Las grandes circunstancias
I
La riqueza y la erudición son peligrosísimas, la mayor parte de las veces sólo sirven de vehículo para expresar la parte más vulgar de nuestro espíritu y para revestirnos con ella siempre en detrimento de los otros…
Teresa de la Parra, Carta a Rafael Carías (19-10-1929)
Pareciera difícil escribir e irse borrando o, como lo practica Jean Bloch-Michel en su ensayo Les grandes circonstances (Paris: Gallimard, 1949), al hablar de su experiencia en la resistencia clandestina contra la ocupación alemana, convertir el habla en asíntota. Esas grandes circunstancias (los ‘big troubles, revolution or so…’ de Bubulina en Zorba el griego) permiten a los espíritus accesibles conocer el pueblo al que pertenecen: al campesino, al obrero, al loco, al cobarde. Todo, hasta el humo del cigarrillo, deja en ese espíritu una historia. Pues se trata, en el fondo, de conectarse con una lentitud que enseña, lentitud de gente de manos gruesas que se “debe al trabajo solitario y silencioso, a la compañía y al amor de los animales”. En las grandes circunstancias también la memoria viene en ayuda y lo poco que nos queda de ciertos recuerdos es eficaz pues “uno camina y el tiempo también camina”.
Hay una imagen mitológica que pudiera dar cuenta del modo síquico como trabajaba Rafael López-Pedraza, a quien dedico estas palabras.[1] En el cuento griego de Apolo éste se pelea con algunas ninfas: primero Telfusa, luego las Trías, regalo, junto con el caduceo, que hace a Hermes. Estas últimas dicen la verdad sólo si han podido comer miel, pero mienten si no la tienen. Son la imagen (recubierta la cabeza de un polvo brillante, según los traductores franceses, de blanca harina según Segalá) de ese conocimiento infantil que se atarda en fechas, en nimiedades filológicas, en seriedades académicas. Pero Hermes parece no necesitar de ese conocimiento oracular, según confirma la experiencia literaria. López-Pedraza en muchas de sus obras se conecta con la intuición hermética, incluso en asuntos que tan arduamente claman por la autoridad académica, como lo fue su aproximación al Picatrix, ese libro que él consideró de ‘medicina talismánica’. Creo necesario recordar aquí su comercio con este texto en palabras suyas: “Una de mis lecturas del Warburg Institute había sido el libro de Frances Yates: Giordano Bruno and the Hermetic Tradition, donde la historiadora del Warburg se refería a la influencia del Picatrix, entre otros libros, en el Renacimiento. Yo sabía que el Picatrix había sido traducido al español en tiempos de Alfonso el Sabio por sus traductores judíos y árabes. Frances Yates cuenta cómo en el Renacimiento, durante el apogeo de Lorenzo el Magnífico en Florencia, un clérigo griego trajo unos manuscritos de lo que hoy día se llama Literatura Hermética. Eran libros helenísticos y entre ellos estaba el Picatrix, un tratado de magia talismánica. Como tenía fantasías con este libro, nos pusimos a buscar el Picatrix. Encontramos una edición alemana que comenzamos a leer en Untere Zaume, abajo, al final de la calle, donde funcionan las oficinas de la revista Spring. Audrey Haas traducía del alemán. La lectura del Picatrix fue para nosotros una revelación y una experiencia psicológica formidable, porque abrió las emociones del grupo que participaba en la lectura. Llegamos a decirnos cosas muy fuertes. Con la lectura del Picatrix hubo una explosión emocional. De esos seminarios no se sabía nada en Zurich y de un día para otro se llenaron de gente… El Picatrix es una obra sobre lo que llamo ‘medicina talismánica’. Aby Warburg, el padre de la iconología moderna, estaba fascinado con el Picatrix tal como apareció en el Islam medieval, donde está conectado con los signos astrológicos. Warburg vio en la astrología la conexión entre lo racional lógico matemático y lo mágico. Sus seguidores exploraron ese campo. Frances Yates estudió ampliamente la importancia del Picatrix y lo talismánico durante el Renacimiento y en el pensamiento neoplatónico de Ficino y Giordano Bruno. Pero en realidad el Picatrix es una lectura de los diferentes arquetipos, porque el talismán que se hace está en relación con el arquetipo al que le pertenece el mal que se trata… Este es el principio o dinámica del libro, pero la lectura del Picatrix fue de una gran riqueza. Fue una experiencia muy misteriosa que constelizó emociones insospechadas y propició experiencias que no habíamos tenido antes, experiencias que indudablemente nos movieron psíquicamente”.[2]
II
Yo sé torear bien, pero no sé torear de otra manera
Rafael de Paula, torero
Tuve el privilegio de asistir a muchas de las conferencias de López-Pedraza en las que “in statu nascendi” su verba caribe ponía en juego imágenes (esto lo percibí más tarde) que sólo un poeta como Wallace Stevens (gerente, normal y, además, racista), hubo podido poner en verso. Esas clases del analista López-Pedraza tuvieron la curiosa fortuna, ajena a sus intenciones, de ayudar a crear en la Escuela de Letras de la Universidad Central una suerte de retórica “almista” que no estaba exenta de ese brillo intelectual (¿la blanca harina de las Trías?), de esa velocidad discursiva propia del especialista que no experimenta la auténtica emoción de quien trabaja con imágenes. Dicha retórica se tornó superficial, sin tono ético, pues tanto servía para dar sustento al trabajo académico o para organizar el “poder intelectual”:[3] metas (¡habrase visto palabreja más desalmada!) de una probable organización etérea de dicha escuela. Como era de esperarse López-Pedraza no continuó con sus cursos y lo oído en viernes fue desalojado del alma.
