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H a m b r e -cuento-

Días y días de andar de aquí para allá, y de allá para acá, olisqueando, los ojos de un lado a otro, tocándolo todo, parándose en todas partes, oteando, deteniéndose, corriendo, buscando desesperado por esquinas y centro algún bocado mejor que las migas caídas y dejadas por ahí por simple descuido, o porque de algún modo lograban pasar desapercibidas al trapo que se mueve raudo sobre el mesón, sobre el piso.

Ahora temblaba todito todo de pura emoción incontenida por la visión y el olor penetrante de un trozo grande de queso amarillo, llenito de agujeros como la Luna. Cerró los ojos un segundo y la boca se le llenó de babas mientras imaginaba el sabor lechoso y levemente ácido, la textura cremosa, el chasquido de gusto de los labios después del placer de un bocado de reyes.

No pudo, no quiso contralarse y se abalanzó sin pensar sobre el manjar que lo esperaba ahí.

Le clavó los dientes decidido, sin sombra de duda. Y fue sólo un segundo lo que necesitó para recordar y comprender toda la trágica dimensión de las palabras que padres y maestros habían intentado de mil maneras hacerle entender durante toda su vida, eso de que es siempre otro quien pone la trampa, pero es uno solito el que se mete en ella.

Tel Aviv, julio 10, 2010

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Edición No. 154