Bernardo Soares y la búsqueda del sosiego (Una lectura entorno al «Libro del desasosiego»)
A mi amigo Carlos S. Loaiza
Lapso de consciência entre ilusões, fantasmas me limitam e me contêm.
Dorme, insciente de alheios corações, coração de ninguém.
Fernando Pessoa
El Libro del desasosiego no es, propiamente hablando, un libro. Quizá debamos referirnos a él como un no libro, como un cuerpo textual siempre en posibilidad de devenir en algo diferente a lo que, edición tras edición, venimos conociendo. No se trata de un libro definitivo o plenamente terminado; acaso lo que podemos decir es que es un libro infinito, en el cual están contenidos todos los temas y las meditaciones que son posibles en la vida. Asimismo, si reparamos en el hecho de que la estructura que posee se debe, fundamentalmente, a un ejercicio exegético, a una continua y cuidadosa reorganización de papeles dejados por Pessoa en su misterioso baúl, tendríamos que asentir que, una vez más, tenemos no un libro, sino la posibilidad de muchos otros. Por otra parte, y como suele suceder con la obra de un autor, es curioso el hecho de que el lector deba imaginar, o idear, el modo de terminar o completar el sentido de muchos de los pasajes que componen, fragmento a fragmento, un hablar del desasosiego. Pessoa dejó incompleto, por lo menos para nosotros, parte de su pensamiento. Y aunque el trabajo hermenéutico de quienes se han dedicado al estudio de su obra nos brinda posibilidades de lectura, habrá de suceder que los puntos en blanco, las ausencias de contenido, seguirán representando la imposibilidad de llegar a una idea completa, gracias a la cual pueda uno comprender mejor el pensamiento de este sin igual autor.
Otro de los aspectos que ha generado posibilidades de diálogo, no solo en torno a este libro, sino al resto de la obra pessoana, es el que tiene que ver con la naturaleza de los temas de que habla el propio Pessoa y cada uno de sus heterónimos. Muchos han visto en Pessoa a un escritor cuya obra literaria es, esencialmente, un grito desesperado o una metafísica del desencanto. Así, se ha creado una especie de mito que, a lo mejor, es el que ha generado el deseo que caracteriza la intención de muchos de sus lectores por acercarse, en lo posible, a toda su obra literaria. Sin embargo, y sin aventurarnos a negar esta posibilidad interpretativa, existe también la posibilidad de ver en Pessoa no a un derrotado que invita a la derrota, o a un ausente de la vida que inspira ausencias o vacíos, sino a un autor que nos llama a reinventar el mundo, a significarlo de modos y con lenguajes diferentes; pero también, y esto es importante, a pensar la vida y a vivirla, con otros gestos que los acostumbrados. En otras palabras, no es Pessoa un pesimista como buena parte de su obra parece sugerirlo y como el punto de vista de muchos lectores lo indica insistentemente. Es por esto que se pretende hablar, contrario a esa interpretación, de una búsqueda de sosiego, esto es, de una búsqueda iniciada por el autor y asumida también por sus distintas personalidades, con la que se busca, no solo divagar por las regiones más inhóspitas del pensar y sentir humano, sino también tratar de encontrar, si no respuestas a los problemas planteados, al menos posibilidades de reafirmar su condición existencial y humana, comprendiendo que las inevitables contradicciones de la vida representan, ellas mismas, el camino para llegar a lo que se quiere.
Fernando Pessoa es uno de esos extraños personajes que uno no termina de comprender completamente. Intentar esto significa, entre otras cosas, no solo indagar sobre él, sino sobre los muchos otros que hacen parte de su psicología, vale decir, los heterónimos Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y el semi–heterónimo Bernardo Soares, los cuatro escritores de quienes tenemos más noticias. Cada uno de ellos, con una vida independiente, goza de características distintas que conforman sus personalidades y determinan sus intereses. De Caeiro sabemos que vivió gran parte de su vida en Ribatejo y que no realizó estudios formales. Según Fernando Pessoa, se trataba no de un pagano, sino del mismo paganismo. Campos, cuya formación fue inglesa, era un ingeniero que siempre se sintió extranjero, sin importar dónde se encontrara. Ricardo Reis, heredero de la literatura occidental, se consideraba a sí mismo un latinista y un monárquico. Bernardo Soares, como lo dijo él mismo, era un ayudante de tenedor de libros y habitante de Lisboa; autor, además, de tan complejo y laberíntico libro en torno al cual discurrimos hoy.
