Lenguajes recónditos – Agudezas de una revista universitaria
Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad.
Wittgenstein[1]
I
Agradezco a las autoridades universitarias la invitación a participar en los festejos del n.º 50 de la Revista Colombiana de Educación. Pocas publicaciones periódicas han alcanzado este emblemático número de ediciones. El hecho es todavía más frecuente en lo que respecta a las revistas académicas, propensas a morir poco después de las primeras salidas. Desaparecen por múltiples razones: el entusiasmo inicial de los fundadores se marchita o el cuerpo directivo se desintegra por disensiones internas, por la movilidad ocupacional de sus integrantes o, aún más, por agotamiento intelectual o simple cansancio. Lo más corriente, sin embargo, es que se evaporen los recursos materiales que inicialmente dieron lugar a la publicación o que la llegada de una nueva directiva universitaria con poder de disposición sobre los medios institucionales la abandone a su suerte y decida fundar un nuevo órgano más afín a sus intereses profesionales y a sus inclinaciones ideológicas.
Este no es el caso de la Revista Colombiana de Educación. Fundada en 1978, no ha interrumpido sus labores y semestre tras semestre ha mostrado sus frutos. Cuando salió a la calle el primer número, la Universidad Pedagógica Nacional (upn), su patrocinadora, tenía 23 años de fundada. Entraba, para decirlo en el lenguaje de los requerimientos ciudadanos, en su mayoría de edad. Para ese momento se había planteado la obligación de normalizar la investigación en su cuerpo docente y de promover la difusión de sus resultados en la comunidad científica. Si por su naturaleza y exigencias del Estado la upn era el establecimiento medular en la formación de maestros del país –no en vano lleva el calificativo de Nacional– su órgano más representativo debería llevar una divisa semejante. De allí el título de Revista Colombiana de Educación, esto es, de publicación dirigida a propagar el conocimiento sobre los problemas educativos de toda la nación. No era el órgano de la Pedagógica, era eso y algo más. Quería ser la revista más representativa del campo, las páginas de consulta obligada por aquellos que querían familiarizarse con los problemas de la enseñanza en nuestro medio. Esta era la pretensión de los fundadores, del grupo de investigadores que inauguramos sus folios en el ya lejano año de 1978. Sus primeros números fueron el mejor ejemplo de este esfuerzo. Allí aparecieron trabajos de autores colombianos y extranjeros, de investigadores de Europa, Estados Unidos y América Latina y ¡claro! de profesores de la upn.
Colmar estos objetivos no fue tarea fácil. Los que han estado al frente de una revista saben de las dificultades de la administración cotidiana de toda publicación periódica. Hay que leer y corregir originales, rechazar artículos, discutir con los autores, sostener correspondencia con los centros de investigación, entrar en negociaciones con la casa impresora, con los traductores en caso de materiales extranjeros y, lo más lacerante, negociar cada número con las autoridades universitarias: con las rectorías de turno y con el lento, suspicaz y muchas veces insensible cuerpo administrativo que maneja los recursos de la institución. Y a ello hay que adicionar algo más que tiende a olvidarse. El comité de redacción de una revista académica debe dar ejemplo: debe hacer lo que le exige a sus colegas. Comité que no publique, que no haga investigación carece de legitimidad para exigírsela a los demás. Debe mostrar que lo que está demandando es posible. Aquí la capacidad de persuasión no reside en la prédica formal de las bondades de la investigación, sino en las realizaciones concretas que sea capaz de ofrecer.
Participé en el comité de redacción de la Revista desde el primer número hasta el cuarenta y uno, entrega que salió en el año dos mil, en el amanecer mismo del tercer milenio. Si mi nombre apareció en números posteriores, en los cuales no participé, ello se debe a la deferencia de los nuevos editores que ahora extienden el trabajo de la generación anterior. Aquellos fueron años de mucha actividad, de fortalecimiento de la investigación en el campo de la educación y del crecimiento y expansión de la upn como institución de educación superior. Cuando ingresé a sus claustros como instructor en 1971, todavía tenía fresca su experiencia de escuela normal, de institución que apenas se emancipaba de los hábitos de la enseñanza media. Hoy en día sabemos que han sucedido muchas cosas en su cuerpo estudiantil, en su grupo docente, en sus institutos teóricos y aplicados, lo mismo que en sus programas didácticos que abarcan tanto las artes y las humanidades como las ciencias naturales y sociales. Con las variadas dificultades que lleva a cuestas, que no es oportuno discutir aquí, sus labores hacen parte de la educación superior, nivel formativo en el que se ha creado un lugar que defiende a toda costa.
