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«Estar aquí en la tierra» o la terquedad como umbral: una lectura de «Terredad» de Eugenio Montejo

Estar aquí por años en la tierra 

El título de este ensayo debería ser más redundante aún: la terredad en Terredad, se me ocurre. Me quedo con un verso de Montejo, “estar aquí en la tierra” (Montejo, Terredad, 27) porque apunta hacia la palabra que se dibuja y desdibuja a lo largo de este poemario, haciendo equilibrio sobre el límite, en un umbral de materia y tiempo, de tacto y luz.

 Eugenio Montejo era un poeta que elegía muy bien sus palabras, cada una debía encerrar la precisión, la contención, el silencio, el estruendo. No por nada su heterónimo, Blas Coll, quería encontrar una lengua limpia, económica, libre de redundancias, no por nada dijo Coll, “La lengua es la verdadera piel del hombre” (Montejo, El cuaderno… 23). Montejo, sin embargo, a diferencia del tipógrafo de Puerto Malo (que se propuso “en su locura de exiliado la tentativa imposible de reformar la lengua de los suyos” (13)), en general, no inventaba palabras, trabajaba con las que tenía y, por supuesto, las transformaba, las potenciaba, las llenaba de connotaciones y también de vacíos al irlas juntado una contra la otra como piedras, al ir deletreando su alfabeto del mundo. 

Sobre las palabras de un poema dice Montejo en el ensayo “Fragmentario”: “En todas las palabras de un poema ha de leerse siempre su necesidad, vale decir que una por una deben convencernos de que están allí porque son más necesarias que otras no empleadas, incluso, lo que todavía es más complicado, son más válidas que el mismo silencio” (Montejo, El taller… 238). Teniendo en cuenta este papel fundamental, incluso fundador, que Montejo le atribuye a cada palabra, llama más la atención el hecho de que terredad sea una de las pocas palabras que inventó. Cabe señalar que me refiero a la voz poética que firma como Eugenio Montejo, no a sus heterónimos, porque, aunque compartían temas y obsesiones, cada voz tenía una poética particular y una manera de abordarla. Lino Cervantes y Eduardo Polo, por ejemplo, inventaban palabras con frecuencia: Cervantes deshaciéndolas en los coligramas y Polo formando palabras nuevas para buscar una musicalidad en los poemas para niños de Chamario.

Pero, volviendo a Montejo: apenas inventó algunas palabras (el verbo orfear, es otra de ellas), incluso él mismo decía que prefería no hacerlo (citado por Ferrari): “Aunque la invención de palabras no es de mi agrado y, por el contrario, prefiero las voces más simples y antiguas, he titulado este nuevo libro Terredad” (Ferrari 28). Me parece que terredad no sólo es una palabra necesaria sino mucho más válida que el silencio, al menos para quien le interese estudiar la poesía de Montejo. Como dice Rafael Cadenas, “ya la palabra terredad, de entrada, posee carácter definitorio de toda su poesía” (Cadenas 11). Por eso quiero dedicarle este ensayo, para preguntarme por esta palabra que nos dejó Montejo, tan de la tierra y a la vez tan de canto. 

En todos sus poemarios (tanto en los anteriores a Terredad como en los posteriores), la materialidad es fundamental y, curiosamente, aparece como un puente, como un umbral entre lo visible y lo invisible. Adiós al siglo XX, por ejemplo, es un poemario en donde la materialidad se manifiesta de muchas maneras, se convierte en poética. Sin embargo, es en Terredad  en donde se decanta y se potencia esta idea que Montejo desarrollaría después y que quedaría, por supuesto, como cimiento de su poética, como primera piedra.

