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«La rueda de Chicago»

Comentar la novela de un nadaísta sin detenerse en el novelista es contar el cuento incompleto, sobre todo si la novela tiene un trasfondo autobiográfico. Hasta esa ciudad industriosa y heroinómana del hombre del brazo de oro, alcohólica de Al Capone y olorosa al tocino de la épica sandburguesa rodó Armando Romero convertido en Elipsio en busca de esa amante esquiva, Lamia o la poesía, y la ha encontrado en la prosa gloriosa de ésta su tercera novela, una especie de reinvención de la rueda. Años antes había publicado, en Bogotá y Caracas, las otras dos patas de la trilogía: Un día entre las cruces y La piel por la piel. Como más de veinte volúmenes de poemas, cuentos y crítica literaria.
Armando Romero nació en Cali en 1944, y desde sus 15 años hizo parte, con el poeta Jan Arb, de la segunda generación nadaísta. Era un joven nervioso, tímido, melómano, adorador de Kafka y Michaux, que andaba siempre con unos escritos misteriosos en sus bolsillos. Tomó las de Villadiego cuando se dio cuenta que en el nadaísmo de Cali no había futuro, y arrancó a propagarlo por todas partes. Más de 40 años ha empleado, pues, trabajando con la palabra, mientras que con sus pies medía el ancho mundo. Latinoamérica toda, en especial Caracas y Mérida. Luego Pittsburg y Cincinnati, siempre en pos de un amor. En ese sentido se confunden el personaje y el autor cuando está en la calle.

Esta inmensa novela -que estuvo persiguiendo y terminó por construir con todos los ladrillos estilísticos heredados de sus parámetros-, La rueda de Chicago, gira sobre sí misma como el protagonista gira por la ciudad y sus extramuros, enfrentándose con toda clase de alimañas humanas, en busca de su amante perdida, en lo que pareciera una paráfrasis del destino del escritor y su fatal amor con su obra. Pero en medio de ese desasosiego, tiene tiempo y espacio para disfrutar del ingenio envenenado de sus amigos por las figuras literarias de la época que llenan su iconostasio, y el ansia de parranda por lugares extravagantes donde se da con experiencias eróticas, tan exóticas como erráticas. Se tiene que tener un alma muy vagabunda y un estilo muy puntilloso para poder sacar partido tanto de los monumentos solemnes como de los sórdidos recovecos por donde su escrutar se pasea.

Tuvo la suerte la novela de caer en las manos de un editor tan aventurero como riguroso que decidió lanzarse con ella, por cuanto había vivido parecidas peripecias en la época del hippismo. Para el lector que sabe leer, La rueda de Chicago será un placer imparable. El lenguaje y el tratamiento son otros tantos personajes que tejen el estremecedor entramado. Pocas novelas ha dado nuestro país con tal grado de referencia a la atroz realidad del extrañamiento y a la vez con semejante sutileza por los meandros del refinamiento. Con ella Armando Romero, tras casi 40 años fuera de Colombia, 20 de ellos como catedrático en Cincinnati, retorna a retomar su puesto entre nuestros grandes creadores. Nunca fue tan voluntario el exilio como con Romero, y tan consecuente. Vislumbro que cuando retorne a su patria, que ha de ser pronto, la obra se le escape en inglés y sea un éxito en Chicago y en el Ohio que abandona. Por no decir que en el mundo a partir de los Estados Unidos.


P.S.
: Nota originalmente publicada en la Revista Semana, Septiembre 2004, y se incorpora en esta edición de Aleph con autorización del autor.

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Edición No. 160