestina, resuelve la controversia, dejando a don Guillermo con el encargo de inventárselo; resuelve el compromiso dándole al personaje rasgos criollos y actitud romana. Todo un éxito, lo instalan en una iglesia, con bendición del cura, y los lunes recibía por cuotas el pago, de éxito financiero. Y doña Paula, la Celestina, de complemento le enseñó a Botero las mañas de adivinar la suerte, en lo cual nuestro Escultor también se hizo experto.
El maestro Botero, perteneciente por edad y amistad a la pionera “generación de los azucenos”, comenzó su presencia profesional en Manizales, a su reingreso a Colombia en 1961, cuando la construcción del Teatro-los-Fundadores, elaborando ese mural excelente sobre la historia de la ciudad, ubicado en el segundo piso de la edificación, y la bailarina en lámina de cobre, del primer piso, al igual que las estampas musicales del vestíbulo, en homenaje a la música de viento y a la música de cuerdas. Fue profesor y director de la Escuela de Bellas Artes, por corto período, puesto que su trabajo de taller le demandaba todo el tiempo.

Nacido en Pácora (1917), nunca olvidó su tierra y allá fueron a dar, a su muerte, las herramientas, hornos eléctricos y demás elementos de su taller, con obras reunidas en vidrio, madera, cerámica, que se conservan celosamente en la Casa de la Cultura que lleva su nombre, aprovechado ese motivador ambiente en la realización de prácticas con jóvenes que también buscan una vocación en el arte.
Conservó recuerdos de sus compañeros en los primeros tiempos de la Escuela de Bellas Artes: José-María Calle, vendedor de arepas en las madrugadas para sostenerse, de notable agilidad en el manejo del color, en especial de la acuarela. Daniel Cruz, portero, aseador y mensajero, dibujante maravilloso, aprendió talla y escultura, en especial a modelar santos para las iglesias. Con él Guillermo emprende viaje a Medellín para incorporarse a un taller de santería, donde pasan algún tiempo en esas labores. Otros compañeros que recuerda: Gregorio Ramírez, buen dibujante y pintor que un día irrumpe convertido en Cristo Jesús y se pierde por los caminos de la locura. Agrisio Londoño, un ebanista con principios de dibujo, pero se dedicó mejor a manejar la madera con maestría y a hacer muebles; considera que fue su gran maestro en el arte de la madera, con quien hizo tallas, pega de teleras y hasta tornear muebles. Agrisio tuvo esposa bella y tres hijos, pero tenía veleidades de gay. Fue expulsado de la ciudad desde un púlpito, y paró en Bogotá donde murió. En su taller tuvo a Eliseo Arbeláez, obrero experto en aplicar el tapón, pero también era excelente en el dibujo, con juegos de sombras y luces. Un día invitó a Guillermo a su modesta vivienda, donde tenía cuarto misterioso con dibujos en gran formato pegados en las paredes, en papel periódico, en recuerdo de los muertos que no admiten morir por la razón que al estar de esa manera dibujados pareciera que no han muerto, de ojos saltados y cabezas al brote del papel. Pasado el tiempo fue a dar a Bogotá e internado en Sibaté. Botero dice: “El tiempo convierte a los hombres en neblina”.
Con Mirta Negreira-Lucas, su esposa, hizo su casa-taller cerca al mar, en Shangilá, a la cual regresaban, normalmente los dos, cada año, una vez instalados en Manizales. Bella, ilustrada y consagrada mujer, que fue su soporte fundamental. Botero se hizo a la finca de su padre, “La María”, en cercanías de la ciudad, de once hectáreas que supo aprovechar en cultivo del café, árboles maderables sembrados cuando fue niño, frutales, y aprovechamiento y control del agua, a tal punto que siendo tierra de pendientes no tuvo deslizamientos. Inteligencia práctica aprovechada en el beneficio de la tierra, su soporte económico principal, sin desprenderse de su condición de artista escultor.