Aquí entre dos nadas

Para empezar a estudiar la terredad, vale la pena mencionar la definición que Montejo dio de ella en una lectura en Carmona. Rafael Cadenas la cita en su prólogo a la edición de Terredad de la Biblioteca Sibila. Con esta palabra Montejo quería “nombrar la condición tan extraña del hombre en la tierra, de saberse aquí entre dos nadas, la que nos precede y la que nos sigue” (Cadenas, 11). De esta afirmación de Montejo tomo la propuesta de lectura para este ensayo: la terredad como un umbral. La terredad está tan anclada en la materia como en el tiempo, es nuestro estar aquí entre dos nadas, en el soplo de una vela, entre el relámpago y el viento, dice Montejo en “Lo nuestro”. La terredad tiene mucho de umbral, de equilibrismo, entre la vida y la muerte, entre irse y quedarse. Como en “Mudanzas”, cuando descubrimos nuestra una identidad en el medio: “No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio; / lo que la vida arranca y no es ausencia, / lo que entrega y no es sueño, / el relámpago que deja entre las manos / la grieta de una piedra” (Montejo, Terredad, 22). Tal vez la terredad es reconocer que somos ese relámpago, el tiempo de estar vivos, algo que es tan táctil que nos cabe entre las manos y tan fugaz que se va con un relámpago.

Y, a propósito de la terredad dice Montejo, (citado por Américo Ferrari en su ensayo “Eugenio Montejo y el alfabeto del mundo”) “he titulado este nuevo libro Terredad porque creo que sirve para definir con bastante proximidad la condición tan misteriosa de nuestros días en la Tierra. Sobre su contenido nada quisiera añadir para dejar que los poemas hablen por sí mismos con lo poco que tengan de valor” (Ferrari 28).  Por lo mucho de valor que tienen, me propongo seguir las instrucciones de Montejo: uso las definiciones dadas por él como una guía, como una introducción, pero me referiré, sobre todo, a los poemas de Terredad, le daré la voz a los versos para que hablen por sí mismos: cada una de las partes de este ensayo se remitirá a alguno de ellos. 

De la materialidad a la terredad: un salto hacia el umbral

con lo que somos o no somos, con la sombra

Aunque, en principio, la noción de terredad podría parecer únicamente una exaltación de la materialidad, (y lo es) señalaremos, a lo largo de este ensayo, sus múltiples caras, su carácter limítrofe, de umbral, a la vez corpórea e incorpórea.

Es pertinente empezar el análisis con “Terredad”, el poema que le da el nombre al poemario y en donde Montejo plantea las distintas facetas de la terredad que desarrolla en otros poemas del conjunto y en los libros posteriores. La terredad, en primer lugar, parte de una condición material, de tierra, de estar en la tierra. Dice la voz poética de “Terredad”: “Estar aquí en la tierra: no más lejos /que un árbol, no más inexplicables; / livianos en otoño, henchidos en verano” (Montejo, Terredad, 27). La terredad es, entonces, nuestro estar aquí en la naturaleza, tan cercanos como los árboles, al vaivén de las estaciones. Sin embargo, también desde el comienzo del poema se plantea el carácter paradójico, limítrofe de la terredad. La terredad es también su negación, también ausencia, también sombra sin tierra. Estamos en la tierra “con lo que somos o no somos, con la sombra” (27), incluso la tierra, que sería en principio nuestra materialidad, podemos no traerla, puede ser ausencia, no deja de ponerse en duda, bajo una luz de incertidumbre: “sea quien lleve la tierra, si la llevan / o quien la espere, si la aguardan” (27).

Y, de nuevo, navegamos en el umbral: “A bordo, casi a la deriva, / más cerca de Saturno, más lejanos, / mientras el sol da vuelta y nos arrastra” (27). Así como no estamos más lejos que los árboles, a la vez, sí estamos lejos, estamos cerca de Saturno, vamos a bordo, pero la deriva, vamos como quien no va, casi desmintiéndonos, casi desandando.

Un tiempo terrestre

se mezclaron al tiempo terrestre

Como lo hemos señalado en la introducción, la terredad es inseparable de la temporalidad y el tiempo es profundamente material para Montejo. Nuestra terredad es nuestro paso efímero por la tierra, es nuestro estar aquí entre dos nadas, durante el tiempo que trajimos para estar vivos. La voz poética de “Terredad”, por ejemplo, señala que nuestro tiempo es frágil, vamos suspendidos, colgando de nuestra finitud, “suspensos de horas frágiles” (27), el tiempo es todo lo que trajimos al mundo y está tan a la deriva como nosotros, tan equilibrista.

