Julio-Ramón Ribeyro: la escritura del yo, la búsqueda del individuo
Yeats aseguró algo: «El intelecto del hombre tiene que elegir: la perfección de su vida o la de su obra». Disyuntiva que muchos escritores afrontaron decidiéndose por el silencio, acomodándose con modestia a la vida, Salinger, es el ejemplo. Pero otros como Scott Fitzgerald no supieron resolver la disyuntiva y finalmente su vida fue un desastre y su obra no la perfección sino un intermitente fulgor de grandeza a la cual le hizo falta el rigor que la obra verdadera exige pero que el frenesí vital, roba. Mismo caso el de Hemingway. Y a lo largo y ancho de este diario excepcional de Julio Ramón Ribeyro, esta disyuntiva merodea su ánimo, su razón, como aquel Proust que de Salón en Salón literario se preguntaba si él era escritor en la medida en que sabía que el «Jean Santeuil» podía ser una novela pero en todo caso no era lo que buscaba, o sea, esa escritura donde se pudiera dejar patente aquello que su sangre presentía pero que no había logrado objetivar como propósito.
El diario como género literario supone el peligro de caer en un protagonismo donde lo autobiográfico como dato y fecha, oculta las caídas, las perplejidades de un alma, la confesión, se convierte en un falso protagonismo. ¿Nos referimos entonces al concepto de sujeto como resultado de un proceso que va del anónimo creyente al desolado poseedor de un yo? Recordemos a Borges: «Y detrás de los mitos y las máscaras. El alma que, esta sola». Nada menos que el húmero hueso vallejiano que es triste y tose. Ese hueso desolado, íngrimo que impedían ver la antropología, la etnología, la sociología o sea el indigenismo, el costumbrismo urbano, el realismo mágico. Hueso triste que aboca la desdicha del amor y la contundencia del ser viejo, en Onetti, amor desesperado en Delmira Agustini. Escritura que nace del conflicto entre el despertar de un yo y la conciencia de una responsabilidad de este yo con aquello que esta afuera: el mundo, la Historia, las religiones.
Quien detalla su autobiografía o escribe un supuesto diario para demostrar al lector que es culto, que ha sido protagonista de la Historia o la cultura no tiene problemas de escritura, simplemente dicta a su secretaria, pero quien se ha asomado a ese pozo oscuro que es el alma, acaba de enterarse de que esas palabras gastadas por el conformismo no pueden ser las suyas ni las de su perplejidad: se trata de confesarse a si mismo, de poner en entredicho aquello que la ideología cultural no ha dado como dogma a seguir, para eludir, precisamente, este yo elucubrante, desasosegado cuya escritura ya Montaigne había planteado.
Amiel es lo íntimo herido, atemorizado pero Peter Handke objetiva en el «Diario» sus preocupaciones, huye de secreticos y miserias que es lo que en su «Diario Argentino» hace Gombrowics aplicando a vivencias personales una ferocidad crítica necesario para no ser víctima de la mediocridad reinante. Ribeyro se sitúa en esta línea del pensar pensándose, en la medida en que entiende que sólo la confesión como riesgo íntimo puede legitimar finalmente la escritura de un perdido, «La Tentación del fracaso» [«la tentación del fracaso», Seix Barral, 2003] –extraño título cioraniano – es un recuento de vida que roza lo autobiográfico, la definición de la amistad en la adolescencia, la vivencia de lo político, las borracheras como una especie de límite donde las pasiones literarias se exacerban y fijan invisibles objetivos de vida frente a una realidad dominada por el pragmatismo económico: los compañeros que ya son «algo en la vida», industriales, políticos, diplomáticos, novelistas de éxito, la eterna peripecia del verdadero escritor o sea su permanente regreso al origen, a la infancia de las palabras.
