La ética de las pasiones alegres
salvo aquellos con los que se encuentra
Wieslaw Brudzinsky

Después, con la llegada de la filosofía y el saber racional, se supuso que el sufrimiento humano se debe a que la vida está gobernada por el desorden de las pasiones y el remedio es someterlas al control de la razón teórica. En Occidente, bajo el criterio de la irreconciliable oposición entre razón y pasión (Platón), han surgido posiciones que van desde una atenuación de las pasiones (Aristóteles) hasta posiciones extremas que piden su completa supresión (la religión, el misticismo y el cientifismo), pasando por su sometimiento a la fuerza o por el temor (Hobbes). En cualquiera de los casos, la plenitud del ser humano pareciera consistir en hacer lucir lo más posible su componente espiritual, cultural y racional con el fin de liberarse de la esclavitud de las pasiones y de orientar la vida temporal y terrena hacia un más allá. El trascendentalismo teológico pone por encima del hombre un ser superior, cuya superioridad radica en la absoluta ausencia de deseos y, por ello, se constituye en el modelo final de la existencia, en la única fuente moral de donde brotan las normas y los deberes, lo bello y lo verdadero. El extremo ascetismo del filósofo es el acatamiento a este ideal trascendental, que lo impulsa al mero vivir entre ideas y conceptos, en beneficio del puro intelectualismo, como intentando en vano emular la espiritualidad de ese ser superior.
En el siglo XVII, el más grande para la ciencia moderna, Spinoza, un solitario y rebelde pensador, pareció retomar el papel dinámico y configurador de la historia que los poetas griegos otorgaron a las pasiones. Mientras Descartes pregonó el dualismo alma-cuerpo y la superioridad de la substancia pensante (el alma) sobre la extensa (cuerpo), Spinoza tuvo el atrevimiento de plantear, contra la tradición, la igualdad ontológica entre cuerpo y alma; ninguno domina al otro, por eso no puede darse el hecho de que el alma o la conciencia contenga principios y reglas morales que ha de imponerle a las acciones corporales, porque ella no está para controlar el cuerpo. Su modelo, entonces, fue el cuerpo, como después fue para Nietzsche, hasta el punto de que definió el alma –la mente- como la idea de algo realmente existente, del cuerpo humano («Ética», parte II, proposiciones 11,13).
Y para hacer más admirable su pensamiento revolucionario, postuló la existencia de una substancia perfecta y eterna, Dios, que concibió también de consistencia material, pese a que siempre fue definida como una entidad absolutamente espiritual. Una sola substancia y no varias como en Descartes (divina, extensa y pensante); «Deus sive Natura», reza la conocida expresión latina que designa esa única substancia: Dios o Naturaleza. Esa substancia (la naturaleza) posee incalculable número de propiedades (infinitos atributos) de las cuales, dadas nuestra finitud y limitaciones naturales, conocemos muy pocas. Tales propiedades aparecen en las diversas maneras como existe la naturaleza, es decir, en todas las criaturas y seres singulares donde esa substancia divina se hace manifiesta. El pensamiento y la extensión son atributos que se expresan tanto bajo los modos del intelecto divino y las leyes naturales del movimiento y el reposo (para el caso de la naturaleza o ser infinito), como bajo la forma de alma y cuerpo para el caso del hombre (ser finito). Todo lo que existe es la naturaleza y más allá de ella no hay nada que la trascienda; Dios (la naturaleza) es un ser inmanente, causa de sí mismo («causa sui -Natura naturans»). Pero cuando afirmamos que algo existe es porque lo concebimos siendo de alguna u otra manera concreta, ya que la existencia no se da en abstracto como pretende la tradición filosófica. Al observar todas las cosas que nos rodean captamos, sin mucho esfuerzo, cuerpos físicos, en reposo o movimiento, y las imágenes e ideas que tenemos de ellos. Así, entonces, entre los infinitos modos como se muestra la naturaleza los únicos que percibimos son el alma y el cuerpo, aunque impropiamente. Por su parte, las cosas singulares son perfectas por ser maneras de ser o existir de la substancia divina; su esencia, entonces, es la perfección por haber sido producidas («Natura naturata») por una naturaleza perfecta (E, I, 33, escolio 2). Siendo así, deberíamos comprender, como hicieron los griegos, que hay muchas cosas, sobre todo las humanas, de las que solo nos cabe asombrarnos de que sean lo que son, en lugar de pasárnosla tratando de explicar siempre «por qué».
