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Hannes Heinz Goll: el vagabundear del artista

Un vagabundo puede ser delicado o rudo, habilidoso o torpe, valiente o miedoso; 
pero siempre será un niño en el corazón, siempre vivirá en el primer día, antes 
del principio de la historia del mundo. La infantilidad de la vida del vagabundo, su
herencia  materna, su apartamiento de la ley y del espíritu, su abandono y continua
vecindad de la muerte hacía tiempo que habían atrapado el alma de Goldmundo y la
habían sellado profundamente. Y, Sinembargo, por tener un alma y una voluntad, por
ser  un artista ante todo, su vida era rica y difícil. Toda vida es rica y floreciente en
la disensión y la contradicción. ¿Qué sería la razón y la sobriedad sin el conocimiento
de la embriaguez? ¿Qué sería el placer sensual si no estuviera tras él la muerte? ¿Y
qué sería el amor sin la eterna disputa de los sexos?

Herman Hesse. Narciso y Goldmundo

 

Introducción

Conocí a Heinz Goll, en Manizales, una tarde soleada de enero de 1998. Se realizaba una muestra internacional de arte y en el pabellón de Austria encontré al pintor, vuelto de espaldas al público, con un pincel en su mano derecha retocando la máscara de un chamán de una de sus últimas cenas, con una pipa caoba en la boca y con una cola de caballo recogiendo sus largos cabellos de blanco dorado. Me acerqué y sentí la necesidad interior de expresar en voz alta, para que me oyera, lo siguiente: los artistas que continúan pintando durante las exposiciones son símbolos encarnados de los alquimistas del Medioevo y del Renacimiento, para quienes su arte pictórico era una metáfora de su transformación espiritual en el atanor de la vida creativa.

 Heinz se volteó y vi un rostro luminoso, como sus pinturas, que reía mostrando unos dientes blancos y juveniles; sus ojos azules irradiaban calidez humana, su barba blancogrisacea parecía de un antiguo profeta o de un hippie de los años sesenta, y su cuerpo fuerte y erguido me recordó las estampas de los vikingos nórdicos que conocí en los libros de viajes y aventuras que leía en mi infancia. Comenzamos a hablar y no paramos hasta que ya era de noche y los porteros del edificio de Bellas Artes nos solicitaron salir del lugar.

 En esas horas, pertenecientes a un tiempo que sentí diferente al cotidiano y que los griegos llamaban Kairós, Heinz me contó de sus años infantiles y juveniles en Klagenfurt, de su vagabundeo por Europa y luego de su viaje a Sudamérica y su amor por Colombia, donde encontró la paz interior y a su amada mujer Piedad. También de sus lecturas de Hesse, de Musil, de Lao Tse, del Hinduismo, del Vedanta y de su libro favorito La Biblia. Pero, sobre todo, de su conocimiento experiencial de las culturas precolombinas y de las comunidades indígenas actuales: Los Koguis de la Sierra Nevada de Santa Marta, los indios Wayú de la alta Guajira, los Paeces de Tierradentro, los Embera del Chocó y el mar Pacífico. Oír hablar a Heinz de forma tan profunda y bella de mi propio país, que él conocía mejor que la mayoría de nosotros los colombianos, me hizo pensar que estaba ante un hombre cuya sensibilidad artística era indisoluble de su propia vida, pues su corazón era tan grande que podía amar cada sitio de la tierra como si fuese su propia aldea y esta mezcla de culturas y de pueblos que conoció se reflejan en el sincretismo de su obra.

Heinz era a sus 64 años, cuando lo conocí, un auténtico ciudadano del universo, un caminante que había “anclado” su cuerpo en la población de Sibaté, pero que a la vez seguía vagabundeando con su imaginación pictórica y escultórica y con su alma de niño amoroso y sorprendido ante la belleza de la naturaleza y los enigmas de los símbolos espirituales de la vida personal y colectiva. Quiso Heinz venirse a vivir a Manizales y alcanzó a comprar una agradable casa-finca que no pudo habitar, pues una enfermedad inesperada y aguda doblegó a este “niño-viejo” que todavía poseía símbolos secretos de amor y de arte para múltiples personas.