En un desierto un viajero encuentra dos enormes piernas de una estatua, un rostro enterrado en la arena y un pedestal en el que se lee “Yo soy el rey de reyes, miren mis obras y desesperen”:[4] he ahí una imagen en la que el poder, su titanismo, retrata no sólo a los dictadores, los autócratas, sino incluso a los sectarios, uno de los acercamientos más fructíferos de López-Pedraza y sus indagaciones. Quizás las sectas decimonónicas no hayan sido tan deletéreas en la historia francesa y europea como las modernas, que han provocado el ensayo del profesor Rafael López-Pedraza La psicología del sectarismo en tiempos de ansiedad, añadido a la segunda edición de su obra Ansiedad cultural (Caracas: Editorial Festina Lente. 2000). No está demás advertir que soy un lego en asuntos de sicología junguiana, me considero, más bien, un oyente, alguien que ha encontrado en la lectura de los ensayos del profesor López-Pedraza un poético acompañante necesario.
López-Pedraza parte de una obra de Eurípides, Hipólito, para formar el retrato arquetipal del sectario, una “personalidad virginal y puritana”, fanática, obediente “al fundador y a las reglas de la secta”. Anota el autor que la psicología moderna, Freud y sus alumnos, nace como una secta y que incluso “la psicología jungiana no ha estudiado el sectarismo seriamente y no sabemos hasta dónde se ha hecho sombra, desde dónde hace su aparecer para distorsionar la visión de la psique como entidad individual única”. Habla de algunos casos que, de no ser reales, hubiéramos creído producto de la imaginación de un Hawthorne o un Melville. Advierte sobre la confusión que puede resultar de la psicología del ‘puer aeternus’ y la del sectario. La mediocridad, como un componente del ambiente sectario, puede dar lugar a la manifestación de maldad (un retrato de esta maldad nos la presenta el escritor V. S. Naipaul en su ensayo Michael X and the Black Power. Killings in Trinidad, incluido en el volumen The Return of Eva Peron). La crónica periodística nos allega nuevos ejemplos. El autor se pregunta: “¿Por qué estoy interesado en estudiar el sectarismo? ¿Es posible que mi psique esté intentando conectarse con algo que está en oposición a mi naturaleza arquetipal?”.
Los cuatro ensayos que componían el libro en su primera edición no sólo investigaban temas que el estrecho ámbito cultural venezolano eludía, también tocaban fibras que estaban a flor de piel para quien supiera leer con una visión no municipal y espesa. Es de este modo como entiendo y vivo lo que el autor desarrolla en el estudio titulado Conciencia de fracaso: este es, más que un tema, una reflexión que se nos impone desde el ámbito de lo social y abarca hasta las que serían nimias consideraciones personales. Llama la atención esta observación de López-Pedraza, referida a su experiencia en el Instituto Jung de Zürich: “los que resultan ser los peores psicoterapeutas y los más aburridos en sus concepciones y escritos y que poco han contribuido a los estudios con sus aportaciones personales, son precisamente aquellos estudiantes cuya inscripción en el Instituto se basó en la selección de curricula vitae summa cum laude, es decir, que entraron a estudiar sicología desde el ángulo brillante y triunfalista sin que en el curso de sus estudios y sicoterapia enmendaran esa unilateralidad…”. Polarizar el triunfo, el 19 en línea, entraña dejar en la oscuridad una parte importante de nuestra naturaleza, deslizarse hacia una “carencia de realidad terrena” y es entonces cuando la personalidad viene a ser tomada por tres elementos, cuyo rasgo síquico dominante es la aceleración, una velocidad que adormece la reflexión e impide reconocer el fracaso: el Puer Aeternus (eterno adolescente), la histeria (“componente arquetipal y, por tanto, nos pertenece a todos, hombres y mujeres”), la sicopatía (López-Pedraza cita El extranjero de Albert Camus y La naranja mecánica de Anthony Burgess como contribuciones literarias que muestran un mundo “donde el sicópata reina a sus anchas”) y sus mimetismos. “Es en la imagen y desde la imagen que encontramos el reposo de los opuestos triunfo-fracaso”: algo que nos enseñan los creadores que hacen cuenta de su mismidad, del “ajuste de uno mismo y ceñido a los contornos que le pertenecen”.
