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José-Félix Patiño y el compromiso universitario / Reportajes de Aleph

Por fortuna no deja de haber personalidades emblemáticas en esta Colombia con padecimientos de signos adversos, referentes para las nuevas generaciones que deben formarse con disposición para contribuir a los anhelados cambios de sociedad, hacia la equidad y la justicia, con educación de calidad para todos. José-Félix Patiño (n. 1927) es una de ellas. Formado en los más altos niveles del conocimiento, médico-cirujano, con significativas contribuciones científicas desde muy joven, que a los 35 años de edad se desempeña como Ministro de Salud y a los 37 en el rectorado de la Universidad Nacional de Colombia (1964-1966), designado por paradoja en ambos cargos por un presidente conservador de la raigambre más ortodoxa. Personalidad filosóficamente liberal, en el más riguroso de los sentidos, con vocación intuitiva y conceptual a favor de los cambios. Desde la Universidad Nacional, en dos años de regencia, estremeció la educación superior del país, con reformas sustantivas y ejercicio perseverante del diálogo, como política de prioridad, que atrajo a los estudiantes para rodearlo en los procesos transformadores en lo estructural-académico y en el rescate físico del campus central, en Bogotá, con visión planificadora, gestión de paso firme y logros visibles en el corto y mediano plazo.


Dr. José-Félix Patiño R. y CER (Academia de Medicina, Bogotá 2015)

Importante recordar que hay un libro con examen minucioso del período Patiño en el rectorado UN: “Reforma Patiño UN 1964-1966: una experiencia de construcción institucional” (Ed. Unibiblos, Bogotá 2006), que fue tesis doctoral de William Lee Magnusson (1923-1971) en Berkeley, Universidad de California (1970), traducida al español por Gabriel Restrepo (et al.), autor también de amplio estudio prologal, en el cual señala como cualidad de Patiño-Restrepo “una personalidad magnética, con enorme carácter, persistente”, que condujo su proyecto universitario con visión de integración y desarrollo.

En esta entrega de la Revista Aleph -creada en el tiempo de su rectorado y con la luminosa tutoría de quien fuera, por designio suyo, la directora nacional de Cultura, Marta Traba y de Alfonso Carvajal-Escobar, Decano Magnífico en la UN-Manizales, nombrado por él- publico el texto de conferencia que hice en su honor, en la “Cátedra Patiño-Restrepo”, creada el año pasado por la UN para exaltar tan recia figura académica y esta entrevista esclarecedora de su personalidad y de su obra.

Tuve la suerte de acompañar el reconocimiento que le hizo el Consejo Superior de la Universidad Nacional, al formalizarse entrega y recibo como donación de su gran y selecta biblioteca personal. Y, asimismo, de ser recibido en su despacho de la Academia Colombiana de Medicina, para esta entrevista, que comenzó, de manera inesperada, con el grato tema del eminente Carlos Gaviria-Díaz (1937-2015), conciencia jurídica de nuestro país:

“… Una vez me preguntaron, usted puede hacer una lista de las cinco personas más inteligentes, no solo por la inteligencia sino también por el efecto que hayan tenido en la sociedad, y le damos ocho días para que lo piense. Pero era de personajes de los Estados Unidos, e hice la lista. Después aquí, en Colombia, me hicieron similar pregunta para decir siete nombres de cualquier parte del mundo. Y un día le pedí una cita a Carlos Gaviria, sin ser muy cercano a él, y en algún momento lo encontramos con mi hija Maria-Isabel, que fue fórmula vicepresidencial de Antanas Mockus, quien le dijo: yo creo que mi papá votó por ti y no por mí. Lo llamé después para concertar la cita, la cual tuvimos, y cuando salí de ese encuentro, lo primero que pensé es que si tuviera que hacer aquella lista, a quien pondría de número uno era a Carlos Gaviria-Díaz. Es la inteligencia más brillante que he conocido. Tenía, por ejemplo, un dominio absoluto sobre la obra de Platón…”

Le cuento que a Carlos Gaviria lo tuvimos en varias oportunidades en Manizales, como conferencista invitado, de cuyo paso quedan testimonios en el libro Aleph de autógrafos que le pongo a consideración para que él escriba el suyo, lo cual hace y al final lee el texto: “Con la expresión de sincero reconocimiento y admiración por la sede en Manizales de la Universidad Nacional de Colombia, cuya participación en la reforma 1964-1966 fue muy importante. J.F.P.”

