Huellas epistemo-biológicas de la Cultura
“Donde quiera que vayas por el mundo, sea cual sea el animal, planta, bicho
o masa amorfa que observes, si está vivo, utilizará el mismo diccionario
y conocerá el mismo código. Toda la vida es una.”2
Yo he de hacer aquí malabares y quizás hasta prestidigitación, ya lo verán, para tratar de demostrar que si hoy somos competentes, para lo que sea, no es gracias a que somos humanos o por bendición de la cultura sino que precisamente hemos podido llegar a ser humanos, a desarrollar la cultura y a ser en ella competentes, gracias a los importantes legados biológicos de antepasados muy remotos que, en circunstancias ambientales muy particulares y mediante conductas adaptativas originadas como respuesta al azar y la necesidad, desarrollaron facultades que fueron fundamentales para el ulterior desarrollo de lo que hoy hemos dado en llamar humanidad.

(Y) sin embargo, la verdad es que procedemos de una larga serie de fracasos. Somos simios, un grupo que casi se extinguió hace quince millones de años compitiendo con los monos mejor diseñados. Somos primates, un grupo de mamíferos que casi se extinguió hace cuarenta y cinco millones de años compitiendo con los roedores mejor diseñados. Somos tetrápodos sináptidos, un grupo de reptiles que casi se extinguió hace más de doscientos millones de años compitiendo con los dinosaurios mejor diseñados. Descendemos de peces con patas que casi se extinguieron hace trescientos sesenta millones de años compitiendo con peces de aletas radiadas. Somos cordados, un filum que sobrevivió por los pelos a la era cámbrica hace quinientos millones de años compitiendo con los artrópodos, brillantes triunfadores.3
La adquisición de nuevas competencias por mutaciones genéticas espontáneas, que fueron favorecidas por la selección natural, cuando no por grandes cataclismos que permitieron la emergencia de ambientes más favorables a las competencias adquiridas, ha sido el único factor de éxito o la clave maestra para haber logrado sobrevivir a todos estas contingencias y llegar hasta aquí, donde hoy nos encontramos.
Pero en este sentido la mirada limitada de algunos estudiosos de las ciencias sociales – que por evitar caer en “la trampa” del determinismo biológico reinventaron forma
mucho más alarmantes del determinismo como el “determinismo paterno de Freud”, el “socioeconómico de Marx”, el “político de Lenin”, el “cultural de Franz Boas y Margareth Mead”, y el “estímulo-respuesta de Skinner”4– equivale a la mirada de aquellos que pensaban que el mundo era plano, porque plano era lo que alcanzaban a ver sus ojos.
Todavía hay quienes creen por ejemplo que el lenguaje, nuestra conducta más cultural, es aprendido o interiorizado, como un todo, en nuestra interacción social en el seno de una cultura dada, cuando desde la publicación de su libro Syntactic structures Noam Chomsky había demostrado que el lenguaje le debía tanto al instinto como a la cultura5 y siendo así que Popper hace bastantes años había propuesto ya, en sus estudios sobre la evolución, que el 99% del conocimiento de cualquier organismo vivo es un conocimiento a priori, es decir, innato.
Lo que muchos creen en la actualidad, “que ciertos aspectos universales de la adquisición del lenguaje están determinados por la estructura innata del encéfalo humano”,6 bien pronto dejará de ser una hipótesis, pues “las pruebas de que la gramática es innata son contundentes y diversas; hay buenos indicios de que en alguna parte del cromosoma siete hay un gen que desempeña un papel en la construcción de este instinto, en el cerebro del feto en gestación”.7 Esto, sin desconocer que la maduración de estas estructuras sólo es posible a través de la interacción con el mundo natural y social.
