Cargando sitio

La fuente escondida: la razón poética de María Zambrano

Introducción

Desde su exilio en Roma, en 1957 María Zambrano escribía a Jorge Guillén, en carta:

“Cuando lo conocí [a Miguel Pizarro] yo era una niña y él un joven brillante y lleno de calidades que yo admiraba, y él me llevó al mundo de la poesía y de la belleza. Mi Padre me había llevado siempre por el camino de la filosofía. Yo he buscado la unidad, la fuente escondida de donde salen las dos, pues a ninguna he podido renunciar.”

Y es cierto que Zambrano anduvo siempre buscando la unidad de filosofía y poesía. Tanto es así que terminó por acuñar un término que ya procedía de Nietzsche y de Machado: la razón poética. 

La razón poética

La filosofía, vista desde la razón ingenua, es, como decía Hegel, el mundo al revés. La poesía, en cambio -añadía mi maestro Abel Martín- es el reverso de la filosofía, el mundo visto, al fin, del derecho. Este al fin, comenta Juan de Mairena, revela el pensamiento un tanto gedeónico de mi maestro: ‘Para ver del derecho hay que haber visto antes del revés’. O viceversa.
                                                                          Antonio Machado, Juan de Mairena

Más allá de la poesía, la Generación del 27 española contó con respaldo filosófico, particularmente de la Escuela de Madrid donde se forjaban nuevos y jóvenes filósofos que verían sus prometedores futuros académicos alterados por la Guerra Civil Española (1936-1939). El ideario de Giner de los Ríos materializado en la Institución Libre de Enseñanza, y posteriores centros como la Junta para Ampliación de Estudios o la Residencia de Estudiantes, propiciaron el encuentro intelectual entre diversas ramas del pensamiento así como la contaminación intelectual con las corrientes filosóficas del momento.

Entre estos filósofos se halla María Zambrano, el más nietzscheano de los filósofos españoles (y uso el género masculino como gustaba usar ella misma para no inmiscuir en los asuntos filosóficos los asuntos de género), quien más atención prestó a la relación entre arte y filosofía. Es conocida la revisión crítica que una y otra vez Zambrano hace en sus escritos a la razón especulativa que triunfó en occidente y que llegó a expresarse en los totalitarismos, pero no sólo en ellos[1]. En esta revisión se incluía, claro está, la crítica al pensamiento ilustrado, pensamiento unificador que tenía su origen en Grecia con Parménides e iba alejando a otras formas de filosofía y condenaba a la poesía a alejarse de la sociedad, acto llevado a cabo por Platón[2]. Del mismo modo que Sócrates ridiculizaba a Ion, en el diálogo platónico del mismo nombre, por ser el poeta un ser endiosado, escribe Kant en la Crítica del Juicio: “Pero ningún Homero o ningún Wieland podría mostrar cómo encontró y manifestó en su cabeza sus ideas tan pletóricas de fantasía y al mismo tiempo, sinembargo, tan llenas de pensamientos, precisamente porque no lo sabe y, por tanto, tampoco puede enseñarlo a otros”[3].

Mientras elabora la crítica a la razón especulativa, Zambrano desarrolla en paralelo su aportación más conocida, por el momento, en la filosofía: la razón poética. ¿Cómo se define esta razón?

La definición de Zambrano de la razón poética, una razón que amplía los límites de la especulativa incluyendo en su interior a la intuición –en sentido zambraniano- y a la imaginación que el poeta –el genio, según Kant- utiliza para crear:

“Poesía y razón se completan y requieren una a otra. La poesía vendría a ser el pensamiento supremo para captar la realidad íntima de cada cosa, la realidad fluyente, movediza, la radical heterogeneidad del ser.

Razón poética, de honda raíz de amor”[4].

En la razón poética zambraniana, la nueva apuesta filosófica que abandona a la razón especulativa, hallamos otra síntesis entre episteme –razón discursiva- y nous –intuición intelectual- : Zambrano, como Kant, sigue a Platón en el diálogo Ión, sin duda la gran fuente de inspiración para la historia de la estética. Están también de acuerdo en que hay una esencia del crear que se circunscribe a la esencia de la obra[5], como expresa Kant:   

« La obra de arte es, en parte, forma, pero hay « algo más », el espíritu que transmite el artista a través de esa obra, que vivifica el ánimo de quien la observa sin que le aporte conocimiento pero que sinembargo « hace pensar mucho » y determina, al fin la valoración del juicio estético del que se enfrenta a la obra de arte. »[6] 

¿Qué será ese algo más que Kant no llegó a definir, o no se atrevió o no quiso por pertenecer al mar que rodea la isla de la razón? Quizás sea ese duende que tan preciso nos presenta Federico García Lorca en la conferencia Teoría y juego del duende :

