Latinidad en busca de su destino, con tres poemas
Palabras de agradecimiento al recibir el Premio de la Latinidad 2007, el 15 de mayo de 2007.
Sean mis primeras palabras para agradecer la distinción que hoy recibo a quienes, en la Unión Latina, han tenido la bondad de concedérmela. Y de inmediato evocaré las memorias de dos queridas criaturas cubanas. Una, según he proclamado en otras ocasiones, fue mi maestra de latín y vida, la inolvidable Magistra Vicentina Antuña, quien encarnó como nadie entre nosotros la compartible aspiración de Alfonso Reyes: «Quiero el latín para las izquierdas». La otra criatura no me dio clases, sino las recibió de mí. Me refiero a Amaury Carbón, compañero tempranamente desaparecido, quien siguió los pasos de Vicentina, descubrió y propagó mi juvenil e insatisfecho deseo de seguirlos yo también, y hasta hizo publicar con generosidad alguna traducción escolar mía de un texto latino. La vida me llevó por otros rumbos, y me hubiera gustado que en vez de aquel arduo texto, yo hubiera puesto en español a los epigramáticos latinos, como hizo mi entrañable Ernesto Cardenal, o las odas latinas de Garcilaso de la Vega, según proyecté hace muchos años.
He aludido a la primera latinidad. Pero bien se sabe que las preocupaciones de la Unión Latina van más allá de aquella, y toman en consideración también a las segunda y tercera oleadas de la latinidad: una, remite en Europa a los países nacidos de la fragmentación del Imperio Romano y forman la Romania, y otra la desborda geográficamente y se extiende por el planeta. En esta última desempeña un papel capital lo que el gran brasileño Darcy Ribeiro llamara, al frente de un libro mío vertido al portugués en su país, «esta latinidad tardía que se multiplica por Nuestra América, morena y multitudinaria, en busca de su destino». Y también ha dicho, en su obra postrera, El pueblo brasileño, que al diseminarse por las tierras que invadieron más allá del Atlántico los pueblos ibéricos, «en los nuevos mundos, sus simientes continúan fecundando prodigiosamente el mestizaje americano; sus lenguas y su cultura continúan expandiéndose […] se enriquecen para constituir, al final, una de las provincias más amplias, más ricas y más homogéneas de la tierra, la América Latina». Es decir, que lejos de sentirse avergonzado o cohibido por el área donde le tocó nacer, Darcy la menciona con orgullo y esperanza. Criterios similares ya nos los había inculcado Martí. Y si bien el Apóstol prefirió, para referirse a nuestros pueblos, la denominación más englobadora «Nuestra América» (que, como se ha oído, también utilizó Darcy), no fue remiso, llegado el caso, a valerse del sintagma «América Latina», desasido ya, en su caso, en el de Darcy y en los de muchísimos otros, de las adherencias equívocas que tal sintagma tuvo en su génesis. Por otra parte, hoy es menester tomar en consideración el hecho nada desdeñable de que cerca de cincuenta millones de «latinos» (así se los llama) viven en el seno de los Estados Unidos, donde conservan rasgos culturales a menudo abundantes de los países de los cuales proceden. Por lo cual «nuestra América mestiza» hace sentir su presencia no sólo «del Bravo a la Patagonia», según palabras martianas bien conocidas, sino también al norte del río Bravo.
Es innecesario que insista en cómo comparto plenamente los puntos de vista que acabo de mencionar. No sólo puedo esgrimir un cúmulo de papeles que lo prueban, sino que he dedicado la mayor parte de mi ya larga vida a sostener esos puntos de vista, y otros cercanos, desde mi Alma Máter, la Universidad de La Habana, y la Casa de las Américas (mis hogares laborales durante numerosos decenios), lo que de seguro ha sido tomado en cuenta para honrarme con la distinción que hoy recibo.
