Héctor-Juan Jaramillo en sus «Textos Escogidos»
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Esa fue la primera e imborrable impresión que tuve de él: alguien que hablaba de autores y de libros desde adentro, como si esas lecturas y reflexiones hubiesen sido digeridas como los alimentos y ya hicieran parte de su propia sangre y del calcio de sus huesos. Citaba a Nietzsche o a George Bataille con autenticidad y en un tono de intimidad que me hizo pensar que estos grandes intelectuales podían haber sido sus vecinos de barrio o los contertulios de una de las jornadas literarias de esta ciudad de montañas y de contrastes espirituales. Tal vez, sin saberlo de forma consciente, esa tarde remota concebí el homenaje cifrado que le haría 27 años después en mi novela Recordando a Bosé, cuando lo más admirable de su ser está mimetizado tras la piel de un personaje que fue lo opuesto a él, pero no olvidemos que las contradicciones psicológicas son la verdadera esencia de nuestra mente.
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Aunque Héctor-Juan publicó tres libros en vida: los ensayos Ser latinoamericano (1988), El festín de un instante (1988) y el poemario Laberintamio (2002), su genealogía intelectual pertenece a la estirpe socrática: la palabra hablada, esa escritura en el viento que solo quiere perdurar durante el instante eterno en que los otros escuchan, fue su mayor tesoro y legado. Al igual que Sócrates, Confucio y, entre nosotros, Estanislao Zuleta, Héctor-Juan sabía que la transmisión de los profundos secretos del conocimiento se hacía a través de la palabra oral, que vivía y respiraba, que tenía ojos, que poseía los estremecimientos del «aura» benjaminiana cuando la voz entraba por los oídos de discípulos dispuestos a ser transformados por el soplo sefirótico de un buscador kabalistico, que había renunciado al paradójico facilismo de una escritura que sólo era aceptada cuando garantizaba la mansedumbre de las descripciones, la ausencia de crítica al poder, el sometimiento a los amos locales de la política.
De allí, la presencia poderosa y perdurable de su silencio altivo frente a esas mismas imprentas donde los «pseudointelectuales» y «lameculos» de la ciudad publicaron sus babosos libracos dedicados a su amos políticos, en un tono arrodillado, melifluo, vergonzoso para la historia intelectual y cultural de cualquier sociedad que respete la autonomía del conocimiento, que jamás podrá estar al servicio de los corruptos, ineptos y simuladores de siempre.
Por eso, la gran enseñanza ética de Héctor-Juan Jaramillo en una ciudad donde pululaban los limosneros de las ideas que se vendían por un puesto público, por el papel de escritores fantasmas de discursos oficiales, por la publicación de un libro o por el «prestigio» contradictorio otorgado por los analfabetas de la alta sociedad. Para varias generaciones de jóvenes la dignidad de Héctor-Juan ha sido, y lo continuará siendo, una inspiración permanente, y la encarnación de ese tábano socrático que jamás dejará de ser contestario y libre frente a los poderes oscuros de esos politiqueros arquetipicos que en Atenas, hace 25 siglos, o acá en Manizales, en tiempos contemporáneos, hieden a podredumbre, mentiras patéticas y bajezas espirituales.
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El libro Textos escogidos (2011) publicado por Hoyos editores es una muy grata sorpresa. Pues el sólido legado del intelectual socrático que impregnó durante varias décadas las calles y casas de esta ciudad con su convincente palabra oral, ahora se revela, con mayor nitidez que en sus libros publicados en vida, en su faceta de intelectual platónico, es decir de pleno escritor maduro, donde la palabra escrita ha logrado el sereno equilibrio entre lo leído, lo vivido y lo pensado. En el capítulo Federico Nietszche: El pensamiento cambia de rumbo, Héctor-Juan es claro en mostrar cómo la propuesta de una reflexión aforística, fragmentaria y, en apariencia, caótica derrumbó todas las pretensiones racionalistas de los grandes sistemas filosóficos del siglo XIX de querer explicar la totalidad del universo y del alma humana.
De allí, la contemporaneidad de un Nietzsche que vislumbró de manera profética las consecuencias de la «muerte de Dios» para una humanidad del futuro, que es ahora nuestro presente, que debía enfrentarse al nihilismo de un mundo de dioses ausentes convertido en un desierto simbólico donde lo sagrado, como la última flor del paraiso interior, se transformaba en el espíritu de la máquina. Héctor-Juan supo interpretar la obra de Nietzsche en el contexto de la tecnociencia actual y tuvo la intuición de comprender que la perspectiva del «superhombre» de Zaratustra estaba ligado al ciborg del futuro.
