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La razón poética de María Zambrano

Podríamos empezar afirmando que la filósofa española María Zambrano es uno de eso casos en los cuales ciertos pensadores se vuelven más mencionados que efectivamente leídos o comprendidos. Su signo parece ser el no–lugar y la errancia; atravesada por la experiencia trágica de la guerra y el exilio, María escribió la mayor parte de su obra fuera de España. Nunca se consideró una filósofa; ella, al igual que su maestro José Ortega y Gasset, se consideraba pensadora del alba y de la penumbra. Conscientes de que el exceso de luz era otra manera de ceguera –refriéndose a la luz de la razón llevada hasta el paroxismo– preferían esos momentos en que las sombras atisban o abandonan parcialmente las cosas y las muestran en su natural desnudez y fragilidad, por esto hablaron siempre primero desde la vida y lo vivo, antes que desde los grandilocuentes y abstractos conceptos.

María Zambrano mencionó cómo la filosofía siempre fue para ella una actitud irrenunciable y una necesidad ineludible. En su libro Filosofía y poesía* comentó: En mi adolescencia alguien me preguntaba, a veces con compasión, a veces con ironía un tanto cruel ¿y para qué va usted a estudiar filosofía? Porque no puedo dejar de hacerlo, respondía.

María Zambrano llamaba a la filosofía y a la poesía: “dos formas insuficientes” y “dos mitades del hombre” insistiendo, no en una teoría de las alternativas que obligaba a elegir a una y renunciar a otra, sino que a lo que hondamente dedicó su pensamiento y su vida fue a una conjunción de ambas, a una filosofía que se expresara en palabras de comunicación y que esas palabras sean a su vez palabras de comunión, de común unión entre ambas formas de la palabra que nacen de un mismo Logos creador.

La idea de la unión entre pensamiento y poesía siempre ha existido, pero parece haber sido calladamente desatendida, y para Zambrano la “desatención” se presenta en los hombres como la primera forma de olvido. Recordemos que la filosofía etimológicamente, desde su origen en Grecia, ha anunciado la tensión que acontece siempre palpitante entre el amor y la sabiduría, pero ¿dónde poner el acento? ¿En lo afectivo: Phileo, o en lo especulativo: Sophia? Retomar el sentido originario de esta palabra vale para para desocultar y para no olvidar que la filosofía ha sido desde su nacimiento un concubinato, o mejor, una relación constante sin guerra entre ambas partes esenciales de esa riesgosa tarea a la que se entregan ciertos hombres sedientos de Ser llamados filósofos. Como afirmaba María Zambrano: No se encuentra el hombre entero en la filosofía, no se encuentra la totalidad de la humano en la poesía. En la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca, requerimiento guiado por un método” (p.13).

Así el pensamiento y la poesía se presentaran como una atrevida y necesaria conjunción de dos maneras o caminos que anidan en una misma forma expresiva, pero ante todo serán una manera de comprender y comportarnos en el mundo. Cada una de ellas buscará febrilmente ocupar la totalidad del alma del filósofo, y una manera de anidarlas a ambas en un mismo ser humano ávido de conocimiento, sin que una eclipse a la otra, es aceptándolas sin primacías como dos partes en el alma del hombre que desde el comienzo de los tiempos se ha presentado como el filósofo y el poeta, a la manera de esa composición de dos seres anunciada por Friedrich Nietzsche entre los bestial y lo divino mencionada en su libro Cómo se filosofa a martillazos: Dice Aristóteles que para vivir en soledad hay que ser animal o dios. Falta aclarar que hay que ser lo uno y lo otro: filósofo.

Filosofía y poesía se encuentran unidas allí en el lugar de la palabra y en su devenir creación, tal como se anuncia en la etimología de la palabra poiesis. Un phileo-sophos será entonces un hombre en el cual se presente esta doble necesidad de pensamiento y poesía, de razón y pasión, de amor y de conocimiento. Será llamado entonces más que filósofo: un poeta pensador guiado por un saber –al decir de María Zambrano– “Nacido antes que creado”. Éste será el renacer de una razón que no escinda ni condene aquello que escapa a su límite, a su ratio regulador cuya naturaleza es negar todo aquello que no logra comprender,  será la victoria de la poiesis presente en la razón poética, y debemos llamarla así: victoria más no supremacía de ella.

Toda victoria humana ha de ser reconciliación, rencuentro de una perdida amistad, reafirmación después de un desastre en el que el hombre ha sido víctima; victoria en que no podría existir humillación del contrario, porque esto ya no sería victoria. (María Zambrano. Revista de Occidente. N.132, junio 1934). Esta victoria de la poesía en su sistema filosófico da lugar a un orden muy similar al musical, en el cual existen y conviven las diferencias en un universo rapsódico, sin caer por ello en incoherencia y este orden será siempre transformador más que reformador.

