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J.M. Blanquer, político intelectual e intelectual político

Ciencia y Confianza son los pilares de un sistema educativo
republicano y democrático. 
Lo contrario de la educación
es la demagogia
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    J.M. Blanquer 

Ciencia y Confianza son los pilares de un sistema educativo republicano y democrático. Lo contrario de la educación es la demagogia. J.M. Blanquer L’école de la vie es el primer tomo de una trilogía que propone un nuevo paradigma educativo: ciencia con confianza, es decir, saber sin miedo y con amor. Su evidencia aparente tiene en realidad, como vivir, creer y pensar, una dimensión de complejidad generalizada, de incertidumbre y nudos gordianos, al interior del sistema. Hay en el discurso y la acción política de Blanquer un equilibrio sutil, como ya lo proponía Pascal, entre espíritu de sutileza y de geometría , hay ética. La relación entre la confianza, la ciencia y la educación, entre razones y valores, es tan vieja, como la tarea misma de ser y saber, saber-hacer, es decir, ¡aprender! Esa relación es también tan contemporánea como apostar en que el nacimiento de cada bebé renueva los desafíos y las oportunidades de transmitir, reproducir y regenerar conocimientos. Huelga reconocer que es asombroso ver cómo, a partir de un bloquecito híper complejo de “gelatina blanda” , se regenera en la naturaleza, el individuo y la sociedad el ciclo virtuoso de ciencia con conciencia, es decir, que en cada cerebro de un niño, al concebirse y nacer, se individualiza, objetiva y subjetiva la historia profunda del universo, de la vida y de la humana condición. No en vano, Blanquer considera que en cuanto al sistema educativo, los responsables políticos deberían tener la prioridad de cuidar primero e integralmente la pedagogía, la metodología y la formación de maestros del preescolar, pues las primeras desigualdades cognitivas entre alumnos en la escuela, se cristalizan en esa pre-fase instructiva, convirtiéndose en caldo de cultivo que alimenta mecanismos socio-económicos de exclusión, deserción escolar y violencia. No tener esto en cuenta es aceptar costos humanos y económicos que fragilizan gravemente las bases estructurales de una sociedad, su pacto social republicano.


Nelson Vallejo-Gómez (izq.) y J.M. Blanquer (París, 2019)

Hay otro punto clave en lo que se refiere a responsabilidad política educativa; se trata de lo que está ocurriendo con el advenimiento de la era de la revolución digital y de la globalización de algoritmos y programas para producir, organizar y vender “información”; estamos enfrentando un cambio de civilización, pero todavía no tomamos en cuenta el paradigma de complejidad para cambiar la metodología educativa. No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa, como decía Ortega y Gasset, es decir, ignorar que se está en plena ignorancia. Sócrates, por lo menos, decía saber que nada sabía. En efecto, la Red digital se ha convertido en la tragedia del conocimiento contemporáneo, en vez de ser su apoteosis de ejemplaridad cognitiva. La Red digital cuestiona de frente la relación con la ciencia, la creencia y la confianza. Lo digital replantea los principios y valores de la racionalidad, integrando una dosis de complicación algorítmica considerable. Pensar, creer y actuar, en base a experimentación, análisis y argumentos racionales, son tareas mentales cada vez más condicionadas por una inteligencia artificial donde las estadísticas de gustos, sentimientos y pasiones excluyen al tercio, al azar y a la incertidumbre, excluyendo así la duda metódica y facilitando la mentalidad del saber totalitario y complotista. Pero, a suponer que la Red Digital sea como el genio maligno de la hipótesis cartesiana, poco debería importarnos que haya millares de información posibles en la web sobre la ausencia de pensamiento, si uno es capaz de asumir la tarea de educar para pensar.

