Cargando sitio

La lección del maestro

En 2001, la Universidad de Caldas le concedió el título de doctor honoris causa a Danilo Cruz-Vélez. Para la celebración, el Centro Editorial de la institución publicó la segunda edición del clásico Filosofía sin supuestos, que fue publicado originalmente por la Editorial Sudamericana. En el prólogo que el maestro condescendió a escribir para esta segunda ocasión, declara lo siguiente:

[El libro] no ha sufrido ninguna modificación, a pesar de la copiosa bibliografía aparecida entretanto sobre Husserl y Heidegger y de la publicación del legado inédito dejado por ambos pensadores. He leído este nuevo material, atento a las novedades que pudieran obligarme a reformar la estructura del libro o a clarificar o a corregir algunas de sus ideas centrales. Pero en vano. El libro me infunde ahora la misma seguridad con que lo entregué al culto lector hace más de treinta años.

Para quienes seguimos desde las gradas el desarrollo de la literatura fenomenológica, esta declaración es un alivio. El viejo y venerable maestro se muestra aquí tan deliciosamente desdeñoso hacia las sutilezas exegéticas de la industria editorial creada por la indiscreción post mortem con respecto a los papeles no publicados de Husserl y Heidegger, que los profanos no podemos más que agradecer el gesto. En efecto, uno de los aspectos más desagradables de esa ‘copiosa’ literatura es la preocupación por el más diminuto cambio de léxico en los papeles sagrados, probablemente motivada por la convicción de que tales modificaciones deben obedecer a un cambio más profundo y fundamental en las ideas.

Una de las características más notables y chocantes de la literatura filosófica latinoamericana es la ostentación: casi ninguna página se encuentra libre de los ‘véase’ acompañados por una lista intimidatoria de referencias. El maestro, sinembargo, nos recuerda que si su libro valió la pena en 1970, ningún injerto bibliográfico hará que valga la pena ahora. El libro se sostiene por sí solo, o no se sostiene. El gesto, además, revela una confianza exquisita en la comprensión que el libro revelaba de los problemas tratados entonces.

En esta breve nota quiero sugerir una interpretación de las lecciones principales que puede dejar el clásico para quien se introduce en el estudio de la filosofía en Colombia, extraídas de mi propia experiencia iniciática con la obra.

Una de las razones por las cuales la segunda edición de la obra no se habría visto mejorada por un examen de la bibliografía reciente es la naturaleza misma del proyecto en el que se embarcó el autor. Desde el título, el propósito queda claro: examinar la posibilidad de una filosofía sin supuestos, ideal que se nos presenta como uno de los más altos y difíciles en la historia del pensamiento. Así que los escritos de Husserl y Heidegger cobran un valor instrumental: sólo importan en la medida en que contribuyen en la búsqueda del imposible ideal. Es por esta razón que la naturaleza de la obra es propiamente filosófica, y no un mero recuento de los pensamientos de ambos filósofos. Esto también explica por qué, aun si puede dudarse de la autenticidad husserliana o heideggeriana de las ideas expuestas por Cruz, la estructura general de la obra se mantiene en pie. El libro constituye un camino hacia el ideal señalado, con independencia de esos subsidiarios asuntos exegéticos.

La elección de esos dos filósofos, además, constituye una lección de método por parte del maestro. En el prólogo de la primera edición, nos dice que eligió las filosofías del padre de la fenomenología y de su más influyente discípulo porque “hemos querido concentrar los problemas en un punto dominable”. Así, en lugar de hacer un insoportable ‘rastreo’ (me perdona el lector, pero ésa es la palabra que se acostumbra hoy en las academias) por la historia de la filosofía, el autor escoge dos pensadores lo suficientemente profundos y relevantes para el tema. Esta forma de enfocar la historia del pensamiento, declara el autor, la aprendió de Husserl, quien a su vez reconstruyó la historia de la filosofía en los términos que le exigía su propio propósito de buscar una filosofía sin supuestos. Cruz nos da una explicación concisa del carácter y los beneficios de este proceder, cuando dice que “semejante actitud […] obliga a una selección y simplificación de los hechos históricos. Pero esto hace posible su condensación en torno al problema en cuestión y una intensificación de la atención hacia ellos, lo cual permite hacerles presión para que den todo su jugo […]”.

Es así como asistimos a una presentación ‘condensada’ e ‘intensificada’ de la historia de la filosofía, enfocada exclusivamente en los momentos e ideas más relevantes para la búsqueda del ideal que motiva la obra. Dicha historia resulta entonces iluminada por una luz penetrante que destaca unos cuantos claros, dejando en la oscuridad una cantidad enorme de hechos e información. En esto el libro sigue enviando un iluminador mensaje a quienes nos dedicamos al estudio y la difusión de la filosofía en Colombia. Aunque es cierto que en el país ya se ha superado ampliamente ese complejo según el cual nuestra labor se reducía únicamente a la presentación de las ideas de los grandes filósofos y, en consecuencia, ya hay muchos trabajos en los cuales se nota un interés genuino por hacer filosofía, la obra del maestro Cruz sigue constituyendo un modelo, por la lección de método que comenté y, sobre todo, por la dimensión de sus ambiciones. En cuanto al método, el libro muestra magistralmente cómo pueden combinarse de forma armoniosa el estudio de la historia del pensamiento con la persecución de un problema[[Una obra de similar carácter sobre un problema cercano, aunque con un enfoque muy distinto, es el libro de Graham Priest: Beyond the limits of thought, Cambridge University Press, 1995.]].

La ambición de la obra constituye la segunda lección del maestro. En el prólogo de la primera edición, Cruz se mostraba bien consciente de las probabilidades de éxito de su proyecto:

Del ideal se ha dicho que es como la estrella que guía al navegante por el mar, pero en la cual no se desembarca. Y esto, en efecto, es lo que ha ocurrido con el ideal de la exención de supuestos. Siempre buscado, nunca alcanzado, pero nunca abandonado, siempre ha impulsado hacia adelante la marcha de la filosofía.

¿Por qué perseguir una meta que de antemano se reconoce como inalcanzable? La respuesta está en los logros del libro. Ya señalé uno de los más importantes: la presentación de la historia de la filosofía como un intento continuo e infructuoso por alcanzar el ideal. Como consecuencia, se obtiene también una comprensión singular de otros hallazgos filosóficos que parecen secundarios en la medida en que sólo pretendían allanar el camino hacia el imposible objetivo, pero que valen la pena por sí mismos.

Al final queda la impresión de que el ideal sigue siendo inalcanzable, a pesar de los renovados esfuerzos de Husserl y Heidegger por acercarse. El maestro Cruz parece acoger la sugerencia, pero no por ello declara que la búsqueda sea espuria. Esta forma de ver las cosas me sugiere que la obra del maestro es una ejecución en el ámbito de la filosofía de aquella máxima de Francis Scott Fitzgerald, según la cual la marca de una inteligencia de primer orden es que «debería ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sinembargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo». Para muchos de nosotros, esa forma radicalmente ambiciosa y trascendental de enfocar la filosofía no constituye un camino practicable. Pero sigue ejerciendo su fascinación y, como he tratado de mostrar, puede seguir dándonos lecciones importantes.

Compartir:
 
Edición No. 143