Historias de Tel-Aviv
I
Cuando nos pasamos, éramos los más jóvenes del edificio más viejo de la calle Ezequías en el norte de la ciudad. Los demás apartamentos estaban habitados por personas que habían llegado al país hacía años y años. Nuestros vecinos de piso eran un hombre y una mujer, polacos creo, que tenían tatuado en el brazo el número que los marcó como sobrevivientes para siempre, no hablaban ni pizca de hebreo y pasaban horas y horas larguísimas cuidando una veintena de gatos callejeros que habían adoptado y que ya se veían gordos y mimados.
En el piso de arriba vivían la señora Iudit y la señora Miri, dos mujeres grandes y solas, ambas pensionadas, cada una en su casa, salían poco y poco usaban el teléfono, pero desde sus respectivos balcones controlaban todo lo que ocurría en el edificio, quién entraba y quién salía, cuándo pasaba el carro de la basura, a qué horas llegaba la mujer que limpiaba las escaleras del edificio dos veces por semana y también por qué salió con la toalla su marido, para dónde iba tan temprano, fue hoy a la playa, no ha encontrado trabajo todavía, paciencia, paciencia, ya encontrará su lugar, todos lo encontramos, y uno con los ojos volteados para arriba por culpa de la buena educación recibida les contestaba rapidito para salirse de su campo visual y facilitarles el paso a otra cosa. De balcón a balcón saludaban, conversaban la una con la otra y comentaban desde las noticias que oían en el radio hasta los mínimos detalles de la vida del barrio y descueraban yernos y nueras. Desde ahí también nos cobraban cada mes a los demás inquilinos la plata de la administración, interrogaban a vecinos de otros edificios y se pasaban platos con comida para que la otra probara lo que habían preparado para el almuerzo, para la visita de los nietos o la cena del Shabat.
En el último piso había un apartamento de un solo cuarto vacío y muy sucio, plantado en la mitad de la terraza, rodeado de los tanques del agua caliente de todos los apartamentos con sus paneles solares, los cables para tender la ropa en el verano y un par de antenas de plato de la televisión satelital. Hasta allá arriba no llegaban los gatos de los polacos, pero bajaban volando a descansar tórtolas, palomas y golondrinas y a dejar un reguero de caca que se veía por todo el piso, en el techo y hasta en el plano vertical de las paredes.
Y así estaban las cosas cuando la vimos por primera vez. Sarit era bonita; rubia y crespa, de ojos grandes y verdes. Ni alta ni bajita, ni gorda ni flaca. Era llamativamente amable y cortés y de sonrisa fácil y cuando pasó junto a nosotros por la escalera temprano en la mañana dejó a su paso un olorcito rancio a fruta y verdura, que fue rápidamente registrado en la inmediata conversación matutina desde los balcones. Sarit se había instalado en el cuartucho del techo y las dos señoras estaban conmocionadas porque no habían sido informadas de su llegada por el dueño del apartamento de la terraza. No les gustó Sarit. No les gustó su llegada nocturna y silenciosa. No les gustó que rompió su vigilancia. Les molestó tanto tanto que empezaron a hacer campaña en el edificio para molestarla a ella también.
Así que pocos días después aparecieron ambas en el quicio de la puerta. Vinieron de noche, tarde, después de que vieron a Sarit salir del edificio. Venían a pedir que no habláramos con ella, que ni la saludáramos, que era sucia, que en el techo había ratas y cucarachas y quién sabe qué más, que hacía cosas raras, que nosotros tan simpáticos y tan queridos, tan educados y amables, que no como esa, que salía tarde por la noche y se perdía en la oscuridad del jardín, que habrase visto, qué podría estar haciendo alguien bien en el jardín a esas horas de la noche y además, tan rara y sospechosa, siempre bajaba cargada de cosas, bolsas y cajas, y cuando volvía a entrar al edificio llegaba de manos vacías. No, no, ellas no le habían preguntado qué era lo que hacía allá atrás tan tarde por la noche, faltaría más, tener que hablarle a esa. Lo que querían era que se fuera como había llegado, pero no habían logrado convencer al dueño del apartamentico del techo de que la sacara de allá porque el señor era tío de esa cosa con patas y ojos y melena, ah, y el olor, que no podía faltarles el comentario.