Sinembargo, conocer a otro individuo en la totalidad de su ser siempre será una utopía en las relaciones humanas. Además, este conocimiento no está garantizado ni por el contacto directo y permanente, ni por las lecturas de sus escritos, ni por los testimonios de sus amigos y familiares, ni siquiera por los que convivieron de manera cotidiana e íntima con la persona.  Sinembargo, en el caso de Heinz Goll está su obra magnifica y transparente que fue coherente con las acciones de su vida y con los propósitos de sus palabras. Es posible que cada uno de los que conocimos a Heinz, en mayor o menor grado, recordemos un “Heinz” particular, que corresponde a las vivencias de cada cual con él; pero, a la vez, se encuentra el artista y el hombre unidos por su máximo credo existencial: “Amo Ergo Sum” (Amo luego existo).

Este amor cósmico lo irradió Heinz a las personas, a los animales, a las plantas, a los símbolos intangibles de lo sagrado y al arquetipo del “hijo del carpintero”, ese Cristo de distintos colores de piel y de variadas facciones que él esculpió y pintó a medida que en su propio corazón sentía la presencia de ese símbolo místico actuando en el mundo.

Las notas biográficas que vienen a continuación sólo pretenden que el lector tenga más elementos para disfrutar y profundizar en la obra artística de Heinz, pero recordando siempre su consejo a los visitantes de sus exposiciones: “Mirad mis cuadros, ved y tocad mis esculturas y concentraos en tratar de captarlos en su totalidad con todos vuestros sentidos. Entonces y sólo entonces empezad a pensar y hablar sobre ellas”.                                  

 

El niño de la casa del lago

                               

                                               Yo fui vagabundo y curioso de la vida
                                               desde mi infancia y con ganas de aprender

                                                                                                    H.H. Goll

Hannes Heinz Goll nació en Klagenfurt (Austria) el 31 de agosto de 1934. Fue el hijo mayor de una familia compuesta por Johanna, su madre y Rudolf, su padre. Luego nacieron Gerti, su hermana, y el pequeño Helmut. El padre era un prestigioso abogado, perteneciente a la alta burguesía, y su madre había sido actriz de teatro en los años treinta. Al principio la clase social de Rudolf no aceptó a la esposa y durante varios meses ellos vivieron aislados y no fueron visitados por los vecinos y familiares del abogado. Aunque Rudolf le llevaba varios años a Johanna, existía una buena armonía familiar y la elegancia y porte de él iba bien con la belleza de ella.

Desde un principio la relación entre el niño Heinz y su madre fue de mutua adoración y complicidad, quizá porque ambos coincidían en una mirada poética y soñadora ante el mundo. La educación de Heinz y sus hermanos fue muy poco autoritaria, en los primeros años tuvieron institutrices particulares y no estaban obligados a la disciplina de los colegios. Gerti recuerda que desde los 3 o 4 años de edad Heinz comenzó a dibujar por su propia voluntad y pasaba varias horas del día contemplando detalles del jardín de su casa en Klagenfurt, en especial, de la casa de campo, que ellos llamaban la casa del lago.

Los parajes de la casa del lago fueron muy importantes en la formación personal de Heinz, pues la memoria del niño debió nutrirse de esas imágenes del agua y el bosque en total armonía. Fue caminando por estos senderos, subiéndose a los árboles, oliendo la fragancia misteriosa de los eucaliptos, navegando despacio en su bote como si fuera un caballito de madera cabalgando sobre el mar, que el niño presintió el lado místico del mundo, la insondable belleza de la naturaleza reflejando en silencio lo sagrado.

La contemplación de la casa del lago le dio al futuro artista una comprensión profunda e intuitiva del equilibrio de los opuestos, de la presencia de Dios en el universo, del erotismo sagrado y la certeza de que para vivir no se requiere de cosas materiales, sino de significados existenciales que permitan sentir que la vida humana fluye como el agua del lago que no posee y no es poseída. La mirada cuidadosa de los ritmos de la naturaleza revela que la divinidad siempre se está haciendo y deshaciendo, y cuando Heinz encuentre más adelante la figura del Cristo bíblico lo irá a relacionar de manera natural con una percepción panteísta del entorno.