La imprenta, la Revolución francesa y la modernidad trajeron la secularización y la educación pública en Francia y en los países donde se impuso poco a poco una organización política de corte republicano; el libre albedrio y la conciencia individual fueron decretados, entre otros, derechos fundamentales; con ese movimiento cultural se pensó que la racionalidad, institucionalizada, se podía transmitir simplemente en el sistema educativo e ilustrar al pueblo, ganándole la batalla a la demagogia. Pero la era digital ha relanzado la “democratización” de las fuentes diversas de información y cierta “vulgarización” de conocimientos, que convierten a la Red Digital en un mercado abierto del saber, donde reina el sofista, el culebrero, el argumento oportunista y el ad hominem, el sexual, el violento y el sanguinario. En esa Red, sin otra regulación cognitiva que la de la inteligencia artificial, se impone la credulidad, la ingenuidad del “todo se vale”, la opinión subjetiva y la mentalidad complotista, en suma, la Red Digital se ha convertido en una Tiranía planetaria. Huelga con urgencia, educar al manejo razonable de esa hidra digital.

Millones de internautas no creen en los principios racionales de la ciencia experimental ni en los resultados comprobados de una teoría científica. Pululan los médicos charlatanes y los sabios de pacotilla; redes de “falsos amigos” manipulan las elecciones y fragilizan el sistema democrático. La Red Digital se ha convertido en una minería de datos donde solo importa acumular, de manera amañada y ególatra: colores, gustos, imágenes, ejemplos de “grupos de amigos” que reconfortan impresiones, sensaciones, sentimientos, creencias; maraña perversa al servicio de la oferte y la demanda del mercado liberal. La Red digital, la nueva “mano invisible” del capitalismo esquizofrénico. Pocos ciudadanos, realmente ilustrados, utilizan la Red Digital como un simple instrumento estratégico para organizar informaciones en función de lo verídico y lo probable.

Para combatir los demonios que produce y auto-eco alimenta la Red Digital, se necesita enseñar al espíritu crítico, al respeto del individuo-sujeto, a la diferencia entre información y conocimiento. La política educativa Juega un papel cognitivo y democrático de primer orden, por eso, huelga enseñar en la escuela à cómo se concibe, se elabora, se verifica y se difunde la información pública y privada en los medios de comunicación y por la Red digital.

Blanquer le apuesta entonces, con su trilogía propedéutica, a esa tarea quijotesca, gracias a un nuevo paradigma educativo, a un nuevo discurso del método pedagógico en la educación, porque está en juego la racionalidad misma y la supervivencia de los principios y valores de la Ilustración, de la emancipación y del progreso con justicia social.

Comprometido con la causa ciudadana e instructiva de la libertad, la igualdad y la fraternidad republicana, Blanquer contextualiza en L’école de la vie, desde sus vivencias, fraguadas de conocimientos, experiencias y aptitudes propias a un gran intelectual, tres paradojas propias a la tarea de educar e instruir a la generación del relevo: la temporalidad (¿qué del Ayer y qué del Hoy, vale para el Mañana?), la provocación del saber (desear saber y saber desear), la potencia compartida (la política educativa o la relación del conocimiento con el poder). Blanquer propone tres principios para conjurar cada una de esas paradojas, pues los sofistas en la citéadoran jugar con ellas y elaborar pedagogías del miedo, convirtiendo a la educación, que es un Bien público, en bandera ideológica y botín de guerra, según la época y los intereses en juego.

