¿La cultura es un lujo?
Introducción
Necesitamos buenos ingenieros aunque no sean cultos, sentenció un profesor hace unos meses, en una junta en la que se discutían modificaciones a los programas de estudio en nuestra Facultad. Si esto lo hubiera dicho un profesor inexperto sería grave, pero no trascendente como lo es viniendo de uno de los académicos más reconocidos en nuestro ámbito. El hecho es digno de comentarse porque el mencionado maestro, hablaba con absoluta sinceridad expresando así una opinión que desgraciadamente comparten muchos de nuestros colegas, por cierto, muy preocupados todos ellos por formar “buenos ingenieros” y conscientes de que esto requiere un gran esfuerzo y mucho tiempo, creen honestamente que todo lo ajeno a la ingeniería es lamentable pérdida de tiempo. Esta actitud no es, ni con mucho, privativa de los ingenieros mexicanos, sino común a la mayoría de los técnicos del mundo, aún entre los países más altamente desarrollados.
Esto último lo comprobé por primera vez hace un poco más de 40 años. Recuerdo que, en mi asiento del avión que me conducía becado a la antigua Checoslovaquia, pensaba que aquella aventura que prometía ser maravillosa y sin duda exótica, también me haría conocer a otro tipo de ingeniero. Pensaba que aquel país, con extraordinaria tradición cultural, sin duda tendría también colegas de notable preparación humanística. Para mi sorpresa, no fue así. La mayoría de los investigadores con los que trabajé, casi puedo asegurar, que mientras mejores eran en su especialidad, más alejados estaban de cualquier manifestación humana fuera de su campo profesional. Eran “buenos ingenieros aunque no cultos”, diría nuestro colega. Se llevaban artículos científicos y libros técnicos inclusive a sus vacaciones y no leían otra cosa… criticaban a quien no actuaba así, como si estuviera cometiendo un crimen por no superarse exclusivamente en su profesión.
Claro que había excepciones y debo recordar con admiración ni más ni menos que al profesor Pavel Novák quien me tenía bajo su responsabilidad en el Instituto de Investigaciones Hidráulicas de Praga. La primera vez que me invitó a su casa, cuando me condujo a su biblioteca, supuse que me iba dar a conocer novedades técnicas y científicas, que era de lo único que hablábamos en el trabajo. ¡Nada de eso!, después de cenar me mostró, con manifiesta emoción, varios libros sobre México y luego sobre arte y me habló hasta de novelas policíacas, género, al que por cierto nunca me he podido aficionar. Después escuchamos música y comentamos acerca de nuestros compositores preferidos. Ese día ví al Dr. Novák con otros ojos y desde luego, me sentí más cerca de él porque no estábamos hablando sólo como ingenieros sino como algo mucho más importante: como seres humanos y realmente semejantes. El siguiente lunes mi mencionado asesor en el Instituto me parecía, no un conocido de hace 6 meses (que era el tiempo que tenía allí) sino alguien mucho más cercano, con quien ahora podía hablar de cuestiones técnicas con mucha mayor naturalidad que antes y, desde luego con más posibilidad de obtener buenos resultados, ya que éramos dos personas que sin duda teníamos en común algo más que la hidráulica y ese “algo”, no era poco, sino ni más ni menos que nuestra calidad de seres humanos. Es decir, nuestra verdadera condición de hombres, que nos pone a todos en el mismo nivel, sin importar la formación que la vida nos haya dado. Con todo respeto para el autor de la frase con que empiezo este escrito, la calidad de hombre auténtico, nos compromete con el resto de los seres humanos y es la que nos da la razón más poderosa para llegar a ser un “buen ingeniero” y tan bueno como nuestra propia capacidad nos lo permita.
¿A qué llamamos “Cultura”?
No soy más que un ingeniero y seguramente los especialistas podrían definir con toda precisión qué significado tiene este concepto, pero, bueno, bajo mi exclusiva responsabilidad y para someterlo a la opinión de quien esto lea, diré lo que yo entiendo por cultura: pienso que el término se refiere a cualquier hecho creativo realizado por un ser humano. Quisiera aclarar que, desde mi punto de vista, este concepto sólo tiene sentido si se refiere únicamente a acciones orientadas a la superación de la calidad de vida de los hombres. No acepto términos como: “la cultura de la barbarie” o “de la destrucción”, o hasta del “uso de drogas” y otros semejantes. ¡No!, para mí, siendo el interés principal de la vida, convivir con nuestros semejantes procurando ayudarles y ayudándonos a ser todos felices, a esas manifestaciones lamentables del hombre sólo podríamos llamar: “subculturas”.