Botero muere en 1999, sin poder cumplir el deseo de asisir al cambio de siglo, en tertulia con amigos y vino exclusivo que reservó para la ocasión Mirta se va en definitiva a Montevideo, a la casa-taller, su refugio de los últimos años en cuasi-soledad, entre recuerdos tantos, con algunas obras del Maese que cuidaba con esmero, y en especial el “Profeta Elías” (1969) de su preferencia, talla en aguacatillo de 48 cms. de altura. Allí muere (2007). Y quedan gravitando en nosotros sensaciones de admiración y afecto, por ambos.
Bellos murales en madera están en edificios Xué y Cervantes, en el auditorio del Recinto-del-Pensamiento, en el Fondo Cultural del Café, en el centro comercial Parque Caldas, en el hotel Las Colinas,… en el hospital de Buenaventura, etc. Importante la serie inconclusa de tallas con tema de los profetas (Elías, Ezequiel, Zacarías…) y la suicida Matilde. Los dos murales en cerámica sobre el 20 de julio en la Plaza de Bolívar de Manizales («Preludio de lanzas llaneras» y «Vientos de libertad»), fueron víctimas del desamparo de las administraciones municipales, y paulatinamente destrozados por la barbarie y la desidia, luego restaurados por compromiso del gobernador de Caldas, Luis-Carlos Velásquez (2020-2024). Son murales elaborados en rigurosa técnica clásica de la cerámica, con arcilla seleccionada, obedeciendo a meticulosa investigación en la fabricación de los esmaltes, en las temperaturas, y realizados en su propio taller, con horno de ACPM especialmente hecho para ese fin. Son piezas históricas, invaluables, que deben ser preservadas como patrimonio artístico.
En el mismo marco de la Plaza de Bolívar hay un conjunto escultórico en lámina de cobre (popularmente reconocido como “Adán y Eva”), que de igual modo ha sufrido la arremetida de la barbarie, ante ojos impávidos. En el parque San José contribuyó en su remodelación instalando un conjunto con cerámica suya de gran tamaño («El viento») y con rescate, en un plano inferior, del busto del pensador Rafael Uribe-Uribe de la autoría del maestro Constantino Carvajal (busto que desapareció, también por la desidia y el desparpajo de una sociedad no formada para la valoración del arte). Hay también murales suyos en el Club Manizales, uno en madera y otro en materiales volcánicos. Y la «Mujer» en ese escondrijo del antiguo Banco de Caldas que da a la carrera 22, con calle 21.
El maestro Guillermo Botero-Gutiérrez es por tantos motivos de recordar. Personalidad recia, formada en el trabajo sin fatiga, con estudios fundamentales e intensos en dibujo, escultura, historia del arte, en lecturas de los clásicos universales y americanos, fortalecido en su vagabundear por el mundo, con ojo atento y espíritu inquisitivo. Centro insustituible de tertulias, con capacidad de escanciar buenos licores y su infaltable aguardiente, y de centrar las conversaciones con verbo elocuente y chispeante. Sus historias, en medio de los tragos, eran alucinadas, del corte del «realismo mágico», por ejemplo ese relato de cuando los uruguayos se bebieron a su héroe nacional Artigas.

Han quedado valiosos testimonios suyos en algunos libros: «Murales – Esculturas – Manizales» (catálogo, s.f., que debería reeditarse para difusión entre propios y visitantes), «G. Botero G., escultor» (bello libro, con textos y policromías, editado por Maria-Virginia y Matilde Santander-Mejía, con diseño de Carlos-Adolfo Escobar, bajo el auspicio de la Universidad de Caldas, 1995), «Y fue un día» (autobiografía, libro editado por la Universidad Nacional en Manizales, 1997). Asimismo, número significativo de escritos y dibujos en la Revista Aleph.
El notable escritor, Manuel Mejía-Vallejo, al inaugurar exposición de él, en el BanRepública-Manizales, dijo: “Con esa estampa de diablo familiar, Guillermo Botero es un hombre puro, amigo del pan y de la mesa tendida o sin mantel, del verso que nos presenta la muerte, de la vida que no debe morir. Es amigo del río y del monte, de la piedra y la arcilla, del árbol y de la madera. Amigo del vino de la alegría. Amigo de la esperanza.”
Nuestra ciudad, tan esquiva con el arte moderno y el contemporáneo, debe mirar de nuevo a un modernizador como fue el maestro Botero, en el rescate y difusión de sus obras públicas, con reproducción de catálogo que está a la mano.
Los dioses del Olimpo lo tendrán disfrutando en un jolgorio de creación eterna, como un poeta de encendida expresión.
Termino con la siguiente invocación, en memoria y honor del Maese Guillermo Botero.
Epígrafe:
…., resbalan
tantos adioses como las palomas
por el cielo, hacia el sur, hacia el silencio.
Pablo Neruda
Las esculturas continúan mudas ahí
en sus respectivos sitios
escogidos por la idea
lanzadas al espacio en palabra y forma
Las herramientas en profusión
permanecían en su taller
dispuestas en los sitios justos
y gritaban su vocación de atender
en el instante
el llamado de aquellas manos
de labriego sutil
de artesano en travesuras
y de acariciador de sensualidades
en volúmenes que le hechizaban
También quedaron en suspenso
las huellas los fantasmas
las pisadas por el grande espacio
con ébano guáimaro cedro nogal…
acumulados
a la espera de golpes rítmicos
siempre en acierto
Y aquellos frascos repletos de química
en sus estantes
esencias de alquimia para estudiar esmaltes
con acabados de brillo
o en el mate que sugiere la penumbra
Los otros materiales igual permanecieron
sobrecogidos por el silencio
En el metal y en el vidrio desplegó formas
misteriosas
de modelado en el viento
en el fuego
y en ritmo de vida sin contención
El barro de la cerámica quedó congelado
en la mirada gris de los transeúntes
Los murales hechos de vida
sonríen desde las historias y ocultan
la memoria
como recuerdo de ese golpeteo
apenas interrumpido por el repaso suave
de la otra mano que va sintiendo lento
el brote de la piel
del cabello
de unos labios
de senos cual frutos tibios
de las palpitantes líneas en armonía
con el deseo
con el silencio que alumbra
en la noche que declara el suspenso
en el desentrañar obsesivo del alma
de los materiales
La soledad
estruja la conciencia con asombro
y reclamo
Y FUE UN DÍA….

Auditorio, Centro Cultural BanRepública, Manizales, 17 de abril, 2026