El primer principio hace referencia al tema de la transmisión educativa; permite establecer, en el seno de una sociedad, el lazo generacional que, de la cuna a la tumba, muestra lo esencial, ahí donde lo urgente a veces sacrifica los fines a los medios. El segundo principio facilita la coherencia en el tiempo y combate la angustia que arrastra la temporalidad envuelta en lo infinito; se trata del principio de progresividad en las secuencias propias al aprendizaje, la profundización y la consolidación de conocimientos fundamentales: leer, escribir, calcular[i]. La progresividad necesita enfrentar lo que Edgar Morin llama, en los Siete saberes necesarios para la educación del futuro, el error y la ilusión, como elementos sustanciales del conocimiento[ii]. En efecto, asumiendo el principio de progresividad, se requiere enseñar a los niños, lo más pronto posible, que el error y la ilusión son consustanciales al acto de aprender, que son necesarios al “criterio de verdad”; enseñarles a desarrollar lo que Descartes llama, en el Discurso del Método, “la duda metódica”, pero atendiendo a la complejidad y sin caer en el circulo vicioso del dudar por dudar[iii]. Así pues, la progresividad pedagógica permite en el plano cognitivo, según Blanquer, inspirado en la obra de Stanislas Dehaene[iv], concebir la puesta en duda como un factor de progreso; lo que necesita dinámica de confianza; teniendo cuidado en no desembocar en relativismo, ni tampoco en nihilismo. El tercer principio es un llamado a concebir la tarea educativa como un pacto de cohesión nacional: la confianza entre los padres de familia, los profesores, los directores de establecimientos educativos y los responsables locales, regionales y nacionales de la educación pública.

Considero que Jean-Michel Blanquer, ministro de Educación y Juventud de la República Francesa en el Gobierno del Presidente Emmanuel Macron, es uno de los mejores discípulos de Edgar Morin, pues piensa, actúa y vive en el entramado de una complejidad política e intelectual. “Actúa pensando y piensa actuando”, como diría Bergson, y esa es la razón por la cual, Blanquer es el ministro con mayor idoneidad en la visión contemporánea de la política francesa, en la comprensión de un mundo que requiere un nuevo paradigma de entendimiento. Blanquer no se pierde en el debate teórico, ni se encierra en la acción práctica; sabe retomar en la corriente tradicional de Derecha, la marca de identidad propia a la Tradición, e intuye en la corriente progresista de Izquierda, el aporte innovador de Modernidad. Con Blanquer, Francia reanuda una política basada en Ilustración y una Ilustración cuya preocupación principal sea responder a la pregunta epistemológica y ética: ¿qué es la política? ¿Cuál es su por qué y su para qué? Por eso, Blanquer se ha proyectado, no sólo como el Ministro de Educación Nacional y Juventud, sino como el Ministro del conocimiento y de la materia gris, ahí donde se anuda tradición y modernidad, para educar a la generación francesa del relevo.

Blanquer nació en Paris de un padre abogado y de una madre profesora de inglés, refugiados del interior por fuerza mayor, pues sus mayores habían echado raíces en la Argelia francesa, antes de la liberación argelina. Buen estudiante, apasionado de fútbol, Blanquer empieza sus estudios superiores en el prestigioso Instituto de Ciencias Políticas de Paris (“Sciences Po”), cuna de la élite política, intelectual y empresarial francesa. Con apenas 23 años y dos mosqueteros cómplices, François Baroin y Richard Senghor, en perspectiva de conmemorar el Bicentenario de la República francesa, Blanquer se lanza en un proyecto ambicioso y con visión planetaria: crear una red mundial de jóvenes que redactaran una “nueva” Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en clave contexto contemporáneo y de cara al siglo 21. Así nació la Asociación internacional “AD89”, que reunió en Estrasburgo –capital francesa del Parlamento Europeo, el domingo 23 de julio de 1989, cuatro cientos jóvenes, provenientes de ochenta países, prestos a redactar la 3ra Carta Magna de los Derechos del Hombre. Huelga recordar que la primera redacción data de una propuesta audaz que la Revolución Francesa (1789) le hace al mundo, marcando así el inicio de la época moderna, y la segunda, es el pilar humanista que la ONU (1948) propone para salir del conflicto armado más brutal en la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial y su macabro epitafio: “solución final”.

El hilo conductor de “AD89” era redactar una Declaración que tomara en cuenta los nuevos desafíos y las nuevas oportunidades de esa época, época que llevaría meses después a la caída del muro de Berlín, a las guerras estadunidenses en el Medio Oriente y a las promesas perdidas por un liberalismo socio-económico y un multilateralismo con justicia social, responsabilidad y solidaridad mundial.