       ¿Cómo fue su infancia, doctor José-Félix?

Las memorias más remotas que tengo van a Cúcuta. Yo nací en Venezuela, en San Cristóbal, porque mi padre, Luis Patiño-Camargo, profesor titular de la Universidad Nacional, en medicina tropical, estaba con auspicios de la Fundación Rockefeller haciendo la campaña contra la fiebre amarilla en los dos Santanderes (Colombia) y en el Táchira (Venezuela). Por esa razón yo nací en Venezuela, pero mi padre que era muy patriota quiso que me bautizaran en Cúcuta, para que no hubiera duda sobre nuestra nacionalidad colombiana. Usted sabe que uno es colombiano si nacido en el exterior los padres son colombianos; por esa razón yo pude ocupar la rectoría de la Universidad Nacional y haber sido Ministro de Salud.

Las memorias más antiguas que me llegan a la mente, por ejemplo, cuando vivíamos en Cúcuta, en una quinta (Quinta Cogollo, construida por ciudadano alemán W. Steinvorth, en 1917), linda casa, con espacio atrás donde pasaba una corriente de agua, y ahora entiendo la ocupan las oficinas de una petrolera. Y me acuerdo del riachuelo de esa casa cuando de pronto bajó por él una serpiente, y la niñera que estaba conmigo la levantó con un palo, y creo recordar que mi padre vino, la observó y consideró que no era peligrosa y la volvió a echar al agua para que se fuera. Y recuerdo también el regreso a Bogotá, con mis padres, con viaje en mula; a mi hermana Mercedes la llevaba un hombre en un canasto a la espalda, a la manera de los prehispánicos. Llegamos a Capitanejo, a la casa de los ingenieros, un sitio muy frío, y recuerdo a mi padre poniendo periódicos en las rendijas de las paredes de madera, para resguardarnos del frío en el cuarto.

También recuerdo a mi tío Salvador Patiño-Camargo, quien salió en un carro grande, muy elegante, para llevarnos a Sogamoso, a una casa muy bonita, con patio atrás donde había una alberca que disfrutamos a la manera de piscina, antes de ir para Bogotá. Son los recuerdos más remotos que tengo.

Vivimos en el centro de Bogotá, que era muy lindo. Tuvimos casa grande que era en la carrera 9ª No. 9-91, donde mi padre tenía su consultorio. Tuvimos otra casa, cerca de San Victorino, en la carrera 13 entre calles 13 y 14. Yo estudiaba en el “Colegío Alemán” que es hoy el “Colegio Andino”, en la calle 20 cerca de la carrera 13 y tomábamos el tranvía o íbamos a pie, porque no eran sino siete cuadras. Cuando vino la segunda guerra mundial, Colombia le declaró la guerra a Alemania, y los padres de los estudiantes consideraron que había que sacar a los muchachos de ese colegio vinculado con el país con el cual estábamos en guerra. Mi padre se reunió con los padres de Guillermo Esguerra y Antonio Izquierdo y decidieron que el mejor sitio para pasar a sus muchachos era el “Gimnasio Moderno”, donde pasé al cuarto año, el preparatorio, y allá hice todo mi bachillerato. Me tocó un período del rectorado de Daniel Samper-Ortega y el resto con Agustín Nieto-Caballero, fundador del Gimnasio, quien me confirió el grado de bachiller en 1944. En este colegio yo hice parte de los “boy-scouts”, hice parte también de los equipos de fútbol y de tenis.

Importante recordar que cuando hice la primera comunión, en el Gimnasio Moderno, me regalaron el primer libro serio que yo tuve, puesto que hasta entonces tenía una colección para niños que se llamaba “Aralucy” hecha en Buenos Aires; era buenísima, se trataba de los grandes clásicos resumidos y con ilustraciones a color. De manera que yo me sabía la Ilíada, la Odisea, el Quijote…  Y también en casa estaba la enciclopedia llamada “El tesoro de la juventud”. Libros que estuvieron a mi alcance. Cuando la primera comunión el doctor Rafael Martínez-Briceño, un solterón que se dedicó a coleccionar libros, tuvo la biblioteca particular más grande que ha tenido Colombia, con más de 70 u 80 mil volúmenes, me regaló “El libro de las tierras vírgenes”, también llamado “El libro de la selva”, de Rudyard Kipling. Asimismo me regalaron un libro sobre la vida de Napoleón, pero no recuerdo quien me lo dio. Libros que conservo en mi biblioteca, la cual llegó a tener 13.500 volúmenes. Los que tengo aquí, en mi despacho en la “Academia de Medicina”, hacen parte de ella, y para la Universidad Nacional de Colombia van 10.300 volúmenes, en donación.