Creo que la Revista Colombiana de Educación contribuyó a este desarrollo. Salida de las entrañas de la upn, al poco tiempo se volcó sobre ella mediante una crítica callada o manifiesta contra sus inveteradas costumbres de oralidad magisterial y extrañeza a la investigación. Sus ediciones mostraron que la investigación era posible, y que los profesores y profesoras que formaban a los futuros maestros del preescolar y de la enseñanza primaria, secundaria y universitaria, también podían experimentar la búsqueda de nuevos conocimientos y la posibilidad de difundirlos en la hoja impresa. Algunos vieron que el paso de la publicación oral en los salones de clase a la publicación impresa en libros, revistas y periódicos era una experiencia muy enriquecedora. Advirtieron que su mensaje se hacía más perdurable y se abría la posibilidad de llegar a auditorios más amplios. Tomaron conciencia de que las palabras se evaporan y que los manuscritos permanecen. Todavía hay mucho por hacer en este terreno, sin duda. Sabemos que las costumbres, las reglas no escritas que laceran el corazón, no son fáciles de subvertir. Pero el ejemplo está allí, y los libros, ensayos y artículos de los últimos años de la upn testifican que lo exhortado en el pasado ha comenzado a dar sus frutos en el presente.
II
Pero hemos hablado mucho del pasado; hablemos un poco del presente. La Revista sale y seguirá saliendo; es la mejor embajadora de la upn. A través de ella su nombre se difunde en los medios académicos nacionales e internacionales. No es, por supuesto, la única publicación de la Universidad. Sabemos que otras dependencias académicas tienen sus órganos especializados y que año tras año avanzan en sus ediciones. Pero también sabemos que la Revista Colombiana de Educación tiene, para bien o para mal, un terreno bien ganado que el actual comité de redacción debe defender sin bajar la guardia. Recordemos que estamos asistiendo a una explosión de revistas universitarias. En su mayoría son deficientes y algunas desastrosas. Muchas no tienen un propósito claro, salvo el de exaltar a sus promotores o el de publicar los apuntes de los preceptores que ahora se ven forzados a tomar la pluma para cumplir con las exigencias de los organismos heterónomos de evaluación institucional. Su contenido es un popurrí, un conjunto de piezas dispersas unidas por un frágil lomo que sostiene una vistosa portada. No tienen lectores más allá de sus autores y de los estudiantes que se acercan a sus folios bajo la impronta de la férula docente. En medio de esta selva de papel impreso, las revistas consagradas deben luchar día a día por la excelencia de sus contribuciones. Si descuidan sus logros, mañana serán sepultadas por la multitud de gacetas que intentan copar un mercado escaso y cada vez más saturado. La irrupción del computador personal y de su compañero de viaje, el internet –más expeditos para acceder a la información general y especializada en los diferentes campos del conocimiento– es aquí un enemigo adicional al material de retazos de estas publicaciones de arrume.
Quizá por ello las directivas de la Revista Colombiana de Educación optaron por dar el salto tecnológico: a la edición impresa le añadieron la edición electrónica de fácil y amplio acceso. Debemos aplaudir esta democratización de la cultura. Pero ella no hace milagros; tanto la edición impresa como la virtual demandan calidad y pertinencia. Al mirar los últimos números de la Revista encuentro no pocas dificultades. A veces el observador externo ve cosas que no ven los de adentro. En primer lugar, encuentro en sus folios un lenguaje esotérico y descuidado hasta desbordar las más elementales reglas de construcción y régimen del idioma. Da la impresión de que algunos autores y autoras escriben con una celeridad de escape que no da tiempo para la corrección y el pulimento. Estropean el idioma, la frase y el párrafo. En segundo lugar, los autores no controlan los juicios de valor. Mezclan lo que es con lo que debería ser, los datos con lo deseado y son muy dados a hacer justicia cuando se topan con la inequidad y el atropello. Muchos textos sugieren más acerca de lo que piensan los autores sobre un asunto, que lo que informan sobre la realidad que tienen ante sus ojos. En tercer lugar, son reiterativos, retóricos y ajenos a la síntesis. En cuarto lugar, muestran un gran fervor por autores contemporáneos y del pasado no suficientemente asimilados. Se imita su caparazón y se deja para una mejor ocasión su discernimiento. Y todo esto en medio de una dicción de penumbra y de aparente complejidad que intimidan al lector más decidido. Veamos un ejemplo. En el n.º 50, que ahora festejamos, una autora señala que,
las preguntas por el sujeto político connotan problemáticas de orden epistemológico, gnoseológico y metodológico, porque se trata de una noción multidimensional y compleja en la cual cada perspectiva teórica y cada paradigma del conocimiento se producen en estrecha relación con la concepción que se tenga de lo social, de la sociedad, de lo político y de la política, como conceptos inherentes a las múltiples y posibles formas de organizar la complejidad de lo real, lo existente, lo contingente y lo deseado, que son producciones subjetivas.[2]
Ante el arrojo de esta oración de siete renglones el lector queda en vilo y piensa que la autora es demasiado inteligente como para comprender lo que escribe. Es como querer llevar el estridentismo –el movimiento literario mexicano de los años veinte del siglo pasado tan inclinado al feísmo– a los estudios educativos. Ofrezco excusas, soy de aquellos que todavía creen que la sencillez, además de bella, es un valor preciado de la ciencia. Quizá pertenezca a un grupo en proceso de extinción, pues hoy en día la prosa velada es cosa muy estimada. Ya lo recordó Isaiah Berlin:
La retórica pretenciosa, la vaguedad u oscuridad deliberada o compulsiva, la cháchara metafísica plagada de alusiones irrelevantes o engañosas a nombres famosos o a teorías científicas o filosóficas comprendidas a medias, son un viejo recurso muy en boga para esconder la confusión o la pobreza de pensamiento, y –a veces– un peligroso engaño.[3]
Es verdad que lo claro es, con frecuencia, complicado, sobre todo en lo que respecta al cambiante, evasivo y proteico universo de la educación donde lo que hoy es, mañana quizá no lo sea. La educación siempre está en crisis. Las demandas sociales, políticas y culturales son volubles, y las adecuaciones del sistema escolar a las exigencias que le vienen de fuera se toman su tiempo. Mientras se adapta a ellas surgen nuevos requerimientos y cuando se adelanta a las necesidades del entorno su mensaje se considera extraño y nada funcional. Si ello es así ¿por qué hacer más engorroso el examen de este proceso de incertidumbre y perplejidad en párrafos de oscuridad fabricada? Sé que hay muchas maneras de escribir bien, pero también sé que una de ellas es la de escribir con discernimiento. Pienso que no hacerlo es un homenaje al desatino. Redactar en barullo es fácil. Con solo encadenar frases sobre algo que se tiene en mente se sopla el párrafo y se abulta la página. Pero entre tanto nada se ha dicho que puedan aprovechar los demás.
