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La única

Hace años y años, como ciento uno o ciento dos, las calles de Tel-Aviv eran apenas un sueño en la mente alucinada por el calor imposible del verano, entonces árabe o tal vez turco o yo qué sé de un iluminado que cabalgaba a lomos de un caballo por estas playas de Dios, según cuentan. Esas calles de ensueño están hoy toditas sembradas a lado y lado de grandes ficus frondosos, parecidos a los laureles de Medellín, pero con fruticas redondas y negras enredadas entre las hojas verdioscuras que a finales del invierno y hasta ya entrado el verano se caen de su árbol y convierten las aceras en un mosto pegotudo que se trae hasta las casas adherido a suelas de zapatos y sandalias.

De noche, desde bien tempranito, los enormes murciélagos citadinos que pasan la eternidad de las horas diurnas enroscados entre las ramas de los ficus, salen a desquitarse de tanta quietud, a comer zancudos y chapolas y otras delicias y de postre, frutas morenas de ficus y bailan y bailan por el aire festivo de esta ciudad festiva, iluminado sólo por las luces en la punta de los postes eléctricos, los avisos de neón en las entradas de los almacenes y las lámparas de los carros que pasan quién sabe de dónde quién sabe para dónde.

Estaba yo por ahí andando y la oí. Oí a esa mujer robusta y grande de melena alborotada por el viento del mar cercano metida entre un abrigo negro igual de robusto y grande, cuando le decía ansiosa a la amiga más bien flacucha que caminaba a su lado, que mirara los murciélagos volando alrededor de los árboles. Yo soy la única que los mira, la única que los ve, la única que se fija, dijo y su amiga alzó a la noche los ojos sorprendidos por el descubrimiento.

Pero ellas no vieron, no pudieron ver. La una por la mentada sorpresa y la otra porque estaba muy envuelta en el montón de orgullo de saberse única en algo en este mundo tan lleno, tan llenito. No vieron y en cambio yo sí, cuando a uno de esos mamíferos que pueblan el aire alrededor de los ficus de la noche en Tel-Aviv se le llenó el intestino de tanto manjar que encontró andando por ahí y mientras daba una vuelta artística y aérea entre árbol y árbol le salió disparado un chorro de caca derechito a la solapa del abrigo negro de la mujer grande y robusta de melena alborotada por el viento que viene del mar cercano. Mierda, dijo cuando llegó a su casa y se dio cuenta.

 

Tel-Aviv, 18 de marzo de 2011

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Edición No. 157