No es gratuito entonces que el descubrimiento de una afección genética que disminuye la capacidad lingüística y que es conocida como “deterioro del lenguaje específico”, sea hoy el “centro de un debate científico feroz, el campo de batalla entre la nueva ciencia de la psicología evolutiva y las viejas ciencias sociales”.8
Tenemos una competencia innata para adquirir el lenguaje, incorporado que hemos un vocabulario, ese sí en nuestra interacción social en el seno de una cultura dada; de ahí que Chomsky haya concluido que todas las lenguas de la tierra tienen “semejanzas de fondo que (dan) testimonio de una gramática humana universal”.9 Y tenemos una competencia innata para diferenciar entre lo bueno y lo malo, entre el bien y el mal; y lo que aprendemos en nuestro particular ambiente cultural es a identificar aquellas cosas que han de ser valoradas. Y tenemos una facultad innata para pensar lógicamente y para clasificar y ordenar las cosas y lo que nuestro medio social y cultural nos ofrece son las cosas que hemos de ordenar y clasificar. Y todo ello legado genéticamente, como conductas adaptativas que han garantizado la supervivencia de todos aquellos que nos han precedido en este largo devenir evolutivo de tres mil millones de años, de ininterrumpido periplo vital.
Pero no todos los momentos han sido igualmente significativos, ni han tenido la misma fuerza o han producido el mismo impacto en este proceso que nos ha traído hasta aquí a todos y cada uno de nosotros y que ha hecho posible esta maravillosa convivencia en un mundo puramente simbólico, comunicar lo que pensamos, entender lo que el otro dice, encadenar con los suyos nuestros propios pensamientos y por si fuera poco, valorar sus ideas de una manera crítica. Unos momentos o episodios han sido mucho más decisivos que otros y por ello, en aras de la brevedad, voy a rescatar tan solo uno que poco se ha tenido en cuenta y que hasta donde yo sé no ha sido contemplado en su real magnitud, al menos desde esta perspectiva, si se quiere especulativa, desde donde lo voy a contemplar.
Sucedió, lo que voy a relatar, hace doscientos cuarenta y cinco millones de años, cuando todavía éramos casi reptiles:
Lo que el oído vio
“El observador escucha la naturaleza”10
Hace bastante tiempo leí en un texto, del cual he olvidado el título y el autor, que la palabra investigar viene del latín investigare que quiere decir, ‘seguir la huella’; esta grata revelación me ha llevado, desde entonces, a la comprensión clara de que, tal como lo afirma Carlos Eduardo Vasco en su artículo Tres Estilos de Trabajo en las Ciencias Sociales,“el trabajo científico está evolutivamente orientado por un interés de supervivencia”.
Pero no ubico yo el origen de este interés científico, como el citado autor, en un período de la supervivencia de las especies inmediatamente anterior a la división entre monos y hombres, sino en otro mucho más antiguo, hace como 245 millones de años, un poco después de la división entre mamíferos y reptiles a partir de un tronco común. Fue en aquella época, a finales del Pérmico, que devorados por sus primos, los rápidos y feroces tecodontes (predecesores de los dinosaurios), desaparecieron de la faz de la tierra casi todos los reptiles antepasados de los mamíferos, quedando tan solo un pequeño número que “al amparo del manto de la noche (…) pudieron aventurarse a salir para alimentarse”:11los sináptidos.
A mi juicio, no fue por las dificultades de los “monos tarados”, como lo propone Vasco, sino por la debilidad e inferioridad de nuestros remotísimos antepasados mamíferos -los sináptidos- frente a aquellos poderosos reptiles, que hubo de desarrollarse luego, cientos de millones de años después, nuestra capacidad de investigar.
De manera muy diferente a como por millones de años habían medrado los reptiles y luego sus feroces enemigos los dinosaurios [que con la sola ayuda de su aguda visión asolaban el planeta, sin necesidad de seguir a nadie, parapetados en su capacidad de acecho o deambulando al azar en procura del retiniano inmediato y mortífero contacto], aquel indefenso mamífero primordial habría de elaborar, con la información que un
incipiente olfato y un precario oído le brindaban y haciendo uso de su pequeña memoria y de las nuevas áreas de asociación que en su cerebro se desarrollaban, complejos y elaborados mapas cognitivos que representaban el territorio por el que había de deambular, cauteloso, en procura de lo necesario para su supervivencia y la de su prole.
De este modo y desde entonces, muchas clases de mamíferos pueden conocer por el olfato, sin ningún contacto visual, qué animal ha pasado por su territorio y la dirección en que se encuentra; pueden establecer contacto auditivo antes y después de tener contacto visual, o sin llegar a tenerlo, y pueden así reconocer si el animal se acerca o se aleja y a que distancia se encuentra. No ya la inmediatez reactiva y certera del reptil, habitante de un eterno presente retiniano que le hace ver el mundo como una imagen congelada en la que todo lo que se desplaza de un campo a otro se come, sino el inestable y complejo ordenamiento de quien ya puede, mediante sofisticados procesos neuroquímicos, representar en su cerebro la organización espacio-temporal de elementos vitales del entorno, almacenarla en su memoria y así identificar y anticipar ubicaciones y situaciones cruciales para su supervivencia.
