Las décadas de Borges
«Las biografías no pasan de la indumentaria y de los arreos del hombre: la biografía del hombre mismo no puede escribirse».
Mark Twain, Autobiografía.
Este es un libro servicial: si bien no ofrece «lecciones de abismo» cultiva el arte de la biografía literaria, ya sea en la versión que atiende tanto las ideas como las anécdotas (Aristoxeno de Tarento sería «el hombre que creó una nueva combinación: ilustrado aunque mundano; atento a las ideas, pero chismoso») o la que intenta penetrar en la psicología de un personaje: ambas son necesarias. Este libro de James Woodall (La vida de Jorge Luis Borges. El hombre en el espejo del libro, Barcelona: Gedisa. 1998; traductor: Alberto L. Bixio) no sólo está en la vena de Aristoxeno sino que también recurre a la memoria, a textos autobiográficos, a entrevistas (se vale incluso de la biografía de Borges escrita por Emir Rodríguez Monegal, «la única biografía extensa… escrita antes de su muerte», pero plagada de errores, afirma Woodall que pacientes borgeanos bonaerenses han contado hasta sesenta, y «obsesivamente psicoanalítica»). También la anécdota (definida por Borges como «realidad de cualquier poesía y lo que nos gusta. Lo abstraído, lo general, es cosa impoética») añade el sabor del destino y de los tiempos.
El libro consta de una «Introducción» en la que sumariamente se nos da una pintura de Borges ilustrada holgadamente en el resto de los capítulos (El espejo, El libro, El hombre). En el Epílogo Woodall narra la suerte de los manuscritos de Borges . El primer Borges, «Georgie» lo llamaban en su casa, nació en la calle Tucumán 840 un 24 de agosto de 1899. Al nacer su hermana Norah en 1901 se mudan al barrio de Palermo (llamado así «no por la capital siciliana, sino a causa de Juan Domínguez de Palermo que poseía allí una propiedad a principios del siglo XVI»). Era un arrabal de personas gentiles y también de «compadritos» que reñían cuchillo en mano. Georgie no asistió a la escuela hasta los nueve años. Miss Tink la institutriz inglesa de los niños les leía a Huckleberry Finn, Wells, Poe, Longfellow, Stevenson, Dickens, Cervantes (en inglés, por supuesto), Carroll y Las mil y una noches en la traducción de Richard Burton. Borges jamás mencionó a la señora Tink en ninguna de sus evocaciones o entrevistas. Pasaban las vacaciones estivales, que en Argentina van de diciembre a marzo, en la villa de un primo de la madre cercana al Uruguay.
La educación de Georgie fue continuada por Jorge, su padre y por la escogida biblioteca familiar donde el pequeño se encerraba durante horas. El padre («secreto frecuentador de burdeles») recibía en casa, muy a disgusto de su esposa Leonor Acevedo, a un poeta popular llamado Evaristo Carriego (de quien Borges hará una biografía en 1930). Álvaro Melián Lafinur, su primo uruguayo, John Tink, compadrito y hermano de la institutriz y Macedonio Fernández, amigo de su padre, son algunas de las primeras influencias directas, bohemias, que pesarán sobre el escritor antes de su primer viaje a Europa en 1914.
Los Borges no son ricos, sólo cuentan con los ahorros y la pensión del padre, que iba quedando ciego. Pasan por Londres, París, Munich, Suiza, donde Georgie ingresa en 1914 en el Collège Calvin. Allí recibe el aprecio y la estima intelectual de sus condiscípulos, se empapa de literatura francesa, lee a Dostoievski (el discípulo de Dickens)[[Anota Woodall: “Una observación hecha por Borges antes de morir es reveladora de la naturaleza de su experiencia de los años de guerra vividos en Suiza: en aquella época estaba leyendo la traducción de Crimen y castigo de Dostoievski realizada por Constance Garnett y aproximadamente siete décadas después le confesó a Jean-Pierre Bernès: ‘Esa novela, que tenía por héroes a una prostituta y a un asesino, me parecía mucho más pavorosa que la guerra que nos rodeaba’”.]] y los expresionistas alemanes, se hace amigo de dos judíos polacos, Maurice Abramowicz (quien publicará más tarde uno de los primeros textos de Borges en francés: reseñas de libros de autores españoles: Azorín, Pío Baroja y Ruiz Amado) y Simón Jichlinski, a quienes enseñará a jugar truco.[[Se ha discernido en la personalidad literaria de Borges la influencia de libros como El golem de Gustav Meyrink, Sartor Resartus de Thomas Carlyle (quien, como el más adelantado germanista del siglo XIX, lo pone, además, en contacto con la poesía alemana), Hojas de hierba de Walt Whitman, o de autores como Robert Louis Stevenson, Gilbert Keith Chesterton, Federico Nietzsche, Arturo Schopenhauer.]] El hijo de este último, médico, fue quien atendió a Borges en Ginebra antes de morir. Abramowicz le hizo conocer un poema de Rimbaud, EL BARCO EBRIO, que «habría de tener cierta importancia para Borges en los años siguientes».
La llamada «semana trágica» (los obreros argentinos, organizados por sindicalistas anarquistas, son ametrallados por la policía y el ejército de Hipólito Yrigoyen: Borges, ya más maduro, ayudará a la reelección de este político) los obliga a permanecer en Europa. Viajan a Barcelona y luego a Mallorca, donde Georgie se hace amigo de Jacobo Sureda, con quien se carteará. Es su época ultraísta, en medio de la cual conoce a Rafael Cansinos-Assens (hermano de Rita Hayworth o Margarita Cansinos), a quien considerará su maestro, y Ramón Gómez de la Serna, inventor de un tipo de aforismo que llamó greguerías. En 1920 Guillermo de Torre se convierte en su cuñado al casarse con su hermana Norah. Afirma Woodall que «si no hubiera sido por Borges, el ultraísmo difícilmente habría pasado las fronteras de España, ni mucho menos habría cruzado el Atlántico».