Desde entonces comencé a formar mi biblioteca, agrandada cuando me fui a estudiar a los Estados Unidos, de donde regresé con varias cajas de libros. Y aquí, en Bogotá, he seguido ejerciendo mi condición de bibliómano y bibliófilo.  Se trata de una biblioteca realmente importante y es satisfactorio entregarla a la Universidad Nacional. Es de recordar que cuando llegué al rectorado en 1964, la UN no tenía una biblioteca central, aunque cada facultad tenía la suya. Con la integración de facultades que hice, sobraron tres edificios, en uno de los cuales abrí la primera biblioteca central. En otro se abrió el Museo, que existe hoy, dirigido por Marta Traba. Y el tercero fue el Museo de Arte Moderno, con Gloria Zea, que después se fue y está fuera de la ciudad universitaria. Igual tuvimos el Museo de Historia Natural que también se fue y está en vecindades del Planetario, en Bogotá.

Cuando tuve, con mi equipo inmediato de colaboradores, el plan de desarrollo, se concibió una plaza grande que llamamos la “plaza cívica”, enmarcada por la biblioteca central, el teatro-auditorio, el edificio de rectoría y el centro estudiantil. Los diseñadores me mostraron una placita, que rechacé, invocando la necesidad de un gran plaza, que es la que existe hoy, la cual finalmente llamamos “Francisco de Paula Santander”, que luego los estudiantes la bautizaron “Che Guevara”.

– ¿Le desagradó esa decisión de los estudiantes?

No fue tanto el desagrado, pero si me pareció un irrespeto, porque Santander fue el gran creador de la Universidad Nacional, establecida por él como Universidad Central en 1826. Fue un despropósito, porque se desconocía esta creación, con tres sedes: Bogotá, Caracas y Quito, estas dos últimas conservan el nombre. Después la nuestra tomó el nombre de Universidad Nacional, con la ley 26 de mayo de 1876 [la ley 66 de 1867 le había dado el nombre de “Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia], en la presidencia de Aquileo Parra, incluso se recuperaron los bienes que se habían entregado al Colegio San Bartolomé.

Sinembargo, yo tengo gran admiración por el Che Guevara y en la medida que se estudia su vida, más lo admiro, porque como médico en vez de quedarse cómodo entre las comunidades de Buenos Aires se va a luchar por la igualdad social. Pero era más significativo que la plaza hubiera conservado el nombre de Santander, personaje que merece la reverencia y el respeto de los colombianos, fue personalidad de avanzada, quien trajo las primeras expediciones científicas.

– ¿Qué siguió con sus proyectos físicos?

Me fui a la Fundación Ford, en Nueva York, con los planos y les pedí apoyo, en especial financiación para construir la biblioteca central y su dotación,  puesto que ellos venían apoyando a Orlando Fals-Borda en la facultad de Sociología. Y aceptaron, y ahí está la biblioteca en pleno funcionamiento hoy. A propósito, en el cuarto piso de ella va a quedar mi biblioteca.

– ¿Qué le llevó a tomar esa decisión de donar su biblioteca personal a la UN?

En tiempo reciente estuve muy enfermo, y mi gran preocupación era qué iba a pasar con esa biblioteca. Hace quizá un par de años me visitó la directora de entonces de la Biblioteca Luis Ángel Arango y me propuso comprarla. Una de mis hijas, algo metalizada, me dijo estar de acuerdo con venderla. Le pregunté a la directora qué pasaría con mi biblioteca en caso de aceptar la propuesta, y respondió que la organizarían por temas, en el conjunto de la Luis Angel Arango. Es decir, desaparecería la unidad de mi biblioteca.

Al haber estado tan enfermo tomé la decisión de donarla a la Universidad Nacional de Colombia, y ya están todas las formalizaciones.