La capacidad de investigar es el resultado evolutivo de una primitiva capacidad de seguir huellas o rastros, es decir, el producto final de una exitosa conducta adaptativa desarrollada por aquellos remotos mamíferos, que no tuvieron otra forma de evitar los temibles predadores que guarecerse en cuevas y árboles frondosos para salir en la oscuridad, al amparo de la noche, muy cortos de vista, pero guiados por sus cada vez más desarrollados sentidos del oído y el olfato.
El hombre, como mamífero que es, heredó de sus antepasados el sustrato biológico, el aparato neuronal, la herramienta necesaria para elaborar sofisticados mapas cognitivos y con ello la capacidad de dar rodeos, de merodear, de rastrear, de perseguir, de esperar, de ubicar, de proyectar; capacidad que, ya en el orden social y en el ámbito de la cultura, habría de manifestarse como la facultad de presentir, de anticipar, de indagar, de explorar los vínculos de causalidad existentes entre diferentes fenómenos, o como la facultad de hacer especulaciones teóricas, de relacionar y organizar datos, de elaborar tesis, de proponer hipótesis, es decir, de rastrear un conocimiento hasta darle caza, impulsado todavía por el mismo interés de supervivencia que hubo entonces de dar origen a las ciencias.
No podría llegar a ‘conocer’ el reptil que de manera refleja responde desde la retina, sin ninguna integración cerebral, a las imágenes en movimiento, que ve muy bien pero que no mira, que ante un estímulo específico da lugar “cada vez a la misma pauta instintiva de comportamiento”12, a la misma reacción motora. El mamífero, en cambio, que además de ver y oír pudo mirar y escuchar (oler y palpar) e integrar y asociar toda la información recibida de sus aferencias sensitivas, no solo pudo llegar a ‘conocer’ sino que, con el beneficio de la memoria que le permitió almacenar diferentes mapas o territorios cognitivos, pudo también comparar conocimientos nuevos con otros conocimientos anteriores, sacar conclusiones e intervenir el mundo a partir de ellas.
Así, los intereses extrateóricos de la investigación, tal y como lo afirma Vasco [aunque de diferente manera a como él lo piensa] han venido de la mano de un interés de supervivencia, de la necesidad de procurarse un nicho. En la medida en que el cerebro fue creciendo el mundo habitado por el mamífero pasó a ser, cada vez más, un ‘territorio’, una representación mental que, más tarde, con la creciente capacidad de los homínidos y con la fabricación de artefactos por el Homo, devino en la construcción de una realidad cultural de relaciones simbólicas en la que los intereses extrateóricos de la investigación pasaron a ser fundamentalmente la búsqueda de un estatus, de una supervivencia económica, de un ‘nicho social’.
Pero no para ahí la cosa: para Harry Jerison,13 las precondiciones para la aparición del lenguaje humano, [entendido éste como “codificación de muchos acontecimientos, a menudo simultáneos, en series simbólicas (o) en historias”], surgieron hace unos setenta millones de años, época en que desaparecían los dinosaurios y los mamíferos empezaban a enseñorearse sobre la tierra.