Pero, a la vez, para referirse a nuestro estar vivos, incluso si nadie nos preguntó para nacer, dice la voz poética de “Setiembre”: “Nadie nos preguntó para nacer, / ¿qué sabían nuestros padres? ¿Los suyos qué supieron? / Ningún dolor les ahorró sombra y sin embargo/ se mezclaron al tiempo terrestre” (29). Empezar a vivir es un acto material, es mezclarse con la tierra a pesar del dolor, con el tiempo de la tierra, a pesar de la sombra que no podemos ahorrarnos. El tiempo, para Montejo, es táctil, es terrestre.

Ahora bien, así como nuestro tiempo se mezcla con la tierra, nosotros, en nuestro pasar efímero, fugaz, también dejamos una huella impresa en la tierra, dejamos nuestra terredad marcada en ella, así estemos hechos de relámpago. Hay una afinidad entre la tierra y nosotros, como si ella simpatizara con lo efímeros y materiales que vinimos. Dice la voz poética de “Duración”: “Dura menos un hombre que una vela / pero la tierra prefiere su lumbre / para seguir el paso de los astros” (35). Incluso, la tierra nos prefiere sobre otros seres más duraderos que, en la poesía de Montejo, aparecen siempre exaltados: “Dura menos que un árbol, / que una piedra; / se anochece ante el viento más leve, / con un soplo se apaga” (35). Y somos, también, más efímeros que lo efímero, más que un pájaro, más que un pez fuera del agua, no nos da tiempo y ya nos vamos: “Dura menos que un pájaro, / que un pez fuera del agua; casi no tiene tiempo de nacer; / da unas vueltas al sol y se borra/ entre las sombras de las horas” (35). Y aún, tan fugaces, de alguna manera nos quedamos, como terredad, dejamos un rastro material. Así como al nacer nos mezclamos con el tiempo terrestre, al morir nuestros huesos se mezclan con el viento: “hasta que sus huesos en el polvo / se mezclan con el viento” (35). Dejamos una huella en la tierra, la cambiamos, en sus vueltas imprimimos nuestra luz: “Y sin embargo cuando parte / siempre deja la tierra más clara” (35). Así de efímeros aclaramos la tierra. Volviendo a la idea del umbral, la terredad, además de materialidad, es luz (justamente luz, a medio camino entre la energía y la materia, entre lo corpóreo y lo incorpóreo, lo visible y lo invisible). Retomando los versos de “Lo nuestro”, nuestra terredad podría ser eso que somos, en el cuerpo y, a la vez, más allá de él, “la luz llenándote los ojos, no los ojos”, y “la llama que arde con la vela, no la vela, / la nada de donde todo se suspende” (Montejo, Adiós… 12) o, en términos de terredad, ese umbral de tiempo, ese misterio de estar aquí entre dos nadas.  

La terredad en el umbral de lo sagrado: ¿una trascendencia material?

y la sangre recorre su profundo universo
más sagrado que todos los astros

Como se desprende de los versos anteriores de “Terredad”, la noción de terredad no está exenta de cierto carácter sagrado. Dice Cadenas, citando a Montejo a propósito de la terredad: “Entonces se le ocurrió esa palabra para decir nuestra condición de efímeros y al mismo tiempo lo “que nos impulsa naturalmente a la confraternidad, a la convivencia y a socorrernos unos a otros como toda religión, como todo principio ético lo dictan al hombre en todas la lenguas de la tierra” (Cadenas, 11). Aunque la dimensión sagrada de la poesía de Montejo desborda este ensayo y ha sido estudiada como una de las piedras angulares de su poética, aquí me interesa señalarla, no porque pretenda abarcarla, sino en la medida en que se requiere para resaltar la faceta, a su modo, sagrada, de la noción de terredad y, también, el vínculo íntimo que se crea entre la terredad y la escritura, como si nuestro estar en la tierra fuera una manera de escribirnos.  La terredad, como la poesía, se mueve entre lo material y lo sagrado, sacraliza lo material, materializa lo trascendental, mejor dicho, hace equilibrio en el umbral. Cadenas llama a esta operación “sentido cósmico” (15). Y añade: “No se diferencia del cosmos y está en todas partes, en los astros o un grano de arena o en nuestro cuerpo. Es el mayor secreto a voces, que mucho importaría recordar” (15). Darío Jaramillo se refiere a la obra de Montejo así: “Hay aquí un sentido de trascendencia y de un orden oculto del mundo que, acaso, pueda ser intuido, a destellos, por la poesía” (Jaramillo 9). Sin embargo, este orden oculto no deja de estar contrapuesto, problematizado, y ahí es donde la trascendencia, en Montejo, podría hacerse terredad. El universo de la sangre es más sagrado que todos los astros, ese estar en la tierra, tan material, de alguna forma se sacraliza. Y los poetas guardan el canto de la tierra, son los custodios de la terredad (esto lo desarrollaremos más adelante en la parte sobre la poética) justamente, para inventar la cantidad de Dios que cada uno niega diariamente, para que puedan ser al fin ateos los hombres, las nubes, las estrellas (“Labor”). Sobre esta dualidad de credo y ateísmo dice Montejo en una entrevista a Francisco José Cruz:

          Descreimiento y necesidad de trascendencia de nuevo una tensión antinómica […] Alguna vez escribí que la poesía es un ajedrez que jugamos con Dios en solitario, quizá porque creo que ella resulta próxima a cierta forma de oración en su diálogo con el misterio. El caso es que en nuestros días encarna la última religión que nos queda […] es necesario aclarar que me refiero a una oración desnuda, monológica y nada común, muy distante del político ritualismo de las iglesias. Se trata de una oración dicha a un Dios que sólo existe mientras dure la oración. La única que se precisa, en fin, para inventar la cantidad de Dios que cada uno niega diariamente (Cruz, 463).

Cito aquí a Montejo, para proponer que ese universo sagrado que hay en la sangre, en el estar en la tierra, puede ser terredad, no sólo como materialidad sino en tanto umbral, en tanto existe mientras dura la oración, en tensión, cuando nuestra sangre es tan efímera como nuestro tiempo y, tal vez por eso, es trascendente de otra manera, trascendente en la tierra, podría ser, en el cuerpo, diría Cadenas, porque lo eterno vive de lo efímero, dice Montejo en “Pavana para una dama egipcia” (“Montejo, Fábula… 46).

La vida como terredad

Creo en la vida como terredad

La afirmación de la vida, tan importante en la poesía de Montejo, es inseparable de la terredad.  Sobre la vida en la obra de Montejo, dice Cadenas: “Puede afirmarse que en su poesía la vida trasciende el yo. Es la protagonista, algo inusual en un mundo donde aquel señorea a sus anchas, casi sin contrapesos” (Cadenas 7). Esta reflexión de Cadenas concuerda con varios poemas de Montejo que proponen una poética vital, entre ellos “Soy esta vida”, por supuesto. A la luz del concepto de terredad, cabe señalar que, para Montejo, la vida que queda es inseparable de la tierra, está cifrada en sus vueltas: “Soy esta vida que he vivido o malvivido / pero más la que aguardo todavía / en las vueltas que la tierra me debe” (Montejo, Terredad, 31). El estudio de la vida en la obra de Montejo desborda este ensayo. Intentaré dibujar aquí, entre todas las caras que toman la vida en su obra, la de terredad, la de forma terrestre. Así comienza “Creo en la vida”: “Creo en la vida bajo forma terrestre, /tangible, vagamente redonda, menos esférica en sus polos, / por todas partes llena de horizontes” (64) y concluye, más adelante, “Creo en la vida como terredad, / como gracia o desgracia” (64).

De nuevo, la terredad está en el umbral: es tangible pero su redondez es vaga, está llena de horizontes. Montejo dice en una entrevista a Edmundo Bracho que “Creo en la vida” es: “una suerte de Credo. Un breve Credo que privilegia la afirmación de la vida sobre la angustia de la muerte” (Bracho 446). Y, repito, el credo es inseparable de la terredad, de esa noción fronteriza que Montejo edificó, cree en la vida porque es terredad, como forma redonda y vaga, como misterio, tal vez. La terredad también está hecha de misterio. A propósito de eso, como ya lo habíamos citado, Montejo dice que la terredad designa “la condición misteriosa de nuestros días en la Tierra” (Ferrari 28).

