La Ciudad Delirante de Eduardo Gómez
Palabras pronunciadas en la presentación del libro La Ciudad Delirante, en la Cámara de Comercio Norte, de Bogotá, el pasado 27 de septiembre). Presentar a una personalidad de la literatura como Eduardo Gómez no es tarea fácil, aun para quien lo ha conocido por más de treinta años y seguido con atención y con admiración el curso espiral ascendente de su creación como poeta y de su afirmación como crítico y como ensayista. Y sobre todo, porque no es mucho lo que yo puedo agregar a las cosas magníficas y justas que ya se han escrito sobre la obra y la personalidad intelectual del autor de La Ciudad Delirante.
Eduardo Gómez, dueño de esa virtud no muy común de ser leal a su espíritu, ha vivido en función de la palabra. De la palabra como herramienta del pensamiento, bien sea expresado en forma de versos inspirados, elaborados y profundos, o bien en prosa aquilatada y elegante que trata de distintas materias con el mismo rigor y el mismo análisis sesudo, a veces implacable cuando el tema suscita la enérgica condena del pensador. De ello son prueba ese volumen, que sin pasar de los dos centenares y medio de páginas, abarca un mundo completo de ideas, de sugerencias, de observaciones sobre asuntos axiales de nuestro tiempo, y que Eduardo Gómez bautizó con el título modesto de Reflexiones y Esbozos, o ese otro anterior sobre la vida y la obra de tres de los monstruos de la literatura del siglo XX, Tomas Mann, Marcel Proust y Franz Kafka, que apareció en 1987 con el título de Ensayos de Crítica Interpretativa.
Eduardo Gómez pertenece a la generación que advino en los años de la violencia política desatada por el régimen conservador de tinte fascista que gobernó entre 1946 y 1953. Generación que creció ante el estupor de un país sacudido por el fanatismo político religioso, con su terrible violencia connatural y adyacente, que llena de sangre los campos y de incertidumbre las ciudades, y coloca enemigos donde antes había hermanos. Esa generación, a la que algunos han llamado la generación perdida, y otros, con eufemismo cronológico, la generación del medio siglo, vive su transcurrir universitario en un clima de desesperanza, desasosiego y aun de pesimismo, mientras se aguardan las noticias de los guerrilleros del llano que luchan contra la tiranía, clima que Eduardo Gómez plasma o retrata en uno de sus poemas posteriores, del libro Restauración de la Palabra, publicado en 1969, y que el poeta titula con acierto irónico La Herencia:
Habitamos la heredad de padres despiadados
de manos bondadosas para el crimen callado
y andares taciturnos entre flores y pájaros.
Sus manos grandes para el estrangulamiento
y sus pechos anchos para la codicia
nos dieron la ternura del veneno
el andar cauteloso de las bestias al acecho
y la mirada oblicua del verdugo.
En rencillas familiares de siglos
aprendimos a pinchar con tenedor
y el arte de los filtros siniestros
cuando el cielo luce lívido de estrellas
y al amor nos asfixia de aromas presentidos.
Oh el reinado de la abuela centenaria
sentada en su trono de palo
con su corona de nieve y su escoba por cetro.
La generación de Eduardo Gómez comenzó su vida pública con la caída del régimen ultraconservador, el ascenso del gobierno militar del general Rojas Pinilla, las jornadas trágicas del 8 y del 9 de junio de 1954, las de mayo de 1957 y el nacimiento del Frente Nacional, en que al mismo tiempo surgen fuertes movimientos estudiantiles inspirados por la legendaria Federación de Estudiantes colombianos, FEC, de la que es fundadora y promotora la generación perdida. Y enseguida, la revolución cubana, que polarizará las simpatías o las antipatías y que tendrá una influencia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos históricos mundiales por los siguientes treinta años. Un espíritu de suyo rebelde, rebelde ante las injusticias que los poderosos de la tierra cometen contra los débiles, como el de Eduardo Gómez, no escapará, en el transcurso de su acción creativa, a ninguna de aquellas circunstancias. Eduardo Gómez, como miles más de estudiantes, estará del lado de los que, a su juicio, encarnan la justicia y la posibilidad de redención de los desafortunados de la tierra. Viaja a Alemania Oriental, donde estudia literatura y dramaturgia, en Leipzig y en Berlín, y en la capital de la entonces República Democrática Alemana, tiene el privilegio irrenovable de ser asistente de dirección en el Berliner Ensambler, la famosísima escuela de teatro creada por Bertolt Brecht. Esta última experiencia le servirá para escribir más tarde, ya en Colombia, algunas de las mejores notas críticas sobre teatro que se hayan publicado en nuestro país.