Gracias al hecho de haber sobrevivido ‘escuchando’, gracias a que el oído había sustituido durante la noche la visión diurna, “los circuitos neuronales tuvieron que trasladar temporalmente pautas codificadas de impulsos nerviosos auditivos, transformándolos en ‘mapas espaciales’ en los que ‘el nuevo papel del oído aseguró la representación neural de una dimensión del tiempo, con (los) intervalos (necesarios) para vincular (…) acontecimientos temporalmente dispares”. 14
Por eso, cuando casi dos centenares de millones de años después, ya transformados en verdaderos y auténticos mamíferos -en musarañas-, pudimos volver a la luz del día y recuperar plenamente nuestra visión, lo que vinimos a hacer fue una ‘lectura’ de las imágenes a partir de la corticalización de la visión. En esta larga noche de un cuarto de millardo no solo habíamos aprendido a escuchar los sonidos sino que habíamos desarrollado la posibilidad de llegar a ‘mirar’, que es superior al ‘ver’, porque implica asociación y por tanto codificación; dicho de otro modo, habíamos aprendido a ‘escuchar’ las imágenes. Si algún día, ese sí muy reciente y puestos ya en pie, pudimos llegar a leer la palabra escrita, fue gracias a aquella primera y necesaria competencia, nacida muchísimo antes del crepúsculo de la historia. Tal vez por ello nos gusta y apacigua tanto leer de noche…
Creo que sólo en ese contexto cobran sentido las palabras de McLuhan, seguramente equivocadas desde otros puntos de vista:
Hasta que se inventó la escritura, vivíamos en el espacio acústico, donde viven aún todos los pueblos primitivos y retrógrados: sin límites, a la deriva, sin horizonte, en las tinieblas de la mente, en el mundo de la emoción, de la intuición primordial, asolados por el terror. El lenguaje es el mapa social de ese tétrico pantano. El lenguaje estructura el abismo del espacio mental y acústico que amortaja a la raza: es la invisible arquitectura cósmica de la tiniebla humana. (…) La escritura fue la visualización del espacio acústico. Iluminó las tinieblas.15
Según Jerison,16 la posterior coexistencia, integración y sinergia de la visión reptiliana con la primitiva audición mamífera, fue la base para la capacidad de nombrar las cosas, construir mapas ‘simbólicos’ o representaciones cada vez más precisas, detalladas y complejas del mundo y por lo tanto el sustrato para la posterior elaboración de relatos o historias.
Pero yo me aventuraría a ir más allá y proponer que, puesto que por la ubicación de los ojos no podía el reptil verse a si mismo, el adquirir la audición y con ello la posibilidad de escuchar los propios sonidos, no sólo significó la primera y feliz oportunidad de tener ‘conocimiento’ de sí, sino que, gracias a ese primer bucle o “feed back” autogenerador, se iniciaría el ininterrumpido proceso de ganancias o enriquecimiento del repertorio de sonidos que, ligado a esas representaciones cada vez más precisas y complejas del mundo, nos pondría en la meteórica ruta del lenguaje y de lo que llegaría a ser nuestra conciencia, entendida como la capacidad de escuchar nuestros propios pensamientos, de dialogar con nosotros mismos, de reflexionar, acto para el cual adoptamos, generalmente, una significativa actitud de ‘escucha’.
Sin ese bucle y la consecuente aparición en el cerebro de las amplias áreas de asociación que hicieron posible representarse los sonidos y ordenarlos secuencialmente en el tiempo, no hubiese sido posible la reflexión y, por tanto, no hubiese sido posible llegar a independizar las acciones de los impulsos y por ello, jamás hubiésemos llegado a disfrutar de ese ámbito de libertad que nos da el libre albedrío de elegir entre una u otra conducta, para aquel entonces, exclusivamente motoras.
Fueron entonces aquellas facultades o competencias de las que venimos hablando, acrecentadas claro está con el paso de los años y el consecuente crecimiento del cerebro, las que hicieron posible el lenguaje. En aquel oscuro escenario, la flecha del tiempo puso en marcha ese magnífico contrapunto dialéctico entre mutaciones y entorno, azar y necesidad, adaptación y selección natural, que hubo de producir la urdimbre neuronal o el entramado de asociaciones que vino muy luego a servir de soporte para su adquisición.
Si Fuentesana, en su revisión de las teorías sobre la adquisición del lenguaje, insiste en que “el niño ha de poseer la habilidad de reconocer lo que debe imitar antes de hacerlo”, es precisamente porque “cualquier organismo que saca información de su experiencia, lo hace basándose en principios que no pueden ser suministrados por la experiencia”;17 principios que, como lo hemos tratado de demostrar atrás, se estaban gestando desde mucho antes de lo que para algunos es el principio en materia de lenguaje: la cultura.
Cuando Chomsky establece una distinción entre competencia y actuación en términos de que “la competencia designa el conocimiento tácito que tiene el niño de las reglas del
lenguaje”, “se refiere al hombre abstraído de las restricciones contextuales, y (…) se fundamenta en el ser biológico del hombre”, no sólo está reconociendo que “no hay diferencias entre los hombres en términos del acceso al sistema de reglas lingüísticas”; está develando las profundas raíces de una de nuestras más preclaras facultades, de una de las mayores competencias con que viene el hombre a este mundo de la vida.