III
Aplaudamos siempre lo sincero, lo consciente, y
lo apasionado sobre todo.
Rubén Darío, Dilucidaciones, El canto errante
López-Pedraza en Reflexiones sobre el duende (A propósito de Teoría y Juego del Duende de Federico García Lorca) nos presenta un caso en el que las anécdotas se ‘comen’ a las categorías, como diría José Bergamín: desde las ‘mil conferencias’ aburridoras de que huyó Lorca (síntomas de una carencia de ‘sustancia transformante de lo síquico’ en los estudios, pues cada día sus rigideces metodológicas privilegian las puerilidades de los 19 en línea, ‘una creatividad concebida a través del sudar titánico’), el autor describe el aparecer del duende en una suerte del toreo, en el cante jondo, donde el temple, esa ‘lentitud tremendamente animada’, hace que en el vivir se manifieste lo dionisíaco de modo explosivo, expansivo, abierto, caso extremo, o, acaso, como dicen los andaluces, ‘por los bajines’.
López-Pedraza concluye este ensayo haciéndonos partícipes de sus reflexiones sobre la ‘ecuación muerte-Duende’: un artículo de Carlos Villalba en El Nacional con motivo de la muerte de Heidegger en donde éste afirma que “dos astas de toro hablan más sobre la muerte que toda la obra del filósofo”, el poema de Lorca Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, la obra de José Antonio Rial La muerte de García Lorca o Prometeo de Esquilo, son el ‘mordente’ de un contrapunto en el que la muerte de un poeta (que no era ‘revolucionario’ de la época) se le antoja “una reactualización histórica de un mitologema de siempre: la persecución y muerte de Dionisos por los titanes, más el fusilamiento de un gran poeta”. De lo que se trata, en palabras del autor, es si en el morir “hay un toque, unas pocas gotas de esencias dionisíacas, que hagan aparecer alegría en su morir”.
En Anselm Kiefer. La psicología de ‘Después de la catástrofe’ (Caracas: Festina Lente. 1998) López-Pedraza estudia el desastre cultural que significó el nazismo y sus hondas raíces inconscientes en el tenor de lo que podemos llamar una psicología de ‘después del desastre’. La presencia de la maldad en la historia y en la psique se junta a la violencia y a la intolerancia, a la bobería, enfermando el alma y algo de ello percibió el poeta inglés W. B. Yeats (quien se dejó imbecilizar por el fascismo, junto a Eliot, Pound y Lawrence) cuando afirmó: “los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores / están llenos de apasionada intensidad”. En esta obra López centra el objeto de su estudio refiriéndose a las preocupaciones históricas de Jung, expresadas en los Ensayos en torno a hechos contemporáneos, “primera vez que un siquiatra de renombre analiza una catástrofe histórica, desde su perspectiva siquiátrica”. Acotamos de pasada que en tales ensayos (Wotan, Después de la catástrofe y Lucha con la sombra) Jung señala la peculiaridad biológica del mito de Wotan (“dios de la tormenta y del paroxismo, el desencadenador de las pasiones y del deseo de lucha”) y su efecto en la vida colectiva alemana, apunta que la culpabilidad colectiva “connota la presencia irracional de un sentimiento subjetivo (o la convicción) de culpabilidad” y afirma que “cuando, por alguna parte, la maldad irrumpe en el orden natural de las cosas, todo nuestro círculo de protección psíquica queda roto”. Siento que entre nosotros haría falta reflexionar mucho sobre la sombra (ver nuestra mediocridad, idiotez y maldad: desnudando así al acusado), la culpa y la maldad, partiendo de nuestra historia, de la conciencia que se nos ha hecho de ella. Quizás veríamos en una luz diferente nuestra olímpica historia heroica y los trapos con que se viste.