Quizá pueda decirse que la curiosidad que provoca el libro de Soares encuentra su origen en la impresión que genera el titulo mismo: Libro del desasosiego. Y uno se pregunta: ¿Desasosiego de qué? El libro puede sugerirnos la respuesta, aunque el intento de conocerla presupone su misma complejidad. ¨Desasosiego¨ es una palabra con la cual se quiere dar a entender que hay una inquietud o una intranquilidad del espíritu que hace imposible cualquier intento de llevar una vida, o una situación, de manera apacible o tranquila. En otras palabras, se trata de una negación, de una imposibilidad. Cuando Bernardo Soares habla del desasosiego a través de sus experiencias, nos está indicando que hay una negación o privación en la cual se encuentra anidado su sentimiento. Soares es un tipo común y corriente, cuyo oficio laboral no genera inquietud alguna; pero representa esa imagen de hombre que habrá de realizar, como un portavoz, una meditación sobre la vida en lo que de vivida pueda tener esta. Dicho de otro modo, uno no repara tanto en el personaje como en su forma de pensar y hablar sobre lo que le sucede.
¿Cómo transcurren los días de Soares? Los días de este ayudante se suceden unos a otros entre la oficina del señor Vasques, la Rua dos Douradores, el restaurante en el que conociera a la persona a quien hubiera de encomendarle su libro, su casa y, de forma imaginaria, los paisajes del mundo. Pero el modo de habitar estos espacios, de caminar por ellos y percibirlos, trasciende el aspecto puramente cotidiano. Esta manera de habitar y percibir deja la posibilidad para cuestionarnos acerca de la naturaleza misma de sus reflexiones y, también, de su manera de sentir. Soares es consciente de que es hijo de un tiempo lóbrego, en el que los hombres se debaten entre qué valores reconocer y con base en cuáles habrá que actuar; entre si habrá que optar por la humanidad o por Dios. No obstante, y concibiéndose él mismo como alguien perteneciente “(…) a aquel género de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen” (p. 15), en lugar de aceptar la humanidad o abandonar a Dios, quiso, mejor, quedarse “(…) en aquella distancia de todo a lo que comúnmente se llama Decadencia.” (Ibídem.). No sabiendo vivir, optó por la renuncia y asumió la contemplación como su destino. “No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación estética de la vida.” (p. 16). Contemplar será, para Soares, más importante que pensar o reflexionar. Caeiro diría que “pensar es estar enfermo de los ojos” (p. 49.), y podríamos decir que, así como él asume una actitud respecto del pensar, algo parecido hace Soares al afirmar que “Pensar es destruir.” (p. 206).
Quizá Soares, contrario al Barón de Teive, encontró en la negación de la razón y el pensamiento, una forma, a lo mejor irónica, de hacerle frente a su desasosiego. Antes que pensar o actuar, nos dice el tenedor de libros, la inconsciencia, como fundamento mismo de la existencia, debe contraponerse al pensamiento, en la medida en que es a través del sentimiento y de la sensibilidad, como podemos acercarnos a conocer mejor al mundo; un mundo que, no obstante, se nos muestra irreal, múltiple e inaprehensible. Vivir, es decir, sentir, se convierte en una especie de máxima que solo puede ser cumplida cuando renunciamos a la acción. El Barón de Teive, con actitud estoica, hace suya la reflexión y la meditación racional, por cuanto encuentra en estas la manera de afrontar su propia condición existencial: se trata del más noble de los gestos porque la vida misma se concibe como un todo al que no se debe renunciar, y menos mediante el suicidio. Teive pensó en morir por mano propia, pero asumió la racionalidad para superar este febril caminar hacia la nada; Soares creyó en la contemplación porque la acción desvirtúa la vida. En su corazón hay una angustiosa paz, y su sosiego es pura resignación. Por eso dice que “Tengo que escoger lo que detesto—o el sueño, que mi inteligencia odia, o la acción, que a mi sensibilidad repugna; o a la acción para la que no nací, o el sueño, para el que no ha nacido nadie. // Resulta que, como detesto a ambos, no escojo ninguno; pero, como alguna vez tengo que soñar o actuar, mezclo una cosa con la otra.” (p.18).