[Si bien es cierto] historia y humanidad están profundamente vinculados con la comunicación y el lenguaje y la invención del ser humano (…) en ese lento y conmovedor proceso de siglos en que interactuaron biología y cultura en un dinamismo de intersecciones, complementariedades y adquisiciones definitivas, tuvo en el lenguaje un actor protagónico(;), de tal manera (que) una perspectiva del desarrollo humano que consulte tanto su evolución filogenética como sus cambios ontogenéticos se encuentra necesariamente con la palabra, el gesto y todas las formas mediante las cuales el hombre ha intentado siempre compartir signos comunes, evocar sentidos, relacionar (…) realidad y representación, mundo y expresión,18
No es menos cierto que esta filogenia no se agota en el trayecto antropológico; por ello, a mi juicio, en una real perspectiva del desarrollo humano se debería de algún modo explorar las verdaderas raíces, así sea para encontrarnos con que las facultades o competencias que hicieron posible una representación del mundo y por ende la cultura, empezaron a gestarse en una larga noche de 200 millones de años de insomnio. El desconocimiento de los orígenes, la soberbia producida por el encumbramiento bíblico del hombre y la ciega entronización y adoración de la cultura, han hecho posible la gestación y el crecimiento vertiginoso de un agujero negro, llamado eufemísticamente civilización, que se traga cada día 30.000 especies de organismos vivos, sobre la frágil biota.
Pero volviendo al tema y para no ir muy lejos, demos tan solo una mirada a nuestros primos hermanos los monos, de los que nos separamos hace tan solo diez millones de años: hay dos áreas en el cerebro de los monos que corresponden exactamente a las áreas de Broca (área motora del lenguaje) y de Wernicke (centro de comprensión auditiva) en nuestro cerebro. En los monos, “la homóloga a la de Broca se usa para controlar los músculos de la cara, la laringe, la lengua y la boca. La homóloga a la de Wernicke se utiliza para reconocer secuencias de sonidos y las llamadas de otros monos”.19
Lo que los estudios en personas con “deterioro del lenguaje específico” ha permitido suponer, es que “cuando los seres humanos ancestrales desarrollaron por primera vez un instinto del lenguaje, (éste) se localizó en la región dedicada a la producción y procesamiento de sonidos. Este módulo de producción y procesamiento del sonido,
perduró con sus conexiones con los músculos faciales y los oídos, pero se le añadió el módulo del instinto del lenguaje con su capacidad innata para imponer las reglas de la gramática al vocabulario de los sonidos utilizados por los miembros de la especie”.20
Aunque definitivo, lo que los seres humanos ancestrales agregaron al cerebro de los monos no pudo haber sido sin aquello, aún hoy imprescindible. Y así, podríamos seguir hacia atrás, desenrollando la madeja que, serpentina, se enrolla en el palpitante núcleo de todas nuestras células.
Pero he dado en pensar, que no para ahí la cosa; que son muchísimo más profundas de lo que imaginamos, las implicaciones de aquellos hechos.
Como lo hemos visto, el dominio del mundo, la gran capacidad de anticipación y de predicción y por ende de explicación, intervención y control sobre la realidad que tiene el hombre, está directamente relacionada con el evento mismo por el cual unas células del maxilar inferior [que en el reptil descansaba sobre el suelo y captaba las vibraciones que por él se transmitían, al cráneo] se modificaron de tal modo que dieron origen a una compleja estructura [el tímpano y los huesecillos del oído medio] capaz de captar el efecto mismo de las vibraciones de los cuerpos, transmitidas en línea recta por el aire.
En la medida en que el mamífero pudo reconocer las secuencias de los sonidos y vincularlas temporalmente con las esquivas imágenes, percibidas en la penumbra de las noches de luna, no solo fue interiorizando la noción del tiempo (inexistente en el reptil que vive en un mundo sin tiempo), sino que hubo de enfrentarse a la primera y vital dicotomía de su existencia: ¿‘se acerca’…/ ‘se aleja’..? Agazapado en la noche habría de percibir, a mucho mayor distancia cada vez y sin necesidad de verlo, la proximidad de otro animal, por el sólo crujido de las ramas bajo sus pisadas.