En su último libro, La Ciudad Delirante, hay una completa reseña biográfica de Eduardo Gómez, así que no voy a repetirla aquí. Sólo diré que entre 1969 y hoy Eduardo Gómez ha publicado 7 libros de poesía que son una revolución idiomática y un aporte filosófico trascendental al pensamiento colombiano, además, por supuesto, del altísimo valor poético formal, si se quiere llamarlo así, que poseen; y dos libros de ensayo que no pueden estar ausentes de ninguna biblioteca que se precie de ser completa.
Guillermo González-Martínez, gran escritor, poeta e impulsador de las aficiones literarias en su tertulia incomparable de la librería Trilce, trae en el prólogo de la Antología poética de Eduardo Gómez publicada en el último año del último siglo, una apreciación exacta del poeta y de su poesía. Dice: «Vista en su conjunto, la obra de Eduardo Gómez atrae porque desde su inicio logra una madurez expresiva, un lenguaje que sin desechar la metáfora, a veces de raigambre surrealista a través de la estela de Neruda, ha sido vigilante de la contención reflexiva, coherente en la persistencia de obsesiones que como la noche, la muerte, lo urbano, la violencia, la solidaridad marginal, han evolucionado desde una atmósfera luctuosa y de acerado sarcasmo, hasta el tono sereno de los últimos libros, en los que la experiencia y la historia imponen el balance libre de la dominación. La ciudad, ese personaje desorbitado de la literatura moderna, ocupa espacios absorbentes en la poesía de Eduardo Gómez. En las luces de neón, en los bares, en las calles atestadas de tráfico y paseantes anónimos, en las esquinas alumbradas por los semáforos y las voces del vendedor y el trueno de la lluvia de la tarde, encuentra el solitario la ruta del desarraigo y del absurdo, el monólogo que se pregunta sobre su destino y el de los otros, el simple trasegar que en el tropiezo cotidiano vislumbra las ráfagas del deseo, el tiempo y la muerte». Y agrega un concepto que recoge de manera muy afortunada la sustancia del ser poético de Eduardo Gómez, como poeta que utiliza la rima, el verso y la melodía para crear tormentas que despierten las conciencias adormiladas, que prevengan a los humanos sobre los peligros del letargo. «Sartre y Brecht querían que el artista fuera la conciencia crítica de su tiempo. La visión de Eduardo Gómez es sombría y con frecuencia pavorosa. Los fantasmas de la muerte, del pasado y del presente, se entrecruzan en un clima de fiebre, de temperatura de pantano, en la implacable radiografía de un país que parece estancado en la violencia y el fracaso, en el vacío de una tradición que niega a sus héroes y está empozada en taras que rozan la pesadilla».
La Ciudad Delirante ha sido publicada por la editorial alemana Trafo de Berlín, en una hermosa edición, de bella impresión en papel fino, con preciosas ilustraciones a color. La poesía, que es belleza suprema, no puede venir sino envuelta en belleza, aunque sus metáforas nos presenten la efigie dolorosa de una realidad que no es posible soslayar, y que de hecho, el poeta no soslaya, como expresa en uno de los poemas inéditos que cierran con un clímax de grandiosidad la antología, y titulado, con el coraje del luchador que no rinde sus armas ni acepta la derrota, El Combate Supremo.