La segunda guerra mundial acabó con el paraíso bucólico de Heinz y con la tranquilidad de su familia, de su ciudad y de Europa. Como todos los pequeños de su época había sido aleccionado por la propaganda de las juventudes hitlerianas, que contaban que el fuhrer y los nazis luchaban para salvar al mundo de los demonios enemigos que comían niños asados, violaban las mamás y echaban veneno en las aguas de los lagos para asesinar los pececitos de colores. Esto explica su primera reacción de rechazo frente a los ingleses que tomaron su ciudad y su casa, en 1945, convirtiéndola en cuartel de sus tropas. Heinz, que hablaba muy bien el idioma inglés, comenzó a pintar esvásticas como expresión de rebeldía contra sus enemigos, pero con rapidez y gracias a que se convirtió en el intérprete de ellos con sus vecinos, se dio cuenta de las mentiras que le dijeron en el pasado y supongo que desde tan temprana edad comenzó a comprender que las palabras del poder siempre están teñidas de falsedades y de violencia hacia los más débiles e inocentes.     

En 1946 la muerte de su padre marcaron los años de posguerra que fueron caóticos e inciertos. Sinembargo, el mismo Heinz recordaba que de alguna manera esa época fue estimulante para su vocación de artista y caminante, pues no había reglas, ni horarios, ni orden; su mundo se había venido abajo e imperaba la anarquía y la incertidumbre. Esto fue visto por él como una oportunidad y una nueva concepción filosófica ante la vida: el desorden engendra un nuevo orden con valores diferentes y esa anarquía creadora  permite vivir el día presente sin pasados agobiantes ni futuros asegurados. Era empezar a entender su existencia como la vivían los aventureros y los buscadores de oro del oeste americano, que Heinz conoció por medio de los personajes de las novelas de Karl May que leyó con pasión en el monasterio benedictino de San Paul de Carintia, donde estaba realizando su primaria, luego de ser expulsado de varios colegios por indisciplina.     

Los primeros cuadros que se conocen y se conservan de Heinz son de estos tiempos: un dibujo hecho a lápiz donde se observa un brujo medieval esperando, con ansiedad, a que unos ratones colgados de unas cuerdas caigan para  comérselos. Una acuarela donde aparece el monasterio de San Paul, rodeado de un bosque muy verde y las aguas tranquilas del lago al fondo de los edificios. Pero fue a los 14 años de edad cuando hizo su primera obra significativa, que le valió un reconocimiento público en un concurso escolar, y que Heinz tituló El hundimiento del mundo. Esta es una acuarela, que se asemeja al expresionismo abstracto del norteamericano Jackson Pollock, donde se observa una especie de explosión energética de colores de tonalidades azulosas, como recordando las “bombas atómicas” de Hiroshima y Nagasaki.  

 

El joven vagabundo

Yo soy el producto de una mujer y de muchas mujeres.
Muchas de ellas eran brujas y sacerdotisas sin saberlo.
Ellas me enseñaron mucho, cosas que nunca me enseñó
un maestro, pues yo tuve la dicha de escapar en tercero
de bachillerato y dejar la escuela. Así aprendí de la vida
vagabundeando, leyendo, discutiendo y creando. En el
fondo yo soy el producto de las enseñanzas de mujeres.

                                   H.H. Goll                                

 

A los quince años Heinz se ha convertido en un adolescente espigado, rubio, de cuerpo varonil y atlético, de gran atractivo para las mujeres, rebelde y acostumbrado a volarse de las clases del colegio con un compañero del mismo curso, que de adulto se convertiría en un famoso músico de Austria.                                                 

Decide escaparse y vagabundear, le cuenta a su hermana Gerti sus planes y ella le sirve de cómplice. A escondidas Gerti le llena la maleta con sus propias joyas, algunas porcelanas de la casa y le da un correo postal donde Heinz pueda estar en comunicación con ella. Es una época difícil en los países europeos, los signos devastadores de la guerra no han desaparecido y es común que por los caminos vayan vagabundos, que perdieron su hogar, sus seres queridos y la estabilidad de una ocupación.

