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La vida privada en la colonización antioqueña

La novela, esa épica de la modernidad, ha desarrollado en su rica y contrastada historia múltiples géneros: de caballería, romántica, costumbrista, negra, de vaqueros, de aventuras. 1851: folletín de cabo roto del reconocido novelista y cuentista caldense Octavio Escobar-Giraldo es un verdadero palimpsesto que contiene en su escritura de múltiples niveles, rasgos de varios géneros de la creación novelística. Pero a la vez el escritor-narrador, posmoderno, culto y experimentador, recrea con ironía estas modalidades de escritura, las parodia y reflexiona en el texto sobre su propia construcción narrativa, para gestar un artefacto literario que parte de la tradición (novelística e histórica), para desembocar en un modo narrativo novedoso, complejo, atrayente, juguetón y transgresor.

Como ya se expresaba germinalmente en su primera obra: El último diario de Tony Flowers (1995), Escobar construye su obra como un collage de géneros novelísticos, que se conjugan con textos históricos y científicos. Esta obra literaria híbrida puede ser abordada en primer término, como una novela histórica, que toma como referente cronológico los años de 1850 y 1851. Para ello el autor se documentó durante varios años con la lectura cuidadosa, pero irreverente, de diversos estudios que poseen una consagración académica centrados en especial en las formas de vida, los avatares, contradicciones y ejecutorias de los artífices de la colonización antioqueña. La narración tiene su epicentro en Salamina, «tierra buena de mucha prosperidad«, como afirma uno de los personajes de la novela, la cual fue un foco importante del mencionado proceso colonizador en Caldas, cuando tenía pocos años de fundada, siendo una aldea de 5000 habitantes. Pero el relato se refiere también a animados sucesos que van y vienen entre Medellín, Sonsón, Abejorral, Marmato, Riosucio, Aguadas, Pácora, Neira y la emergente Manizales, e involucran también a Santafé de Antioquia y Bogotá, entre otras poblaciones dignas de mención.

Al respecto, Escobar se toma libertades que escandalizarían a un novelista tradicional. En su texto de ficción se permite intercalar documentos rigurosamente históricos que ilustran a un lector, que no tiene porqué ser especialista en estos temas, sobre sucesos relacionados con la célebre Concesión Aranzazu, la fundación de pueblos como Salamina o Neira, o acerca de eventos de la época que contribuyen a situar y comprender a los personajes de la novela y sus circunstancias. De este modo el autor realiza un interesante ejercicio de intertextualidad e interfecundación entre diversos modos de escritura. Por su parte, estrofas de la sencilla, veraz y encantadora Memoria del maíz en Antioquia, de Gregorio Gutiérrez González, escrita por el autor para poder pertenecer a una sociedad científica en Medellín, constituyen los epígrafes que introducen cada uno de los capítulos de este libro. Provisto de una sólida base documental, el autor da lugar al libre juego de su imaginación para inventar caracterizados personajes, con psicologías muy definidas, que nos pueden generar simpatía o antipatía, pero que nunca son anodinos o acartonados.

1851: folletín de cabo roto es también una obra que recoge y trasciende la rica tradición de la literatura costumbrista. En sus páginas se describen con maestría y verismo narrativos los vestidos y comidas de la época; las casas y el naciente urbanismo de sus múltiples escenarios; los rituales religiosos de un pueblo raizalmente católico, que conviven con sus creencias mágicas, propias de una población rural y aldeana; en fin, las plantas y animales de poblaciones circundadas aún de amplias extensiones de bosque primario. ¿Cómo no recordar a don Tomás Carrasquilla o a Rafael Arango Villegas, en la plasticidad de las vivas conversaciones de los personajes de esta singular obra literaria (a la vez instructiva y divertida), en su modo de ver el mundo, en sus refranes y en su particular construcción idiomática? Aunque Octavio Escobar, nacido en 1962, escribe para un lector contemporáneo, procura revivir el habla de la época, pero se cuida de introducir modismos y vocablos ya abolidos, que hacen difícil hoy en día, en especial al lector joven, comprender y degustar plenamente a nuestros clásicos escritores costumbristas.