Aquella primera y necesaria dicotomía, asociada a otras experiencias sensitivas almacenadas en su memoria, empezaría a generar otras dicotómicas representaciones del mundo, no menos vitales: rápido / despacio, predador / alimento, huida / persecución; pero ante todo, daría cabida a la representación del antes y el después, fundamento epistémico-biológico de nuestra ‘visión’ dual del mundo. No en vano el antes y el después es lo único que nos ha permitido identificar la dirección del tiempo, la “flecha del tiempo”, así como no es gratuito que el a.C. d.C. parta en dos nuestra historia y represente un hito fundante en la civilización occidental. Y si volvemos al asunto de los arcaicos orígenes de nuestra capacidad de investigar tendremos que aceptar que sin esta noción esencial del antes / después y todo lo que ella implica, hubiese sido imposible el desarrollo de las ciencias empírico analíticas, como quiera que ella es el fundamento de esa simetría que hay entre el explicar y el predecir: “se predice deduciendo lo que sucederá; se explica deduciendo lo que ha sucedido”.21
Como afirma Maturana, “lo que un organismo particular da a luz en el proceso de la vida no es el mundo, sino un mundo determinado y siempre dependiente de su propia estructura”.22 El conocimiento que se tiene del mundo no es entonces independiente de quien conoce; nuestra conciencia del mundo, lo que nosotros llamamos realidad, es una compleja y elaborada representación, una metáfora absolutamente determinada por la forma en que tenemos acceso al mundo a través de nuestros sentidos. Sobre este constructo o representación del mundo, vamos acumulando experiencias que nos parecen congruentes con el mundo y así también vamos construyendo nuestro conocimiento, incluido claro está, el conocimiento científico. “No hay manera de lograr acceso directo al mundo exterior”, es la sentencia de Bruner, pues como dice Popper: “hacemos continuamente conjeturas, inventamos a priori teorías que constantemente intentamos confrontar con la realidad para, de esta manera, mejorar nuestras conjeturas y acercarlas más a la realidad”23.
Al igual que los sináptidos de nuestra historia, y así sea mucho más compleja, elaborada y precisa, no podemos tener más que una representación del mundo absolutamente determinada por la forma como tenemos acceso a él, a través de nuestros sentidos. De nuestra primitiva forma de percibir el mundo material, mediante nuestros sentidos y muy especialmente mediante el oído, hemos heredado una forma de representarnos el mundo, con un carácter dicotómico.
A la representación del ‘antes / después’ le ha de haber seguido la del ‘arriba / abajo’, noción que bien pudo haber sido internalizada al escuchar el ‘antes’ del crujido de las ramas y el ‘después’ del golpe seco del cuerpo que caía sobre la tierra; la noción de ‘oriente / occidente’ tuvo que estar mediada por el “antes / después” del nacimiento y el ocaso; la de vida y muerte tuvo que ser la vivencia permanente y angustiante del ‘antes / después’, en el otro; y la noción de ‘sujeto / objeto’, lo de aquí, lo que permanece, en contraposición con lo otro, lo transitorio, lo que pasa, tuvo que haber sido otro resultado de esa creciente capacidad de asociación neuronal que hizo posible, millones de años atrás, establecer diferencias entre lo representado al escuchar, que es ‘ver’ dentro de si, y lo representado al mirar, que es ver afuera: ¡Prodigiosa conducta adaptativa que hoy celebramos todos los días con el milagro de la filosofía!