– Quisiera que regresáramos a su experiencia personal como estudiante en el Gimnasio Moderno, colegio pionero en el modelo Decroly, la escuela activa

El Gimnasio Moderno era algo extraordinario. Recuerdo a Don Agustín Nieto-Caballero diciendo: este colegio les brinda a ustedes condiciones óptimas para educarse, y aquí no nos gusta castigar ni expulsar, sino que cada estudiante debe comportarse bien y aprovechar las oportunidades que se les ofrecen con excelentes profesores. Era el mejor colegio de Colombia en ese momento, con una gran biblioteca y un ‘código de honor’ que teníamos muy presente, desde el primero de bachillerato. Era extraño que se presentara algún problema de disciplina con los estudiantes, porque todo se resolvía con diálogo. Tanto Don Agustín como Don Daniel insistían en el orgullo de ser gimnasiano. Se trataba de un colegio donde imperaba el librepensamiento. Disponíamos de tres tardes para dedicarlas a la biblioteca, para disponer lo que cada uno quisiera, desde los comics hasta El Quijote. Mucho del amor mío por los libros viene de ahí, como también de la biblioteca de mi padre que asimismo era muy grande. Igual mi afición por la música; teníamos allá al profesor Ernesto Martín, excelente docente en música, y mi gusto especial por la música clásica, de manera particular por la ópera, que he desarrollado mucho, viene de allá.

En el Gimnasio teníamos los deportes con canchas de fútbol, de tenis, de baloncesto, de béisbol y una piscina olímpica. Otro aspecto esencial era los trabajos manuales, a los cuales se les daba mucha importancia. Igual se hacía énfasis en la observación de la naturaleza, y teníamos profesores como Ernesto Bein que era alemán, quien nos llevaba a excursiones, de las cuales traíamos muestras de botánica, insectos, minerales… lo que daba ocasión para reflexionar sobre la naturaleza, a partir de esos materiales. Tuvimos profesores de la talla de Henry Yerly que luego fue profesor en la Universidad de los Andes, Oswaldo Díaz-Díaz (el padre de Santiago Díaz-Piedrahita, botánico, académico de ciencias y de historia), que fue gran escritor, Nicolás Bayona-Posada, también gran escritor, el profesor Miguel Bernal que nos enseñó Latín… Era un ambiente muy grato, que yo lo comparo con el que tuve en la Universidad de Yale. Formación que me permitió hacer la reforma que se llevó a cabo en la Universidad Nacional.

– ¿Bajo qué circunstancias se dio su incorporación a la Universidad de Yale?

Me fui en 1948, después del “bogotazo”, el 9 de abril de ese año. Yo estudiaba Medicina en la Universidad Nacional, donde cursaba el cuarto año. En Yale me recibieron en el segundo año, pero pido que me permitan tomar unas materias del primer año como Química y Fisiología, que no eran buenas en la UN, en cambio estaba bien preparado en Anatomía, área en la cual me nombraron monitor. Tuve dos sorpresas muy grandes. La primera fue que recorrí las instalaciones de la facultad de Medicina y no encontré salones de clase, y pregunté, con la respuesta de no haber salones de clase, pero encontré tres auditorios, y unas salas para unas 12 o 14 personas. Preponderaban los laboratorios y más laboratorios, de los mejores del mundo, y las oficinas de los profesores. La respuesta contundente fue: aquí no se dan clases.

La segunda sorpresa es que el primer día nos dicen: esta es una de las mejores universidades del mundo, con una facultad de medicina de las mejores del mundo, para la cual hicieron solicitud de ingreso más de cuatro mil aspirantes, y fueron recibidos ochenta. Y nos dicen también: aquí nada es obligatorio, quienes quieran venir a cumplir sus labores, vienen, pero eso sí para pasar al tercer año tienen que pasar el examen de Estado, y lo tienen que pasar no con 77, como solía pasarse, sino con 83; lo mismo al terminar el cuarto año para graduarse, aprobándolo con 83. A las tres o cuatro semanas viene el primer examen, el profesor puso los papeles con temario y se fue. Yo estaba enseñado a que en la Nacional los profesores se paseaban en los exámenes vigilando que los estudiantes no se copiaran, como especie de policías.

Los estudiantes fueron tomando el papel de temario y también salían. Yo pregunté que para dónde, y la respuesta fue que podía irme para donde quisiera, incluso para la biblioteca, a donde me fui y allí resolví el examen consultando los libros que consideraba apropiados. Ah, el profesor nos había advertido que había tres posibilidades ante ese examen: la primera, no haciéndolo, la segunda es poniendo un seudónimo, en cuyo caso la calificación se deposita en el casillero respetivo, y la tercer opción es atender la calificación directamente con el profesor. Yo decidí por esta última opción.