Heinz viaja en trenes y a veces camina. En la ruta a Italia pierde las maletas con las joyas y los objetos valiosos dados por su hermana, y se ve en la necesidad de buscarse la comida y la dormida como cualquiera de los otros vagabundos. Duerme en establos, conoce gitanos y viaja un tiempo con ellos. En especial con un gitano viejo que lo pone a pedir comida y dormida para ambos, pues al joven Heinz le dan con facilidad y al gitano no. Se separó de él porque una mañana el gitano le quitó su gorra,  Heinz se despertó sin ella y creyó que el gitano se la había robado, pero al poco tiempo regresó con la gorra repleta de leche, que robó de un establo. Aunque Heinz se arrepintió de desconfiar del gitano, también comprendió que vivía con un ladrón y por eso se marchó. Recorre Italia, los países bajos, estuvo en Londres el día que coronaron a la reina Isabel, aprende de las arquitecturas, va a los museos, conoce mujeres jóvenes y maduras que le enseñan los secretos del erotismo y la ternura femenina.

Realiza trabajos ocasionales de jardinero, de intérprete (pues habla a la perfección inglés e italiano además de su lengua materna), de guía turístico. Pero una de las experiencias que con mayor cariño recordó el resto de su vida, fue cuando entró a trabajar a un circo durante casi tres meses. Los dueños del circo lo contrataron para peinar los animales, asear a los micos y terminaron cogiéndole gran afecto. El resto de empleados vio con disgusto esta preferencia por Heinz y sus modales finos y su presencia aristocrática les generó una intensa envidia. Una vez pusieron a Heinz a vender las boletas de la función y él dejó entrar gratis a los niños. Esto motivó que lo acusaran, lo golpearan y, por primera vez, tuvo consciencia de que en el mundo existía envidia y odio contra quienes se atrevían a ser diferentes a la mayoría.

Continuó su caminar sin rumbo fijo hasta que se presentó un episodio que, según el propio Heinz, lo marcó de forma indeleble, pues le enseñó que en la vida existían derechos y deberes. Una noche iba acompañado de otro vagabundo y llegaron a las puertas de un monasterio en un pueblo de Italia. Heinz cogió una hoja de papel que clavó en la puerta y escribió: “Acá se le da comida y posada a los vagabundos”. Luego ambos tocaron y abrió un monje que al principio se negó a recibirlos, pero luego de que Heinz le señaló la hoja los hizo entrar, les dio alimentos y los acostó en un cuarto. Al otro día, a las cinco de la mañana, entró el mismo monje tocando una campana y diciéndoles que era hora de trabajar en la huerta del monasterio. Heinz comenzó a protestar y el monje le mostró la misma hoja, donde había añadido a su frase lo siguiente: “Acá los vagabundos se levantan a las cinco de la madrugada y trabajan en la huerta para merecer la comida y la dormida”.

Llegó a la ciudad de Beermen, en Bélgica, y pidió trabajo en un taller de artesanos. Allí aprendió a trabajar la arcilla y a modelar la cerámica; el jefe, al ver sus cualidades artísticas, le propuso preparar una exposición con sus obras y esto se hizo en el taller Perignem. También un trabajo suyo fue presentado en la escuela de cerámica de la misma ciudad. Estos reconocimientos tempranos fueron muy importantes para el joven vagabundo, pues supo desde ese momento que él quería ser un artista por el resto de su vida y tomó la decisión de prepararse para ello.

Antes de cumplir los 18 años regresó a Klagenfurt, más alto, tostado por el sol, muy atlético y con un conocimiento de la vida y del mundo que lo maduró antes que a sus compañeros de generación. Su madre se había vuelto a casar con un director de cine y Heinz tuvo una gran discusión con él, incluso hasta llegar a los puños. Heinz le dijo a su madre que ella tendría que escoger entre su marido y él, y al poco tiempo la madre se separó y se quedó sola por el resto de su vida. En esa época la madre le rogó a Heinz que reanudara sus estudios y que fuera abogado como su padre Rudolf. Heinz la tranquilizó por su futuro y le contestó: “Yo no quiero seguir estudiando, pero me comprometo contigo a que siempre voy a ir en busca de la verdad y que el amor guiará mi vida”. La madre aceptó y comprendió, una vez más el espíritu soñador y poético de ambos se imponía sobre lo racional y lo pragmático.