Los hombres, en particular, somos perfectos precisamente por lo que para la mirada tradicional son nuestras «imperfecciones», que ella y la religión piden refrenar o suprimir cuando lo conciben como racional o como un ser culpable, que necesita expurgar sus faltas para volverse bueno. Por el contrario, para Spinoza el hombre está hecho de afecciones, esa es su esencia y es tan perfecto como puede serlo respecto de ellas. La manera más inmediata de estar en el mundo es como cuerpo animado que los demás cuerpos afectan, porque no somos pura conciencia o espíritu; por esa razón las ideas que tenemos no las tenemos en la conciencia, solo tenemos conciencia de las ideas que expresan el efecto de los cuerpos exteriores en el nuestro, ideas de afecciones. Así que las primeras ideas que nos formamos, las que componen la mente, (E, II, 23) son las que representan lo que le sucede a nuestro cuerpo por efecto de otro. Estas ideas, inadecuadas, son las propias afecciones («affectio») corporales cuya huella, las del cuerpo exterior que nos afecta, conservamos en la imaginación.
Esas primeras ideas o afecciones, por más explicaciones racionales que nos den, son determinantes para nuestra vida, son las que más cuentan. El sentimiento, el afecto («affectus»), y la ocurrencia de pensar (o imaginar, es el primer grado de conocimiento) que alguien me odia o me quiere, porque algo suyo me afectó negativa o positivamente, predispone mi modo de ser y pensar respecto de él. Son ideas inadecuadas, no falsas, que contienen algo verdadero; puede que solo sea una ocurrencia mía creer que alguien me odia, pero eso es lo que «siento» y este sentimiento, que me limita y determina, no puedo pasarlo por alto. En el momento en el que, mediante la razón (segundo grado de conocimiento), comprenda la causa de ese sentimiento actuaré más libre de la mera afección y decidiré, por mí mismo, lo que más convenga hacer, gracias a haber adquirido una idea adecuada y haber convertido las pasiones en deseos conscientes. En psicoanálisis es como si al hacer conscientes los impulsos inconscientes logramos suprimir síntomas y restaurar el equilibrio psíquico.
Como dijimos, la esencia del hombre son sus afecciones, cuya más clara manifestación ocurre cuando lo mueve el deseo o apetito consciente por ser él mismo. La primera afección, la más natural, que tiene el hombre es el deseo, sentido en cuerpo y alma, por conservar su ser; es el esfuerzo, el «conatus», dice Spinoza «por medio del cual trata el hombre de perseverar en su ser» (E, III, prop VI, IX, escolio; IV, prop. XVIII). Tal deseo no se relaciona solo con el alma porque sería voluntad y para Spinoza no se trata de un asunto voluntario, posible, sino natural y necesario; tampoco se relaciona solo con el cuerpo porque no superaría la mera condición animal. El hombre no es un ángel, puro espíritu; ni un animal, puro instinto; él es cuerpo y alma, y sin deseos, ni pasiones no existiría, no podría pensar ni le sería posible buscar la felicidad. En mucha medida la diferencia entre pulsión («Trieb»), e instinto («Instinkt») en Freud tiene que ver con esta concepción. Mientras que ambos impulsos tienen un mismo origen natural, su objeto y fin (el placer) difieren por la plasticidad presente en la pulsión humana. Cuando el hombre no puede obtener el objeto de su deseo, orienta su energía, mediante mecanismos psicológicos como el desplazamiento y la sublimación, hacia un objeto sustitutivo dado por ilusiones, fantasías, obras de arte, la cultura, etc. En todo caso no renuncia a la búsqueda del placer más allá del mero placer funcional u obtención del equilibrio biológico que logra un animal cuando se alimenta de su presa de caza o se une a la hembra. El placer humano es un factor asociado a la actividad productiva, la misma que Aristóteles vinculó a la felicidad y que es diferente al placer primario y hedonista ligado a la obtención de algo externo y pasajero; el mayor placer humano que se siente es por estar vivo, vale decir, por tener aún la oportunidad de continuar en nuestros esfuerzos orientados a desplegar las capacidades humanas.