« Esos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo : « Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica » (…) Este « poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica » es, en suma, el espíritu de la tierra, el mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente Rialto o en la música de Bizet, sin saber que el duende que él perseguía había saltado de los misteriosos griegos a las bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la siguiriya de Silverio »[7]

¿Ese duende es el aspecto del genio que Kant llama espíritu? El principio vivificante del ánimo, es decir, la idea estética que es « la representación que ofrece ocasión para pensar mucho sin que le sea adecuado un concepto »[8]

Zambrano centrará parte de su investigación sobre la creación artística en el motor de ese espíritu. La razón poética, como mostrábamos antes, se divide en dos conceptos : por una parte la razón, que se forma de episteme y nous ; y por otra, la poesía, es decir, poieo, que significa crear y especialmente crear con la palabra. Tanto en sus obras como en correspondencia con amigos poetas, comprobamos una y otra vez que el tema de la creación preocupa y ocupa el pensamiento filosófico de la autora.

Recordemos que uno de sus guías fue Nietzsche, a quien consideraba filósofo pero también poeta, también músico. Nietzsche sostuvo una concepción distinta a la tradicional del papel que la filosofía y los filósofos debían tener frente a la vida y el conocimiento :

« Sobre como entiendo al filósofo, como una terrible materia explosiva ante la cual todo peligra, sobre como separo a muchas millas de distancia mi concepto « filosófico » de un concepto que incluso atañe a Kant. »[9]

 

Su pensamiento nos lleva a afirmar la vida de lleno, donde la poesía tiene un papel fundamental:

« El decir sí a la vida misma, incluso en sus problemas más raros y difíciles ; la voluntad de vida, alegrándose de la propia inagotabilidad en el sacrificio de sus tipos más elevados –eso es lo que yo llamaba dinonisiaco, lo que entendía como un puente hacia la psicología del poeta trágico.»[10]

 

Nietzsche marcaba en El nacimiento de la tragedia el sendero que más tarde Zambrano iba a recorrer. La unión afortunada entre filosofía y poesía ya se había divorciado en Grecia, la poesía « aunque palabra no era razón »[11], y en la polis de Platón se requería de la razón para asegurar un buen funcionamiento social con la mediación de la ética. ¿Qué era la poesía si no mentira, representación? Y así Platón fue burlándose de los poetas y atacando sistemáticamente la poesía para retirar todo este ámbito del mundo de la ciudad.

 

De esta forma fue como la poesía se alejó definitivamente de la razón en la concepción occidental de ésta: venció la unidad, el Ser parmenídeo frente al movimiento constante de Heráclito, y la pobre poesía era heterodoxia, es heterogénea, no admite la unidad del ser que la filosofía ansía, se « aferra al instante y no admite la esperanza, el consuelo de la razón ». Al fin los poetas eran seres incapaces para el mundo.

Tal incapacitación surca los siglos, se evidencia en Kant, llega hasta las clases de Ortega y Gasset : « Creo recordar que en una de las lecciones Ortega y Gasset hacía recaer la diferencia entre el decir del poeta y el decir del filósofo en la falta de responsabilidad del primero »[12].

Cuestionará enseguida Zambrano las enseñanzas de su maestro Ortega y Gasset, rompiendo la división entre filosofía y arte. Pronto criticará la afirmación aristotélica sobre la admiración, ¿es que cuando uno se admira frente a la naturaleza ya la quiere circunscribir, poseer? No, la filosofía, como la poesía, debe partir de otra forma de conocimiento que no implique la posesión de lo otro, puesto que filosofía y poesía nacieron juntas, de una misma fuente. Zambrano cree detectar esa unidad en Nietzsche, también en Spinoza, en Juan Yepes (San Juan de la Cruz) y en Emilio Prados. Son filósofos poetas, poetas filósofos. O, dicho en palabras de Antonio Machado a través de su heterónimo Juan de Mairena :

“Hay hombres, decía mi maestro, que van de la poética a la filosofía; otros que van de la filosofía a la poética. Lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto, como en todo.”[13]

 

La razón poética es un saber de experiencia

Desde los años 20 Zambrano se rodearía de poetas, pintores y pintoras, literatos, y toda una gran variedad de artistas que la acompañarían durante la vida. En sus años de la II República Española (1931-1936) y la Guerra Civil Española (1936-1939) era intelectual  habitual en las tertulias, e incluso llegó a tener una propia en Madrid. Luis Cernuda, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Salvador Dalí, Emilio Prados y muchos otros se mezclaban en esos espacios de creación.  Asistían también las mujeres, que existían y que dejaron de existir por la Guerra : Zenobia Camprubí, Concha Méndez, Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Teresa León, Josefina de la Torre y una gran lista de nombres que desaparecieron de España y sólo en los últimos años se van recuperando. Ellas sufrieron doble exilio, el de la derrota del proyecto republicano y el de los poderes que las dejaron en la sombra. Como en la sombra del exilio quedó la brillante Zambrano, la filósofa del grupo.