«El coeficiente de imprevisibilidad» lo salva de caer en las falsas metas. A lo cual hay que agregar otra pregunta: ¿cuentista, novelista? ¿Hacer la novela burguesa de Lima, la novela de las nuevas clases medias? Afugias propias de escritor en ciernes y compartidas en esos largas y tediosas jornadas etílicas. «La única constante que advierto en mi naturaleza es una fría pasión por el desorden» (pp 60). Escrúpulo de pequeño burgués que aún desconoce que, el horario de trabajo de un escritor no puede ser el que la economía le ha impuesto como deber a cumplir a los seres humanos ¿qué jefe de personal podría cuantificar el desgaste físico que exige el escribir una novela, un libro de poemas, tantas horas de zozobra interior, de insomnio? Ribeyro de manera admirable va mostrando estos procesos, estas inevitables agonías, esta educación sentimental entre la juerga y la obsesiva necesidad latinoamericana de estar enamorando mujeres. Y, la pobreza, esa pobreza obvia, sin historia como la española en un Madrid helado y provinciano, que hace más extrema la soledad.
La constante es la pregunta sobre lo íntimo: «… podría concebirse que la «intimidad» solamente admite aquellas experiencias –en su más amplia acepción –que para nosotros tienen un carácter de intransferibles. ¿Cuáles son sin embargo estas experiencias? He allí el nudo del problema. » (pp 63) ¿Confidencia, testimonio, recuerdo? O, ¿sensaciones? ¿Qué tiene que ver este intento de aclaración de un yo ante si mismo y ante la urgencia de definir una escritura con aquella consigna de «ser latinoamericanos»? Lo que demostró Vallejo al definir primero al individuo que llora y ríe y parte no de lecturas –como lo aclara Ribeyro –antes que ese invento ideológico de lo «latinoamericano» como un folclórico personaje sin vida y sin alma, se convirtiera en la plaga de la «identidad».
Pero hay un motivo recurrente: ¿hay que hacer una gran novela para ser reconocido? Ribeyro al confesar su incertidumbre frente a estos falsos presupuestos va exorcizando con la necesaria lucidez esta trampa y el falso peso de esas herencias «novelísticas». «Mi obsesión de reducir los capítulos a escenas en el sentido teatral –me obliga a efectuar cortes violentos en los momentos menos esperados». Lucidez que le permite escapar de –su «Jean Santeuil» –y aproximarse al diario, a la palabra surgida de una desconocida intimidad. «La imaginación y el poder analítico suelen entorpecerse mutuamente, tanto como la inteligencia y la memoria o la fuerza creadora con la erudición» (pp 67).
Lenta pero también aceleradamente la visión del ser humano en las ciudades lleva a distintas conjeturas sobre la condición de vivir y de habitar en espacios diferentes y sobre todo bajo lenguas que imponen un ritmo al corazón, una secreta moral incluso tal como sucede con el alemán. La visión, es, mucho más que ver, ya que incluye aquello que la mirada no capta, ese innombrable, ese halo que se esconde detrás de las cosas, en los lugares de calles sin nombre o frente a rostros que nos hablan entre el humo pesado de un bar. El escribir se va perfilando desde esta experiencia de la visión: «Lejos de mí sin embargo darle al acto de escribir un carácter sacral o religioso. Pero sí sostengo que escribir es una inmolación consciente y razonada que el escritor –el verdadero –hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga. ¿Qué es escribir si no inventar un autor a la medida de nuestro gusto? (pp 180).
Las consideraciones de Ribeyro sobre la cultura se hacen desde la cultura, como certificación de afinidades necesarias y como demostración de que no hay campos vedados para un escritor peruano frente al espacio común de lo que supone la cultura, el tratar de señalar, por ejemplo, las afinidades entre un texto de Bernini y otro de Abelardo. Por eso hay momentos en este diario en que tenemos la sensación de estar leyendo a Gide o a Jean Grenier, el aire de gran moralista en la mejor tradición francesa, la dimensión de lo ético que escapa a la mayoría de los llamados grandes escritores latinoamericanos dedicados a hacer novelas, cuentos, poemas sin que el lenguaje se impregne de aquello que deja la cavilación del yo, de este indefinido sujeto.
Madrid, Berlín, Lima París: la ciudad como escenario de esta trashumancia de una vocación que rápidamente toma el aire dramático de una especie de fatalidad de la cual es ya imposible devolverse, renunciar a ella, París como eje territorial ajeno y por consiguiente propicio a ver las palabras seculares desde una lejanía necesaria, fuera de las inmediateces políticas, folclóricas, el París que convierte a Rubén Darío en un gran poeta, el París que hilvana el de profundis de Vallejo, la aristocracia mental de Moro, el París de Jesús Soto, de Le Parc, de Matta y Lam: la oportunidad de encontrarse en esa capital del desconsuelo, en esa capital inventada frente a una cultura como la francesa que los desconoce y desprecia en muchos casos.