Aplicado lo anterior a la vida individual y social del hombre, la confianza en el poder particular de desarrollar nuestras cualidades y capacidades para agradar a los otros, alegrarse de su presencia, contribuir con la nuestra a su felicidad y así atizar el goce de la vida; es suplantada por ideas, metas y finalidades suprahistóricas, tras las cuales se la pasan ciertos hombres invirtiendo toda una vida de energía, esfuerzos e intenso trabajo intelectual, y se pierde de vista la finitud de la existencia que transcurre inexorable bajo «el cielo estrellado» (Kant) en un mundo de posibilidades, el mundo de las experiencias terrenas, que solo los hombres llenamos de contenido con nuestras acciones y esfuerzos por ser nosotros mismos. Tampoco somos criaturas cuya grandeza está en que, como en Kant, bajo el cielo estrellado obedezcamos «a imperativos categóricos» o normas morales a priori que, para ser buenos, debamos imponer a la vida vivida y sentida con pasión. Aunque en el mundo spinozista ya no haya un ser trascendente que nos oprima, ni formas o salidas eternas, no significa que el hombre no quiera «trascender» su condición y tiempo actual, su finitud, pero se trata de darle a la trascendencia el sentido de un horizonte abierto, y no la región donde se sitúa una verdad o idea redentora fija, para que los cambiantes deseos, obras, anhelos y esfuerzos humanos sigan dando sentido dinámico a la existencia, proyectando valores y pautas acordes con el modo de ser de cada cultura y los sueños compartibles de cada individuo.
No hay tal oposición entre amor propio y altruismo, ni el amor propio es sinónimo de egoísmo (Fromm); por el contrario, éste consiste en la más cruda falta de cuidado de uno mismo, que a su vez se deriva de la falta de comprensión de la naturaleza humana. Cuando una persona busca el provecho propio a toda costa: el placer en el poder, el éxito, el prestigio, la acumulación de riqueza, es porque cree, como quien se supedita a los designios de una autoridad superior, que la finalidad de la realización humana está en la posesión de cosas por fuera de sí (solo instrumentos) y no en el desarrollo de sus propias potencias de actuar y en el disfrute pleno de la existencia. Al amarse uno mismo, veremos, se ama a los demás, porque sólo así se puede pensar en el ejercicio y sostenimiento de pasiones alegres y no tristes.
Toda la Ética de Spinoza es una teoría de normas morales surgidas «del poder» de los deseos, propios de la naturaleza humana inmanente, y no «del deber» o de las normas, modelos o seres trascendentes que tenemos la «obligación» de obedecer; seres que también se expresan como salidas utópicas únicas o en «grandes y mejores» ideas originales que nunca han existido, y cuya esperada vigencia y realidad jamás podrán garantizarla en el futuro, nuestras finitas capacidades predictivas o de cálculo racional. Estas salidas lo único que alimentan es el sentimiento de culpa y la ansiedad de perfección, a sabiendas de que el hombre ya es perfecto en su imperfección y de que las normas morales y la propia razón brotan de la fuerza del deseo.