Dice Maturana que “nada pasa en los sistemas vivos que su biología no permita”. De este modo, aunque “tampoco la biología determina lo que sucede en el vivir, (y) solo especifica lo que puede suceder”,24 como resultado de nuestra evolución biológica habríamos de construir una representación dicotómica del mundo en la que, para aproximarnos mejor a la realidad, los opuestos pueden ser excluidos como principios antagónicos (antes o después; arriba o abajo) o incluidos como totalidad (antes y después; arriba y abajo):

[Para Jung] no existe una sola idea o concepción esencial que no posea antecedentes históricos. Todas se basan en última instancia en formas primitivas arquetípicas, que se hicieron patentes en una época en que la conciencia todavía no pensaba sino que percibía. El pensamiento era objeto de la percepción interna; no era pensado sino experimentado como fenómeno, algo así como oído o visto. El pensamiento era esencialmente revelación, no era algo que se descubría sino algo que se imponía, que convencía por su facticidad inmediata.25
En sus exploraciones del inconsciente colectivo, ‘lugar’ donde se almacena la memoria colectiva, los recuerdos ancestrales, los arquetipos que como especie hemos almacenado durante millones de años, Jung encuentra que los juicios que la inteligencia humana realiza parten de una profunda contradicción entre dos ideas o principios:
‘En todo caos hay cosmos y en todo desorden hay un orden secreto; en toda arbitrariedad hay ley permanente, porque todo lo que actúa descansa sobre su opuesto. Para darse cuenta de eso es necesario contar con la inteligencia discriminadora del hombre que descompone todo en juicios antinómicos’ 26
Sobre aquel sustrato epistemo-biológico que el devenir evolutivo de las especies hubo de construir para el hombre, sólo nos fue dado representar el mundo de una manera dicotómica: imposible nos fue conocer el arriba sin el abajo, ubicar el derecho sin el izquierdo, imaginar un cielo sin un infierno, concebir una alegría sin una tristeza, tener la noción de paz sin la de guerra.
Y así como la musaraña primitiva (tatarabuela nuestra hace 60 millones de años), con base en ‘juicios’ dicotómicos -se acerca o se aleja- adoptaba conductas o tomaba ‘decisiones’ dicotómicas –persecución o huida, ataque o defensa-, nosotros sus descendientes, a partir de la vivencia de un mundo simbólico mediado por la cultura y el lenguaje, hacemos juicios en los que, tal vez por una negación inconsciente de nuestro remoto pasado de cuevas oscuras y terrores nocturnos, preferimos el arriba al abajo, el cielo al infierno, la luz a la oscuridad, lo eterno a lo mortal, lo bello a lo feo; y a lo primero lo llamamos bueno y a lo segundo, malo.
Tales elaboraciones, hemos dado en llamarlas juicios morales; y a aquello que nos atrae (por razones que algunos dicen desconocer pero que no ha de ser otra que la misma necesidad de garantizar nuestra supervivencia) lo hemos llamado ‘valor’; pero es esta capacidad, también heredada e innata, de discriminar lo bueno de lo malo, en un mundo dicotómico, la que nos ha permitido llegar a ser sujetos morales.
Como hemos visto, nuestras facultades o competencias todas, incluidas claro está las más caras a nuestros propios ojos, son innatas, heredadas de nuestros antepasados y producto de un largo y conmovedor proceso evolutivo. Pero necesitan el detonante del medio, la exposición a la cultura, para desarrollarse en sus plenas posibilidades. Y es aquí donde la educación juega su papel esencial.
Por esto tal vez la palabra educar, que viene del latín e (fuera) ducere (conducir), significa conducir hacia afuera lo que adentro por esencia está. Las concepciones idealistas de la educación esbozadas o elaboradas por pensadores como Platón, Rousseau, Kant y Herbart, se ajustan perfectamente a esta idea que hemos venido desarrollando, puesto que para ellos, el proceso educativo se constituye en una operación de extracción que tiene como objetivo27 el “despertar, alimentar y desenvolver las facultades del hombre”, según Platón, o “no meterles los conocimientos racionales, sino sacarlos de ellos mismos”, según Kant;28 pero el proceso educativo no se agota ahí, como bien lo señala Durkheim:
La educación no se limita a desarrollar el organismo individual marcado por la naturaleza. No se limita a hacer aparecer potencias que pedirían más que despertarse. La educación crea en el hombre un ser nuevo. Esta virtud creadora es, por otra parte, un privilegio especial de la educación humana (…) Ese ser nuevo que la acción colectiva, por vía de la educación, construye en cada uno de nosotros representa lo que en nosotros hay de mejor, lo que tenemos de propiamente humano. El Hombre que la educación debe realizar en nosotros no es el hombre tal y como la naturaleza lo ha hecho, sino tal y como la sociedad lo requiere, tal como lo reclama su economía interior. 29
Nuestro entorno social, cultural, político y económico así como nuestro sistema educativo no ofrecen hoy las condiciones necesarias para favorecer un adecuado desarrollo de nuestras competencias y mucho menos para lograr en cada uno de nosotros lo que hay de mejor, lo que la sociedad requiere, en términos de Durkheim.