Arturo Gutiérrez Plaza señala la importancia de la vida en la poesía de Montejo y la vincula con la terredad. Si bien me parece que la definición de Gutiérrez Plaza de terredad es un poco amplia porque la equipara a la realidad y el concepto de terredad que se desprende de los poemas de Montejo está más delimitado, creo que su análisis es muy pertinente a propósito del vínculo que se forma entre la vida y la terredad en la poesía de Montejo y, también, en el señalamiento del papel del misterio. Dice Gutiérrez Plaza en su ensayo “El alfabeto de la terredad: estudio de la poética en la obra de Eugenio Montejo”:

De ese contacto con la vida, tantas veces celebrada en su poesía, surge la palabra que importa a Montejo. El poema se convierte en forma de acción y conocimiento, al confrontarse con la realidad, esa que es esencial al poeta y que ha llamado “terredad”. El misterio de las cosas habla así, a través de una poesía que aunque permanentemente anhela el silencio, no cesa de indagar en la “porosidad” de las cosas. Poesía que habla de (y a) la realidad” (Gutiérrez 557).

Ese contacto con la vida, al que se refiere Gutiérrez Plaza, se llena de terredad, se hace umbral. En “Epístola sin forma”, por ejemplo, dice la voz poética: “No nos pidas más forma que la vida, / tal como vino entre las horas/ del tiempo en que crecimos” (Montejo, Terredad, 23). Y dice, luego de volver a la idea de que la terredad es tiempo: “No había más forma en la palabra que la vida / y lo demás fue azoro en nuestros huesos, / o rencor de las piedras/ como quien planta casa/ en un solar ajeno” (23). La vida, además de ser nuestro estar en la tierra, bajo forma terrestre, es también un sobresalto, es una incomodidad en los huesos, es ser extranjeros, ajenos en nuestro cuerpo, “tuyo es el tiempo, no tu cuerpo”, dice Montejo en “Lo nuestro”. La vida no es exactamente el cuerpo pero tampoco es incorpórea, es tacto, es luz, es tiempo, es terredad, es umbral, es forma pero no polvo. La vida, además, es un despertar en la tierra, está en el umbral entre el sueño y la vigilia. Y la muerte es despertar en otra parte, es un color que no basta. Dice la voz poética de “Madonas”: “estar aquí en la tierra con el sol en las manos / el sueño es un color más inmortal /pero no basta” (49).

De la tierra al canto: la terredad hecha poética

La terredad de un pájaro es su canto

Ya en “Soy esta vida” se intuye que, para Montejo, la formulación vital es una poética y viceversa, vivir es un escribirse, la vida nos escribe, nos lleva la mano. La voz poética comienza declarando que es la vida, “Soy esta vida que he vivido o malvivido” (31). Y, rápidamente, la vida se convierte en escritura, está escrita con tiempo en el libro indescifrable: “La que he vivido tal como fue escrita/ hora tras hora/ en el gran libro indescifrable” (31). Y, al final del poema, la relación de escritura se invierte: ya no es la vida la que está escrita sino nosotros, ella nos escribe, ella le lleva la mano al poeta cuando vive/escribe su vivir: “la que trato de asir cada segundo/sin saber si está aquí, si es ella la que escribe /llevándome la mano” (31). De hecho, este carácter temporal, efímero, un poco inasible pero también material podría leerse en este poema. La vida es inasible segundo a segundo y, a la vez, es una presencia que mira al poeta desde un taxi, que lo recuerda sin haberlo visto, que le mueve la mano al escribir, es umbral, ausencia y presencia, volátil y material. El vínculo entre poética y terredad que plantea Montejo empieza a insinuarse en “Soy esta vida”: el estar aquí en la tierra no es sólo tiempo y tacto, sino también palabra, verso, canto, escritura.

Esta relación entre terredad y poética, sin embargo, viendo la terredad como un umbral, como un estar entre dos nadas, se hace más evidente aún en otros poemas: “No había más forma en la palabra que la vida” (23) dice la voz poética de “Epístola sin forma” justo después equiparar la vida con el cuerpo, con el tiempo. La vida está en la palabra, es una presencia material y temporal en la palabra, como poética. Y, en “La terredad de un pájaro”, este vínculo se explicita hasta llegar a la formulación de una poética de la terredad.