Y en esas estábamos, todavía en el rellano, oyendo y oyendo, cuando aparecieron en el hueco oscuro del fondo del corredor la mata de pelo revuelto y la sonrisa fácil. Se acercó con las manos y la cara llenitas de la arena del desierto que los primeros que llegaron a estas dunas escondieron hace años debajo de las matas verdes del jardín, y nos pidió a todos ayuda para llenar con basura orgánica un hueco enorme que había abierto en la parte de atrás del edificio. Para hacer compost, para que haya tierra donde hoy hay sólo arena, para que el suelo sea rico y bueno y las plantas saquen la comida de la tierra, como Dios manda, y no de las mangueritas que puso el jardinero cuando las sembró, para mejorar el mundo, para querer nuestro piso, para que los niños vean y aprendan, para que haya futuro. Y entonces fue el silencio y mi sonrisa.
Tel Aviv, agosto 20, 2009
II
De familia verde había nacido éste. Padre y madre y dos hermanas mayores, todos todos comprometidos con la conservación de lo que queda del medio ambiente. Eran vegetarianos y la consigna era no comer nada que antes se hubiera movido o que su consumo implicara su anterior sacrificio, así, en esos términos. La madre estaba continuamente averiguando qué podía prepararle a la familia para llenar las cantidades de proteínas que exige toda dieta equilibrada, sin traicionar su credo. Reciclaban de todo, bolsas y plástico, latas, papel, vidrio, pilas, bombillos, residuos orgánicos. Parece fácil, pero no, no era para nada fácil. Se la pasaban envidiando a los europeos porque allá en todas partes las municipalidades sí facilitan la recolección de productos reciclables y el ciudadano común ya ni se fija en eso de tan cotidiano que es. No como aquí. Así hablaban y eso decían. Andaban siempre en bicicleta o en patines. Hacía apenas unas semanas que el papá había empezado a moverse por las aceras de la ciudad usando una patineta eléctrica que recargaba por las noches en la sala de la casa, lamentando el consumo extra de energía y soportando la cantaleta de mamá por culpa del desorden. Nunca habían tenido carro, cómo se le ocurre, con lo que contaminan, y cada uno se cree con derecho a ensuciar lo suyo y además fíjese y verá cuántas personas viajan en cada carro, una o dos a lo sumo, nunca más de eso, como si se fueran a podrir si se pusieran de acuerdo con vecinos o familiares o amigos para compartir los carros y ensuciar menos o si usaran los buses y taxis del transporte público. Y fuera de eso están todos los problemas que nos ahorramos, no nos engaña ningún mecánico, ni siquiera nos enteramos de cuánto subió la gasolina, no somos cómplices de los regímenes tiránicos, enemigos y no tanto, que controlan los precios internacionales del barril de petróleo, no pasamos horas interminables buscando dónde estacionar, nunca hemos tenido que pagar ni una sola multa. Allá cada cual. Y además con lo bueno que es andar a pie o en bicicleta y mucho más en esta ciudad que es chiquitica y plana como tabla y donde casi nunca llueve. Resulta francamente incomprensible, le decían a todo el que quería escuchar y también al que no quería y se resignaba a oír el discurso verde con la misma paciencia con la que se oye un sermón.