Pedro Henríquez Ureña, tan encarnizado defensor de nuestra expresión y de nuestras esencias, escribió, sinembargo, que “pertenecemos a la Romania”. Y añadió: “Hasta políticamente hemos nacido y crecido en la Romania. Antonio Caso señala con eficaz precisión los tres acontecimientos de Europa cuya influencia es decisiva para nuestros pueblos: el Descubrimiento, que es acontecimiento español; el Renacimiento, italiano; la Revolución, francés. El Renacimiento da forma -en España sólo a medias- a la cultura que iba a ser trasplantada a nuestro mundo; la Revolución es el antecedente de nuestras guerras de independencia. Los tres acontecimientos son de pueblos románicos. No tenemos relación directa con la Reforma, ni con la evolución constitucional de Inglaterra, y hasta la independencia y la Constitución de los Estados Unidos alcanzan prestigio entre nosotros merced a la propaganda que de ellos hizo Francia.”
Hoy, más de ochenta años después de haberse escrito esas palabras, habría que matizarlas, desde luego. Ciertamente debemos mucho a los pueblos a que se refiere Henríquez-Ureña, y también a otros incluso extraeuropeos (por ejemplo, los aborígenes americanos y los africanos), pero constituimos una civilización distinta, a la que ha colaborado de alguna forma casi toda la humanidad. Sinembargo, soy de los incontables seres que pueden dar fe de lo que significa todavía la Romania para nosotros. Y como muestra de ello, voy a concluir leyendo tres poemas (la poesía es el idioma del alma) que hace tiempo escribí sobre otros tantos países de esa zona de Europa a los cuales visité, conmovido, en años formadores, y he vuelto a visitar siempre con afecto.
Hojeando un laminario de España
“Alumbrada de cera, complida de óleo,
alegre de azafrán.”
Alfonso X
Toda la repartida gracia que las fotos hábiles disponen
Al norte, al sur, al este, al oeste,
Nostalgia, sonrisas, labores, rectitud,
Alfonso el Sabio con mano coronada
Agolpa señorialmente: balbucea
Un trino de castillos ásperos, labrantíos y vacadas
Que llama, para abreviar, paraíso.
De repente me conmueve
Que esta calle que la tierra no se resigna a perder,
Que estas casas extremeñas lívidas
Las habitaran hace centurias.
Junto a ellas sembraban, apaleaban oscuros asnos
Para traer alimentos a través
De senderos que hizo venerables Francisco Pizarro el porquerizo.
Discutían del tiempo, de las ominosas leyes
O de América sorprendente, con voz
Que, a falta de dueño mejor, empleo yo ahora.
Uno de ellos (hastiado, réprobo,
Simplemente lamentable o acaso notorio)
Abandonó la casa paterna, el asno, el sendero, la lámina.
Desde sus consecuencias, hojeando el grueso libro,
Rememoro su antigua costumbre y la de sus padres fieles.
Abandonar París
París imaginario queda cantando autos
Donde todavía galopan los caballos,
Un río en el sitio del corazón,
La librería fragmentaria bajo las ramas.
Cada día que boquea es el último
Día de la vida pasada. Pero el día
Que dejamos París, es el último.
Parecido a un juicio, a una muerte.
Todavía queda una paloma
Y vino a aletear junto al ómnibus.
El puente, los puentes, lo increíble.
La torre horrible es una golondrina.
Las calles discurren recovecos,
Exposiciones de escobas emplumadas.
(Es la ciudad más antigua del porvenir.)
A medianoche salen los demonios,
Al mediodía arden los reyes,
En las mañanas se cogen las alas
Y vuelven de un grito a suponer la ciudad.
Abandonar París es abandonarse.
Roma 1955
Aquella vez primera que llegamos
A la abierta también como una herida,
Domus Mea se llamó nuestra pensión
(Nombre que proclamaba ser destino
Más que lugar de tránsito).
Viniendo
De Madrid y París, ya habíamos visto
A Milán, a Venecia y a Florencia.
Nos esperaban Nápoles y Brindisi
Y Grecia semejante a la mañana.
Pero aunque entonces aún no lo supiéramos,
Roma, tú eras el centro de ese viaje
De novios preguntándole al pasado
Para llenar de asombros su memoria.
Con Quevedo te hallamos no en el mármol
Que corroe sin fin el implacable
Tiempo desvanecido, sino en la
Fugacidad de lo que permanece
Transformándose.
Hasta la evocación
Del muchacho de ayer vive en la lengua
Que tú diseminaste por el mundo
Y como el río es otra y es la misma,
Madre de vastas formas, Domus Mea.