El profesor observó mi examen, se dio cuenta de los artículos consultados y me fue preguntando lo que opinaba sobre ellos. Fue la experiencia mayor que tuve en Yale. Igual ocurrió en todos los exámenes. Para la tesis de grado la universidad ofrece unas becas para un año completo; le asignan un laboratorio y ayudantes, como si fuera un investigador de la universidad. Me presenté y gané la beca. Entre el segundo y tercer año hice mi trabajo de tesis, en el laboratorio de patología, sobre tejidos embrionarios, con experimentación en ratas, conejos, pero sobre todo el curí. Y con esa primera tesis me gané el primer premio.


La entrevista en la Of. del Dr. José-Félix Patiño, Academia de Medicina, rodeado de los libros que donó

– Volvamos, por favor, al momento aquel cuando se definió su ingreso a Yale…

Interesante de recordar. Siempre quise irme, y mi padre era profesor visitante en Harvard, en Berkeley, y en no sé cuantas otras universidades de Estados Unidos. Él me pidió que hiciera solicitud de admisión a esas dos universidades, yo le dije que sí, pero le insistí que quería ingresar a Yale, en la cual él no tenía contacto alguno. Pasado el tiempo debido me llegaron las aceptaciones de Harvard y de Berkeley, y nada la de Yale. En aquella época almorzábamos todos juntos en la casa, en cabeza de mi padre. Y justo el viernes, con aquellas dos aceptaciones recibidas, y él me dijo si no llegó la admisión de Yale, entonces hay que proceder por una de aquellas dos, que también son buenas universidades, me dijo con sarcasmo. Le propuse un trato: si el lunes no llega lo de Yale, me decido por una de las otras dos. Y esa ambicionada notificación me llegó al lunes siguiente por la tarde. Una de las razones para irme a Yale era porque había estudiado el texto de neurofisiología de John Farquhar Fulton (1899-1960), que era el profesor de neurología en Yale, discípulo de Harvey Williams Cushing (1869-1939), el creador de la neurocirugía. Libro fascinante, igual esas dos personalidades.

Cuando llegué a Yale a registrarme, que era la expresión de allá por matricular, delante de mi iba una persona gringa nacida en Panamá, que hablaba buen español, vestido con uniforme del ejército, que eran muy baratos, sin corbata, y la señora que atendía lo reprende diciéndole y usted por qué viene así, aquí hay que venir con saco y corbata, pague y vuelva, y cuando vuelva veré si lo registro. Quedé sorprendido. Al pasar me dice: usted es el que viene de “Columbia”, digo que sí, y ella repone que soy el primero. Después supe que el primero fue el doctor Ezequiel Uricoechea, en el siglo XIX. Bravísima. Con voz dura me pregunta: qué tiene ahí bajo el brazo, y le muestro que es el libro del doctor Fulton, en español, y me pregunta luego: usted por qué conoce al profesor Fulton. Le digo que una de las razones para ir a Yale era porque ahí estaba él. Fue cambiando y se puso cordial. Me dice que todos los estudiantes tienen un consejero académico, y al observar ella quien me correspondía, se da la gran sorpresa de ser John Fulton. El asombro fue para los dos. Me dice, vaya donde él, su oficina está aquí a la vuelta.

Fui al despacho del profesor Fulton, al abrir la puerta veo a un señor sentado, adusto, barrigón, de pelo blanco, quien me dice: siga, siga. Y me agrega: usted es el estudiante de Suramérica. Comenta que en toda la facultad de Medicina no hay sino dos latinoamericanos, el otro era el panameño. Me informa para mayor sorpresa que toda la biblioteca que estaba en ese lugar era la de Harvey Cushing, de las bibliotecas privadas más grandes de Estados Unidos que había donado a la Universidad. Y este escritorio, señala, era el de Cushing, igual ese tintero y esa pluma… Las sorpresas continúan. Me dice, aquí no se echa llave a la puerta, pero tome esta llave para cuando quiera disponer de esta oficina y de los libros; cuando quiera llevarse alguno deja consignado los datos en una de estas tarjetas, dejándola sobre el escritorio.

Me fui a comer en un restaurantico de la esquina y luego a mi apartamento. Como a las ocho de la noche regreso a la Universidad. Entré a la oficina asignada y me senté en el escritorio del eminente Harvey Cushing. No lo podía creer. Me puse a  detallar libros y encontré un diario de él con dibujos –era muy buen dibujante. Todo aquello me resultaba increíble. Esa noche yo me dije: tengo que ser el mejor estudiante de esta facultad de Medicina. Y lo logré. Por eso obtuve el “Premio Borden” [tesis laureada: “The transplantation of embryonic endorine tissues”].