Resurge, así, la concepción griega del mundo, humano y divino, cuando se le restituye al deseo el poder constitutivo que tenía. Entre los griegos hasta las pasiones y los deseos divinos tenían el poder de hacer historia, de cambiar el destino de los hombres; ahora, cuando la moral cristiana habla de un Dios sin deseos y éstos se los atribuyó únicamente al hombre, no es difícil pensar en que los deseos humanos transformen, para bien o mal, el mundo, como resultado de sus renovados y variados intentos, «conatus», esfuerzos «por perseverar en su ser».
Vale decir, por insistir en seguir existiendo como humano y no como un ser que, delirando, rebase su condición mortal, para sentir una extraña «pasión por las ideas», que es como ir más allá de él, tras alguna recompensa, promesa o idea salvadora, religiosa o secular; todo lo cual son puras abstracciones intelectuales cuya luminosa presencia le impide ver la realidad encarnada frente a sus ojos. Quizás fue esto lo que captó muy bien un ironista polaco cuando expresó: «Un humanista es aquel que ama a todos los hombres, salvo aquellos con los que se encuentra» (Wieslaw Brudzinsky). Heidegger, por su parte, tuvo razón cuando dijo que el hombre cuida de su ser, mediante lo que no es él, pero ello está lejos de significar, «no ser él mismo» el mortal que es.
La fuerza o el impulso de cada ser humano por existir («vis existendi»), surge como una necesidad natural, por lo que no es mala ni buena. La fuerza y las pasiones pueden ser buenas o malas si trabajan para beneficiar o aniquilar la vida, de ahí que sin más no son fuente de «pecado», ni tenemos que anularlas; más bien, es preciso comprenderlas, hacerlas conscientes y transformarlas en energías para vivir. El alma tiene ideas inadecuadas o, recordábamos antes, afecciones o pasiones entendidas como los efectos que otros cuerpos producen en el nuestro. Mientras algunos individuos nos hacen sentir mal, tristes, y nos quitan energía para actuar; otros nos alegran la existencia. Si creo que alguien me odia, su presencia me pone de mal ánimo, pero si, al contrario, me encuentro con quien me agrada y siento que me estima, me alegro y su presencia me da fuerzas y ánimo para hacer lo que hago y para vivir. El ser humano mientras vive y se esfuerza por hacerse a un modo de vida, enfrenta fuerzas mayores que las suyas, cosas que lo afectan disminuyendo o aumentando su potencia de actuar, de pensar y vivir, por eso solo cuando comprende cómo lo afectan las cosas puede enfrentarlas con fortaleza y logra establecer uniones que vigorizan su «conatus», sus motivos para vivir; de lo contrario será esclavo de ellas, terminará aniquilado por los hombres de pasiones tristes, pasivo ante lo que le pasa y subyugado por pasiones indomables.
De ahí que comprender cómo nos afectan las cosas es formar ideas adecuadas, adquirir capacidad para dejarnos afectar por más cosas y tener más pasiones, lo que significa ser más sensible y poder pensar en mayor número de cosas, o sea, ser más libre para actuar, lo que incrementa el deseo de llevar una vida alegre y productiva. Por ejemplo, el libre pensador, no tiene que responderle a un partido, una iglesia o a una idea, por «genial» o salvadora que se considere; y como no hay referentes universales y únicos es libre de pensar lo que más convenga en cada momento a la condición humana. Quien se siente fácilmente afectado por todo, en realidad es porque, con pensamiento estrecho, su mirada ha quedado muy limitada a valorar muy pocas cosas, a responder con una moral estricta a dogmas, principios, normas y obligaciones que hacen inflexible sus acciones y minan su capacidad de sentir. Y ello también es el resultado de no comprender que cuando el cuerpo siente y desea, es porque ha visto lo que desea; el deseo no es ciego, es decir, sentimos y pensamos a la vez, porque el cuerpo siente con el alma y el alma piensa con el cuerpo. Lo demás es caer en abstracciones desencarnadas.