Rondan el ambiente de la poesía hoy (y concluyo con esta referencia a la poesía, fondo de las indagaciones de López-Pedraza) dos posturas o actitudes del poeta que no siendo antagónicas ni complementarias han coexistido desde siempre con el oficio: el poeta que no se acomoda al poder (Iosip Brodski habló del arquetipo del poeta contra el imperio refiriéndose a Osip Mandelstam) y el poeta levítico (el término lo tomo prestado de Francisco Umbral), que se deja absorber por el pragmatismo político y se hace converso. Se me hace patente, al escribir estas líneas, el recuerdo del poeta latino Ovidio recreado por el rumano Vintila Horia en Dios ha nacido en el exilio, novela de la Guerra Fría y retrato del poeta víctima de un emperador hipócrita.
Octavio Paz en un epílogo (en el que salta su punta de acrimonia) a la antología Laurel decía que “Vallejo, Neruda y Alberti creyeron que la poesía, al exaltar una causa que encarnaba el movimiento ascendente de los pueblos, se insertaba en la historia y se fundía a ella. Hoy sabemos que el ‘movimiento ascendente de los pueblos’ termina en la instauración de la dictadura burocrática y en el campo de concentración”. Paz tenía razón, pero a veces las apuestas que hacemos en política están no sólo gobernadas por el azar pues a menudo intervienen los terribles ángeles de la confianza y la ingenuidad. Sólo somos ignorantes y cínicos cuando el cálculo idiota derrota a la poesía, que es como llevarse “un toro de mentira, / tarde abajo, las mulas de la muerte”.
López-Pedraza, a semejanza de los deipnosofistas, no indica cuánto hemos de beber ni el orden. Antes bien, con un guiño de ojo, nos sugiere que el licor debe trasegarse lento para que preciso llegue al lugar del corazón y nos produzca una ebriedad lujosa, rimbaudiana. Es así como he bebido yo en sus palabras. “El pasado es más interesante que el presente. Pero el pasado está perdido, no lo podemos recuperar enteramente, ni siquiera con la memoria. Nos remitimos a él sólo para esperar que la muerte sea consoladora”. No recuerdo en verdad quién escribió estas palabras, no creo haber sido su autor. Me agradecería que así fuera. Pero deseo que sirvan de colofón a esta invitación a la lectura de una obra inquietante, sugeridora de imágenes y a la vez inquisidora en reinos del espíritu que los turbulentos tiempos que vivimos, tiempos de ‘optimismo revolucionario’, parecen soslayar. Gracias damos a López-Pedraza por habernos hecho patentes la inutilidad de esas ‘cien mil conferencias’ en que parece haberse perdido el alma humana.
[1] Rafael López-Pedraza nació en Santa Clara, Cuba, en 1920. Llegó a Venezuela en 1940 y en 1962 se trasladó a Zurich, donde estuvo hasta 1974, trabajando y estudiando en el Zurichberg Institut. Regresa a Caracas y entre 1976 y 1989 dicta un seminario en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Entre sus obras, aparte de las mencionadas en este texto, están: Dionisos en exilio (Editorial Festina Lente, 2000), Hermes y sus hijos (Id., 2001), Sobre héroes y poetas (Id., 2002), Eros y sique (Id., 2003), Artemisa e Hipólito: mito y tragedia (Id., 2005), Emociones: una lista (Id., 2008). Murió en Caracas el 10 de enero de 2011.
[2] Axel Capriles M., Movimientos posjunguianos: Conversaciones con Rafael López-Pedraza, Caracas: Revista Venezolana de Psicología de los Arquetipos. Nº 1.
[3] El poeta Donald Davie nos ofrece esta pieza sobre el ‘poder académico, variante del ‘poder intelectual»: “Por consiguiente lo que la Universidad de Essex sobre todo me ofrecía era la promesa del poder – poder, como todos decimos, para ‘hacer que las cosas se hagan’. El poder ejercido por los escritores y los profesores es sólo por vía de la ‘influencia’ y como tal es impalpable. Lo que yo deseaba cuando acepté la invitación de Albert Sloman para ingresar a Essex, era un poder más palpable: emplear y botar, rehacer y diseñar un nuevo curriculum; de decirle a este ‘Ven, y él viene’, a otro ‘Vete, y él se va’. Estuve tentado, por primera y última vez en mi vida, a asumir un poder y una responsabilidad administrativa. Es decir, un poder político”. Donald Davie, in: Contemporary Authors Biographics Series, Vol. III, p. 41.
[4] He parafraseado el poema de Percy Bisshe Shelley Ozymandias, versión inglesa de Nabucodonosor.