La razón poética no se restringe a un campo meramente literario o a un género artístico, debido a que ella es potenciadora de reflexiones y prácticas vitales en el mundo simbólico y discursivo que habitamos. Incluso la intempestiva pregunta “¿Qué es la política?”, tocante a las circunstancias siempre contingentes que dominan nuestro tiempo, se puede abordar encarnándola a partir de la Razón Poética convirtiéndola en un afán de humanizar el tiempo, quizá por esto, al decir de María Zambrano: La política es razón de vida.

A propósito, cabe mencionar aquí la Celebración de las bodas de la razón y el corazón, escrita por Eduardo Galeano: ¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o en la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón. Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir al lenguaje que dice la verdad.

En textos memorables de Platón encontramos estas dos partes del sentipensante enfrentadas, cuya primacía de un logos ya no creador sino regulador dejó excluida a una de ellas en lo que conocemos desde entonces como “la condenación platónica de la poesía” que encontramos en los libros II y III. En el libro X de La Republica Platón no solo critica, sino que expulsa a la poesía, con el argumento de que era inútil por ser una mera imitación y traía implicaciones morales negativas para el carácter de los niños y de los hombres: La escucharemos, por tanto, convencidos de que tal poesía no debe ser tomada en serio, por no ser ella misma cosa seria ni atenida a la verdad; antes bien, el que la escuche ha de guardarse temiendo por su propia república interior.

En esta renuncia y rechazo bien podría rastrearse el carácter de una época, la historia de un Occidente que devendrá en hegemónico y racional hasta el paroxismo, un pensamiento occidental en el cual podremos observar el extraño giro de esta manera de conocer la realidad que, tras empezar siendo una manera de saber, concluyó como una forma de dominio y alejamiento de la vida y de lo vivo. Es aquí donde se hará esencial desocultar y reivindicar esta doble necesidad y labor irrenunciable entre conceptos y afectos en el mundo, la sociedad y la individualidad en la que todo hombre habita.

Tras conocer la crítica platónica debemos recordar ahora a Aristóteles, quien dará un giro a la concepción negativa que se tenía de la poesía y de lo afectivo en el pensar; en su metafísica vemos cómo la filosofía es hija de la admiración y el asombro, pues nace de ellos. Para Aristóteles, al igual que para  María Zambrano, el asombro es un despertar, un estremecimiento que detiene el ánimo y lo sobrepasa, razón por la cual  el origen del pensamiento no puede fundarse, ni tan siquiera situarse en un sistema metódico, jerárquico, ni mucho menos excluyente. Al respecto Aristóteles escribió en su libro primero de Metafísica lo siguiente: Lo que en un principio movió a los hombres a hacer las primeras indagaciones filosóficas fue, como lo es hoy, la admiración. Entre los objetos que admiraban y que no podían darse razón, se aplicaron primero a los que estaban a su alcance; después avanzando paso a paso, quisieron explicar los más grandes fenómenos (…) ir en busca de una explicación y admirarse es reconocer que se ignora.

Admiración antes que palabra es sentir inicial, sentir poético, que fecunda en el hombre el ansia y necesidad vital de pensar y de pensarse. Posteriormente este sentir inicial y cercano, tomará la forma de distancia y abstracción para permitirnos decir algo y fundar un saber. La admiración originaria no muere ni se agota en quien la experimenta, sinembargo, para convertirse en un conocimiento fundado deberá renunciar a lo múltiple, indómito y desmesurado en que se encuentra inmersa. Por ello la afirmación de Zambrano: Así vemos ya más claramente la condición de la filosofía: admiración, sí, pasmo ante lo inmediato, para arrancarse violentamente de ello y lanzarse a otra cosa, a una cosa que hay que buscar y perseguir, que no se nos da, que no regala su presencia. Y aquí empieza ya el afanoso camino, el esfuerzo metódico por esta captura de algo que no tenemos, y necesitamos tener, con tanto rigor que nos hace arrancarnos de aquello que tenemos ya sin haberlo perseguido (p.16).

Así es como Zambrano anuncia el proceso que pasa de la admiración, en tanto revelación, al conocimiento o certeza. Dos fuerzas y aptitudes están implícitas: la admiración y la violencia, y éstas se mantienen en tensión vital para el filósofo; admiración poética para disolvernos en la seducción de las cosas y violencia racional para alejarnos, conocerlas y no quedar presos en ellas. Por esto nuestra pensadora malagueña definirá a la filosofía como un éxtasis fracasado por un desgarramiento.

Todo filósofo, o si esta palabra aun es desmesurada, todo pensador es un iniciado en la revelación poética, en ese sentir que clama y no basta, que sigue siendo asombro inicial, sentir que bien podríamos llamar concepción antes que concepto, éxtasis que no ha sido frustrado aun por su definición. La poesía se presenta así como sentir inicial, como una revelación y un misterio que desde su oscuro centro deviene en razón, en razón poética. El poeta Miguel de Unamuno, que inspiró en gran parte la filosofía de Zambrano, escribió algo que bien podría ser la síntesis de lo que la razón poética propone a la filosofía occidental: Siente el pensamiento, piensa el sentimiento.

 



* Zambrano, María. Filosofía y poesía, Madrid, FCE, 2001

 

 

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Edición No. 167