Justicia
La justicia, representada por los antiguos griegos como una mujer con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra, es sumamente descriptiva de lo que aún hoy, más de dos mil años después, seguimos entendiendo por justicia. Se trata de castigar al que rompe el equilibrio de la convivencia, sin “ver” quién es. La espada sugiere un castigo violento aunque podrían dársele otras interpretaciones como son: el remordimiento de conciencia o el rechazo del resto de la sociedad.
De cualquier forma “hacer justicia” es una frase que tradicionalmente se ha ligado al castigo y así al término “ajusticiar” no se le da otra interpretación que la violenta, actitud muy cercana a la venganza, que pone, al que hace justicia, en una situación de un nivel humano muy parecido al que la cometió aunque con el atenuante de que él no fue el infractor. No hay duda de que cuando nos hacen daño, nuestra primera intención es responder en la misma forma, pero esto llevaría a una reacción en cadena de venganzas que no tendría fin y a cometer a nuestra vez injusticias aún peores que la original, porque estarían cargadas de pasión, que es la clásica enemiga del razonamiento. Jesucristo planteó una solución a este problema diciendo que si nos golpean en una mejilla, mostremos la otra. Desde luego, aún cuando el consejo tiene gran belleza, lo que es de esperarse es que el atacante también nos golpee y con más fuerza por segunda vez y que tome un acto de grandeza por simple debilidad debido a que no podemos asegurar que nuestro agresor tenga un nivel adecuado de ética y sensibilidad para entender nuestro gesto pacífico.
Por lo demás, ¿cómo definir el castigo? En épocas antiguas la tortura corporal era cotidiana y considerada justa, después y hasta ahora el castigo consiste desde la privación de la libertad hasta inclusive la pena de muerte. Pero ¿quién decide el tipo de castigo acorde con el daño causado? Uno o varios hombres cuya preparación humanística es imposible garantizar y aunque fuera excelente, al fin y al cabo, son “sólo” seres humanos.
Pena de muerte
Recuerdo que asistí a una conferencia sustentada por una reconocida filósofa especialista en ética y quien se manifestaba decididamente en contra de la pena de muerte. Al terminar fui a felicitarla y le dije que para mi, el más simple argumento contra la pena de muerte es que en todos nuestros actos debemos tener la humildad de aceptar la posibilidad de que nos podemos equivocar y que, por ello, debemos dejar una puerta abierta para reconocer nuestro error y enmendarlo y que el ejemplo más drástico de que no podemos reparar un daño es cuando hemos quitado la vida a otro ser. Me halagó su comentario: “estoy enteramente de acuerdo con usted”. Ahora vemos que algo se ha avanzado en el asunto de la pena capital, como lo demuestra el hecho de que ha sido abolida en todos los países de la Unión Europea.
La verdad es que muchos injustos mueren sin ser castigados por las autoridades y esa es la razón por la que se inventó el infierno desde época inmemorial. El emperador y filósofo romano Marco Aurelio (siglo II) dice que la mejor forma de vengarse de una mala persona es “no comportarse como ella”. El catolicismo habla del arrepentimiento, pero esto resuelve el problema con la divinidad pero no con los hombres. Por lo demás, si el arrepentimiento logra el perdón, resulta contradictorio el hecho de que la misma iglesia jamás se ha opuesto al castigo físico de los delincuentes. Esto hace pensar otra vez que el castigo es una especie de sustitución de la venganza de la víctima por una venganza “oficial” y que las acciones de un tercero tranquilizarán al afectado, algo que efectivamente sucede generalmente y evita que las víctimas se hagan justicia por su propia mano cuando consideran que el juez ya cobró la deuda al infractor.
Sócrates aseguraba que es preferible ser víctima de la injusticia que cometerla y lo demostró aceptando la muerte frente a un tribunal injusto. En una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre el creador del humanismo, al terminar la exposición, el conferencista dijo: “Y después de tomar la cicuta, Sócrates nació para la eternidad”. Hermosa frase y muy precisa, que además apoya la aseveración filosófica de que la verdad es invencible, aunque a veces requiere tiempo…
¿La justicia es algo natural?
Aristóteles nos dice que las piedras caen porque son ávidas de ocupar el lugar que les corresponde, que es el suelo. Dados los conocimientos de la época, habría que aceptar que la idea del creador de la lógica es totalmente razonable. Por lo demás, comparemos esto con el comentario de Newton, quien dos milenios después dio un enorme paso adelante al resolver el problema de la atracción universal de los cuerpos. El creador de la física moderna señaló: “los cuerpos se atraen según leyes que he demostrado, pero ¿porqué se atraen?, no lo sé”. La gran diferencia entre las dos aseveraciones es que la última acepta la duda, que es una característica moderna y esto es otro adelanto gigantesco. Se ha señalado que cómo es posible que los filósofos clásicos, especialmente Sócrates, jamás hayan dicho una palabra contra dos grandes injusticias: la esclavitud, que en su época era normal y la guerra que lo sigue siendo en nuestros días. ¿No se deberá esto a que concluían sus razonamientos sin pensar que podría haber algo más que decir?, y ¿no tendrá esto algún parecido con el actual concepto de la justicia?, ¿la justicia está ligada a la razón o a lo natural? Pongamos varios ejemplos:
1. Dos personas “A” y “B”, igualmente capaces y productivas trabajan en una empresa. Ambas tienen el mismo sueldo, según los principios de justicia aceptados. Pero hay un problema. El señor A vive a unos metros de su trabajo y llega a su empleo en 5 minutos, mientras que el señor B vive muy lejos y tarda 2 horas en llegar, lo que aumenta su jornada laboral en 4 horas más. ¿Convencería alguien al patrón de que le pague esa diferencia de tiempo al señor B? ¡Sin duda que no! Este ejemplo, por lo demás pueril, podría ser una demostración de que la justicia no es natural, y si nos vamos más lejos, tendríamos que decir que la vida no es justa, y ni hablar de infinidad de ejemplos parecidos, como el de dos seres humanos que nunca tienen las mismas capacidades, sin que esto sea su culpa, etc.
