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La prisión de Argel en Don Quijote

La celebración de los cuatrocientos años de la publicación de Don Quijote de la Mancha en el 2005 nos obliga a preguntarnos sobre la vigencia de esta obra en los albores del siglo XXI. Don Quijote no solo es el libro más traducido del mundo, después de la Biblia, sino que constituye también la primera obra de literatura moderna, como precisó el filósofo Michel Foucault, quien adujo que el descubrimiento de Cervantes sobre la relación arbitraria entre las palabras y las cosas marca el comienzo de la edad moderna.

Asimismo, después de los trabajos de Américo Castro al terminar la primera guerra mundial, hemos descubierto en Cervantes, si no a un pensador, a un escritor en la acepción más profunda de la palabra: el padre de la novela moderna. En ese sentido, si la obra de Cervantes discurre sobre los discursos literarios de su época, también discurre constantemente sobre su propia construcción. Como ha afirmado Juan Goytisolo: “La historia del personaje enloquecido por los libros de caballería se trueca así, de modo insidioso, en la historia de un escritor enloquecido con el poder fantasmal de la literatura” (Disidencias, p. 205).

La gran obra de Cervantes debe estudiarse a la luz de la biografía del autor, porque son indudables las huellas dejadas por su experiencia vital en su creación. Por ejemplo, éste es el caso del cautiverio en Argel, ocurrido entre 1575 y 1580, cuando Cervantes tenía veintiocho años. No se trata, como veremos, de establecer una correlación directa y cruda entre la vida y la obra de Cervantes sino más bien de explorar el vibrante límite entre historia y ficción en nuestro autor y los complejos juegos que se establecen en el filo de estas fronteras.

Al regresar a España después de participar en la Batalla de Lepanto (1571) y en otras campañas mediterráneas contra los turcos, el soldado Miguel de Cervantes fue capturado por piratas turcoberberiscos y llevado cautivo a la ciudad de Argel, en el norte de África. Los cinco años vividos en los baños [prisiones de esclavos] argelinos (1575-1580) dejaron una huella imborrable en su obra. El cautiverio no solo ocupa un lugar central en la creación literaria de Cervantes, sino que se convierte en el eje, o el núcleo fantasmático al que la escritura retorna sin cesar. Desde las primeras obras dramáticas y narrativas, escritas después de su liberación —Los tratos de Argel (1583-84) y La Galatea (1585)— hasta su novela póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1616), la historia del cautiverio reaparece continuamente en la creación cervantina. En mi estudio Cervantes in Algiers: A Captive’s Tale [Cervantes en Argel: historia de un cautivo], he mostrado que la reconstrucción de las memorias traumáticas del cautiverio opera en Cervantes como fuente de creación. Desde este ángulo, resulta especialmente sugestiva la tesis de Goytisolo, quien sostiene que la summa cervantina es concebida “desde la otra orilla —la de lo excluido y rechazado por España”. El escritor aduce que Cervantes “elaboró su compleja y admirable visión de España durante su prisión en tierras africanas, en contraposición al modelo rival con el que contendía” (Crónicas, pp. 60-61).

Éste quizá sea el lugar para reconsiderar los vínculos misteriosos que asocian la mazmorra —la prisión— con la invención literaria en la obra de Cervantes. Recordemos que, en el Prólogo a Don Quijote de 1605, el autor afirma que su libro fue engendrado “en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”. Algunos críticos han interpretado esta frase como una declaración simplemente simbólica, ignorando el hecho incontestable de la prisión argelina de Cervantes y de las continuas imágenes de cautiverio que aparecen en su obra. Años después de su regreso de Argel, durante sus viajes andaluces, Cervantes sufrió un breve encarcelamiento en Castro del Río, en 1592, y otro más largo en la cárcel real de Sevilla, en 1597. La razón de este encierro: haber depositado unos dineros del Estado con un mercader que desapareció después de haber caído en la bancarrota. No obstante, así como la experiencia argelina nutrió la creación literaria de Cervantes, la cárcel real de Sevilla también se convirtió en una fuente de inspiración para el autor. Su encuentro con el mundo abigarrado del hampa en la gran cárcel de Sevilla le permitiría crear los auténticos rufianes, los criminales, los delincuentes y los locos que pueblan sus novelas.

Las marcas de la prisión no solo inauguran la obra magna de Cervantes sino que reaparecen en su novela póstuma El Persiles, surgida literalmente de una mazmorra: “Voces daba el bárbaro Corsicurbo a la estrecha boca de una mazmorra” son las primeras palabras de la novela. Si el héroe de esta obra emerge de la cárcel subterránea donde los bárbaros mantienen a sus cautivos, la novela entera brota de esa mazmorra que recuerda las prisiones subterráneas de Túnez y otros centros esclavistas magrebíes. La cueva de la que surge el héroe Periandro — “antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella estaban sepultados” (p. 5)— ciertamente evoca el mundo carcelario de los baños de Argel. Parafraseando a John J. Allen, Cervantes hace literatura basándose en su propia vida. Don Quijote crea una vida basada en la literatura (p. 3).