Spinoza, por lo tanto, orienta su ética hacia el logro de una vida alegre a partir de lo que es el hombre como ser natural, desde sí mismo, de su propio dinamismo orgánico que sigue una cadena determinada de causas y fuerzas naturales. Su antropología, en consecuencia, tuvo influencia notable en la teoría de Nietzsche y Freud, además en la concepción sobre la finitud humana que, entre otros, encontramos en Heidegger. Asimismo, igual que ellos, su ética va «más allá del bien y del mal»; y superando la tradicional oposición de ese par de valores morales imaginarios que relaciona la existencia con un ser trascendente, entiende, más bien, «lo bueno y lo malo» como las dimensiones inmanentes propias de lo humano.
La vida humana entraña dinamismo, agitación y los sentimientos o afectos («affectus») expresan el paso a una mayor o menor perfección y la variación en nuestra potencia de actuar. Bueno es todo lo que favorezca el aumento de esa potencia, y es cuando sentimos gozo; mientras que malo es su disminución, y ello nos hace sentir tristes (IV, 8; 41). Todo lo que predisponga al cuerpo para ser afectado por un mayor número de maneras (IV, 38) es bueno y útil por cuanto amplía y da flexibilidad al pensamiento. Un veneno nos descompone, es dañino para el cuerpo y destruye la vida, mientras que una fruta la favorece y se compone benéficamente con las partes de nuestro cuerpo. Así, lo bueno y lo malo se expresan de manera objetiva como lo conveniente o no para vivir, y su equivalente subjetivo consiste en estar dispuestos a experimentar el gozo, siendo capaces y estando abiertos a propiciar el encuentro con los hombres de pasiones alegres, que acrecienten nuestra vitalidad y capacidad de actuar, y malo es entregarnos a las circunstancias que nos determinan y disminuyen nuestras deseos y fuerzas vitales; entre esas situaciones debilitantes, está dejar nuestras vidas en manos de los hombres de pasiones tristes, cuyo odio o incapacidad para acercarse a los demás los llena de resentimiento y generan malos encuentros.
Esta es la razón por la que la ética de Spinoza adopta como método para la vida buena la fortaleza del carácter, compuesta por dos elementos (V, 41): 1. «La presencia de ánimo» que nos libra del miedo al castigo, al qué dirán los hombres de las pasiones tristes para hacernos daño, el miedo a fracasar, el temor a no ser buenos, sabedores o perfectos y 2. «La generosidad», el esforzarnos por apoyar al otro, por hacerlo amigo al construir la relación con base en la comunidad de intereses, en lugar de los desacuerdos. La generosidad no acentúa las diferencias, pero tampoco las destruye; las tiene como otras posibles miradas sobre la vida, que si ahora no surgen con fuerza, de seguro tendrán su momento de ebullición. El primer elemento expresa la serenidad del sabio que, con razón apasionada, tan admirablemente encarnó el propio Spinoza; el segundo, la amistad como fundamento de su ética, porque la felicidad solo puede lograrse cuando uno anda acompañado por la existencia. Nadie es feliz sin los otros.
Spinoza no deja de denunciar tres clases de personajes que buscan minar esa fortaleza y el aprecio por la vida: el hombre de las pasiones tristes, el tirano y el sacerdote (Deleuze). El primero, «el hombre de las pasiones tristes», o sea, el esclavo que vive temiendo fallar, caer en pecado y perder la esperanza de ser recompensado por sus buenas acciones, por su pasividad, por su fidelidad a la autoridad y por una espera improductiva. Pasiones tristes son la esperanza pasiva, la seguridad y el miedo, porque esperar por algo nos hace temer que no suceda y temer nos hace esperar que aquello que atemoriza desaparezca (III, 18). Quien teme y espera, con incertidumbre siempre dependerá de algo o alguien externo, lejos de su poder hacer algo. «El tirano», necesita de la tristeza del primero para triunfar, le infunde el temor de perder su protección si no lo sigue, y «el sacerdote» que desprecia y se entristece con la condición humana, por eso acentúa la perfección de lo espiritual y pregona valores morales ajenos al curso de la vida. Los tres tienen de común, y a la misma conclusión llegó Nietzsche, que falsifican la vida terrena, no es ella la que interesa, sino como evitar la muerte ofreciendo, incluso, una vida eterna.