En la poesía de Montejo las imágenes de los animales que cantan, especialmente el pájaro, la cigarra y el gallo, funcionan como espejo para hablar del poeta y de su oficio, para crear una poética. Esta es una recurrencia en todos sus poemarios y, en Partitura de la cigarra, es el tema principal: el canto de la cigarra es la imagen de la que se apropia Montejo para escribir ese poemario-poética. Pero, volviendo a Terredad. “La terredad de un pájaro es su canto/ lo que en su pecho vuelve al mundo / con los ecos de un coro invisible” (59). En las partes anteriores, hemos señalado que la terredad es una condición limítrofe, de umbral entre la materia y el tiempo, a la vez de tacto y de luz. Aquí, sin embargo, dice específicamente la voz poética que la terredad de un pájaro es su canto y es, además, el eco de lo invisible, las voces de los pájaros ausentes que resuenan en su voz, “Su terredad es el sueño / de encontrarse en los ausentes” (59). Y es, también, lo que hay de efímero en su cuerpo, lo pasajero de sus alas, el tiempo que trae para estar vivo, pero es ante todo un canto que viene de muy lejos y que no termina de entender, pues está más allá de él: “de repetir hasta el final la melodía / mientras crucen abiertas los aires / sus alas pasajeras, / aunque no sepa quién le canta/ ni por qué” (59).

El pájaro es un relámpago, es fugaz, pero es sobre todo su voz, que lo sobrepasa y sobrepasa su finitud, y allí también está su terredad: “y es sólo su voz lo que defiende, / porque en el tiempo no es un pájaro, / sino un rayo en la noche de su especie, / una persecución sin tregua de la vida, / para que el canto permanezca” (59). Esta idea de la permanencia del canto se desarrolla ampliamente en Partitura de la cigarra. Lo que me interesa resaltar aquí, sin embargo, es la carga metaliteraria que toma la imagen del pájaro, dándole una dimensión de poética a la terredad: la terredad como canto.

Y, en “Labor”, la poética se hace más evidente, la analogía entre poesía y canto se explicita: son los poetas los que guardan el canto de la tierra. Dice la voz poética de “Labor” “Para que Dios exista un poco más, / –a pesar de sí mismos –/  los poetas / guardan el canto de la tierra” (69). El poeta, como el pájaro, es depositario del canto y quizás sea esa su terredad. Tal vez, así como cada uno trajo su terredad para estar vivo, la poesía podría ser la terredad de los poetas, la terredad que nos salva a todos. Tal vez la poesía es ese canto, esa luz que viaja de lo visible a lo invisible, ese efímero estar en la tierra que, sin embargo, permanece.

 

Bibliografía primaria

Montejo, Eugenio. Adiós al siglo XX. Bid & co. editor: Venezuela, 2004.

Montejo, Eugenio. Alfabeto del mundo. Fondo de cultura económica: México, 2005.

Montejo, Eugenio. El cuaderno de Blas Coll. Bid & co. editor: Venezuela, 2006. 

Montejo, Eugenio. El taller blanco. Universidad Autónoma Metropolitana: México, 1996.

Montejo, Eugenio. Fábula del escriba. Pre-textos: Valencia, 2006.

Montejo, Eugenio. Partitura de la cigarra. Pre-textos: Valencia, 1999.

Montejo, Eugenio. Terredad. Biblioteca Sibila: Sevilla, 2008.

 

Bibliografía secundaria

Cadenas, Rafael. “Notas para un estudio” en Montejo, Eugenio. Terredad. Biblioteca Sibila: Sevilla, 2008.

Bracho, Edmundo. “Respuestas para Edmundo Bracho” en Montejo, Eugenio. La  terredad de todo. Selección y prólogo de Adolfo Castañón. Ediciones El otro, el mismo: Mérida, 2009.

Ferrari, Américo. “Eugenio Montejo y el alfabeto del mundo” en Montejo, Eugenio. Alfabeto del mundo. Fondo de cultura económica: México, 2005.

Gutiérrez Plaza, Arturo. “El alfabeto de la terredad: estudio de la poética en la obra de Eugenio   Montejo.” Revista Iberoamericana (Pittsburgh) LX, 166-167 (1994): 549-560.

Jaramillo, Darío. “Prólogo” en Montejo, Eugenio. Adiós al siglo XX. Ediciones Brevedad: Bogotá, 2000.

 

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Edición No. 182