En los siguientes siete años se dedica a viajar y a aprender las técnicas de la pintura, la escultura y el grabado en distintas ciudades europeas. Realiza frecuentes exposiciones individuales y colectivas, poco a poco va penetrando en los misterios del arte y en el perfeccionamiento de las técnicas, hasta el punto de que para el año de 1958 el nombre de Heinz Goll ya representaba un estilo propio, definido e identificable para los artistas, las galerías y el público en general.

Es autodidacta no sólo en el arte, y durante este periodo lee mucho. Su formación cultural es heterogénea, pero prefiere algunos autores y obras en particular. La lectura de las novelas de Herman Hesse lo apasionan y en especial su novela Narciso y Goldmundo (1930) que leyó con fascinación y sorpresa, pues en ella encuentra coincidencias asombrosas entre la vida de Goldmundo y su propia vida. Ambos abandonan los estudios del monasterio, son vagabundos y artistas, buscan lo sagrado a través de la sensualidad y el erotismo de las mujeres, tienen una extraña y profunda relación con la madre, y desarrollan una estética que prefiere los temas del arte religioso pero con características heterodoxas y muy personales.

Heinz tuvo a lo largo de su vida una especial predilección por esta novela y la regaló innumerables veces, además en más de una ocasión confesó que se sintió una especie de Goldmundo de carne y hueso y que su hermano menor Helmut representaba el ideal de Narciso, intelectual, serio y con una espiritualidad basada en la renuncia a la vida de los sentidos.

Con la reflexión acerca de Goldmundo, comprendió que su vagabundeo no era sólo físico, sino también una actitud espiritual ante la vida, un tomar conciencia de que los seres humanos vagaban por un mundo profano que había perdido los símbolos sagrados del verdadero hogar eterno de Dios. De ahí su búsqueda permanente de otras culturas, sus estudios de los múltiples símbolos y signos del arte no occidental.

En esta época predominan en su obra las esculturas y en especial el trabajo con barro y cerámica. Realiza la primera serie de esculturas en barro de mujeres primitivas, como un homenaje a la Venus de Willendorf y a la fertilidad de la hembra, que refleja la intención de una deidad que prefiere la creación a la destrucción. Esta orientación estética del artista a conocer e imitar el arte primitivo no era casual ni aislada en el contexto cultural de la Europa de ese tiempo, ya que el arte occidental de la primera mitad del siglo XX, como analiza con precisión Gombrich, poseía  una nueva sensibilidad ante lo primitivo, y era la respuesta de los artistas a la desconfianza en una sociedad moderna que a pesar de la racionalidad y de los adelantos de la ciencia y la técnica, llevaron al continente europeo a la barbarie de la guerra.

Sus esculturas totémicas, sus cabezas en piedra y madera con rostros que recuerdan el arte negro africano y de los primeros artistas del paleolítico y del neolítico, coincide con un sentimiento colectivo de parte de varios creadores europeos y que fue expresado muy bien por Gombrich en su Historia del arte: “En el fondo, algunos de ellos casi envidian a los artesanos de aquellas tribus, cuyas imágenes se sienten cargadas de mágico poder por estar destinadas a intervenir en la mayoría de los ritos sagrados de la tribu. El misterio de los ídolos antiguos y los fetiches remotos dio alas a su romántico deseo de huir de una civilización corrompida por el comercialismo. Quizá los pueblos primitivos fueran salvajes y crueles, pero al menos parecían verse libres de la hipocresía. Este romántico anhelo fue el que llevaría a Delacroix al norte de África y a Gauguin a los mares del sur”. Por supuesto, ese mismo “romántico anhelo” llevaría años después a Heinz a viajar a Sudamérica y a establecerse en Colombia.

 

 

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Edición No. 183