La sensibilidad de Soares se alimenta de vacíos, de angustiantes ausencias que son determinantes en relación con el modo como asume su existencia, la contemplación del mundo y el sentido de la vida. Hay en sus cavilaciones la presencia de elementos contrarios que lo muestran como alguien cuya naturaleza sensitiva divaga entre el querer y la renuncia. Igualmente, vemos no a un realista, a un hombre racional, sino a alguien que, tras la contemplación del mundo en sus más extensas variaciones, vislumbra el sentido oculto de modos de ser de las cosas a los cuales no se accede sino con otras manos, otros ojos, otra piel. Y aunque mucho de lo que nos dice no parece estar al margen de la confusión o contradicción, lo cierto es que esta misma es la que hace manifiesto un sentido gracias al cual la naturaleza y el mundo se les revelan como no podrían revelársenos a nosotros. Esta es su virtud, pero también su desgracia.
Hablándonos del mundo, Soares nos habla de sí mismo. Sus percepciones, elucubraciones y sueños no son otra cosa que querer volver hacia sí mismo, dado que siempre “Vivimos (…) fuera de nosotros mismos” (p. 236). Es hacia nosotros a lo que tendemos, “(…) como hacia un centro en torno al cual dibujamos, como los planetas, elipses absurdas y distantes.” (Ibídem.).
Solitaria, vacía y triste es la vida de este lisboeta, quien tras haberle pedido poco a la vida, ese mismo poco le fue negado. “Un haz de parte del sol, un camino próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta.” (p. 21). Se sabe un ser que vivirá en soledad y, al mismo tiempo, se cuestiona si no es él quien encarna el aspecto sustancial de millones de hombres más.
Leyendo a Alberto Caeiro, al bucólico guardador de rebaños, Soares comprenderá que su grandeza está determinada no por su estatura, sino por el tamaño de lo que ve. “Porque yo soy del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi altura” (p. 67) dirá Caeiro. Y es el significado mismo de esta frase lo que se le muestra a Soares como una revelación, la de que podría, incluso, “(…) reconstruir consteladamente el universo.” (p. 59).
La reconstrucción del universo no debe entenderse como la racionalización de las experiencias de Bernardo Soares. Si dijéramos que él tiene la capacidad de aprehender, así sea imaginariamente, otras capas de la realidad, y, sintiéndose a sí mismo, de conocer elementos de lo humano que los demás no perciben de ellos mismos, entonces tendríamos que decir que se trata de un ser grande y que su grandeza debería convertirse en su mayor virtud. Sin embargo, vemos a un ser para quien tal virtud representa, ella misma, el origen de su tedio. Afirma el propio Soares que “Pero fracasé en la vida porque ni soñándola llegó a parecerme deleitosa. Hasta mí llegó el cansancio de los sueños… Tuve al sentirlo una sensación externa y falsa, como la de haber llegado al final de un camino infinito.” (p. 200). Esto hace que le duela la vida, como él mismo dice, y que se sienta mal no solo donde se encuentra, sino donde habrá de estar después. Tiene el mundo ante sí, pero no le pertenece. Es “un pobre huérfano abandonado en las calles de las sensaciones, tiritando de frío por las esquinas de la Realidad, teniendo que dormir en las escaleras de la Tristeza y comer el pan de gracia de la Fantasía.” (p. 106).