Luego se repitió igual con la residencia. El sistema era piramidal. Catorce internos y se iban sacando de uno en uno hasta que en el quinto año yo quedé. Pero les llevaba ventaja a mis compañeros, porque hice especie de sub-internado, quedándome en los veranos en esa labor. El internado allá es algo así como un postgrado, en el que se actúa como médico.  Al iniciar el internado, había tres alumnos de Harvard, dos de Checoslovaquia, uno de Oxford, otro de Heidelberg… El primer día que nos recibió el director, al que yo conocía por haber estado de sub-interno, nos dijo: están ustedes en uno de los hospitales mejores del mundo, aquí tienen 878 camas, con pacientes de todas partes. Echó todo un cuento, y terminó diciendo que no peleáramos nunca con una enfermera, porque él partía de la base que la enfermera tendría la razón, porque enfermeras son muy pocas e internos hay muchos, y el que pelee con una enfermera se va, sin oír argumentos. De manera que respetan a las enfermeras, insistía. Distinto pasa en Colombia.

En ese primer día de internado me dije: yo voy a ser el residente jefe, y lo conseguí. En el último año el jefe me llamó para decirme que era el candidato suyo para esa posición, pero que tenía que garantizarle que no me reclutarían para el ejército de los Estados Unidos. Me fui a Washington y me presenté ante el oficial de reclutamiento, y le hice saber que si me incorporaba se llevaría a un cirujano a medio hacer, pero si no me recluta podré terminar la especialidad y al día siguiente me le presentaré para que me incorpore, puesto que estoy muy agradecido con este país. Entendió el caso, hizo la carta que le llevé al jefe en el internado, y en consecuencia me nombro como jefe de residentes. Al terminar, cumplí lo prometido, poniéndome a disposición del oficial de reclutamiento, pero me dijo que con el entrenamiento que tenía de cirujano sería más útil en Colombia, puesto que en Estados Unidos disponen de mayor número de especialistas.

En consecuencia, regresé a Colombia y a los ochos días de estar en Bogotá fui nombrado en el hospital San Juan de Dios.

– ¿En aquella época de sus estudios fue cuando hizo la contribución científica reconocida como el “método Patiño” en cirugía?

Sí, fue en esa época. En la residencia de cirugía uno tiene que hacer un año de investigación, y yo escogí aplicarme en el laboratorio de cirugía cardiovascular y mi proyecto tenía que ver con injertos en la vena aorta. En aquella época se pensaba que podían ser de nylon, e hicimos experimentos en perros. Empecé un primero de julio, y el profesor William Glenn, jefe, se fue de vacaciones para su casa de verano en New Hampshire y a mi se me ocurrió que se hacía para la operación de la “tetralogía de Fallot” (cardiopatía congénita cianótica), que consistía en anastomosar la arteria subclavia a la arteria pulmonar, o la aorta a la arteria pulmonar, con la cual se mejoraban mucho los niños, pero creaba una hipertensión pulmonar, lo cual me parecía que eso era nada fisiológico, y estudiando el caso se me ocurrió articular la vena cava superior a la arteria pulmonar derecha y migrar a la aurícula, con lo cual toda la cava se desocupa en el pulmón derecho, con lo que se mejoraría mucho el paciente, pero me preguntaba si en efecto se desocuparía la cava. Entonces consulté a profesores que se habían quedado en el verano trabajando, quienes dijeron no saber si eso se habría hecho, o si en efecto pasaría la sangre. Hice los dibujos con detalle en hojas amarillas de esos block en uso. Al regresar el profesor Glenn le expuse mi idea, y él me miraba con sorna, pero al irle exponiendo los dibujos fue cambiando, y  de pronto dice que esa misma idea se le ocurrió estando en New Hampshire. Fue la frase famosa del primer robo que se hizo de mi contribución.

Conservo esas hojas con los diseños que ahora fueron rescatadas de mis archivos donados a la Universidad Nacional.

Hicimos los experimentos y ese proceso quirúrgico se llamó el “shunt”, luego se llamó el “shunt de Patiño”, luego cuando me vine los llamaron “Patiño-Glenn”, después “Glenn-Patiño”, y ahora lo llamaron solo “Glenn”; pero en Rusia, Cuba, Argentina, Brasil, México… lo llaman el “shunt de Patiño”.  Él hizo la primera operación en un paciente que conocíamos muy bien, cuando yo ya me había venido, y me escribió una carta muy bonita, con las fotos, la cual conservo. Pero yo tenía el deseo de hacer la cirugía en un caso de “tetralogía de Fallot”.