Los jóvenes neo-revolucionarios tomaron en cuenta trece temas: Derechos de las mujeres y los niños, Derecho a la cultura y a la educación, Derecho a lo penal, a lo digital e informativo, Derecho a la genética y a las ciencias de la vida, Derecho al medio ambiente, al espacio sideral y al desarrollo, Derecho al trabajo, a la protección social, Derecho a la paz, Derecho de Minorías. Hubo debates donde se marcaron oposiciones entre partidarios de regímenes liberales y autoritarios con ilustración, conflictos culturales y hasta de civilización y cosmovisión. Blanquer parece haberse ilustrado ya, por su capacidad reconocida hoy, a buscar la meridiana entre extremos. Leo, en informes de entonces, que el momento crucial se produjo cuando los jóvenes quisieron redactar el artículo sobre los derechos de la mujer, en particular el tema del aborto. Se consideró que una mujer puede tener “libre consentimiento de su cuerpo, pero según sus convicciones”[v]. Acotemos que quedó pendiente y sigue de actualidad, la pregunta por el paradigma que anuda y condiciona tal o cual esquema de “convicción” política, cultural y religiosa.

Desde finales de 1989 a comienzos de 1991, Blanquer confirma su mente abierta a otros mundos y decide “pagar el servicio militar francés” bajo la forma de cooperación académica, poniéndose a disposición del Instituto Francés de Estudios Andinos, en Bogotá. Se inicia entonces con Colombia una relación tan fuerte que, al ser entrevistado sobre ella, semanas después de haber sido nombrado ministro de la República francesa y teniendo en cuenta que el joven ministro publicaba al mismo tiempo, por coincidencia de agendas, el libro “¿Qué es Colombia?”[vi], Blanquer dijo que tenía con Colombia una historia de amor y consideraba a ese país como su “segunda patria”. La frase del ministro generó malestar en los adeptos del nacionalismo extremo en Francia, pero los progresistas de izquierda saludaron a un ministro de educación capaz de concebir otros idiomas, otras culturas y otros países.

Al regresar de Bogotá a Paris, Blanquer hace un doctorado en Derecho (Universidad Paris 2, Panthéon-Assas) y pasa, en Derecho Público, el examen nacional académico más prestigioso de la universidad francesa, la “Agrégation”. Laureado con tan altos diplomas, empieza una carrera de profesor en Derecho Constitucional, Teoría del Derecho y Derecho Comunitario, que lo lleva por varias universidades de provincia (Tours, Lille), hasta volver a Paris, en 1998, como Profesor titular en la Universidad de Paris 3, asumiendo la dirección del Instituto de Altos Estudios sobre América Latina (IHEAL). En efecto, Blanquer había guardado una relación privilegiada con Colombia y América Latina, convirtiéndose en un especialista de las Cartas Magnas y de los procesos políticos de las repúblicas latinoamericanas. Tiene decenas de artículos publicados en revistas indexadas y algunos libros sobre el tema.

Fue por aquella entonces que tuve el honor y el placer de conocerle. Yo estaba de Asesor asociado a la Consejera para Relaciones Internacionales del Ministro Claude Allègre. Blanquer pidió una cita con el Ministro y me tocó a mí recibirle en el Gabinete de la Rue de Grenelle, ahí mismo donde ahora Blanquer ocupa la prestigiosa cartera de Ministro de Educación Nacional y Juventud. Era una tarde de octubre de 1998, él vino a presentar un proyecto ambicioso: crear una Red Euro-Americana y del Caribe, en forma de Grupo de Investigadores Asociados, cuyos estudios entrelazaran conocimientos y experiencias sobre los países del continente americano, Francia y también Europa. Con su idea, se prefiguraba lo que él creó luego y ahora se llama Institut des Amériques[vii]. Visionario, Blanquer percibió la necesidad de cruzar conocimientos de culturas y países, para luchar contra la ignorancia y el desconocimiento entre sociedades, en particular entre Europa y las Américas. El drama que representó para el mundo occidental, el ataque terrorista de las Torres Gemelas (11 de septiembre 2001), y que en su momento se llamó “choque de civilizaciones”, así como la famosa frase del Presidente Reagan: “¿por qué nos odian?”, corroboraron la necesidad para los investigadores, pero también para los responsables políticos, de un Instituto de Estudios sobre las Américas.