(Por Enrique Santos-Molano. Palabras pronunciadas en la presentación del libro La Ciudad Delirante, en la Cámara de Comercio Norte, de Bogotá, el pasado 27 de septiembre). Presentar a una personalidad de la literatura como Eduardo Gómez no es tarea fácil, aun para quien lo ha conocido por más de treinta años y seguido con atención y con admiración el curso espiral ascendente de su creación como poeta y de su afirmación como crítico y como ensayista. Y sobre todo, porque no es mucho lo que yo puedo agregar a las cosas magníficas y justas que ya se han escrito sobre la obra y la personalidad intelectual del autor de La Ciudad Delirante.
Eduardo Gómez, dueño de esa virtud no muy común de ser leal a su espíritu, ha vivido en función de la palabra. De la palabra como herramienta del pensamiento, bien sea expresado en forma de versos inspirados, elaborados y profundos, o bien en prosa aquilatada y elegante que trata de distintas materias con el mismo rigor y el mismo análisis sesudo, a veces implacable cuando el tema suscita la enérgica condena del pensador. De ello son prueba ese volumen, que sin pasar de los dos centenares y medio de páginas, abarca un mundo completo de ideas, de sugerencias, de observaciones sobre asuntos axiales de nuestro tiempo, y que Eduardo Gómez bautizó con el título modesto de Reflexiones y Esbozos, o ese otro anterior sobre la vida y la obra de tres de los monstruos de la literatura del siglo XX, Tomas Mann, Marcel Proust y Franz Kafka, que apareció en 1987 con el título de Ensayos de Crítica Interpretativa.
Eduardo Gómez pertenece a la generación que advino en los años de la violencia política desatada por el régimen conservador de tinte fascista que gobernó entre 1946 y 1953. Generación que creció ante el estupor de un país sacudido por el fanatismo político religioso, con su terrible violencia connatural y adyacente, que llena de sangre los campos y de incertidumbre las ciudades, y coloca enemigos donde antes había hermanos. Esa generación, a la que algunos han llamado la generación perdida, y otros, con eufemismo cronológico, la generación del medio siglo, vive su transcurrir universitario en un clima de desesperanza, desasosiego y aun de pesimismo, mientras se aguardan las noticias de los guerrilleros del llano que luchan contra la tiranía, clima que Eduardo Gómez plasma o retrata en uno de sus poemas posteriores, del libro Restauración de la Palabra, publicado en 1969, y que el poeta titula con acierto irónico La Herencia:
Habitamos la heredad de padres despiadados
de manos bondadosas para el crimen callado
y andares taciturnos entre flores y pájaros.
Sus manos grandes para el estrangulamiento
y sus pechos anchos para la codicia
nos dieron la ternura del veneno
el andar cauteloso de las bestias al acecho
y la mirada oblicua del verdugo.
En rencillas familiares de siglos
aprendimos a pinchar con tenedor
y el arte de los filtros siniestros
cuando el cielo luce lívido de estrellas
y al amor nos asfixia de aromas presentidos.
Oh el reinado de la abuela centenaria
sentada en su trono de palo
con su corona de nieve y su escoba por cetro.
La generación de Eduardo Gómez comenzó su vida pública con la caída del régimen ultraconservador, el ascenso del gobierno militar del general Rojas Pinilla, las jornadas trágicas del 8 y del 9 de junio de 1954, las de mayo de 1957 y el nacimiento del Frente Nacional, en que al mismo tiempo surgen fuertes movimientos estudiantiles inspirados por la legendaria Federación de Estudiantes colombianos, FEC, de la que es fundadora y promotora la generación perdida. Y enseguida, la revolución cubana, que polarizará las simpatías o las antipatías y que tendrá una influencia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos históricos mundiales por los siguientes treinta años. Un espíritu de suyo rebelde, rebelde ante las injusticias que los poderosos de la tierra cometen contra los débiles, como el de Eduardo Gómez, no escapará, en el transcurso de su acción creativa, a ninguna de aquellas circunstancias. Eduardo Gómez, como miles más de estudiantes, estará del lado de los que, a su juicio, encarnan la justicia y la posibilidad de redención de los desafortunados de la tierra. Viaja a Alemania Oriental, donde estudia literatura y dramaturgia, en Leipzig y en Berlín, y en la capital de la entonces República Democrática Alemana, tiene el privilegio irrenovable de ser asistente de dirección en el Berliner Ensambler, la famosísima escuela de teatro creada por Bertolt Brecht. Esta última experiencia le servirá para escribir más tarde, ya en Colombia, algunas de las mejores notas críticas sobre teatro que se hayan publicado en nuestro país.