Regreso a la Argentina en 1921, amistad de Macedonio Fernández, participación en la publicación de Prisma, especie de hoja pegada en los muros de Buenos Aires por Norah Lange, Eduardo González Lanuza y Francisco Piñero, colaboración en la revista literaria Nosotros, en la publicación de otra hoja, Proa, en la que participa Macedonio Fernández. Por estos años Borges se enamora de Concepción Guerrero, una joven de bella cabellera que su madre no aprobaba, publica Fervor de Buenos Aires (1923) y viaja con la familia a Europa. Regresan al cabo de un año.
Colaboración asidua en 1924 con la revista Martín Fierro, concebida como antídoto de Nosotros y en ese momento punto de convergencia de dos tendencias, más que literarias, de clase: el grupo de Boedo y de Florida, uno proletario, el otro burgués. Borges tenía contactos con ambos, era amigo de Roberto Arlt, del grupo Boedo, y a él mismo se lo consideraba del grupo de Florida. Hace amistad con Ricardo Güiraldes, hijo de estancieros, y junto con Brandán Caraffa reaniman a Proa. Publica en 1925 (¿o 1926, como afirma Woodall?) Luna de enfrente, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza. En 1928 debe dictar una conferencia sobre su libro El idioma de los argentinos y debido a su timidez Pedro Henríquez Ureña deberá leerla en su lugar (a través de Ureña Borges conoce a su futura primera esposa: Elsa Astete).
A principios de 1931 aparece la revista Sur, fundada por Victoria Ocampo, en la que colaborará Borges permanentemente. Sus amistades de estos años incluyen a Adolfo Bioy Casares y a su traductor al francés, Néstor Ibarra. Comienza a trabajar en la biblioteca Miguel Cané, empleo al que renuncia cuando es «promovido» por el gobierno peronista en 1946 a inspector de pollos y conejos en un mercado. En artículo publicado en Sur (número 142) escribe: «las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez…». Conoce a Estela Canto, una mujer muy independiente, «morena, esbelta, con grandes ojos pardos», inclinada políticamente por la izquierda (en una entrevista admitió «que el único argentino al que siempre había admirado era el Che Guevara»). El primer piropo que Borges le dedicó fue: «La sonrisa de la Gioconda y los movimientos de un caballo de ajedrez». En uno de sus tantos paseos juntos Borges pidió a Estela que se casaran, pero ella le respondió: «Lo haría Georgie, pero no debes olvidar que soy una discípula de Bernard Shaw. No podremos casarnos si antes no nos hemos acostado». En ese momento Borges está escribiendo El Aleph, un relato en el que Woodall entrevé algo de las dificultades sexuales de Borges con Estela, el no atreverse a dar «el paso final». Para Estela también era difícil entenderse con la madre de Borges.
El Aleph, dedicado a Estela, fue publicado en Sur en septiembre de 1945. Los ingresos de Borges provenían ahora de un magro estipendio como director de una publicación recién creada, Anales de Buenos Aires, de sus colaboraciones en Sur o en otras publicaciones y de sus relatos. Pero a través de los Bioy pudo conseguir dar clases de literatura inglesa en dos instituciones: la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y el Colegio Libre de Estudios Superiores. Su primera clase versó sobre Nathaniel Hawthorne y está incluida en Otras inquisiciones. Caído Perón fue nombrado profesor de literatura en la Universidad de Buenos Aires y director de la Biblioteca Nacional en 1955. Por estos años la ceguera es total.
El señor Woodall presta poca atención a la creación poética de Borges (por ningún lado aparece mencionado el ensayo del venezolano Guillermo Sucre, Borges el poeta (Caracas: Monte Avila Editores, 1966), tan esclarecedor de su «espíritu poético»), aun cuando dedica algunas páginas a las sesiones siquiátricas con Miguel Kohan Miller, quien si bien conocía poco del sicoanálisis logró individuar el problema sexual de Borges: el de vivir bajo un «mandato», el de su padre en ser hombre y casarse con una mujer de buena familia. Estela ayudó en este tratamiento y el escritor le confesó años más tarde que había logrado hacer el amor con una bailarina, Cecilia Ingenieros, hija de José Ingenieros, el filósofo y sociólogo. Fue Cecilia quien incluso le sugirió el argumento de Emma Zunz.
Termina uno de leer esta biografía y siente «de una manera casi física… la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente» de un hombre que en el Epílogo de sus Obras Completas se consideraba «como un impostor o un chapucero o una singular mezcla de ambos». Resiento, además, la imposibilidad de poder escribir en escasas cuartillas la vida múltiple y sedentaria, los vaivenes de un estilo despreciativo hacia el lector (erudito, poético o simple) y del que están ausentes las agresiones vestidas de alabanzas. ¿Pecaré de provinciano si en esta lectura de Borges, que es relectura de su obra, me surgían a veces los recuerdos de dos venezolanos: el uno escribiendo en medio de los anarquistas catalanes (y vigilado cuidadosamente por el cónsul de la Venezuela gomecista), inventando cronistas de indias, atribuyendo obras suyas a otros más famosos, anarquizando así, más que el argentino, su biografía; el otro, culto y anarquista, libertario y cínico?. Me refiero a Rafael Bolívar Coronado (autor además de nuestro segundo himno nacional: Alma llanera) y a Pedro Carujo (personaje bien conocido de colombianos y venezolanos, pues carga con un pecado original: haber atentado contra la vida del Libertador Simón Bolívar), vidas que podrían estar contenidas en las tres o cuatro páginas de un cuento bien escrito. Como los de Borges.