La revolución cubana, el intento de revolución peruana, el desastre argentino y brasileño que Ribeyro afronta humanamente sin inmiscuir en ello aquello que busca y constata acerca de esas herencias literarias que debe resolver para encontrar su propia voz, Ribeyro, así, no tiene empacho en reconocer que su novela «Cambio de guardia» falló ya que no salió de su trasfondo sino de un estado de ánimo. Y el mundo del escritor inscrito ya por el marketing en el star system: «… Y moralmente, sensación de haber sido quizás en el fondo manipulado, puesto en el mercado como un producto cualquiera, envilecido por la publicidad y maculado por la propaganda». Fotógrafos, poses idiotas, Ribeyro es claro: «Reencontrar en París la oscuridad y el aislamiento. Más feliz, más decente ahora, aquí, escribiendo esta página, escuchando a Bach y oyendo jugar a mi hijo, que aplaudido, obsequiado, prostituido el Lima» (pp 397).
La enfermedad, el sufrimiento como un asumido leiv motiv que con diáfana grandeza hace más singular este periplo de vida de un escritor que no desfallece nunca en su indagación sobre lo que supone el hecho de escribir y lo que implica en un mundo dominado por el pragmatismo económico, el asumir el silencio la herencia de los grandes escritores. «La gran admiración que nos despierta un escritor se nota no tanto en que nos impone la lectura de su obra sino la lectura de sus lecturas preferidas». (pp 379).
A lo largo y ancho de este diario el siglo esta ahí en sus fechas claves políticamente, sólo que aquí lo político no es el nudo central de la cavilación, no llega a mediatizar la reflexión sobre la literatura sino que es el insistente yo de un escritor capaz de emanciparse de estas trampas tan caras a los talentos menores. Cuando se refiere a Carpentier y a su «Recurso del método» analiza lo que supone esa postiza erudición, de un estalinista afrancesado incapaz de entender otras temporalidades diferentes a las de un cartesianismo donde sus personajes se asfixian. Y en el recuento de fiestas, cócteles, encuentros inevitables con inevitables personajes de la farándula literaria lo que queda es una especie de mudo balance de ese filisteísmo no como dato sociológico sino como la presencia de un peligro frente a la verdadera tarea de un escritor.
Moralismo, repito, en la dimensión que un Gide adopta frente a la mentira y no pues como el eslogan político, tan en boga aún, reclamando un compromiso con «la causa latinoamericana», por ejemplo. ¿Para qué y porqué se dialoga íntimamente con un determinado escritor? La pregunta es necesaria después de terminar la lectura de este diario donde el amor y la mujer adquieren una dimensión desconocida en la literatura latinoamericana incapaz de referirse a seres reales, a situaciones ridículas, cursis pero donde se evidencia una realidad concreta de los sentimientos. Y queda algo en claro: a partir de aquí, de esta escritura, el giro de la literatura latinoamericana es de 90º porque la medida de la modernidad, el individuo que se pregunta esta aquí, por fin, sin las mediaciones de la antropología, de la etnología, un hueso que reflexiona y lo hace desde las premisas que da una gran cultura gracias a la cual el lenguaje adquiere la dimensión de los universales, la muerte, el amor, la enfermedad, la simple tristeza de un ocaso presentido tempranamente.
«Y lo que quiero decir se me escamotea, huye de las palabras, o no se deja apresar por ellas. Después de todo, eso no es escribir? Tratar de darles caza, escribiendo una idea siempre fugitiva» (pp 271). La tentación del fracaso adquiere entonces la contundencia que le da el postulado cioraniano: aquí no estamos refiriéndonos a un proyecto de vida trazado en torno a una obra, anhelo del mediocre, del satisfecho sino que el fracaso es este caminar por arenas movedizas sabiendo que la palabra escapa, se vuelve y desaparece como desaparecen nuestros rostros perplejos.