¡Esto es lo que significa, para mi, no ser competitivos! Porque la palabra competitividad me habla de la posibilidad histórica que tiene un grupo humano, un conglomerado social, una comunidad, un pueblo, una nación entera, de llegar a desarrollar óptimamente y para bien de todos, ese magnífico legado, ese invaluable patrimonio que a la humanidad le han dejado tres mil millones de años de vida sobre la tierra.
Aunque la gran mayoría de las personas nace con las facultades necesarias para llegar a alcanzar altísimos grados o niveles de desempeño (que en el contexto actual llamaríamos competitivo), el medio nuestro, desafortunadamente, no le brinda a muchos la posibilidad de llegar a desarrollarlas de modo tal que puedan actuar de una manera eficiente en los diferentes contextos de la interacción social, constituyéndose así nuestra situación, en términos de Hymes, en una verdadera tragedia humana.
Si nuestras facultades o competencias requieren inevitablemente de la interacción social en una cultura particular para desarrollarse, es en ese medio social y en esa cultura particular en donde debe centrarse entonces todo nuestra atención y en donde deben llevarse a cabo todas las acciones y todos los esfuerzos tendientes a ofrecer las condiciones que hagan posible el desarrollo de seres humanos competentes para buscar y alcanzar el mayor grado de bienestar que les sea posible.
Referencias
1 Este trabajo fue presentado en un simposio sobre competitividad llevado a cabo en Manizales en el mes de noviembre de 2002
2 RIDLEY, M. Genoma. Punto de Lectura. España; 2001; p. 51
3 Ibid. pp 58
4 Ibid. pp 172
5 Ibid. pp 173
6 KAENDEL, E.R., JESSELL, T.M., SCHWARTZ, J.H. Neurociencia y Conducta. Prentice Hall: 1999; p. 682
7 RIDLEY, M. Op. Cit. pp 195
8 Ibid. pp 182
9 Ibid. pp 174
10 BERNARD, C. Introducción al Estudio de la Medicina Experimental. Buenos Aires: Ateneo, 1954; p. 32
11 MARGULIS, L.; SAGAN, D. Danza Misteriosa. Barcelona: Kairós, 1992; p.170.
12 JERISON, H.J. Issues in brain evolution, en Oxford Survey in Evolutionary Biology, vol. II, Daukins, R., y Ridley, M., National Institute o Mental Health, Bethesda, Mariland, 1985; p. 128. Citado por MARGULIS, L.; SAGAN, D. Danza Misteriosa. Barcelona: Kairós, 1992; p. 171
13 JERISON, H.J. Op. Cit., p. 169
14 Ibid, p. 171
15 McLUHAN, M. Contraexplosión. Editorial Paidos. Nueva York, 1969; p. 13.
16 JERISON, H.J. Op. Cit., 172
17 FUENTESANA P. El Lenguaje Humano: Teorías Psicolingüísticas Sobre su Adquisición. En: Teorías Psicolingüísticas y Su Aplicación a La Adquisición del Español como Lengua Materna. Siglo XXI. Madrid, 1984; p.14
18 LUNA M.T., SANDOVAL C.A., REY G. Lenguaje Comunicación y Desarrollo Humano. CINDE. Manizales, 2002.
19 RIDLEY, M. Op. Cit; P. 190
20 Ibid
21 SEARLE, J. Mentes, Cerebros y Ciencia. Cátedra, colección teorema. España: 2001; p. 82
22 MATURANA, H. El Amor y el Origen de la Humanidad. En el Sentido de lo Humano. Dolmen ediciones.
23 POPPER, K. Un mundo de Propensiones. Madrid: Tecnos, 1992.
24 MATURANA, H. Op. Cit; p. 276
25 JUNG. C.G. Arquetipos e Inconsciente Colectivo. Barcelona: Paidós, 1970; p. 39. Las cursivas son mías
26 JUNG. C.G. Op. cit; p. 38. Las cursivas son mías.
27 BEDOYA, J.I. Epistemología y Pedagogía. Ecoe Ediciones. Santafé de Bogotá: 2000; p. 30
28 Citados por BEDOYA, JI. Op. Cit; P. 30
29 DURKHEIM, E. Educación y Sociología. La Lectura. Madrid: 1935. pp 42, 56, 90. Citado por BEDOYA, JI. Op. Cit; p. 43