Aquel encuentro marcó el comienzo de una relación de amistad y conspiración en pos de lo mejor por los países de América Latina en general, y de Colombia en particular. Me gusta decir que uno conspira, respira y se inspira con los amigos por lo mejor, para desarmar con argumentos a los enemigos, que complotan por lo peor. En aquelentonces, creamos tres cátedras abiertas de estudios en el IHEAL de Paris 3 sobre Chile, México y Colombia, para invitar a profesores latinoamericanos y del Caribe; nos asociamos en la preparación del 1er Encuentro de Ministros de Educación de Europa, América Latina y el Caribe (noviembre del 2000), abriendo así el proceso de cooperación multilateral en educación superior e investigación entre esas tres regiones del mundo, inspirados en la Declaración Universitaria de la Sorbona (1998) y el Proceso ALCUE de Bologne (1999). Yo estaba de asesor en el Gabinete del ministro Jack Lang y Blanquer, de Director del IHEAL; nos asociamos en la creación de la Academia de la Latinidad con nuestro amigo brasilero, Candido Mendes, y con el apoyo de grandes intelectuales: Edgar Morin, Alain Touraine, Gianni Vattimo, Michel Wieviorka, entre otros; el 30 de mayo de 1999, en el suplemento Literario Dominical de El Colombiano (Medellín), se publicó en primera página una entrevista que yo hiciera a Blanquer, con un título terrible y premonitorio: “Colombia, el vértigo ante el abismo”. “Hay una desesperanza colombiana; pero no hay un desespero colombiano. Allí reside, eso pienso, la gran fuerza moral de Colombia”, decía Blanquer, marcando así la confianza y el inmenso cariño que el ministro de Educación nacional y Juventud de Francia le tiene a Colombia.

Durante el primer decenio del siglo 21, Blanquer ascendió a cargos de Alto Funcionario en la rama educativa francesa, mientras yo dirigía la Oficina de Cooperación para las Américas del Ministerio de Educación e Investigación de Francia, y luego me fuera a trabajar en comisión universitaria en las Embajadas de Francia en Perú y Argentina. Pero seguíamos en contacto y siempre tejiendo lazos en beneficio de Francia y América Latina. Fue así como, cuando Blanquer fue nombrado director general de educación básica y media (diciembre de 2009), me pidió que regresara a la Rue de Grenelle (yo estaba en Buenos Aires), y que trabajáramos juntos para crear el 1er Consejo Científico en el seno de tal dirección, recordándome que yo había participado con Edgar Morin en la elaboración y publicación de la guía educativa de la UNESCO: “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”[viii], diez años antes.

El libro de Blanquer, aquí en manos, es un testimonio de vivencia y pensamiento sobre la conducción de la política educativa escolar en Francia; experiencia acumulada por quien es ahora el Ministro. En las primeras entrevistas que concedió, al ser nombrado ministro, Blanquer respondía a la pregunta: “¿Cómo se accede a tan alto cargo?”, diciendo que es el resultado de la preparación de toda una vida.

Se entiende entonces mejor el título de este libro: La Escuela de la Vida, y la convicción de alguien que considera que educar es innovar y avanzar, apoyándose en valores. La Escuela de la Vidaes ante todo eso, precisa Blanquer: “un ir y venir permanente entre el pensamiento y la experiencia”. Es también, afirma, la capacidad de reconciliar todas las dimensiones del hombre, en el sentido que Edgar Morin da a esta expresión: física, biológica, psíquica, cultural, social, histórica.