Sabemos que una corriente no desdeñable de la prosa académica de nuestros días lleva a cuestas –en los campos de las humanidades, la filosofía, la psicología y las ciencias sociales– una carga de opacidad que ha dado lugar a más de una ironía por parte de los críticos de la cultura. Sus miembros, que a veces se autodenominan posmodernos, discurren para iniciados, para el grupo de adherentes de sus enfoques teóricos y algunos, inclusive, restringen aún más su auditorio: se limitan a saturar la hoja en blanco para los partidarios que citan en sus pies de página. Para ellos lo complejo sólo se puede expresar a través de la locución nebulosa, la frase torpe y el enunciado tortuoso. Parecen seguir los apetitos sacros del conocido sermón de San Agustín: “Hablemos de Dios: ¡qué maravilla que no lo comprendas! Si lo comprendes, no es Dios”.[4]
Aunque soy consciente de que carezco de legitimidad para decirle a los investigadores experimentados cómo escribir, pienso que esta no es la manera más adecuada de llenar los folios de la Revista Colombiana de Educación. Sus autores deberían preguntarse: ¿quiénes son mis lectores?, ¿a quiénes me dirijo?, ¿a quiénes deseo informar y persuadir? Sospecho que las personas que se acercan a la Revista son, ante todo, aquellas que viven de la educación y para la educación: estudiantes de pedagogía, profesores comprometidos con la formación de docentes, investigadores sociales y de la cultura, funcionarios del Ministerio de Educación y demás agencias encargadas de promover la enseñanza. A todos ellos debemos sumar el público interesado en los problemas de la escuela. Llegarles a estos potenciales lectores en lenguajes de ocultación, en oraciones de sombra, en jergas nutridas por erudiciones mal asimiladas es perderlos en el instante mismo en que abren la Revista Colombiana de Educación. Los escritos de nada sirven si no se leen, y jamás se leerán si no son legibles. De allí que me una a la confidencia de Goethe:
Yo me confieso del linaje de esos
que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.[5]
Me gustaría terminar estas palabras con la exhortación de Sir Karl Popper a los pensadores de su tiempo: “Cualquiera que no sepa hablar de forma sencilla y con claridad no debería decir nada y seguir trabajando hasta que pueda hacerlo”.[6]
[1] Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus (Madrid: Alianza, 1973), p 31.
[2] María Cristina Martínez Pineda, “Disquisiciones sobre el sujeto político: pistas para pensar su reconfiguración”, Revista Colombiana de Educación, n.º 50, Bogotá, 2006, p. 121.
[3] Isaiah Berlin, El poder de las ideas: ensayos escogidos (Barcelona: Página Indómita, 2017), p. 378.
[4] Sermón 117 en Obras completas de San Agustín (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1983), vol. xxiii, p. 7.
[5] Citado por José Ortega y Gasset, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, 1969), vol. vii, p. 342. Ortega era, por lo demás, muy sensible al tema. Con frecuencia les recordaba a sus colegas que “la claridad es la cortesía del filósofo”. Creía que la labor de todo pensador era descubrir en la desnudez y transparencia de la palabra el ser de las cosas y no interponer entre sus textos y el lector “el dragón tremebundo de una terminología hermética”. Ver Op cit., pp. 280, 288 y 342.
[6] Karl Popper, En busca de un mundo mejor (Barcelona: Paidós, 1994), p. 114. En otro de sus libros, en El mito del marco común (Barcelona: Paidós, 1997), Popper arregló cuentas con los subterfugios del idioma, esto es, con el arte de hacer que lo simple parezca complejo y lo trivial difícil. Para el caso examinó la prosa oscurantista y pretenciosa de T. W. Adorno, autor que consideraba un bello ejemplo del “opio de los intelectuales”.