En la primera parte de Don Quijote, la experiencia traumática de Argel se plasma en el relato autobiográfico del Capitán cautivo, Ruy Pérez de Viedma, un alter-ego de Cervantes. Este relato no solo pone en escena dramáticos eventos históricos relacionados con las guerras mediterráneas contra los turcos, en las que participó el soldado Cervantes, sino que también adquiere, por momentos, un marcado sesgo autobiográfico: “De todos los sucesos sustanciales que en este suceso [el cautiverio] me acontecieron, ninguno se me ha ido de la memoria, ni aún se me irá en tanto que tuviere vida”, dirá el Capitán cautivo al regresar a España después de su largo cautiverio en Argel (DQ I, 40). Varios críticos han propuesto que La historia del cautivo (DQ I, 39-41) fue compuesta entre 1589 y 1590 y luego incorporada a Don Quijote. Como tal, esta historia autobiográfica sería la “semilla” de Don Quijote, el Ur-Quijote, como planteó el crítico Luis Andrés Murillo. Es importante subrayar, en este contexto, que el relato que encarna el cautiverio de Cervantes constituye el eje de las novelas interpoladas en la primera parte de Don Quijote, de cierto modo, el centro simbólico de esta obra.

Gracias a los testimonios del propio Cervantes y a los de algunos testigos de su esclavitud en Argel, los estudiosos han podido reconstruir este largo cautiverio. Consciente de que ni él ni su familia podían pagar el alto rescate que los corsarios argelinos pedían por él, el futuro autor intentó escapar cuatro veces de su prisión, a pesar de los peligros que estos intentos representaban. Por ello estuvo a punto de perder la vida varias veces, empalado o muerto a bastonazos. Asimismo, la vida en la populosa y sofisticada rica urbe norteafricana, conocida en el siglo XVI como la capital corsaria del Mediterráneo —una ciudad de cerca de ciento veinticinco mil habitantes que tenía veinticinco mil cautivos de todos los países de Europa— va ser descrita minuciosamente por el autor en varias obras dramáticas y narrativas. A la ciudad de Argel en los 1570, como nos cuenta Cervantes en su obra, llegaban corsarios de todas partes del mundo con sus navíos llenos de ganancias y de esclavos. Entre otras vicisitudes, el prisionero Cervantes, esclavo del corsario Mamí Dalí, presenció los suplicios sufridos por otros cautivos que procuraron huir del infierno argelino. Ejemplo de esos suplicios fueron la tortura y muerte de dos individuos que trataron de ayudarlo a escapar: un jardinero navarro, que murió ahogado en su propia sangre por colaborar con Cervantes y un grupo de fugitivos, por ayudar a cervantes y a un grupo de fugitivos, y un moro amigo, que fue empalado por llevar una carta del cautivo al presidio español de Orán (Garcés, Cervantes in Algiers, p. 45-50). Entre los suplicios más leves sufridos por los esclavos que procuraban huir de las condiciones infrahumanas de los baños, se contaba el corte de orejas y de narices, así como otras torturas, como la muerte por empalamiento, aplicada a los cautivos que dirigían un escape colectivo o una rebelión.

A pesar de los castigos brutales destinados a los esclavos que intentaban escapar, hay que destacar la gran tolerancia religiosa de los argelinos, que permitían a los cautivos cristianos celebrar misas todos los días en los baños y festejar sus fiestas religiosas, tolerancia muchas veces destacada por Cervantes en su obra. Mas importante aun, el estudio de las estructuras sociopolíticas de Argel en el siglo XVI revela una fluidez asombrosa de relaciones entre el mundo musulmán y el cristiano, así como una notable porosidad de fronteras entre el ámbito de los renegados (convertidos al islam) y el de los cautivos. Las “relaciones” o informes de varios prisioneros que escribieron sobre su esclavitud en Argel en esa época, incluidas las de Cervantes, reflejan un universo multicultural donde las comunicaciones entre musulmanes, renegados y cristianos eran manifiestamente libres. En efecto, Cervantes le debe la vida a uno de estos renegados, un corsario de origen español llamado “Maltrapillo”, quien usó de sus buenas influencias ante el bajá Hasán Veneciano para salvarle la vida al futuro autor después de un intento de escape. Este personaje reaparece en la primera parte de Don Quijote (1605), como el renegado de Murcia que ayuda a escapar al Capitán cautivo y a Zoraida, su amada mora.