Experiencias diversas sobre la reacción ante la Cultura
Debemos reconocer que el modo de ver la cultura general con indiferencia, si no hasta con cierto desprecio en nuestra comunidad académica ha alarmado, y sigue alarmando afortunadamente, a algunas de las “excepciones” que menciono antes y gracias a ello se fundó hace años en nuestra Facultad de Ingeniería la División de Ciencias Sociales y Humanidades. A mi modo de ver, esta División se creó porque algunos ingenieros observaron que sus colegas entusiasmados con el muy lícito e indispensable interés en el desarrollo de su profesión, no tienen tiempo para reflexionar acerca de lo que es mucho más importante que ser ingeniero, médico, contador, abogado, etc., y esto es simplemente reconocerse como auténticos seres humanos. Para ello es preciso interesarse en la obra de nuestros congéneres y sólo así llegaremos a la conclusión de que si los demás tienen realizaciones que valoramos y que, inclusive hacemos nuestras porque sentimos lo mismo, cada vez que veamos a un semejante pensemos: “él es yo”. ¿En qué forma tan distinta actuaríamos si llegáramos todos a esa conclusión…?.
Me gustaría dar algunos ejemplos sobre la importancia de interesarse en lo que hacen otras personas, aún de formación e ideas muy distintas a las nuestras:
Recuerdo que durante los sucesos de 1968 en la UNAM, nuestro querido profesor el Maestro Heberto Castillo, llegó a una turbulenta asamblea de profesores en el auditorio de la Facultad con un ejemplar de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y levantando el libro pidió que lo conociéramos. Muchos estábamos paralizados por el hecho que no dejó de tener tintes teatrales, como la mayoría de los actos de nuestra vida. Pero lo más notable fue cuando uno de los profesores se puso de pie y dijo que él nunca había abierto la Constitución y que “se sentía muy orgulloso de no tener la menor idea acerca de lo que había en ese libro”. La reacción en el auditorio fue unánime: una estrepitosa ovación aprobando al señor profesor que se enorgullecía de su ignorancia. Probablemente era muy bueno para resolver algunos algoritmos de ingeniería y no consideraba de importancia las otras manifestaciones del saber. Excuso decirles que para algunos de los presentes, entre los que yo me encontraba, la impresión que el mencionado profesor causó fue mucho más fuerte que la del Ing. Castillo quien no pudo menos que quedarse mudo ante semejante exhibición de desprecio al conocimiento. ¡Qué gran semejanza tiene este antecedente con lo que sucedió 30 años antes en otro recinto universitario, pero en España, durante la guerra civil!: en aquella ocasión en la Universidad de Salamanca, los fascistas gritaron. “muera la inteligencia” y el profesor Don Miguel de Unamuno, allí presente les contestó con otro grito: “¡ustedes podrán vencer, pero nunca convencer”!. Esta aseveración es absolutamente cierta y bien lo saben los que imponen su voluntad, en muchos casos simplemente para satisfacer una vanidad, que eso es, precisamente: vana y no otra cosa. ¡Sí!, en efecto muchas veces “vencen” por las circunstancias del momento, pero se trata de una victoria efímera y que sólo les acarrea desprestigio, ese si: ¡duradero!. El Ing. Castillo nunca dejó de lamentar aquel hecho porque había surgido en su propia Facultad por la que tanto afecto siempre demostró. Después lo oímos comentar el acontecimiento en varias ocasiones como un ejemplo del amor a la ignorancia. Han pasado 35 años…¿las cosas son diferentes?.
En esto se ha pensado desde hace miles de años: Sócrates asegura que el mal es involuntario. En uno de los Diálogos de Platón, concluye: ”no hay hombres malos, lo que hay son hombres ignorantes” y después abunda diciendo que ningún hombre haría el mal si “supiera lo que hace”, es decir: hace el mal por ignorancia y no quiere esto decir que ignora alguna profesión u oficio, no, en eso puede ser muy “bueno”, simplemente su ignorancia es producto de la falta de reflexión y conocimiento del ser humano. Siglos después, se narra que Jesucristo en la Cruz pide a Dios que perdone a sus torturadores “porque no saben lo que hacen”, me disculpo por la irreverencia pero ¿no habría leído a Platón, él o quien describe ese momento?. De ignorantes pero muy buenos para otras cosas, tenemos una interminable lista de rufianes de nuestra época: ¿qué les parecen los siguientes?: Mussolini, Franco, Hitler, Truman, Stalin, Pinochet, Milosevic y ahora Bush, quien muy sonriente, también en otra universidad, donde el había intentado estudiar, porque no se graduó jamás de nada; sí, en la Universidad de Yale les dijo a los profesores y estudiantes: “recuerden que un estudiante de “C” (la más baja calificación aprobatoria) puede llegar a presidente de los Estados Unidos”. Como profesor