Familia verde verde, pero él no. No era verde. No era ni cinco de verde. No le interesaba la ecología, ni la naturaleza, ni le gustaban los fines de semana en los que tenía que acompañar a su familia a la playa no a disfrutar de sol y olas sino en misión, a recoger la basura que los demás habían tirado a la arena y al agua mientras pasaban rico. No le daban ni pesar ni temor los peces muertos en el río por culpa de algún contaminador industrial. No le preocupaba nadita el aire sucio que había respirado desde antes de nacer. Le parecía que así habían sido las cosas siempre y que así iban a seguir siendo, que en la naturaleza de los humanos está el adaptarnos a todo y que el mundo se iba a tener que acomodar a las condiciones que impusiera el progreso de la especie. Y ya.
Él lo que quería era un carro. Ese era su único deseo, su sueño secreto y dorado. No podía ni mencionarle el asunto a su familia porque sabía cuál iba a ser la reacción de ellos y para qué. Papá y mamá y también las dos hermanas siempre le habían ayudado en todo, pero sobre el asunto del carro tenía total certeza de que nadie iba a mover ni un dedito. Por eso él había hecho esfuerzos solo. Había ahorrado y ahorrado. Durante años guardó parte de la plata que recibía cada semana de sus padres cuando aún estaba en el bachillerato y sus amigos se la gastaban toda y más en fiestas, ropa, juegos de video, viajes, viejas. Él no. Él había puesto a un lado parte de su exiguo sueldo de soldado mientras duró la eternidad de su servicio militar obligatorio. Y nada de estudiar en la universidad, una verdadera pérdida de tiempo. Él quería un carro y lo quería bueno y lujoso. No quería un carrito, no una carrocería con ruedas y pito. No, no y no. Quería una máquina, potente y orgullosa. Rojo. Brillante. Y sabía exacto qué marca y qué modelo, que para eso año tras año revisaba qué le cambiaban, qué mejoraban, que le quitaban, qué le ponían. Y lo iba a lograr. Ya estaba trabajando en una buena empresa después de haber lavado platos en una pizzería, de meseriar por las propinas, de haber limpiado casas porque eso es lo que más plata da, de haber puesto su pecho de guardia en la entrada de un centro comercial en la época en que los asesinos suicidas se volaban por los aires y se llevaban por delante a quienes se hubieran puesto al alcance de su ira fanática. Todos viajaban a ver el mundo y él no. Él sabía lo que quería y también sabía para qué. Ya viajaría, ya llegaría su hora, ya habría tiempo para novias y parrandas. Ese carro rojito y brillante le iba a abrir la puerta de la felicidad y la libertad anhelada. No como papá y mamá, no como las dos chicas. Él sabía, él estaba seguro.
Entonces llegó el día en que le consignaron en su cuenta de banco el último sueldo y con ese completaba lo que necesitaba para entrar por la puerta de vidrio del concesionario italiano y salir montado en su carro. Miles de veces lo había mirado desde afuera, como los niños pobres miran la comida a través de la ventana de un restaurante en algún lugar del tercer o cuarto o quinto mundo. Pero no esta vez porque hoy iba por él. No importaba ya nada, ni la cara de mamá cuando supiera ni la de papá, ni la de una hermana o la de la otra, y quién se iba a preocupar ahora de ambientes y medios, de amigos y novias y viajes. Él iba a salir de ese local montado en ese carro impresionante y se iba a ir lejos, iba a volar, a realizar su sueño.
Firmó papeles uno tras otro, pagó con orgullo y en efectivo y ahí mismo le entregaron las llaves. Con emoción indecente se sentó en el puesto del chofer, puso en marcha el vehículo y salió del almacén. Despacio y controlando impulsos y ganas para no atropellar a ningún peatón pobrecito y elevado descendió la rampa hasta la calle que estaba como siempre llena llenita de carros. En el momento en que él y su carro rojo brillante y nuevecito se hundieron en el río de carros que fluía lento pero continuo desde siempre por las calles y avenidas de esa Tel-Aviv ardiente, el nudo endemoniado del tráfico se cerró y ya nunca volvió a abrirse. El de él fue el último carro. Era el que faltaba para que ya no quedara ningún espacio vacío por el cual moverse. Peatones y ciclistas pasaban al lado de conductores y coches atrapados en esa maraña inmóvil de fierros y gente y se morían del pesar y también de la risa.