Pero volvamos al saber de experiencia que es la razón poética. Como experiencia es la misma poesía. Como el arte, como el arte que desde muy joven sintió Zambrano. En carta a Gregorio del Campo hacia 1924, escribía:

“… Me gustaría tener una actividad artística, es lo que más me atrae: el arte. Quisiera tener alguna facultad artística, pintar, cantar, hacer música… me encantaría. El arte me parece lo más puro de todo, precisamente porque la verdadera belleza es impersonal y lo que no es ella, pero que sí es arte, es personal en lo mejor de la persona.”[14]

Claro que ya por aquel entonces había conocido al gran amor de su vida, Miguel Pizarro Zambrano, de quien García Lorca escribiría en dedicatoria de Impresiones y paisajes en 1918: “Miguel Pizarro, enorme, sensual, exquisito enamorado, espíritu que tiembla ante los cuatro vientos del espíritu, que tiene un alma inquieta plena de apasionamientos constantes que se apagan y encienden como luces nocturnas perdidas en una vega de ensueños».

Miguel Pizarro, flecha sin blanco[15], la había llevado por el camino de la belleza y de la poesía, decíamos al principio citando la carta que Zambrano escribió a Jorge Guillén para agradecerle el supuesto envío del libro póstumo de Pizarro, Versos. Eran primos hermanos. Fue Blas Zambrano, el padre de la pensadora, maestro librepensador, quien prohibiría en 1922 la relación que se había estrechado entre los primos. Pero las cartas surcaron océanos, pues Pizarro se fue lo más lejos posible, a Japón, y muchos años más tarde a Rumanía: desde sus destinos le iba contando a María Zambrano de la poesía y del zen, como ella misma dice. Pero aquello nunca fue posible y Pizarro encontró a su esposa en Rumanía, de Gratiana Oniçiu nacería su única hija: Agueda Pizarro, poeta.

El fue, además, el puente entre la filósofa y Federico García Lorca, y de su poesía escribía Zambrano en el prólogo a la selección que preparó de sus poesías tras su asesinato en 1936:

“La voz de la sangre canta y grita por la poesía de García Lorca, sangre antigua que arrastra una antigua sabiduría. La sabiduría de la muerte. Ese saber tan andaluz que tapa con su resplandor todos los demás saberes y los borra por innecesarios, y ese sentido de la belleza unido a la muerte, como única compensación. La belleza para el andaluz es la justificación, el consuelo de haber nacido, lo que él sabe encontrar siempre donde quiera que se halle, y lo que cree que va a quedar del mundo cuando él desaparezca. La única realidad del mundo y de las cosas.”

Y si Pizarro la llevó a García Lorca, las tertulias madrileñas le presentarían a otro gran poeta, otro gran amigo: Miguel Hernández. Cuentan los biógrafos que juntos iban a pasear y se consolaban en sus confesiones; corría el año 1934. Miguel Hernández había viajado desde Orihuela a Madrid ya tres veces y había tenido que regresar a su vida de pueblo. Pero pesó más en él el poeta que su padre no le permitía ser, y le pesó la guerra tanto que participó activamente en el frente y de allá a la muerte en la cárcel en 1942. Escribe Zambrano en Presencia de Miguel Hernández:

“Era el equivalente español del indio mexicano, peruano o chileno, el sufridor de siglos contados y de los que no se cuentan (…) Seres polvorientos, de polvo de la tierra y de polvo estelar que ellos no quieren quitarse de encima, hermanos de la tierra y del sol. Seres que al extinguirse se encienden.”

El 28 de enero de 1939 comenzaba para María Zambrano el exilio, que se extendió por 45 años. México, Puerto Rico, Cuba, Italia, Francia… Fueron muchos los destinos y muchas las penurias que esta filósofa española exiliada vivió, sospechosa de roja, sospechosa por ser mujer divorciada, sospechosa por no ser académica. Pero en su exilio siempre encontró poetas, amigas y amigos, como el Grupo Orígenes en Cuba, como Albert Camus y Emile Cioran en Francia, como su gran amiga cubana Lydia Cabrera, o a Lezama Lima, como Elena Croce en Roma, como los poetas y escritores que se acercaron a su casa en el bosque francés de La Pièce. Los epistolarios publicados e inéditos nos dan cuenta de la extensa red que Zambrano mantenía a su alrededor, en la distancia, en la tristeza del exilio. Conmovedoras son la mayoría de cartas, especialmente las que intercambia con su gran amigo, el poeta malagueño Emilio Prados. Del exilio que sufren ambos, él en México y ella en La Habana, escribe Zambrano:

“Y así necesitamos de que el amigo, el ser querido esté en un cuerpo y verle y sentirle y tener su silencio vivo y su palabra; que todo no sea ausencia. Por eso cada día me veo más en España, allí reunidos, bajo aquel sol que de verdad nos calentaría. Yo llevo un frío dentro de mí, no sé; en las entrañas o en la sangre, que ningún sol desvanece… ya ves, ahora tengo aquí un tiesto chiquitico con un granadito enano que me han traído de España. Lo cuido: miro la tierra anaranjada y me parece la tierra, el barro primordial, la tierra – tierra con sol. Y cuando lo colmé de agua el otro día y el cielo se reflejaba y la sombra del tronco, encontré cielo y agua y sombra de allí… Te lo mandaría, si fuera posible.”[16]

Es el poeta metafísico, porque es en Emilio Prados en quien más claramente cree encontrar Zambrano la fuente única, escondida de donde emanan filosofía y poesía. Y así escribe de su obra:

“Poesía que más que expresión es la acción misma de existir. Si en la obra de Prados aparecen poemas de una prodigiosa belleza y logro, lo decisivo es el poetizar, el ir por la poesía a ganar los planos temporales diversos de la vida humana y las realidades que a ellos corresponden”[17]

Para terminar, también María Zambrano ensayó algunas poesías. Son pocas las que se han recuperado hasta el momento, pero creemos conveniente dejar una muestra de su poesía metafísica o simplemente poesía por no caer en la redundancia:

A mi Ángel

… Y no hay misterio,

sólo trabajosa pesadumbre

y esa amarga yerba.

Pero tú me conduces

y manda tu palabra.

Sí; quiero ser tus alas

caídas, alma, llanto,

lluvia de lágrimas por mí.

Porque tú me lloras,

lloras mi no-ser,

porque me sientes a tu lado,

soy tu fealdad, tu impotencia

extranjera a ti confiada.

Cómo te peso

yo la invisible.

Soy tu piedra,

el aceite que unta tus alas,

tu rémora

y en instantes infinitos

tu desesperación.

Oh Ángel

¿seré tu infierno?

Eterno retorno

de tu ligereza por mí aprisionada.

Como una obscura cosa

me ofrezco a tus pies

para ser quemada, ahumada

víctima necesaria de tu libertad.

No me dejes existir, pues que te peso.

Tú me mides,

soy tu irreductible

¿hasta cuándo?

tu condena.[18]  

 



[1] Ver, por ejemplo, Zambrano, María, Los intelectuales en el drama de España

[2] Zambrano, María, Filosofía y poesía, México, FCE, 1996.

[3] Kant, Crítica del discernimiento, Madrid, Machado libros, 1993, pág. 275.

[4] Zambrano, María, Los intelectuales en el drama de España y escritos de la guerra civil, pág. 177-178.

[5] Nos recuerda esta expresión el estudio de Heidegger El origen de la obra de arte, que no tratamos porque creemos aporta poco o nada a la investigación kantiana.

[6] En este punto encontraríamos muchas y sospechosas semejanzas con el concepto alètheia de Heidegger.

[7] García Lorca, Federico, “Teoría y juego del duende”, en Obras completas, I, pág. 1068. Aguilar, 1973.

[8] Kant, Crítica del discernimiento, Madrid, Machado libros, 1993, pág. 280.

[9] Nietzsche, F, Ecce Homo,

[10] Nietzsche, F. El crepúsculo de los ídolos.

[11] Zambrano, María, Filosofía y poesía, México, FCE, 1996, pág. 33.

[12] Zambrano, María, Algunos lugares de la poesía, Madrid, Trotta, 2007, pág. 102.

[13] Machado, Antonio. Juan de Mairena, Madrid, Residencia de Estudiantes, 1936, pág. 144.

[14] Zambrano, María, Cartas inéditas (a Gregorio del Campo), Ourense, Linteo, 2012.

[15] Así comienza la poesía que Federico García Lorca le dedicó. Para saber más de Miguel Pizarro: Pizarro, Águeda, Miguel Pizarro, flecha sin blanco. Granada: Diputación, 2004.

[16] Carta a Emilio Prados escrita en Roma, el 15 de noviembre de 1958. Archivo Emilio Prados, Residencia de Estudiantes, Madrid.

[17] Nota biográfica sobre Emilio Prados anexa en carta de María Zambrano a Emilio Prados con fecha de 9 de junio de 1959. (Archivo Residencia de Estudiantes).

[18] María Zambrano, A mi Ángel, en Rey Lagarto, Madrid, 2002, núm. 50-51, pág. 74.

 

 

Compartir:
 
Edición No. 167