En el ensayo Aproximaciones a una sicohistoria de América Latina se manifiesta un pensador original, que tras leer de manera pausada e inteligente a, entre otros, filósofos como leopoldo Zea, Ernesto Mayz Vallenilla, Francisco Miró Quesada, José Vasconcelos; a escritores como Ernesto Sábato, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Pedro Henriquez Hureña; y a poetas como Neruda, Girondo, Vallejo, De Greiff y José Emilio Pacheco, ha logrado proponer una visión teórica personal del destino de los pueblos de América, que pasa por un lúcido y erudito análisis historiográfico y sociológico, donde me recuerda al mejor Monsivais, en que plantea que nuestra inmadurez cultural radica en la negación ontológica de nuestro propio ser y el consiguiente deseo de ser los otros: el referente extranjero como enajenación y no como apropiación madura de la alteridad.
La herencia de una «madre España» dominante y posesiva no pemitió que las independencias geográficas coincidieran con la «mayoría de edad» kantiana de sus dirigentes y libertadores, con la excepción de un Bolívar que vislumbró un futuro tortuoso para unos pueblos que terminarían dirigidos por «los desvaríos de los constructores de repúblicas aéreas». Además, Héctor-Juan recalca lo nefasto que fue para los latinoamericanos la falta de una tradición científica, de inteligencias que se interesaran por la construcción de la ciencia aplicada y de allí la ausencia de «la precisión de una mentalidad, a cuya formación haya contribuido el pensamiento científico, puede neutralizar la tendencia a la retórica que tanto enceguece y distorsiona nuestro estado de cosas. Y así es probable que no fuéramos vasallos del reino de la mentira, bajo el manto del fraude, la mala fe, la simulación, la exageración, la demagogia, el engaño sobre si mismo o los demás, o el escamoteo de la realidad».
Para Héctor-Juan, el único camino que podemos transitar los latinoamericanos es, a través del faro interior de su grandes poetas, el reconocimiento de la inexplorada dimensión de nuestro Ser latinoamericano, volver a las fuentes inexploradas de la autenticidad colectiva, donde logos y mito se mezclan y constituyen el híbrido de lo que en realidad somos capaces de producir: pensamientos que danzan, como los dioses de Nietzsche, pescadores de mitos arquetipicos que se guian en la noche de los tiempos por los ritmos tristes del bolero, el tango, los poemas vallejianos; pero también que somos capaces de explotar con los fuegos artificiales de la salsa y la naturaleza nerudiana, donde las cosas, como ya lo anticipo Heidegger, deben dejar de ser simples útiles al servicio de la explotación economicista del mundo, y permitir que sean ellas mismas, que el misterio que es todavía el lado silencioso e inutil de lo natural alumbre la vida de un futuro humano y posthumano.
Quedan varios ensayos lúcidos y breves de este sugerente libro de Héctor-Juan, como su propuesta de un «pensamiento postlineal», donde se debe pensar a través de la analogía, los saltos cuánticos y la contradicción lógica. O también las dos últimas partes de la obra que nos dan una muestra de sus ficciones cortas y de sus poemas. Por ejemplo, su poema titulado Inquisición sobre la quintaesencia de la poesía, donde Héctor-Juan, a mi modo de ver, nos comparte uno de los más íntimos misterios de su personalidad: la de una especie de filósofo zen, extraviado en estas breñas caldenses, que supo siempre, como Nezahualcoyotl, que somos huéspedes en tránsito por la tierra, o que tenemos el mismo destino de las pompas de jabón, como lo dijo Nietzsche, pero que a pesar de que nuestro Yo está hecho de viento y de olvido, también somos el pincel con que los dioses ausentes pintaron y pintarán los universos que fueron y que serán.
Brindemos esta noche, pues, por un gran intelectual y mejor ser humano, que irradió su sabiduría por estas calles de su ciudad amada, y que a pesar de su mirada crítica de intelectual insobornable, también plasmó bellos paisajes interiores como ese artículo titulado La escuela de La Francia donde nos advierte a todos: «Cosme jaramillo, Pablo Chaves, Genaro Mejía y Jesús franco. Frente a la indiferencia y el abandono de los caldenses frente a sus propios recursos, y la incuria de una dirigencia que parece que no existiera, estos pintores toman a su cargo y nos muestran la exuberancia de una flora en la que centran su interés, como la hermosura de la batatilla, el carácter arcaico del helecho, la reciedumbre del cedro y la gracilidad de la platanilla».
Un pensador que supo leer de manera tan profunda a Nietszche, tantos siglos después, pero también sintió la hondura de un humilde helecho de una calle del barrio La Francia, es alguien que sin lugar a dudas considero un intelectual indispensable e inolvidable, para la construcción de una auténtica tradición cultural, y que se hizo un cosmopolita desde el rincón de su propio e íntimo jardín de la infancia vivida en su lugar natal. Gracias Héctor-Juan Jaramillo.
Manizales, 25 de febrero de 2011