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Las lecturas primeras

Recuerdo claramente la lectura de un tomo grueso de historias de Hans Christian Andersen, metida debajo de una mesa de la biblioteca del colegio donde me escondía de las crueldades de mis compañeras de clase en primero y segundo de primaria. Leía incansablemente «La sirenita», que hasta el día de hoy es uno de mis cuentos favoritos. Recuerdo también un libro que se llamaba «Historias de la Biblia para niños», que marcó, indudablemente, mi relación con la lectura; me acuerdo muy bien que me quedaba dormida leyendo de ese librito y me despertaba con la ilusión de poder seguir y sólo lo soltaba en la ducha, porque ya sabía que el agua dañaba los libros, pero entonces usaba el recorrido interminable del bus del colegio para desquitarme… Y después fueron algunos años de literatura «judía» inevitable, es decir, «Éxodo», de León Uris, «Treblinka» y un larguísimo etcétera de literatura del Holocausto que sólo se rompió con la invitación que me hizo Víctor Gaviria de leer «Las tribulaciones del estudiante Törless», de Robert Musil. Después de eso, me dediqué a la promiscuidad literaria y todavía soy feliz ahí.

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Edición No. 140