La Ética spinozista busca transformar las pasiones tristes en alegres y éstas en acción, porque las pasiones, después de todo, se padecen y esclavizan, sinembargo se trata de alcanzar la libertad mediante el conocimiento (tercer grado) intuitivo y el amor intelectual a Dios («amor dei intellectualis»), que consiste en estar en armonía con el universo y orden natural. Es la manera como Spinoza escapa de quedarse encerrado en la mera condición natural o finita, porque aunque el alma (la mente) desaparece con el cuerpo, algo de ella es eterno. Las verdades o ideas adecuadas que la mente conoció del cuerpo no desaparecen y estas ideas se mantienen eternamente en el entendimiento infinito, como la esencia eterna de cada órgano en particular (V,21, 23, 38). Atreviendo una interpretación es como si al desaparecer un individuo las leyes que lo regulaban continúan inscritas en la naturaleza, a través de los otros individuos de la especie o en otras potenciales formas de vida. Nietzsche en este punto se apartó de Spinoza porque nunca admitió algo eterno, ni distinto a la perpetua incertidumbre, a lo fugaz y transitorio; no hay alegrías y penas eternas, solo momentos alegres y tristes que «se repiten» en eterno retorno («amor fati»).
Al asomarnos a algunos aspectos de la ética de Spinoza quisimos mostrar al menos porqué se considera el más grande y osado pensador moderno, cuyas ideas profundamente revolucionarias sobre lo humano favorecen la defensa de la libertad de pensamiento y de opinión y que el empeño humano por vivir se asume con más fortaleza cuando está impulsado por la alegría y no por la tristeza, de ahí el valor de andar acompañados de hombres de pasiones alegres, cuya serenidad siempre dispense energía para enfrentar la rudeza de la vida y sobre todo el mundo de la relación entre los hombres. Es, entre otras muchas indicaciones, lo que entrega su antropología y ética porque, como pocas, atiende más a la condición humana práctica que a su elaboración teórico-académica. Es preciso advertir, sinembargo, que contra la sensación que pudo haber quedado, después de esta rápida mirada a su pensamiento, el hombre no es un ser restringido a las solas pasiones, aunque ellas sean su esencia, porque uno de los poderes humanos más valiosos es tender a su racionalización lo cual no significa su supresión. La esencia del hombre no es la razón, pero se hace racional en virtud del poder de sus pasiones, comprendiéndolas, vale decir, transformándolas en energía para vivir en comunidad.
La seducción de Afrodita consistió más bien en una astuta salida que pudo encontrar cuando le ofreció a Paris la posibilidad de satisfacer su deseo por Helena, porque respondía a cabalidad con la natural condición humana, que Hera y Atenea pasaron por alto. Paris no aceptó tener el poder de dominar el universo, ofrecido por Hera; o la sabiduría y la victoria prometidas por Atenea, porque mientras estamos hechos de pasiones, el poder, el conocimiento y el prestigio son otras de las tantas ilusiones a las que los hombres de las pasiones tristes se esclavizan, creyendo inútilmente encontrar sosiego y felicidad. Paris, es cierto, no hizo más que responder a su condición humana, pero no comprendió que la causa de su pasión fue haberse convertido en instrumento del destino movido por otras pasiones más poderosas que la suya como la discordia y el orgullo divinos, y por eso no tuvo el valor suficiente para, obrando racional y libremente, enfrentarlo, haciendo uso del buen entendimiento que pedía preferir la armonía de la polis a poner su pasión al servicio de satisfacer el capricho de poderes ajenos al mundo humano.