Le Escuela de la Vidano consiste en copiar simple y llanamente a la naturaleza, sino en asumir nuestra condición humana. Somos cuando somos de verdad un homo sapiens-demens,100% un ser natural, hecho de agua, carne y hueso; 100% un ser cultural, artífice en minería de datos cognitivos y simbología espiritual, programas abiertos socio-culturales, psico-individuales e históricos, propedéuticos.

Huelga por eso mismo, leer este primer tomo de la trilogía epistemológica, pedagógica y política de Blanquer, como la aventura de educar a tejer la relación entre lo natural, el individuo-sujeto y la sociedad-cultura; gracias a la educación, que es para la cultura del espíritu lo que los Romanos llamaban, mutatis mutandis, agricultura para la tierra. Se trata de abrir las mentes y los corazones a lo que tenemos a veces por costumbre oponer, pues lo educativo como lo vital se encuentra cruzado por contradicciones ideológicas y contrariedades pragmáticas, que nos llevan a veces, enfrentados con lo urgente, a perder de vista lo esencial, y desbordado por la carencia o la cantidad de medios, a desconocer los fines.

Ad augusta per Angusta.

Paris, Pascua de 2019

Notas

[i]Huelga anotar que, para Blanquer, no basta con enseñar conocimientos que adiestren a competencias específicas, sino que también se requiere enseñar a los niños una competencia genérica fundamental, nudo gordiano de todas las competencias psicosociales: enseñar a respetar a los demás(“Respecter Autrui”). En el tercer tomo de su trilogía político-educativa (Construisons ensemble l’école de la confiance, Odile Jacob, 2018), Blanquer muestra cómo y por qué “respetar a los demás” es el cuarto poder educativo, el cuarto saber fundamental que se debe dar, tanto en la cocina y las salas de las casas, como en las escuelas y en el ágora de la cité. Es por eso que la bandera de la política educativa del ministro de Educación nacional y Juventud de Francia es: enseñar a leer, a escribir, a contar y a respetar a los demás (“Apprendre à lire, à écrire, à compter et à respecter autrui”). Si los padres de familia y los maestros, si todos los ciudadanos se convocaran y reunieran bajo ese objetivo transcendental y combatiesen así, unidos en la diversidad, la injusticia, la ignorancia y la violencia en la sociedad, entonces es posible que exista una escuela en tres dimensiones interconectadas, según Blanquer: la Escuela de la República(compartir entre todos el Bien públicoy combatir las “fracturas sociales”), la Escuela de la Excelencia(basada en los aportes de la ciencia, la experimentación y la comparación internacional de la pedagogía comprobada, lo que permite mejorar la calidad del sistema, la calidad educativa y la excelencia de cada alumno), y la Escuela de la buena voluntad(confianza, respeto a los demás, artes y deportes, ayudar a las tareas desde la escuela misma…).

[ii]Cf. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000117740_spa

[iii]Cf. Descartes, Discurso del método. Alianza Editorial, Madrid 1992, en especial la Tercera Parte

[iv]Dehaene es Director de la Cátedra de Psicología cognitiva experimental en el prestigioso Collège de France, y Presidente del Consejo científico de Educación nacional de Francia. Este Consejo o “Misión de científicos” es una propuesta inédita, propia a la política del ministro Jean-Michel Blanquer. Cf. https://www.college-de-france.fr/site/stanislas-dehaene/_course.htm

[v]https://www.lemonde.fr/archives/article/1989/07/25/droits-de-l-homme-des-jeunes-de-quatre-vingts-pays-tentent-de-rediger-la-declaration-universelle-du-troisieme-millenaire_4140411_1819218.html

[vi]https://www.puf.com/content/La_Colombie

[vii]https://www.institutdesameriques.fr/fr

[viii]Ídem, cita anterior.

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Edición No. 191