Regresé a Colombia en 1958, y al año siguiente llegó al hospital universitario de La Samaritana una niñita con “tetralogía de Fallot”, azul, disneica, sin poder caminar, apenas unos pasos. Se le hicieron todos los estudios, y les propuse a los padres hacer el procedimiento que había inventado; les expliqué con detalle en dibujos, expresándoles la confianza que iba a funcionar, puesto que lo había hecho en muchos perros, mostrándoles incluso fotografías. Los papás dijeron, sí doctor, eche para adelante. Y la hice; fue la primera hecha en el mundo. Mi padre vio que eso era realmente importante y me encareció que publicara el caso en la revista de la Universidad Nacional, lo cual hice tres o cuatro años después.

En mi tesis doctoral también hay un procedimiento de trasplante suprarrenal, que luego quise hacer en un humano. Y teníamos allá varios pacientes, muy bien estudiados, con enfermedad de Addison (insuficiencia suprarrenal). Me fui al servicio de metabolismo, que era como endocrinología; su director, el doctor Peters, me dijo, usted qué quiere. Le mostré el trabajo que estaba haciendo. Entonces decide que lo hagamos en paciente que tiene a mano, cuando consiga un embrión. En esas me avisan que había un feto en el hospital, y procedimos con éxito. Al momento llaman que en el pueblo vecino había otro feto. Le explicamos al otro paciente en espera que tardaría 20 minutos en recoger el feto. Salí en mi carro, y de regreso me para la policía, por la velocidad que traía. Explico de qué se trataba mostrándoles el feto, y me dieron la orden de seguir, escoltado por ellos. Se trataba de un niño negro a quien le pusimos la suprarrenal, y mejoró notablemente. Pasado un año pedí hacerle una biopsia para constatar la evolución. Entramos a cirugía el doctor Peters y yo, abrimos y vimos como un garbanzo rojito, y Peters lo coge y lo arranca, y yo le dije que ese era el trasplante, pero él pensaba que era un ganglio. Ahí no había ganglios, era el trasplante. Se fue a patología. La consecuencia fue que el paciente volvió a recaer. Alcancé a introducir ese caso en mi tesis que ya la tenía escrita. Puse en la contraportada las fotos y hasta hoy es el único trasplante exitoso registrado en la literatura científica. Conservo las placas que aquí las hice también examinar, confirmándose la validez de los resultados.

De manera que esas son las dos contribuciones que hice por aquella época.

– ¿Cómo fue su encuentro con Plinio El Viejo, el autor de La historia natural, por el cual tiene usted como especial afición?

El doctor Rafael Martínez-Briceño me regaló ese libro cuando yo era rector de la Universidad Nacional. Mi padre supo que aquel estaba vendiendo sus libros y fuimos ambos a visitarlo; entramos a su casa, toda llena de libros por todas partes. Le dije, doctor Rafael, usted me regaló el primer libro serio con el que inicié mi biblioteca, que es importante, y le propuse que la Universidad le comprara la biblioteca y que solo se llevaría al debido lugar cuando se muera, y se la compramos. Envié tres bibliotecarias para hacer el registro de los volúmenes. Pero cuando salíamos de aquella visita, él me dijo, mira, por qué no me compras este libro: “La historia natural” de Plinio, la primera enciclopedia que tuvo la humanidad, del siglo I d.C., la primera traducción al español, de 1624, con pastas originales. Convinimos el precio y lo compré. Entonces me puse a estudiar sobre el personaje que había estudiado algo de derecho pero fue militar y recorrió todo el Imperio Romano, y por toda parte fue recogiendo especímenes, lo que le permitió de esa manera integrar especie de inventario de los recursos naturales en el Imperio Romano, también de las costumbres y de la medicina. Son 37 libros, 12 de medicina que no son buenos, porque son casi todos de farmacología. No era un investigador. En esos libros de medicina se encuentras cosas buenas, como la descripción del bocio. De manera que me encantó el personaje. En mis viajes fui recolectando ediciones de esa obra, y ahora tengo siete: las primeras ediciones en español (siete en el mundo, más las dos mías resultan nueve) y en inglés de 1601 (se supone que hay 17 en el mundo), una edición del Renacimiento de 1506. Esa colección de Plinios seguramente es la mejor que hay en Latinoamérica va para la Universidad Nacional. Y escribí sobre Plinio.