En su último libro, La Ciudad Delirante, hay una completa reseña biográfica de Eduardo Gómez, así que no voy a repetirla aquí. Sólo diré que entre 1969 y hoy Eduardo Gómez ha publicado 7 libros de poesía que son una revolución idiomática y un aporte filosófico trascendental al pensamiento colombiano, además, por supuesto, del altísimo valor poético formal, si se quiere llamarlo así, que poseen; y dos libros de ensayo que no pueden estar ausentes de ninguna biblioteca que se precie de ser completa.
Guillermo González-Martínez, gran escritor, poeta e impulsador de las aficiones literarias en su tertulia incomparable de la librería Trilce, trae en el prólogo de la Antología poética de Eduardo Gómez publicada en el último año del último siglo, una apreciación exacta del poeta y de su poesía. Dice: «Vista en su conjunto, la obra de Eduardo Gómez atrae porque desde su inicio logra una madurez expresiva, un lenguaje que sin desechar la metáfora, a veces de raigambre surrealista a través de la estela de Neruda, ha sido vigilante de la contención reflexiva, coherente en la persistencia de obsesiones que como la noche, la muerte, lo urbano, la violencia, la solidaridad marginal, han evolucionado desde una atmósfera luctuosa y de acerado sarcasmo, hasta el tono sereno de los últimos libros, en los que la experiencia y la historia imponen el balance libre de la dominación. La ciudad, ese personaje desorbitado de la literatura moderna, ocupa espacios absorbentes en la poesía de Eduardo Gómez. En las luces de neón, en los bares, en las calles atestadas de tráfico y paseantes anónimos, en las esquinas alumbradas por los semáforos y las voces del vendedor y el trueno de la lluvia de la tarde, encuentra el solitario la ruta del desarraigo y del absurdo, el monólogo que se pregunta sobre su destino y el de los otros, el simple trasegar que en el tropiezo cotidiano vislumbra las ráfagas del deseo, el tiempo y la muerte». Y agrega un concepto que recoge de manera muy afortunada la sustancia del ser poético de Eduardo Gómez, como poeta que utiliza la rima, el verso y la melodía para crear tormentas que despierten las conciencias adormiladas, que prevengan a los humanos sobre los peligros del letargo. «Sartre y Brecht querían que el artista fuera la conciencia crítica de su tiempo. La visión de Eduardo Gómez es sombría y con frecuencia pavorosa. Los fantasmas de la muerte, del pasado y del presente, se entrecruzan en un clima de fiebre, de temperatura de pantano, en la implacable radiografía de un país que parece estancado en la violencia y el fracaso, en el vacío de una tradición que niega a sus héroes y está empozada en taras que rozan la pesadilla».
La Ciudad Delirante ha sido publicada por la editorial alemana Trafo de Berlín, en una hermosa edición, de bella impresión en papel fino, con preciosas ilustraciones a color. La poesía, que es belleza suprema, no puede venir sino envuelta en belleza, aunque sus metáforas nos presenten la efigie dolorosa de una realidad que no es posible soslayar, y que de hecho, el poeta no soslaya, como expresa en uno de los poemas inéditos que cierran con un clímax de grandiosidad la antología, y titulado, con el coraje del luchador que no rinde sus armas ni acepta la derrota, El Combate Supremo.