puedo imaginar lo ofendido que se sintieron los académicos al escuchar ese “gracioso” comentario. Los “próceres” que acabo de enlistar, tanto ellos como sus colaboradores, se caracterizan por ser personas sin la más mínima preparación humanística, es decir, sin cultura aunque “buenos” para otras cosas, por eso llegaron a tener el poder que les permitió causar un inmenso daño a la humanidad. ¡Cuidémonos de esos “buenos”!. Por cierto, aquí cabe comentar el sueño de Aristóteles expresado en su frase: “El poder a los filósofos”. Filósofos en el sentido clásico que es el etimológico de los griegos que inventaron la palabra, es decir aquellos que: aman el saber. Tal vez este hombre excepcional, que sigue influyendo en todos nosotros, no había observado que los sabios generalmente desprecian el poder, o, a lo mejor lo sabía, y …¡lo lamentaba!…
El ignorante es además vanidoso, así como el sabio no lo es. Otro ejemplo de Sócrates: Cuando le dijeron que el Oráculo de Delfos había declarado que el hombre más sabio de Grecia era precisamente él, Sócrates. Manifestó con sinceridad su asombro y después de meditar un poco dijo:”seguramente el Oráculo ha dicho eso porque me compara con los más conocidos sofistas que creen saber, mientras que yo, sé mas que ellos, porque bien sé algo que ellos ignoran yo sé que nada sé”. Desde luego hay muchos otros ejemplos de la gran sencillez y modestia de otros hombres de la ciencia, como Galileo, que, ya anciano, se puso muy por encima de sus inquisidores cuando declaró tranquilamente que todo lo que ellos decían, contrario a los descubrimientos del genio, estaba bien y dice la leyenda que al salir del juicio en lo referente al movimiento de la tierra, murmuró: “y sin embargo se mueve”. ¿Qué significado tenía para este pilar de la ciencia lo que dijeran los necios?, la verdad vencería, como siglos después dijo el valiente Unamuno. Un poco más de un siglo después, Newton contesta a los elogios que le hacen: “cada vez que llego a una nueva conclusión me siento como un niño en la playa arrojando granitos de arena al mar”, y también en otra ocasión y por el mismo motivo dijo: “¿olvidan ustedes que yo no sería nada si no estuviera parado sobre los hombros de gigantes como Galileo y Torricelli?”. De Einstein hay también muchas anécdotas sobre su sencillez y modestia. ¿Verdad que conocemos hombres cuyo “éxito” les queda tan grande que no hacen más que vanagloriarse de sus “muchos” méritos?.
Para terminar señalaré otro ejemplo, ahora a cargo de Shakespeare:
En su pieza teatral: El Mercader de Venecia nos expresa su opinión sobre la más bella de las manifestaciones de la cultura: la música. Shakespeare, extraordinario conocedor del alma humana hace hablar al personaje Lorenzo con su amada Jessica (Acto V) y le dice:
“El hombre que no tiene música en sí.
Que no se conmueve ante los acordes de los dulces sonidos,
Es capaz de traiciones, estratagemas y despojos;
Los impulsos de su espíritu son negros como la noche,
Y sus sentimientos obscuros como el camino del infierno:
No confiemos en semejante hombre: ¡Que empiece la música! “
La traducción es mía, por eso incluyo el original, para que me corrijan:
“The man that hath no music in himself,
Nor is not mov’d with concord of sweet sounds,
Is fit for treasons, stratagems, and spoils;
The motions of his spirit are dull as night,
And his affections dark as Erebus:
Let no such man be trusted.- Mark the music”
Al leer estos versos: Seguramente reconoceremos hombres capaces de “traiciones”, “estratagemas” y “despojos”. Hay un claro camino para no caer en esto, y no es un lujo, sino una absoluta necesidad. A este camino le llamamos: “cultura”.
Conclusión
El ingeniero que no se acepta como parte integrante de una sociedad diversa pero muy unida por su cultura, está automáticamente excluido de su comunidad y, en esta condición su existencia como profesionista pierde sentido, ya que se preparó para servir a sus semejantes y nunca podrá cumplir íntegramente ese objetivo. Sólo si posee lo que llamamos cultura tendrá la certidumbre de que todos los demás seres son tan importantes como él y únicamente así podrá ser realmente útil y conocerá la satisfacción de serlo. Nada mejor que sentirse parte de un proyecto encaminado a buscar el bienestar de otros seres.
La indispensable comunicación humana para poder servir, no la da sólo el idioma, es necesario “sentir” y esto sólo se logra conociendo la obra de los demás, es decir, elevando el espíritu a través de nuestra cultura. Entonces, no podemos ver la cultura de ninguna manera como algo superfluo, ni siquiera como un adorno, sino ser conscientes de que se trata de una condición sine qua non para cumplir un destino que nos haga dignos de haber vivido.
Ciudad Universitaria, México D.F., 1 de julio del 2003