– Doctor Patiño, usted era Ministro de Salud del presidente Guillermo-León Valencia, quien lo pasó al rectorado de la Universidad Nacional, con período de tres años, pero a los dos renunció. En ese tiempo hubo incidente en el campus con el candidato presidencial Dr. Carlos Lleras-Restrepo, luego presidente. ¿Su renuncia tuvo que ver con diferencias personales o ideológicas con él, cuando asumió la  presidencia de Colombia?

No. Ese tema es muy importante. El papá de Lleras-Restrepo era médico, especialista en lepra, quien fue presidente de la Academia de Medicina. Yo iba con mi padre a visitarlo en La Candelaria.  De manera que tuvimos cercanía con esa familia. Una vez fue él a mi consultorio, quien tenía a su hermano Enrique afectado de enfisema pulmonar, por efectos del cigarrillo, razón que lo llevó a trasladarse a vivir a Girardot. Examiné con el fonendoscopio los pulmones del doctor Carlos Lleras y escuché una locomotora; le dije que iba camino de su hermano. Me pregunta sobre qué debe hacer, le digo que dejar de fumar y desde ya. Sacó la cajetilla de cigarrillos, me la entregó diciendo bótela. Y nunca más volvió a fumar.

El decano de Derecho lo invitó a la Universidad, a pesar de mis reservas, las cuales le comuniqué también al doctor Lleras, quien insistió en ir, al considerar que era su Universidad. Y pasó lo que pasó. Lleras reaccionó muy fuerte por lo ocurrido: eso es inaudito, a la universidad hay que tratarla con mano dura. Entonces yo pensé que si llegaba a la presidencia metería los tanques al campus. A las tres semanas de posesionado Lleras como presidente me fui y le dije que la reforma estaba hecha, con proyectos físicos todos financiados y varios de ellos con avances importantes, por consiguiente ya podría retirarme. El presidente responde, Ah, usted me deja solo, y esa “cosa” no la puede manejar sino usted. Salí regañado.

Luego vino la primera conferencia panamericana de educación médica, reunida en el hotel Tequendama, y el presidente fue invitado. Y buscaban un director para la federación latinoamericana de facultades de medicina, que yo había ayudado a crear. Pertenecía al comité de búsqueda para ocupar ese cargo, pero ese viernes yo no pude asistir, puesto que tenía reunión del consejo superior en la Universidad. Al mediodía me incorporé a la reunión del comité, y me dijeron que ya habían designado al director ejecutivo, a mí. Oportunidad que me permitió visitar de nuevo al doctor Lleras para decirle sobre esa designación que no podría eludir. Él comprendió que se trataba de una posición importante para Colombia. Entonces me pide a quien nombrar en el rectorado. De inmediato le dije que nombrara a Guillermo Rueda-Montaña.

Eso fue lo que pasó. Yo sabía lo que podría ocurrir, y en efecto ocurrió. El rector Rueda-Montaña invitó al señor Rockefeller y se armó tremenda trifulca, y Lleras metió los tanques a la Universidad.

En algún momento de la conversación le recuerdo que él fue artífice único en la continuidad de la existencia en Manizales del capítulo regional de la Universidad Nacional, puesto que al llegar al rectorado los estudiantes de ingeniería civil, la única carrera que existía por aquel entonces, nos encontrábamos en huelga contra el decano y a favor de la existencia de la Sede, en virtud de haberse dado desde Bogotá la señal de cerrarla, con traslado de los alumnos a terminar carrera en Medellín y Bogotá. El doctor Patiño recuerda lo ocurrido: “Yo envié comisión encabezada por el decano de la facultad de Ingeniería en Bogotá, doctor Enrique Vargas-Ramírez, quien examinó lo que ocurría; me informa y yo cuento en el Consejo Superior que la razón la tenían los estudiantes, y procedo en consecuencia. Los estudiantes ingresan de nuevo a clases, y cambio el decano, nombrando al doctor Alfonso Carvajal-Escobar, quien restableció las condiciones para afianzar la existencia de la Sede y generar un desarrollo acorde con las necesidades de la región y del país.”

*

La entrevista concluye con un punto y coma, puesto que en el tintero quedan muchos más temas por abordar, pero lo recogido es un fiel testimonio de esa personalidad histórica en el mundo de la Ciencia, la Cultura, el Humanismo y la vida universitaria.

 

 

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Edición No. 174