2. Sin duda la drogadicción es destructiva. Pero si a un drogadicto le quitamos las drogas, esto puede llevarlo al suicidio o a cometer delitos para conseguir estupefacientes. Nuestra intención puede ser buena pero ¿es justa o no una actitud que puede conducir a injusticias?
3. Un cristiano trata de convencer a un musulmán de que está equivocado, que la única religión verdadera es la cristiana y hace esto porque está convencido de que le hace un bien con “sacarlo de su error”. ¿Cómo reaccionaría el cristiano si el musulmán hace con él exactamente lo mismo? He aquí un caso de dos personas en el que ambas tienen razón y piensan lo contrario. Claro que la “solución” es la tolerancia, pero no nos atrevemos a decir que en realidad nuestra religión es simplemente la que nos enseñaron nuestros padres y que eso no la hace “verdadera”, sino que nuestra fe es un simple accidente como es la vida misma desde un punto de vista biológico. ¿Cuál es la posición justa? Aparentemente decir que todas las religiones son falsas, pero difícilmente un creyente “dará su brazo a torcer” y aceptará esta conclusión.
Aceptando que la justicia pretende lograr el equilibrio de la sociedad, ¿podremos asegurar alguna vez que es posible alcanzar esa meta? ¡Seguramente no! Estamos ante un problema humano que como tal, estará siempre sujeto a equivocaciones. Volviendo otra vez a Sócrates, vemos que llega a una conclusión que si se aplicara acabaría con los castigos de cualquier tipo. En efecto, el filósofo decía que el mal es involuntario, que no hay hombres malos, sino hombres ignorantes y que si el que hace una mala acción supiera realmente y con precisión la magnitud del daño que causa, no se atrevería a cometerlo y, desde luego, si aceptáramos que el mal no es voluntario ¿porqué habríamos de castigar a quien lo hizo? La idea de que el mal es involuntario fue una de sus diferencias con los sofistas, antecesores de los abogados y sobre todo de los “defensores de oficio”, que por una recompensa económica están dispuestos, o tienen el deber de defender cualquier causa. En aquel entonces, algunos sofistas que profesaban gran admiración por nuestro pensador, le ofrecieron prepararle un discurso gratuitamente (cosa rara en ellos) para defenderse de sus acusadores y el no aceptó. Si hubiera aceptado, no tendríamos su ex traordinaria apología, descrita por su discípulo Platón y en la que con enorme sencillez, no exenta de profundos razonamientos, acusa a los jueces de actuar con hipocresía y falsedad, estilo y términos que seguramente un abogado no utilizaría pero sí una persona común en una plática de café. Esa forma de expresarse de Sócrates es precisamente la que lo mantendrá siempre entre nosotros.
¿Basta tener la conciencia tranquila?
Cuando alguien nos reclama nuestros actos, a menudo decimos: “yo tengo la conciencia tranquila”. ¿A quién le sirve que yo tenga la conciencia tranquila? Truman decía que las dos bombas atómicas que se lanzaron en Japón no le quitaban el sueño. En realidad como presidente de los Estados Unidos era legítimo su deseo de terminar la guerra y desde ese punto de vista su deseo era “justo” ya que él pensaba que con esas bombas salvaría muchas vidas norteamericanas al apresurar la rendición del Japón. ¿Pero las vidas de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki le importaban? ¡Claro que no! Entonces, ¿la medida era realmente justa? ¿No existía la obligación humanitaria de buscar otro camino para conseguir la paz? Se pueden dar infinitos ejemplos parecidos. Por ejemplo, seguramente Hitler creía que exterminando judíos salvaba a la humanidad de un gran daño y algún día se lo reconocerían. El genocidio para él y los rufianes que lo apoyaban era justificable. ¡No!, tener la conciencia tranquila, ayuda al delincuente pero no tiene ningún sentido ético, ni siquiera práctico. Desde un punto de vista realista, lo que pensemos de nosotros mismos no es significativo. Lo importante es la forma en que los demás califiquen nuestros actos, aunque esto no debe entenderse como que los demás no puedan equivocarse, simplemente, tratándose de un punto de vista ajeno a nuestra natural vanidad, puede considerarse como una “aproximación” a la justicia.
Conclusión
La justicia es una deuda perenne del hombre con sus semejantes y por ser algo humano, jamás se alcanzará en su totalidad. Sin embargo, el mismo hecho de que se nos pida escribir estas líneas significa que se trata de un bien que no dejará de buscarse.