Jerusalem, agosto 20, 2009
III
Para Ruthy, Tanya y Susy
Ahí están las tres para que las vea el que quiera verlas. Tres amigas que nacieron y crecieron en Medellín, hoy se encuentran después de tantos años en el puerto viejo de Tel-Aviv. Hasta hace poco se veía mal el puerto, bodegas abandonadas y caídas, un muelle destrozado por la fuerza de las olas y el viento, calles rotas y llenas de piedras y arena, un lugar desapacible, como de cuento. Pero hoy las tres mujeres se sientan en uno de los bancos de cemento gris, redondos y suaves que evocan ballenas o algo así y que están desperdigados por toda la Taielet, el paseo que se estira a lo largo de toda la playa, desde la vieja Iafo al sur hasta la nuevita Tel Baruj al norte. Restaurantes de lujo y no tanto, cafés, heladerías, almacenes de todo se encuentran por todas partes ocupando las bodegas ya restauradas con vitrinas enormes que miran hacia el paseo y también hacia las aceras de calles bien pavimentadas donde circulan carros bonitos y camina la gente, gente, gente. Es pleno verano y el calor pegotudo y espeso ha bajado un poco en las últimas horas de la tarde. Las tres miran detenidas el azul azul del Mediterráneo mientras el plato rojo del sol emprende su viaje hacia el otro lado del planeta. A sus espaldas avanzan al ritmo agudo y monótono de la voz de un rabino las siete bendiciones que bajo el palio de velos blancos consuman el matrimonio de una mujer también de velos y velos y blancos y blancos, y un hombre todo de negro, muy elegante él y tan bonita ella. Todo el que pasa se detiene a mirar la boda con sonrisita en la cara. Hay antorchas decorando y astas con telas blancas alrededor del recinto donde se apiñan invitados, novios, familiares y amigos, y los curiosos afuera. Las tres mujeres ya miraron, se fijaron en los pequeños detalles y en los otros, comentaron, hicieron conjeturas, criticaron y le dieron la espalda a la pareja de jovencitos que mira desde hoy al futuro con una mirada nueva, o eso se supone. Ellas están ahí juntas por otra cosa. Son amigas de siempre, de infancia y adolescencia, son hermanas. No se ven mucho, no pueden, pero cada vez que logran encontrarse se separan con una alegría vieja e invariablemente renovada. Hablan y hablan de allá y de entonces, de los amigos que todavía están allá, de los que están regados por el mundo, y también de aquí y ahora, trabajo, hijos, maridos y novios, la política, el clima, tomémonos un café, con torta sí, con torta no, la dieta. Y entonces, el novio a sus espaldas rompe de un pisotón la copa de cristal y los aplausos y los cantos de alegría y felicitación y alguien libera unas decenas de palomas que por pocos minutos llenan el aire todo. Las mujeres las ven alejarse contra el cielo azul oscuro y hablan de palomas, de lo cursi y se ríen, se ríen. La última que ha llegado cuenta que en Colombia ahora está de moda, muy de moda, soltar mariposas en las bodas y yo no puedo dejar de recordar las veces que vi mariposas en largas caminadas por el campo, por la selva, alimentándose de caca y entonces la risa por dentro. Otra voz cuenta la historia de una pareja de jovencitos allá que querían estar a tono pero no tenían dinero. Invitaron montones de gente a la fiesta de su boda y en el momento en que se terminó la ceremonia alguien soltó las abejas de un panal y los invitados todos salieron huyendo y los dos jovencitos se ahorraron lo del banquete. Boba, dijeron las otras dos entre risas y la brisa suave que se mete entre las calles del puerto hasta bien adentro de la ciudad y que todos agradecen les movió el cabello y se llevó con ella las risas de las tres mujeres sentadas frente al mar.
Tel Aviv, agosto 24, 2009