El Libro del desasosiego es una explosión en la que una miríada de sensaciones, ideas, dolores, posturas filosóficas, literarias, humanas y vitales salen del centro frágil del corazón de Soares. Lo desgarran, lo mutilan, hieren su humanidad, pero, al mismo tiempo, lo convocan a retomar los pasos de su dilatada vida. Para Soares su propio libro significa su cobardía; pero lo empieza porque reconoce que carece de fuerza para pensar y porque tampoco tiene alma para interrumpirlo. Contrario al modo de concebirse la escritura como un ejercicio, además de creativo, liberador, Bernardo Soares la concibe como la posibilidad de olvidar, como una manera de ignorar la vida, pero también de despreciarse a sí mismo, sin poder dejar de hacerlo. “Escribir –dice Soares− es como una droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo. Hay venenos necesarios, y los hay sutilísimos, compuestos por ingredientes del alma, hierbas recogidas en los rincones de las ruinas de los sueños, amapolas negras encontradas junto a las sepulturas de los propósitos, hojas largas de árboles obscenos que agitan sus ramas en las orillas oídas de los ríos infernales del alma. // Escribir, sí, significa perderme, pero todos se pierden, porque todo es pérdida. Sin embargo, yo me pierdo sin alegría, no como el río en la hoz para la que nació sin saberlo, sino como el lago creado en la playa por la marea alta, y cuya agua sumida nunca volverá al mar.” (pp. 170, 171). Pero a que sea cobardía o el intento de perderse, lo que ni el mismo autor desconoce es que su libro es un gemido que retumba día a día, entre el ir y el volver por los espacios que frecuenta.
Este libro inacabado puede leerse de múltiples maneras. ¿Cómo abarca uno el infinito? ¿Qué punto elegir como inicio camino de este? Cada fragmento es en sí mismo y al mismo tiempo, un punto de origen y uno de partida. No hay, estrictamente hablando, una linealidad que funcione de elemento conductor entre unas ideas y otras, que haga posible hilvanar el pensamiento de Soares. Si se trata de una explosión, es en el caos que genera a donde hay que acudir, para, entre fragmento y fragmento de algo que pudo haber sido cuerpo, tomar los elementos y leerlos ahí, en el lugar en que se encuentran. El Libro del desasosiego parece no tener puntos de retorno; todos, más bien, indican una marcha hacia lo psicológico del hombre, lo espiritual y lo metafísico de la vida. En ese ir radica la complejidad de este libro en el que el propio Soares nos revela su ser, así afirme que de lo que se trata es de una mentira consigo mismo: “(…) ¿por qué escribo este libro? Porque lo reconozco imperfecto. Soñado sería la perfección; escrito, se vuelve imperfecto: por eso lo escribo. // Y, sobre todo, porque defiendo la inutilidad, el absurdo, ☐ − escribo este libro para mentirme a mí mismo, para traicionar mi propia teoría. // (…) Y cuando la mentira empiece a sernos placentera, digamos la verdad para mentirle. Y cuando nos cause angustia, detengámonos, para que el sufrimiento no nos represente ni aun de forma perversa un placer…” (p.346).
Lejos de creer que se trata de mentir, Soares es consciente de lo que piensa, de la importancia de esto para su vida y del modo como lo afecta. Por eso, asumiendo una actitud irónica, nos intenta decir que no se trata de algo serio.
La vida de Soares es como la de quien se ve a sí mismo en el reflejo de un charco. Los contornos no son claros, no hay nitidez ni siquiera en el cielo que contempla. En el azul encuentra todos los colores; en el silencio todos los ruidos que pueden existir. Su manera de sentir la lluvia, los cambios de estación, los pasos de los hombres, la inmensidad de su Lisboa, lo lleva a arrojarse mareado al mundo de una manera que poco tolera, pero que, no obstante, le permite conocerse como una sinfonía. Su alma, como lo dice él, “(…) es una orquesta oculta.” (p. 326).
Reconocerse como una sinfonía, cuyos movimientos reflejan las notas de una vida triste, tiene sentido porque le permite darse cuenta de que, siendo su alma una orquesta, es una polifonía la que constituye su ser. Soares no sabe cuáles son los instrumentos que suenan dentro de él, pero uno podría aventurarse a decir que son los de las ideas que tiene del hombre, la filosofía, la moral, el lenguaje, la cultura o, en definitiva, su concepción del mundo. Cómo se orquesten estos instrumentos y qué melodías generen, no siempre es algo que esté bajo el control del personaje. La musicalidad de su vida, sus ritmos y cadencias, no siguen constantes fijas que puedan gobernarse, y esto queda revelado en la manera como está escrito el Libro del desasosiego.