También esta narración puede leerse como una novela romántica, hecha de amores domésticos y pasiones prohibidas, relaciones de pareja lícitas y otras reprobadas, según los códigos morales y sociales de la época, que dan lugar al deseo y a la culpa, al amor y la condena social. Situación novelable que se expresa en los pasionales y atormentados amores de Juan Escobar (protagonista de esta novela, quien es a la vez un héroe y un antihéroe) con Serafina Jaramillo, la esposa de su entrañable primo José Alonso Escobar; así como en la censurada relación de Jorge Botero con una mulata, Escolástica Guapacha, que da cuenta de las exclusiones sociales y raciales que erigen grandes obstáculos al amor de hombres y mujeres, situación tan propia del tipo de género novelístico aquí aludido.

Cada uno de los meses que van de septiembre de 1850 a septiembre de 1851, constituye una «entrega» de esta novela posmoderna, «de folletín». Así, al final de cada capítulo se crea una tensión en el relato, creando una incertidumbre autoproducida, mediante la cual el lector desea conocer el desenlace de acontecimientos, a veces románticos, otras dramáticos, trágicos o humorísticos, sucedidos en los capítulos anteriores.

Octavio Escobar recoge también la tradición de la novela del realismo social, o de denuncia, tan propia de la primera mitad del siglo XX en Latinoamérica. Creando personajes que son arquetipos de tipos sociales y psicológicos de la época, el autor narra la secular lucha entre «el hacha y el papel sellado» (como acostumbraba a decir Alejandro López), sucedida entre quienes reivindicaban los títulos coloniales que les reconocían la absoluta propiedad de inmensas tierras (las cuales cubrían buena parte del actual departamento de Caldas); enfrentados a los colonizadores, laboriosos, cristianos y conservadores en su vida y convicciones, que buscaban en esta nueva tierra de promisión: tierra, trabajo y un porvenir para sus hijos. El sonado asesinato en esos años, de Elías González, heredero de la célebre Concesión Aranzazu expresa, en la historia y en el universo novelístico que comentamos, un momento nodal de estos conflictos agrarios. Contradicciones que, por cierto, distan de haberse solucionado. ¿No hemos visto en los últimos años en Colombia la más gigantesca contrarreforma agraria, con el despojo violento de cientos de miles de campesinos, acción sistemática que ha sido «legalizada» con la utilización de testaferros, titulares espurios de nuevos «títulos de propiedad»? En verdad, el «papel sellado», en este país de impunidad y leguleyos, puede obtenerse de formas non sanctas.

Por su parte, la guerra gestada en 1851 en Antioquia contra el presidente José Hilario López -quien desarrolló políticas que abolieron instituciones y privilegios supervivientes de la colonia española, pero que revivieron las luchas partidistas y religiosas en Colombia- es relatada desde abajo y desde adentro, con el testimonio central de Juan Escobar, un partícipe escéptico de banderías clericales o anticlericales, conservadoras o liberales, centralistas o federalistas, quien era en verdad un pacifista en un país de guerreros.

Novela de folletín, como titula Escobar Giraldo a su elaborado relato, nos recuerda ese tipo de literatura popular, por entregas, tan generalizado en el siglo XIX, la cual manifestaba los comienzos de la sociedad de masas para constituirse en el directo antecedente de la radionovela y la telenovela, géneros híbridos favoritos de nuevos públicos, en el último medio siglo. Esta corriente del arte popular, del romance a la novela de folletín, del teatro de barraca al comic, de la radionovela a la telenovela, constituye un tipo de tradición literaria que muchos han condenado por no acogerse a los cánones de la escritura «culta» , consagrada. Este tipo de literatura es parodiada y recreada por Octavio Escobar, cuando reflexiona en la obra que comentamos sobre su propia escritura y sobre los géneros novelísticos, en donde parece morderse la cola.