Si las obras iniciales de Cervantes se yerguen como una denuncia del sufrimiento de miles de esclavos cristianos en Berbería, la producción literaria de toda su vida expresa el interés vital del autor por la cultura islámica y su apertura hacia el “otro” moro o musulmán. Hay que resaltar igualmente el respeto de Cervantes por la religión musulmana y su fascinación por el Islam, que se manifiesta a través de toda su obra. No deja de ser significativo, en ese sentido, que el “primer autor” (o narrador) de Don Quijote sea el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, que aparece en el capítulo 9 de la primera parte de Don Quijote. El artificio de los cartapacios encontrados en el mercado de Toledo, del que surge la verdadera historia de Don Quijote, cobra sentido a través de la revisión del cautiverio argelino. Ciertamente, la elección de este marco narrativo, al vincular la obra maestra de Cervantes a la cultura musulmana, recién abolida en España, va mucho mas allá de la simple anécdota o del artificio del “manuscrito encontrado”, muy común en la época.

Que el libro que Cervantes (o el compilador) encuentra en el antiguo barrio judío de Toledo, convertido ahora en un mercado de papeles viejos y de telas, sea la verdadera historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por el historiador árabe Cide Hamete Benengeli, y que esta historia haya sido luego traducida por un morisco que aún sabía leer la antigua lengua, es una enorme ironía histórica que refleja la concepción de la novela. En la España de 1605 era muy peligroso saber leer árabe, y más peligroso todavía saber leer hebreo: por causa de este conocimiento, muchos nuevos cristianos —los nuevos convertidos de moros o de judíos— fueron enjuiciados y quemados por la Inquisición. Pero Cervantes nos dice que no era difícil encontrar un traductor del árabe en aquel lugar, y que “aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua [el hebreo] le hallara” (DQ I, 9). Desde luego, a pesar de la expulsión de los judíos en 1492, en la España del siglo XVI había viejos conversos que aún sabían leer hebreo y viejos musulmanes convertidos, que todavía podían leer árabe. Entre 1605, cuando apareció la primera parte de Don Quijote de la Mancha, y 1615, cuando se publicó su continuación, el gobierno español expulsó a los moriscos o cristianos nuevos, poniendo fin a un siglo de conversiones forzadas de judíos y de musulmanes, las cuales comenzaron a darse a partir de 1492, con la conquista de Granada.

Los libros que pertenecían a esas culturas no solo se quemaban consuetudinariamente, como evoca Cervantes en la famosa inquisición de los libros descrita en el capítulo VI de la primera parte de Don Quijote, sino que eran además reciclados y convertidos en pulpa apenas aparecían en las calles. Está claro que al destruir estos libros se eliminaba también todo vestigio del conocimiento de las lenguas arábica y hebrea en que estaban escritos, así como la memoria de estas culturas que en otras épocas constituyeron la riqueza de la España de las tres religiones. Pero más allá de las críticas soterradas de Cervantes a las políticas del Estado español, el artificio de los cartapacios arábigos revela la existencia en el autor de una vena inspiradora profunda que aflora con mil sinuosidades y reiteraciones, vena que apunta a sus complejas relaciones con el mundo morisco y turcoberberisco y a su atracción por el Islam. Esto quizá explique el notable rol del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli en la obra maestra de Cervantes, así como el hecho de que sea el mismo Cide Hamete Benengeli el que cierra la gran novela con esa famosa declaración hecha por su pluma: “Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno,…” (DQ II, 74). Mirada en su totalidad, la producción literaria de Cervantes surge, entonces, como un canto a la tolerancia, como una apertura a la diferencia y una propuesta para considerar la cultura islámica en toda su riqueza. Quizá esa sea una de las grandes lecciones que nos deja Cervantes.

Don Quijote es un documento revolucionario de su propia época, un libro valeroso: esta dimensión se pierde, como hemos visto, si no conocemos el contexto social en que la obra fue escrita y al que se refiere. La obra maestra de Cervantes nos confronta con la Historia —la compleja y conflictiva historia de nuestro pasado español, árabe y judío— y, especialmente, con los conflictos entre cristianos y musulmanes en la España moderna y en el Mediterráneo. Extraordinariamente moderno en sus dimensiones literarias y filosóficas, Don Quijote nos lleva a inquirir también por nuestra relaciones con el “otro” —la mujer, los marginados, las culturas o las ideologías diferentes. Desde el punto de vista humano, esos espléndidos personajes, Don Quijote y Sancho, nos llevan a explorar el mundo maravilloso del humor, de la risa liberadora, y a adentrarnos en el ámbito de la amistad, del verdadero diálogo. Don Quijote no es sólo un tributo a la vida: es un canto a la libertad. Su vigencia, hoy más que nunca, es indiscutible.

 

Bibliografía

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MURILLO, Luis-Andrés. “El Ur-Quijote: Nueva hipótesis”. Cervantes 1 (1981): 43-50.

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Edición No. 129/130