Bernardo Soares es un habitante de Lisboa, una ciudad que, siendo él triste, no llega a despreciar. En su libro Istanbul: memories and the city, el escritor Turco Orhan Pamuk dice que “Ser infeliz es odiarse a sí mismo y a su propia ciudad.” (p. 317). ¿Cuál es la causa de que ello sea así? Pamuk responde diciendo que “Algunas veces la propia ciudad puede lucir como un lugar extraño. Las calles que lucen como el hogar cambiarán repentinamente de color; miraré en las siempre misteriosas multitudes apremiantes que se agolpan junto a mí, y repentinamente pienso que han estado allí por cientos de años. Con sus cenagosos parques y desolados lugares abiertos, sus postes de electricidad, los carteles pegados sobre sus plazas, y sus monstruosidades de hormigón. Esta ciudad, como mi alma, se está convirtiendo rápidamente en un vacío –un realmente vacío− lugar.” (Ibídem.).
¿Le sucede esto mismo a nuestro personaje? Aunque su ondeante manera de pensar y sentir podría inducirnos a responder afirmativamente, debemos reparar en el hecho de que es Lisboa misma con su Tajo, sus calles, sus múltiples escenarios, e incluso con el recuerdo lejano de los fados, la que al contemplarla le brinda la posibilidad de ser y hacerse hombre. Así lo dice: “Soy hombre para quien el mundo exterior es una realidad interior. Siento esto no metafísicamente, sino con los sentidos habituales con los que incorporamos la realidad.” (p. 480).
Lejos de odiar y odiarse, Bernardo Soares es un ser cuya nostalgia determina su manera de vivir. Siente tedio, angustia, desolación. Las siente, sí, pero también hay en él un intento por conquistar algo ausente de su vida. Para hacerlo se abalanza al mundo pese a que siente que aun así no llegará a nada. Esta dificultad se convierte en su desasosiego, en esa negación de lo que no puede obtener. “La sed de ser completo –afirma− me dejó en este estado de aflicción inútil.” (p. 261).
El desasosiego de Soares, su espiritual malestar, lo hace pensarse como una piedra lanzada por la vida, en cuya caída, en el movimiento determinado por su peso, consiste su vivir. La vida como una expulsión hacia el exterior con el que hay una extraña relación, es lo que este hombre concibe de sí mismo. Uno piensa en él como un caminante, un eterno observador; como alguien para quien el sueño se erige como su posibilidad, como su manera de gritarle al mundo que quiere continuar. “Mi vida es como si me golpeasen con ella” (p. 98), nos dice Soares en tono frío. Es un golpe que no quiere, pero del que no se puede librar. Él sabe que no hay posibilidad de que la absurda vibración cese y deje de estremecerlo; y en el fondo su ironía es el profundo deseo de que algo cambie; su desasosiego es la voz de la nostalgia.
Uno piensa en Soares y se imagina a un niño arrodillado sobre su propio dolor. Pero hay esperanza, y consiste en creer que es posible el sosiego. De dónde provenga y cuánto tarde en aparecer, son cosas que ni Soares ni nosotros podremos conocer. Sin embargo, queda el camino, el Tajo, las nubes, la musicalidad de los días y la estructura de las calles, el rostro y el pasar de la gente; no solo la soledad, el silencio y la miseria. En lo que hay de externo a la propia consciencia puede encontrarse lo que en sí mismo parece no habitar.
“Nada más… Un poco de sol, una brizna de brisa, unos árboles que enmarcan la distancia, el deseo de ser feliz, la pena por el sucederse de los días, la ciencia siempre insegura y la verdad siempre por descubrir… Nada más, nada más… Nada más,” (p. 477), dice Soares y yo le creo.
Referencias
Pamuk, Orhan. (2006) Istanbul: Memories and the city. United States of America: Vintage Books.
Pessoa, Fernando. (2000). Poesías completas de Alberto Caeiro. España: Editorial Pre− Textos.
_______________. (2010). Libro del desasosiego. Barcelona: Acantilado.