La novela de folletín solía combinar amores y desamores románticos y pasionales, con el género de aventuras (el autor-narrador recuerda a Emilio Salgari). Frente al protagonista de esta narración literaria, Juan Escobar, desarraigado de convicciones políticas y religiosas, aventurero y escéptico, errante y andariego, valiente y arrojado, escindido entre la pasión y el deber; se levanta su antagonista, como debe existir en toda novela de este tipo que se respete, Pablo Simón Arango, un malandro de la época, antecesor de los sicarios y testaferros de nuestros días. De este modo, se crea otro nudo conflictivo que devela los diferendos existentes en la época sobre la posesión de las tierras y la puja por el poder en estas regiones de colonización, recién incorporadas al mercado y al ordenamiento socio-político nacional.

Pero 1851: folletín de cabo roto no es una simple sumatoria de estos géneros novelísticos. Obra literaria contemporánea, como escribe su autor-narrador: «un tanto reacia al costumbrismo, la onomatopeya y el folclor», puede ser concebida como un mecano literario, un «modelo para armar», construido con varios tipos de texto, escrita en un momento histórico en el que para desespero de lo puristas, se difuminan las diferencias entre distintos géneros de escritura.

1851: folletín de cabo roto está dotada de una estructura cinematográfica, que da cuenta del hondo impacto del séptimo arte en la formación de Octavio Escobar. Se halla construida con verdaderas «secuencias» en donde los personajes conversan animadamente, trabajan, conspiran, oran, pelean y aman; las cuales se encuentran separadas por la «voz en off» del narrador, quien cita textos históricos, de las ciencias naturales o del zodiaco, o reflexiona sobre la novela y sus personajes, para ilustrar y enriquecer la comprensión de su mundo histórico-ficcional.

Octavio Escobar es uno de los narradores más sólidos y experimentales en la actualidad literaria nacional. En los años sesenta y setenta del siglo anterior los escritores de ficción colombianos, en consonancia con la emergencia de un poderoso movimiento latinoamericano de renovación e internacionalización de su literatura, diversificaron los espacios, personajes y temáticas de la cuentística y la novelística en su país, atreviéndose a realizar audaces experimentos en su escritura y en sus técnicas literarias. Pero en muchas obras de la actual narrativa colombiana, prisionera del marketing de las grandes editoriales, predominan formas narrativas conformistas elaboradas para un lector masivo y perezoso que no quiere sorpresas ni sobresaltos, al tiempo que se manifiesta en los últimos años una estereotipación de las situaciones y personajes respondiendo a un imaginario, difundido incesantemente por los medios de comunicación en todo el mundo, que reduce la realidad del país al narcotráfico, la corrupción, las violencias y la omnipresencia de ciertos seres marginales. Por el contrario, Escobar en la novela comentada incursiona en territorios narrativos poco frecuentados, se arriesga en su tipo de escritura, experimenta con mixturas que pueden desconcertar a un lector convencional, apuesta así a un lector más exigente para no escribir según los cánones implícitos de la literatura comercial, de best sellers.

El autor tiene así éxito en gestar un universo narrativo vivaz, autosuficiente y verosímil, en el cual conviven o son evocados personajes históricos como Fermín López, Mariano Ospina Delgado, María Martínez de Nisser, Braulio Henao, Gregorio Gutiérrez González o José Hilario López; con personajes de ficción, que adquieren en la obra vida propia, carne y sangre, temperamento y sentimientos, como sucede con Augusto, Juan y José Alonso Escobar, Sinforoso, Serafina y Marcela Jaramillo, Nacianceno Arango, Crisóstomo Pérez, Nicanor Duque, Pablo Simón Arango o Jorge Botero.

1851: folletín de cabo roto es una multilateral refiguración literaria de un momento central de la colonización antioqueña y de la formación de Caldas. Es un texto innovador, entretenido e irónico, en donde su autor construye una versión muy personal y heterodoxa de una gesta colectiva, en la cual humaniza y desmitifica a sus actores y a su escenario natural y social. Frente a visiones heroizantes o pacatas, Octavio Escobar no oculta las contradicciones, los intereses y los claroscuros de los gestores de este gran proceso colonizador, tan decisivo en la historia colombiana del siglo XIX. La novela, decía Balzac, es la vida privada de una nación. O, como en la obra que comentamos, de un grupo regional.

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Edición No. 144